Fr. Julio González C. OCD

 

CUARESMA-2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar - Chile

                         

SEGUNDO DOMINGO

LUNES   MARTES   MIERCOLES   JUEVES   VIERNES   SABADO


 

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

                                                             (Ciclo A)

 

DOMINGO DE LA SEGUNDA SEMANA

Lecturas:

a.- Gn.12, 1-4: Vocación de Abraham.

b.-Tim. 1,8-10: Dios nos llama y nos ilumina.

c.- Mt. 17,1-9: Su rostro resplandeció como el sol.

San Juan de la Cruz: “El que no busca la cruz de Cristo no busca la gloria de Cristo” (D 106)

La transfiguración de Jesucristo encierra el misterio de su gloria, por una parte, gloria que posee como segunda Persona de la Trinidad, antes de la Encarnación, y por otra, la voz de la nube que lo proclama como Hijo muy amado del Padre al que hay que escuchar.

Mateo lo presenta como una teofanía semejante a la proclamación de los mandamiento en el monte Sinaí (Ex.19-20), confirmándose la idea que para el evangelista, que escribe a judíos, la idea de presentar a Jesús, como el nuevo Moisés.

La presencia de Moisés y de Elías tiene un significado muy especial. Con ello quiere significar que Jesús es el cumplimiento de toda la Ley y como el cumplimiento de los las profecías que hablaban del Mesías que tenía que venir de parte de Dios. La nueva alianza la hace Jesús con su Padre a nombre de la humanidad, sellada con su propia sangre en la Cruz, y ya no con sangre de machos cabríos y toros como fue proclamada la antigua alianza en el Sinaí por manos de Moisés (Ex. 24). El nuevo culto que Jesús establece se realiza en su propia persona; ÉL es la nueva tienda del encuentro, el nuevo Templo, sino que además es la víctima y el altar del nuevo sacrificio que se ofrecerá hasta la consumación de los tiempos. Cómo Elías defendió los derechos del culto del verdadero Dios de Israel, Jesucristo restablece un culto nuevo en espíritu y en verdad (Jn. 4, 24).

Las palabras del Padre, las hemos escuchado también  el día en que Jesús se sumerge en las aguas del Jordán en su bautismo (cfr. Mt. 3,7). Las dice para presentarnos a su Hijo en su gloria, gloria que retomará luego de su Pasión, una vez resucitado del sepulcro de la muerte. Ese que ahora ven glorioso y resplandeciente de luz, lo verán cruzar en el día más oscuro de la historia, cargando la cruz camino del Calvario, humillado y sometido al suplicio de la muerte. Esta será la gran prueba para la fe de los discípulos y también para nosotros hoy. Vemos su sufrir e incluso comprendemos su dolor, pero muchas veces nos olvidamos de la causa de tanto dolor redentor.

Jesucristo pagó el precio de nuestra redención, es tan grande, infinito el amor de Dios Padre por la humanidad, que el pecado en cierto modo fija el precio a tanta maldad. Otra lectura  de esta realidad es el estado de libertad y unión con Dios que Dios quiere para sus hijos, una nueva creación, liberada del yugo del pecado y de la muerte eterna, vida de gracia y de amor de Dios. El cristiano deberá revivir el misterio pascual de Jesucristo para no sólo adquirir todos estos bienes sino configurarse a ÉL en todo para alcanzar la santidad.

Estamos transfiguramos desde el momento en que escuchamos el evangelio, pero no debemos quedarnos en la escucha, primer paso, sino en llevarlo a la existencia de cada día. Transfigurar, cambiar nuestra vestidura de pecado y actitudes por las que son propias del evangelio, hasta que plasmen no sólo mi creer, sino mi actuar de cara a Dios y al prójimo, y así la luz que viene del Crucificado y Resucitado alcance a todos los hombres. 

