Fr. Julio González C. OCD

 

CUARESMA-2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar - Chile

                         

TERCER DOMINGO

LUNES   MARTES   MIERCOLES   JUEVES   VIERNES   SABADO


 

TERCERA  SEMANA DE CUARESMA

(Ciclo A)

 

DOMINGO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Ex. 17, 3-7: Danos agua para beber. ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

b.- Rm. 5,1-2.5-8: El amor ha sido derramado en nuestros corazones.

c.- Jn. 4, 5-42: La fuente de vida eterna.

San Juan de la Cruz: “Llama cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque es de Cristo, su esposo; y la segunda, porque tiene las propiedades del cristal en ser pura en las verdades, y fuente clara y limpia de error, y formas naturales. Y llámala fuente porque de ella le manan al alma las aguas de todos los bienes espirituales. De donde Cristo nuestro Señor, hablando con la Samaritana, llamó fuente a la fe, diciendo que a los que creyesen en él les daría una fuente cuya agua saltaría hasta la vida eterna” (CB 12,3).

El agua, fuente de vida, siempre importante para los nómadas por su escasez en el desierto, es el tema de este tercer domingo de cuaresma. Las lecturas adquieren  un “crescendo”, un progreso: partimos hablando del agua natural que piden los hebreos a Moisés en el desierto hasta el agua viva que es el don del Espíritu Santo del que habla Jesús. El sediento Jesús, que descansa junto al pozo,  va revelando su misterio a la samaritana hasta que lo descubre como Salvador del mundo. Pablo nos revela cómo siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros, nos justificó ante el Padre y ahora vivimos en la esperanza de  gloria con el amor que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones.

El encuentro de Jesús con la samaritana es toda una catequesis de iniciación bautismal. Todo comienza con el “dame de beber” (v.7) de Jesús hasta que es ÉL quien le ofrece el agua que apaga toda sed para siempre y que en el creyente se convierte en un surtidor que salta hasta la vida eterna (v. 14). El don que ignora la samaritana es el don del Espíritu Santo que la fe en Jesús suscita en el discípulo. Es la vida eterna que se obtiene por la fe en Jesucristo, el mesías, el Hijo de Dios vivo. “Señor  dame de esa agua para que nunca más tenga sed” (v.15), dice la mujer, llave que abre la puerta a la luz del misterio del viajante.

Jesús se presenta como un sediento hasta revelarse como el mesías esperado: “Yo soy, el que está hablando contigo” (v. 26), pasaje que recuerda inmediatamente el “Yo soy el que soy” de Ex.  3,14.

Al tema del agua viva, don del Espíritu, que el resucitado, entrega a quien cree en ÉL, se añade el del culto a Dios en espíritu y en verdad. Son dos momentos de una única revelación del misterio de Cristo Jesús. De un judío sediento, Jesús, pasa para la samaritana a ser un profeta, el mesías y finalmente el salvador el mundo. Son los compases de una melodía que el Espíritu pulsa en el alma del que cree y espera en este misterio salvador que se va dando y guía en su proceso de conversión a la mujer y los suyos.

El agua viva en primer término es el propio Jesús, don del Padre, pero también, luego de la Ascensión, es el Espíritu Santo prometido por Jesús. El agua viva es signo del amor del Padre que nos justifica en Jesucristo y santifica por el Espíritu Santo. En la enseñanza de Jesús el agua viva, don del Padre, es la referencia para revelar su persona, su doctrina y su sabiduría, lo cual apaga para siempre la sed espiritual de todo ser humano. En su predicación Jesús habla   de esta agua viva de vida eterna a Nicodemo, en relación al Bautismo y cuando invita a sus oyentes en el templo a beber de sus fuentes (cfr.  Jn. 3, 5; 7, 37ss).

Hoy la sed del hombre posmoderno es de bienes materiales y de felicidad, lo que está enseñando que los bienes materiales no la producen. Nace una insatisfacción profunda que no puede resolver.  Unos siguen  este camino hasta convertirse en adictos a las drogas, sexo, alcohol, la superstición, etc.; otros en cambio, dan un giro y se encaminan a las religiones. 

