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DOMINGO DE
LAS PALMAS
CICLO A
Procesión de Palmas
Evangelio: Mt. 21,1-11: Bendito el
que viene en nombre del Señor.
Eucaristía:
a.- Is. 50,
4-7: El Siervo paciente de Señor.
b.- Flp.
2,6-11: Se rebajó a sí mismo, por eso Dios lo exaltó.
c.- Mt.
26,14-75 y 27,1-66: Pasión de nuestro Señor Jesús.
d.- San
Juan de la Cruz:
“Así como por medio del árbol vedado en el paraíso fue perdida y estragada en
la naturaleza humana por Adán, así en el árbol de la cruz fue redimida y
reparada por él, dándole allí la mano de su favor y misericordia por medio de
su muerte y pasión, alzando las treguas que por el pecado original había
entre el hombre y Dios” (CB 23,2).
La primera
lectura describe la acción de Jesús a favor del hombre que debe ser instruido
en los caminos del Señor. Este misterioso Siervo sufriente de Isaías posee un
lenguaje de discípulo, de quien escucha y recibe para comunicar lo oído, lo
revelado. Su palabra, que es fuerza de Dios, sostiene a los caídos, les da un
aliento. Es también imagen del Israel histórico, caído y desconcertado, sin
embargo, cada mañana Yahvé le abre el oído y le inspira el contenido de su
palabra.
Todos los
dolores y sufrimientos son imagen de las humillaciones que Israel sufrió,
pero que a pesar de todo, supo obedecer a Yahvé. Los sinópticos ven en esta
realidad el sufrimiento de Cristo frente a Pilato e identifican al Siervo,
con el Israel fiel a la fe, hombres y mujeres que soportaron toda clase de
dolores a causa de su fidelidad a Yahvé allí donde se encontrasen. Entre
todos esos hombres aparece Jesucristo y sus discípulos de todos los tiempos
que cumplimos con lo que falta a la
Pasión de Cristo.
Este Siervo
sufriente nos lleva a Cristo, en ÉL reside la fuerza de Yahvé, la esperanza y
la certeza de que Dios lo ayudaba y no quedará confundido. Dios lo justifica
como inocente que es, lo defiende en el juicio de los hombres. Todos lo
acusan y condenan. No hay respuesta
humana, pero Dios conoce su verdad y lo justifica. Su fe permanece intacta,
en lo humano: “Díos mío, Dios mío, porqué me has abandonado”. Si contemplamos
desde Jesucristo, descubrimos que el Siervo sufriente, nos conduce a ÉL, un
Mesías Salvador, el Crucificado por amor.
Pablo, ante
cualquier afán de poder en la
Iglesia, en el alma del cristiano, lo invita a contemplar a
Cristo, el Señor, el Kyrios. La única autoridad que hay en la comunidad eclesial
y poder de la misma viene de Jesucristo, el Señor. Título que Cristo adquiere
luego de su triunfo sobre la muerte y resurrección y ascensión a los cielos
donde está sentado a la diestra del Padre. Su señorío es sobre la Iglesia y a través de
ella, sobre la creación entera, que camina hasta la plena instauración de
todas las cosas en Cristo. De ahí que los cristianos y los que tienen
autoridad en su Iglesia, no pueden hacer otro camino o proceso distinto del
que hizo su Señor. ¿Cuál proceso? Dios se ha hecho hombre por medio de la Encarnación, siendo
de condición divina, por tanto Dios y Hombre verdadero, Jesucristo, se
despoja de su condición divina para hacerse como un hombre cualquiera, un
siervo, un esclavo. Aquí radica su grandeza y humildad, que siendo inocente,
sin pecado, se hace pecador, como uno
de tantos.
Jesucristo,
se despoja voluntariamente de sus privilegios divinos, hace su Kénosis, para
sumergirse en la corriente de dolor y sufrimiento que atañe a toda la
humanidad. No es que Cristo haya dejado de ser Dios, al contrario, siendo
Jesús de Nazaret, Dios y Hombre verdadero, asume plenamente el sufrimiento
humano, sometido a todas las realidades humanas incluida la muerte, y no
cualquier muerte sino la más ignominiosa, la muerte de cruz. Es la
experiencia de Cristo del pecado como afirma el propio Pablo: “Pues lo que
era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo
enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden
al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rm. 8, 3).