Hay tanto que mejorar en las actitudes del corazón para que las obras que de ellas nacen sean de verdad una transfiguración de todo nuestro ser y actuar. Todo este paso de la muerte a la vida, el místico carmelita Juan de la Cruz la pone en clave pascual, en el sentido de pasar de la muerte del hombre viejo a la vida nueva de resucitado, pasando por la noche oscura del sentido y del espíritu de donde nace el hombre revestido con la túnica luminosa de la vida teologal: revestido con la toga blanca de la fe,  la vestidura verde de la esperanza y la roja de la caridad (cfr. 1N 21) dispuesto al encuentro con Jesucristo Esposo del alma. Amabas noches, del sentido y del espíritu lo que han hecho ha sido someter la casa del sentido en la casa del espíritu, tranquila y sosegada para dejarse gobernar por el Espíritu de Dios y la noche del espíritu noche del hombre vicioso que padece la muerte de los pecados capitales para que el hombre nuevo se levante y se revista de la vestidura nueva de la vida teologal en plenitud, camino que comenzó en la fuente bautismal y ahora alcanza su cumbre y perfección en la unión definitiva de amor con Dios. De esta forma con el místico, el cristiano podrá cantar: “¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!” (Poema de la Noche oscura).

 

LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Dan. 9, 4-10:  Nos hemos apartado de tus mandamientos

b.- Lc. 6, 36- 38: Perdonad y seréis perdonados.

San Juan de la Cruz: “Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de conciencia que cuantas obras puedas hacer” (D 12).

Lo que nos presenta el profeta Daniel es una confesión que nace de la realidad del pueblo en que vive, toma su voz, se hace voz de ellos, pero a su vez el se confiesa con la mirada puesta en el Dios magnífico, alumbrado por las lámparas de los atributos divinos. Lee su propia verdad y la del pueblo a la luz de la verdad divina, es decir, reconoce los atributos divinos y a esa luz mira y contempla su propia conducta, sus actitudes y las juzga como alejadas del querer divino.

Comienza “derramando” su espíritu, expresión de Daniel, confesando la fidelidad de Yahvé a la alianza y el amor de que son colmados quienes la observan de parte de Dios. De la otra parte están los que no han cumplido, han sido malos y sobre todo no haber escuchado a los profetas, causa quizás de tantos males que han padecido y que sufren en ese momento. Reconoce la justicia divina y la vergüenza en el rostro por la actitud de cara a Dios, “porque hemos pecado contra ti” (v.11); termina su oración implorando piedad y el perdón por el pecado cometido. Esta actitud del profeta también podemos hacerla nuestra, cuando sentimos verdadero dolor de nuestros pecados y más generosa resonaría nuestra oración si pidiéramos perdón por los pecados de la sociedad en que vivimos, porque sean creyentes o no, los efectos de sus actitudes igualmente nos afectan.

“Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo” (v. 36). La compasión del Padre de Jesús es verdaderamente un misterio de amor, porque entrega lo más querido, lo más entrañable que posee su Hijo y lo dona a los hombres para salvarlos del pecado y de la muerte y del poder de Satanás. Desde esta actitud se comprende el amor al enemigo predicado por Jesús, como el centro de su doctrina y de la vida de los cristianos a través de los siglos. Pensemos en los mártires que dieron su vida en los más horribles tormentos y terminaron perdonando a sus verdugos escribiendo así las páginas más bellas de la historia de la Iglesia.

Este ser compasivos, es la entrega de la vida sin esperar recompensa, sin que el  otro lo merezca, cuando se pierde o pospone en los propios intereses para que el otro avance en su crecimiento; no juzgar, no condenar y perdonar son actitudes que todavía debemos cultivar, primero comprendiendo lo que encierra cada palabra en el pensamiento bíblico,  conocer el querer de Jesús y luego eso aplicarlo a las situación concreta que se nos presenta como una oportunidad para crecer en este misterio del amor de Dios. Cada una de estas sentencias las debemos meditar en la oración para ganar en conocimiento, en fe en la palabra de Dios y no hacer, como habitualmente hacemos, respondiendo a las situaciones, desde  la carne, es decir, desde el hombre viejo, haciendo todo lo contrario de lo que exige Jesús. Es horrible escuchar muchas veces: “Nunca le perdonaré”. Frase que cierra la puerta a toda comunión; palabras pronunciadas por cristianos que lamentablemente no conocen a Dios.

Hacer la voluntad de Dios en cada una de estas situaciones nos asegura el Señor que no seremos juzgados, ni condenados, más aún, seremos perdonados, se nos “dará una medida generosa, colmada, remecida y rebosante” (v. 38). En la sociedad vemos cómo se destruye a las personas en los programas de la televisión, su vida, su moral, se las juzga y condena con tanta ligereza, dando la impresión que las personas no valen, unos porque buscan fama y dinero y se venden a ello, otros, porque son presa de estas situaciones, muchas veces por maniobra de otros para sacar provecho personal. Como cristianos debemos guardarnos de ese mundo y como dicen hoy, tomar más en serio a Jesús y su mensaje. El místico nos invita a ser trasparentes para reflejar lo que realmente somos hijos de Dios, cristianos.

 

MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Is. 1,10.16-20: Aprender a obrar el bien, buscad la justicia.

b.- Mt. 23, 1-12:  El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

San Juan de la Cruz: “¿Cómo se levantará a ti el hombre engendrado y criado en bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?” (D 28).

La denuncia del profeta es ante la situación de injusticia en que contempla a su alrededor, denuncia que va dirigida a los príncipes se Sodoma y Gomorra y a todo el pueblo. Es Dios quien invita a su pueblo a juzgar la situación histórica y religiosa por la que atraviesa su pueblo. Lo que Dios pide, es actuar según su voluntad, poner en práctica la justicia y defender o interesarse por los más débiles como el huérfano y la viuda. Un culto que se queda sólo en el rito pero que se compagina con la injusticia y el robo, indigna a Dios, más bien le repugna tanta hipocresía (Is. 1, 11-15); su oración no es escuchada y sus manos están llenas de sangre. Dios exige conversión e invita a su pueblo a dialogar.

Aunque sus pecados sean rojos como el carmesí (v. 18), quedarán blancos como la nieve por el perdón que Dios brindará a quien se arrepienta, tenga fe en la palabra de Yahvé y en su voluntad, como verdaderos pobres de Yahvé. Se pide obediencia a la fe en la alianza que Dios hizo con su pueblo y por lo que recibirán bienes de la tierra; en cambio, si la desconocen conocerán la espada de las potencias enemigas (vv. 19-20).

El texto sugiere que así como los buenos cumplen la alianza de Yahvé también los que la rompen colaboran a que en definitiva la voluntad salvífica de Dios se realice en todo el universo. Los profetas, enviados por Dios a comunicar su palabra, a recordar o sencillamente a denunciar las faltas cometidas hacen que la realidad de su pueblo sea una preocupación constante de Yahvé lo que llama al hombre al realismo de la fe que debe iluminar cada unos de sus obras. De la actitud personal que tenga cada creyente frente a la alianza depende su vida y su felicidad en esta tierra.

En el Evangelio, encontramos la denuncia hecha por Jesús de la hipocresía de los fariseos, “que no hacen los que dicen o enseñan”. La recomendación de Jesús, es hacer lo que dicen, pero no lo que hacen (v. 3). Esta actitud también la podemos tener  cristianos sino hay una toma de conciencia en trabajar por la coherencia interior, es decir, que exista unidad entre los que predicamos y lo que practicamos.

No debemos quedarnos sólo en la actitud farisaica, sino mirar a Jesús, poner los ojos en ÉL, para descubrir esa unidad entre lo que se enseña y lo que se vive diariamente: fe cristiana. No hacer nada por apariencia, sino mostrar con las obras la disposición interior hecha de convicciones profundas nacidas del seguimiento de Jesucristo, el Señor, de quien busca la unidad, para vivir una espiritualidad maciza, sin fisuras ni incoherencias. Reconocer a Jesús como Maestro es considerarse siempre fiel discípulo, que escucha y pone en práctica las enseñanzas que propone como modo de vida. Hay un solo Padre, y es el Padre de Jesús, nuestro Padre, fuente de nuestra filiación en su Hijo. Mirándole a ÉL, aprendemos a servir por su amor para ser el primero en el poner la vida a disposición de nuestro prójimo (vv. 8-11).

La última sentencia: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 12). La humildad, virtud necesaria para ser cristiano de verdad, nos abre los ojos y la inteligencia para sumir nuestra condición de pecadores salvados por la gracia ya la verdad que es Jesucristo. Sólo desde ÉL, nos enseña Juan de la Cruz, debemos leer nuestra baja condición para que su misericordia nos levante a la  unión de amor.    