Finalmente,
luego de asumir, encarnar toda la miseria humana, que había de redimir, se
realiza la redención por su misterio pascual: “Por esto Dios lo exaltó…” (v.
9), es decir, porque desde dentro de la humanidad y desde lo interior del
hombre transformado por la infusión del evangelio, se realiza la verdadera
liberación del ser humano y de las estructuras que lo oprimen y lo despojan
de su dignidad hoy. Debemos ir más allá de las debilidades propias y ajenas,
hay que contar con ellas eso sí, y desde ellas trabajar la salvación, es
decir, asimilar la que nos consiguió Cristo Jesús en la Cruz del Calvario y desde
su Resurrección, ahora que desde la diestra del Padre nos acompaña en nuestra
propia pasión de amor en esta sociedad y en esta Iglesia.
La Pasión de Jesucristo más que comentarla hay que vivirla con mirada
contemplativa y corazón contrito. Vamos a vivir los misterios centrales de la
redención: pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Se trata de una
auténtica vivencia de fe puesto que
sólo desde esta perspectiva se comprende el misterio de la pasión, muerte
humillante y triunfo de la vida sobre el pecado, muerte y el demonio de
Jesús, el Señor.
La Pasión de Cristo se debe entender desde un testimonio de fe cristológica,
como un primer estadio. Los relatos de la Pasión más que una crónica histórica es una
proclamación pospascual de Cristo como Mesías e Hijo de Dios; una
proclamación del kerigma e interpretación teológica y profesión de fe
cristiana: la pasión y muerte de Cristo “fue por nosotros los hombres y por
nuestra salvación” como afirmamos y
profesamos cada domingo en el Credo. Fue en obediencia a la economía de la
salvación, querida por el eterno Padre, y libremente asumida por Cristo, como
padece la Pasión,
por amor a la humanidad pecadora. Lo que en un momento se puedo ver como
maldad humana, error en el juicio y una situación adversa alentada por los
enemigos de Jesús, luego de Pascua, la comunidad cristiana relee los
acontecimientos desde la fe y comprende como Dios Padre contando con la
palabra y acción culpable de los hombres y la voluntad salvadora, producen un
escenario y un drama donde Jesucristo aparece como centro y dueño de la
escena: asume su condición de Hijo de Dios, Siervo sufriente y Rey Mesías que
desde la Cruz
juzga al mundo.
Un segundo
hito, lo central del drama es la oposición entre fe e incredulidad,
aceptación y rechazo. El poder religioso de Jerusalén, Sumos sacerdotes,
Sanedrín y pueblo, rechazan a Jesús como Mesías, a pesar de cumplirse en ÉL
todas las profecías del AT, más aún, exigen su muerte de Cruz. Serán los
gentiles y paganos los que lo reconozcan como Hijo de Dios, incluso, el
centurión al pie de la Cruz
lo reconoce como tal (cfr. Mc.15, 39). Finalmente el elemento eclesial, ayuda
a la naciente comunidad cristiana a comprenderse a sí misma desde la Pasión como prolongación
y continuadora de la misión evangelizadora de Cristo Resucitado. La Iglesia experimenta en
sí misma el escándalo y misterio de la Cruz de Cristo, es su estado, por lo mismo
incomprendida y perseguida, como el mismo Señor lo anunció y lo vivió ÉL y
sus discípulos a través de la historia de la Iglesia.
La Iglesia debe siempre aprender que sólo desde el valor del sacrificio
redentor de Cristo y de su victoria sobre la muerte, debe servir a la
humanidad desde el sacrificio y la solidaridad con la realidad humana, se
obra la liberación y redención integral del hombre de hoy, fruto del
Evangelio de Jesús y extensión del reino de Dios en humanidad. A un nivel más
personal la Pasión
nos enseña a amar y sufrir por amor, sólo así entramos en vida de
resucitados, vida de Dios en nosotros. Juan de la Cruz, nos invita a mirar la
mano llagada de Aquél que en el árbol de la Cruz, nos redimió, devolvió a la naturaleza
humana su dignidad y se realizó la paz entre el cielo y la tierra, entre Dios
y los hombres.
Fr. Julio
González C. OCD
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