 

MIERCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Jr. 18, 18-20: Señor, oye cómo me acusan.

b.- Mt. 20, 17-28: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?

San Juan de la Cruz: “¿Qué sabe quien no sabe padecer por Cristo?” (D 181).

La primera lectura corresponde a las confesiones de Jeremías donde deja en claro que sus enemigos preparan un complot contra él y su mensaje. Los tres poderes de Israel: el sacerdocio, los sabios y profetas continuarán ejerciendo su labor, es decir no se detendrá con la desaparición de un agitador como Jeremías. Lo mismo sucederá siglos más tarde con Jesús de Nazaret, lo querrán juzgar y matar por su mensaje, de ahí que Jeremías sea prototipo de Jesucristo sufriente. Es el justo que sufre, que es perseguido (cfr. Mt. 12,13).

Jeremías, se siente amenazado porque el mensaje  de parte de Dios, la destrucción y el exilio, pone en jaque mate la continua providencia de Dios sobre Israel. El pueblo rechaza ese mensaje y prepara un complot contra el profeta. El único refugio del profeta es Dios, siente su apoyo, su oración es de completo abandono, como un verdadero pobre de Yahvé. 

El sólo ha buscado librarlos de la ira divina de todos los modos posibles, pero Israel lo ha abandonado; su crítica nos es a las instituciones en sí sino al modo de servicio que ofrecen a los ojos de Yahvé. Es la voz del profeta que defiende los derechos humanos y de Dios, contra los intereses egoístas de hombres e instituciones sin escrúpulos.

El evangelio nos presenta el tercer anuncio de la Pasión por parte de Jesús, donde haciendo una síntesis queda claro cuál tipo de muerte querían los Sumos sacerdotes y los gentiles para ÉL: la crucifixión. Querían verlo como un maldito de Dios (cfr. Dt. 21, 23; Gál. 3, 13). Jesús está en la última etapa de su actividad apostólica, encaminando sus pasos hacia Jerusalén, hacia el Calvario.

La petición de los hijos de Zebedeo nos muestra por un lado la ambición de los apóstoles, y por otra, no saben lo que significa el reino de Dios. Jesús habla de la Pasión y ellos piden privilegios en el reino de los cielos; el Maestro comienza a experimentar la soledad y a entrar en su destino final.  El reino de Dios se define por el servicio a los demás a ejemplo del propio Jesús que no ha venido a ser servido sino a servir a sus hermanos con la palabra y con la vida entregada en la cruz por la salvación del mundo. Jesús toma en muy serio el ofrecimiento y les aclara que no saben lo que piden pero, lo que podía ser un deseo muy interesado, lo transforma hasta descubrir en ellos la  capacidad de empeñar la vida en este deseo. La respuesta es afirmativa: son capaces de beber el cáliz del dolor, es decir, sufrir el mismo destino de cruz que su Maestro (v. 22).

De estos grandes deseos de los hermanos, Jesús saca una gran enseñanza: quien quiera ser grande en su reino debe servir, más aún quien desee ser el primero en el reino debe ser esclavo o servidor de todos (Mt. 20,  26-27). ÉL siendo el Hijo de Dios se hizo hombre, un esclavo, se despojó de sí mismo, de su gloria,  para con su obediencia hasta la muerte de cruz dar la vida en rescate de muchos (v. 26-28; cfr. Flp. 2, 7-11). La enseñanza es clara: si queremos ingresar en el reino de los cielos debemos beber el cáliz de la pasión para resucitar, es decir, vivir el misterio pascual, de muerte y vida nueva, sólo así podremos ser grandes y los primeros en su reino si hemos servido a Dios en nuestro prójimo con una existencia que se dona y muere a su egoísmo, como el grano de trigo.   

El místico carmelita nos invita asumir las pruebas, precisamente para conocer la capacidad de nuestras fuerzas espirituales, virtudes y talentos puestos al servicio del reino de los cielos que sólo la gracia y amor de Dios pueden hacer vigorosas y los deseos convertirlos en realidad. Cuanto más se espera, tanto se alcanza de Dios si la esperanza teologal guía e ilumina estos anhelos de perfección (cfr. Poesía “Tras un amoroso lance” 4).

 

JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Jr. 17, 5-10: Bendito quien confía en el Señor…no deja de dar fruto.

b.- Lc. 16, 19-31: El pobre Lázaro y el rico Epulón.

San Juan de la Cruz: “Del gozo en el sabor de los manjares, derechamente nace gula y embriaguez, ira, discordia y falta de caridad con los prójimos y pobres, como tuvo con Lázaro aquel epulón que comía cada día espléndidamente (Lc. 16, 19)” (3S 25,5).

Esta bella página de Jeremías es un canto a la confianza en Dios. El hombre es semejante a un árbol que nace en la estepa, no crece, porque raquítico, sin los nutrientes vitales. Esta es la realidad del hombre abandonado a sus propias fuerzas, que no ha puesto su confianza no en Dios, sino en sí mismo. Confía en su carne, por lo que se hace maldito a los ojos de Yahvé.

Distinta es la suerte de quien pone su confianza en el Señor, porque como árbol siempre verde en sus hojas, da su fruto a su tiempo; sus raíces se hunden  en la corriente, en tiempo de sequía no se inquieta no deja de dar fruto abundante. Este es el hombre que Dios quiere para sí, esta es la actitud que espera de sus fieles, que aprendan a usar su libertad, para obrar siempre el bien. Lo mejor para el creyente es estar siempre junto al Señor.

Este es el evangelio donde las apariencias  engañan por que el resultado es completamente distinto de lo que se esperaba: el que se pensaba era feliz en este mundo lo sería también en la eternidad y el que era pobre y desgraciado no conocería jamás la felicidad; sin embargo, lo común para ambos la muerte y el juicio divino, lo cambia todo. El rico Epulón pasa a la condenación eterna y el pobre e infeliz Lázaro a la gloria del seno de Abraham. 

El primero se condenó por no compartir sus bienes con el hambriento, el segundo se salvó no porque era pobre sino porque padeció los males con fe y confiado en el Señor. Lázaro es un pobre abierto a la grandeza de Dios, que se preocupa de los enfermos y pobres de la tierra; su muerte revela el verdadero tesoro que posee en el seno de Abraham, que es el cumplimiento de todas las promesas. El rico es verdaderamente pobre, porque si se gloría ante Dios con su riqueza material, esto es más que nada y miseria a los ojos de Dios.

El mensaje no para aquí, sino que en el diálogo con Abraham, el rico Epulón reconoce que las riquezas que tuvo él y sus parientes no son nada para la vida eterna. Abraham responde que les basta: la Ley de Moisés y su palabra, ahora si no obedecen a ésta, aunque resucite un muerto no creerán (v. 31). La parábola no exalta ni la riqueza ni la pobreza, lo que quiere enseñar es como el rico podría haber considerado la vida como un don de Dios y compartir sus bienes con el hambriento y enfermo que estaba a su puerta. Las riquezas, pueden ser  pecado grave, cuando con ella se satisface sólo los intereses personales y los pobres mueren de hambre, mientras los que poseen, viven en la abundancia, a veces hasta escandalosa. Es el gran disparate de nuestro mundo. Pensemos en quienes pierden enormes sumas en juegos de azar o en los casinos o cosas superfluas, etc.  

El rico terminó  en el infierno, se cerró en sus propios intereses y en su riqueza, de modo tal que cuando le corresponde presentarse ante Dios, en el cara a cara, el amor de su luz, se encontró vacío de obras de misericordia, condenado. La condena es fruto de haber elegido una existencia contraria a la voluntad de Dios, a su misterio de vida y salvación para el hombre; permanecer privado de la gracia de Dios, de su amor  que salva y sin el encuentro con prójimo necesitado; es la no existencia, ya en esta vida. En cambio, Lázaro, se abandonó a las manos de Dios, de los ángeles, precisa el texto, signo de su amor. Se presenta en el reino de Dios, en el seno de Abraham, donde se cumplen las promesas. Lázaro abierto a la gracia y al amor de Dios se deja guiar por ellas hasta conseguir la salvación divina. En todo el pasaje está de trasfondo el tema del juicio particular donde la muerte revela lo profundo del hombre y que lo lleva al seno de la vida verdadera o al abismo de la condena (Lc. 23, 43; Hch. 7, 54-60).

La doctrina del místico sobre los apetitos es dura en el sentido del apego que produce el gusto en el ánimo y sensibilidad del ser humano. De ahí  que para  ejercitarnos en el desasimiento de esta cuaresma nos proponga: “Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. -Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. -Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada. -Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. -Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas. -Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. -Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees. -Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.” (1S 13,11).

 

VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Gn. 37,3-4; 4.12-13.17-28: José vendido por sus hermanos. 

b.- Mt. 21, 33-43. 45-46: Parábola de los viñadores homicidas.

San Juan de la Cruz: “La viña que aquí dice, es el plantel que está en esta santa alma de todas las virtudes, las cuales le dan a ella vino de dulce sabor. Esta viña del alma es tan florida cuando según la voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo Esposo está deleitándose según todas estas virtudes juntas” (CB 16,4).

José era el hijo preferido de Jacob, además de ser el menor, era el hijo de Raquel. Bastante odio debían sentir sus hermanos por José, y por sus sueños que deciden matarle, en el campo donde están sus rebaños. José, prototipo de Jesucristo, vendido por veinte monedas de plata, porque Rubén decide salvarle la vida.

La preferencia de Dios por los pequeños se refleja en esta historia de Jesé (Abel  sobre Caín, Jacob sobre Esaú), así como la preferencia de su padre por ser el hijo de su esposa preferida Raquel: provocan las iras de sus hermanos. Sus sueños le dan una cierta superioridad sobre el resto de la familia y lo hace saber con el relato de las espigas que se doblan ante él como el sol y la luna, todos signos del futuro que le espera en Egipto (Gn. 37,7). José encarna la promesa de la tierra que un día poseerá ese pueblo que se está formando pero que las acciones de los hombres parecen retardar.

El tema de la viña es una imagen recurrente en la Biblia. La parábola fue dirigida al pueblo incluido el poder sacerdotal del templo de Jerusalén. El dueño de la viña confía la producción a unos labradores, con la promesa de volver por los frutos, una vez que regrese de su viaje. Llegado el tiempo envío a sus criados, los que fueron apaleados, apedreados y  asesinados por los labradores; finalmente  envía a su hijo, pero corre la misma suerte de los otros criados, sólo que le dieron muerte fuera de la viña. Los administradores se refiere claramente a la clase religiosa dirigente de Jerusalén que no trabajan por la viña sino para ellos mismos; su vida consistía en crear mandar y crear normas a las cuales todo el pueblo debía obedecer, hasta el mismo Dios. No podían soportar que nadie incluidos los profetas, vinieran a cuestionar su estilo de vida y mucho menos un predicador de Nazaret, que amenaza con destruir el templo y sustituirlo por él mismo (Jn. 2, 19-22). Por ser Jesús una amenaza para su seguridad y el tipo de vida que llevan, deciden eliminarlo. La parábola quiere reflejar la vida de quien siendo religioso, está alejado de Dios y construye su destino, lejos de su prójimo y sobre todo de ÉL.

Dios Padre es el duelo de la viña, Israel es la viña, el hijo es Jesús muerto fuera de las murallas de Jerusalén, piedra desechada, ahora convertida en piedra angular (Sal. 118, 22-24); los siervos los profetas, los labradores, los judíos infieles; el otro pueblo al que se confiará la viña son los gentiles y judíos creyentes. El nuevo Israel, nacido de la Pascua de Jesús resucitado, es el nuevo administrador de la viña. Los cristianos que forman parte de la nueva viña del Señor, el reino, son aquellos que responsablemente cuidan de producir buenos frutos en el tiempo oportuno, el Israel de Dios (Gál. 6,16). Si hemos venido a trabajar  las  palabras del profeta Isaías son más actuales que nunca: “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no le haya hecho yo? Yo esperaba que dieses uvas. ¿Por qué has dado agraces?” (Is. 5, 4). No defraudemos las esperanzas de Dios  Padre, que sigue siendo el dueño la  viña y de los frutos; no descuidemos nuestra participación en ella. En esta viña del alma, llevándola a un plano más personal, enseña el místico, es donde Jesús se recrea cuando encuentra esta viña llena de virtudes donde pacer como Cordero que borra el pecado del alma que lo ama.

 

SABADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Miq. 7,14-15.18-20: Dios perdona el pecado.

b.-Lc. 15, 1-3.11-32: Parábola del hijo pródigo.

San Juan de la Cruz: “Si tú en tu  amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza” (D 35).

La primera lectura es un salmo convertido en oración, un llamado al perdón de Dios. El profeta, quiere que se cumplan las promesas hechas antaño a su pueblo, su heredad que vuelve del exilio. El Mesías identificado como pastor de Israel, puesto que  será ÉL quien guíe a su pueblo con su báculo, como hizo Yahvé  en el pasado. Ahora este pastoreo de Miqueas no es sólo una oración por ese momento histórico sino toda una profecía mesiánica, nacida de este pueblo que regresa del exilio con una oración humilde para hacerse una existencia y una historia en su patria.

Como su heredad, Yahvé los debe cuidar, quieren un territorio, por lo mismo se necesita una intervención directa de Dios. ¿No lo había hecho en Egipto sacándolo de la esclavitud? ¿No es este un nuevo éxodo que exige grandes prodigios? Le recuerda a Dios que sólo ÉL quita el pecado por la fidelidad de Abraham, Isaac y Jacob y todos los patriarcas, etc.,  no por sus méritos, sino sólo por su misericordia. La lectura que hace del pecado como la principal razón que separa Dios de su pueblo, por eso expresa que tomará las ofensas y las lanzará al mar. Todo esto para crear una nación santa, donde la relación de Dios y el hombre de fe, sea una amistad fecunda, no se vea rota por el mal. Cristo Jesús cumple con su misterio pascual esta profecía por que en la cruz destruye la muerte, el mal y el pecado, estableciendo la vida nueva para los redimidos.   

La parábola de Lucas siempre comunica nuevas luces sobre nuestra condición de hijos de Dios. La actitud del padre es lo medular de la parábola, representa la fuerza del perdón de Dios para con el extravío de sus hijos. Las actitudes de los hijos representan otros tantos modos de vivir de cara a Dios: el hijo mayor representa a los justos, a Israel, que se ofenden de ver como el Padre acoja a los pecadores y les ofrezca un  banquete. Se consideraban dueños de casa, por lo mismo organizan la vida de ellos y la de los demás, decidiendo que es el bien y el mal. La actitud del Padre es diversa de lo que ellos han dispuesto por lo que se siente ofendidos y contrarios al Mesías.

En cambio la actitud del hijo menor representa a quien toma la vida para disfrutarla con los bienes heredados, pecando contra Dios, lejos de la salvación. El padre lo ha dejado marchar, sin oponerse, considerándolo adulto. Cuando regresa no le reprocha, ni le pregunta el motivo de volver, simplemente lo acoge con amor, lo viste, le abre las puertas de su hogar y hace fiesta por su regreso. Esta es la imagen de Dios que acoge a todos los pecadores de la tierra cuando vuelven a casa del Padre, de la cual no debían jamás alejarse. La Iglesia, principio del Reino, es hoy la casa del Padre y del Hijo que con su santo Amor nos acoge, nos viste con la dignidad de hijos  habíamos perdido y nos prepara la fiesta de la Eucaristía.

Esta parábola como otras nos presenta a Dios como amor que busca lo que se considera perdido, que perdona y crea algo nuevo, es decir, Dios Padre ofrece a todos la gracia de su perdón y vida nueva. Su gloria resplandece en la vida de  quien se ha extraviado y está en peligro de perderse para siempre. Jesucristo, encarnación de un perdón creador, un amor crucificado y redentor, en medio de los hombres pecadores. El rechazo de Dios no viene siempre de los indiferentes sino sobre todo de aquellos que se creen religiosos, idolatran lo divino, pero que a costa de la religión, defienden sus intereses o un estilo de vida, muy lejano del Dios que nos predicó Jesús de Nazaret.

La dureza del alma, su embrutecimiento, es a causa del pecado y vivir lejos del suave amor de Dios que como noticia amorosa llega a la vida del quiere escucharla hasta convertirla en morada para el encuentro con Dios Trinidad. De un estado a otro hay tiempo de oración, desierto y finalmente luz de encuentro; la salud del alma es el amor divino, enseña Juan de la Cruz (cfr. CB 11,11).

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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