Los que vuelven a Cristo o lo conocen encuentran valores auténticos que vivir que reorientan la sed de felicidad y de vida eterna. Ellos repiten  y nosotros con frecuencia deberíamos hacer la misma petición de la samaritana: “Dame, Señor de esa agua para que no tenga más sed”; agua que la oración convierte en un estilo de vida nueva con una fuerza carismática singular. Es ahí donde se aprenden grandes verdades de Dios y del propio conocimiento hasta encontrar, en lo interior la fuente de la felicidad. Estos son los torrentes de agua viva que brotan de lo interior y llega hasta la vida eterna, el verdadero culto en espíritu y verdad que el Padre eterno desea de sus hijos.

La fe es la fuente cristalina, dice el místico, en la cual debemos beber, por donde nos viene la salvación y los dones del Espíritu Santo y actualizar así la vida en Cristo. Poder cantar con los versos del místico: “¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados/ formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados” (CB 12).


LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- 2 Re. 5, 1-15: Ve báñate siete veces y tu carne quedará limpia

b.- Lc. 4, 24-30: Jesús enviado a todos los hombres.

San Juan de la Cruz: “Manso es el que sabe sufrir al prójimo y sufrirse a sí mismo” (D 180).

La curación de Naamán el sirio, un pagano, proclama cómo la salvación del Dios de Israel es para todos los hombres, y finaliza  proclamando: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel” (v. 15).

Jesús retoma el tema, y como los profetas Elías y Eliseo, se siente enviado no sólo a sus hermanos judíos sino también al mundo pagano para salvarlos. Esto provocó ciertamente las iras de sus paisanos en la sinagoga de Nazaret. Ahí se cumplía aquello de: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra” (v. 24). La desconfianza nace de su origen humilde: “¿No es éste el hijo de José?” (v.22). Cambiarles la mentalidad abriendo nuevos horizontes de la acción de Dios a los judíos era tarea difícil. Para ellos Dios de Israel era sólo para ellos, era judío y para los judíos; las naciones por ser paganas e idólatras, quedan excluidas de su acción.

Jesús,  la salvación que trae es para todos los pueblos de la tierra, más aún les recuerda las acciones que realizó Yahvé por medio de los profetas Elías y Eliseo  precisamente con paganos: la viuda de Sarepta (2Re.17, 8-16) y Naamán el sirio. Dios se hace presente donde ve un corazón bueno que con fe busca el bien, la verdad y  viven con honradez.

Estamos en los comienzos de la actividad apostólica de Jesús donde se cumple el pasaje de Isaías: “Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí,          porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos  y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.” (v. 17-20). Es el Espíritu Santo quien está presente en su vida, como en la del bautizado, para ungirle con su fuerza carismática y guiarle en su actividad. Sin embargo, a los oyentes esto les pareció demasiado y pasan de la admiración por lo que enseña y dice con su sabiduría, hasta el rechazo, expulsarle de su propio pueblo. Sus paisanos no asimilan la encarnación del Hijo de Dios, en el hijo de Jesé, un ser humano como cualquier otro. ¿El Mesías un artesano, hijo de un carpintero? Era demasiado para ellos. Desde ahora el rechazo al Mesías y su mensaje será algo sistemático entre los judíos, de ahí que, Jesús comience su trabajo con los paganos, en tierra de gentiles.

Como los judíos nosotros cristianos no podemos ponerle límites a la acción de Dios; como bautizados y confirmados por su Santo Espíritu estamos llamados a continuar la obra redentora de Cristo en  la sociedad de hoy. Lo mismo el Espíritu no está encerrado en la Iglesia sino que fecunda su acción dentro y fuera de ella precisamente para preparar los caminos del Señor a que lleguen a todos los confines de la tierra. Hacer realidad el proyecto presentado por Jesús en la sinagoga de Nazaret es tarea de todo bautizado llevar la redención y liberación a los más débiles, la justicia al corazón de los hombres de buena voluntad, por tanto convertidos para convertir las estructuras sociales de todo tipo de poder. El amor con que hacía las cosas Jesús debe ser nuestro criterio de acción, sin la fuerza y el amor del Espíritu, no podremos levantar ni una hoja caída del árbol,  más aún cuando aquí se trata de levantar a un ser humano. Conversión, oración continua y amor a los hermanos nos acercan a los hombres de hoy, el resto lo hace el Espíritu de Dios…

Jesús, padeció la falta de fe sus hermanos, el místico nos pide que aprendamos a sufrir a nuestro prójimo  sobre todo cuando  no cree y no comparte nuestras opciones de fe. Aprendamos a ser mansos y humildes como Cristo Jesús.


MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Dan. 3, 25. 34. 43: El sacrificio agradable a Dios.

b.- Mt. 18, 21-35: Parábola del deudor despiadado.

San Juan de la Cruz: “El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa” (D 101).

La oración de Azarías, en medio de la tribulación, arrojado al horno de fuego por orden de Nabocodonosor, es todo un acto de fe. El sacrificio agradable a Dios es un corazón humilde y contrito, en medio de una nación derrotada, sin guías, sin profetas, sin templo, sin sacrificios ni ofrendas. El sacrificio espiritual es la salida   que encuentra el hombre de fe, un camino de encuentro y oración con Dios en esas circunstancias. La auto-oblación, del siervo sufriente de  Isaías (Is. 42. 49. 50. 52-53) será cumplida plenamente en Jesucristo, sacrificio perfecto  agradable a  Dios. La participación frecuente en la Eucaristía nos debe llevar a dar también culto espiritual a Dios a través de Jesús hasta ofrecer la propia vida  y persona, todo lo que somos. La configuración con Cristo (Rm. 8, 29) pasa por el Calvario hasta la pascua de luz de una vida resucitada.

La ofrenda de la propia vida, como la de Jesús en el altar de la Cruz, pasa también por el perdón de las ofensas. ¿Cuántas veces debo perdonar al hermano? pregunta Pedro. La respuesta de Jesús es, siempre, contrarrestando la actitud de venganza de Lámek (Gen. 4, 24). La propuesta de Jesús nos deja atónitos: amor fraterno sin medida. Es la única respuesta que Dios nos propone para no entrar en el espiral de violencia del prójimo, que a veces nos asalta con su odio y deseo de venganza o de la cual también podemos ser protagonistas. 

La parábola sobre el siervo malvado es un buen espejo en que nos podemos reflejar, cuando habiendo sido perdonados por Dios, negamos el perdón al prójimo. Esta realidad pasa por la validez de muchas de nuestras confesiones cuando pedimos perdón a Dios y seguimos guardando rencor a quien ese que nos hizo alguna faena,  no lo perdonamos. ¿Hasta donde habrá perdón divino en esas condiciones? Lo mismo se debe decir del rezo por excelencia del cristiano el Padre nuestro cuando repetimos: “perdona nuestras  ofensas como nosotros perdonamos a quien nos ofende”???. Así y todo Jesús nos propone el ejemplo del Padre eterno que perdona con largueza, actitud propia del discípulo de Jesucristo porque ha experimentado ese amor misericordioso de Dios. Este mismo amor es el que debe tener en cuenta el cristiano a la hora de perdonar a su prójimo, como manifestación del perdón que él ha recibido del cielo y con el cual es reconciliado con el Padre. 

Superada la ley del talión encontramos actitudes de perdón como José a sus hermanos en Egipto, David a Saúl etc. con la ley de Moisés se reguló el trato entre los miembros del pueblo de Israel, pero será el NT, con una luz propia que verdaderamente consigue que los hombres se respeten y amen como hermanos. El ejemplo de Cristo, perdonando desde la Cruz (Lc. 23, 34) a sus enemigos abre la puerta a esta nueva experiencia de fraternidad universal. El testimonio de los Santos apóstoles y mártires ha hecho de  la experiencia del perdón, con el correr de los tiempos, sea fuente de fe y amor renovado que llega hasta nosotros. Pensemos en  la muchedumbre de testigos de la fe que ha dejado el comunismo, el nazismo, la guerra civil española, etc. verdadera legión de mártires que han alcanzado la palma de la victoria superando el odio con el amor. 

El perdón fraterno y la reconciliación fraterna más que una ley es una experiencia, que una vez que se vive, deja en el corazón el sentirse rehabilitado por el perdón recibido o el que uno puede brindar, lo que acrecienta la condición de hijo de Dios. Quien no ama no perdona; pero quien ama perdona, porque el perdón nace del amor;  quien no se siente perdonado no ama, en cambio, a quien se le perdona mucho, a su vez ama mucho más. Es en el Sacramento de la Reconciliación donde está fuente del perdón que el Señor dejó a su Iglesia para renovarla en sus hijos hasta hacerla santa e inmaculada en el amor. 

Sólo el amor de Dios posee la capacidad de hacernos agradables a los demás, ni cansa ni se cansa quien lo vive, enseña el místico, porque vivirlo, es ejercicio de amor, virtudes que son probadas y que a su vez engendran obras que valen más que todas las cosas que pensamos hacer sólo con el pensamiento o buenas intenciones.


MIERCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Dt. 4, 1. 5-9: Guardar y cumplir  los mandatos del Señor.    

b.- Mt. 5, 17-19: No he venido a abolir, sino a dar plenitud.

San Juan de la Cruz: “Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley, él para sí se es ley” Monte de la Perfección.

La primera lectura es parte de un discurso de Moisés, al pueblo donde les exhorta al cumplimiento de los mandatos del Señor; vivirlos, les traerá sabiduría y prudencia antes el resto de los pueblos (v. 6). Ley del Señor y vida, cumplimiento y felicidad del hombre, un todo que hacen que Yahvé y el pueblo estén unidos. 

En el evangelio vemos a Jesús anunciando que ha venido a cumplir la Ley del Señor, no a suprimirla sino a darle plenitud. Esto pone el ejemplo de Cristo como buen judío que cumple la ley, aunque su crítica recaiga sobre la interpretación que de ella hacían los maestros de la ley según las tradiciones de los rabinos. Jesús, no busca abolir la ley de Moisés, sino una mayor perfección, de ahí promulgue las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12) que exigen mayor radicalidad, una santidad que nace de lo interior, es decir, de lo profundo del espíritu humano, morada de la nueva ley de Cristo.

Nace así la nueva ley de Jesucristo, moral y ética nueva, que deviene de un dinamismo interior, la presencia del Espíritu, que progresa con la revelación del querer divino manifestado en el evangelio. La nueva justicia superior a la antigua queda manifestada en seis antítesis que Mateo presenta así: “no matarás…sí pues al presentar tu ofrenda en el altar… (v.21-23); “no cometerás adulterio…todo el que mira a una mujer deseándola… (v. 27-28); “ el que repudie a su mujer…comete adulterio” (v.31-32); “no perjurarás…no juréis en modo alguno (v.33-34) ; “ojo por ojo…a quien te pida da” (v.38-42); “amarás a tú prójimo…amad a vuestros enemigos…(v. 43-44).  El  ideal es superar la justicia y el testimonio que hasta ahora habían dado los maestros de la ley de Moisés, es la nueva ley evangélica para la vida  del cristiano.

La fidelidad radical que Jesús requiere de su discípulo hará la diferencia entre  la comunidad que se reúne en la sinagoga y la que constituye la Iglesia. Pablo, relaciona el tema de la Ley,  la fe en Cristo y su evangelio cuando afirma: “El fin de la Ley es Cristo para justificación de todo creyente” (Rom.10, 4). Sólo en Cristo se cumple toda la Ley y los profetas. La ley es la nueva comunidad eclesial, es el evangelio, expresión de su amor por cada hombre; la Ley de Moisés fue el pedagogo, que adiestraba a los creyentes hasta guiarlos a la fe en Cristo Jesús  (Gál. 3,19ss). Lo importante es que la nueva ley de Cristo sigue educando al hombre de hoy en la moral y en la fe hasta alcanzar la santidad. En la cumbre de la perfección, en el monte Carmelo, dibujado por San Juan de la Cruz enseña: “Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley, él para sí se es ley” (1Tim. 1,9; Rm. 2,14). Monte de la Perfección.


JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Jer. 7, 23-28: Nación que no escucha al Señor.

b.- Lc. 11, 14-23: Controversia sobre un exorcismo.

San Juan de la Cruz: “La tercera cautela, derechamente contra el demonio, es que de corazón procures siempre humillarte en la palabra y en la obra, holgándote del bien de los otros como del de ti mismo y queriendo que los antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón. Y de esta manera vencerás en el bien el mal (Rm. 12, 21), y echarás lejos el demonio y traerás alegría de corazón Y esto procura ejercitar más en los que menos te caen en gracia. Y sábete que si así no lo ejercitas, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella. Y seas siempre más amigo de ser enseñado de todos que querer enseñar aun al que es menos que todos” (Cautelas 12).

Es uno de los oráculos contra el culto vacío, que encontramos en Jeremías, falto de la adhesión a la palabra de Dios meditada porque escuchada. Dios reclama fidelidad, pero el pueblo no escucha a su profeta, aún cuando les anuncie la ruina del país. Palabra que se cumplió con la primera deportación a Babilonia en tiempo de Joaquín, rey de Israel. Sin embargo, siempre providente, Dios mantiene sus promesas, salvando a un resto de Israel a pesar de la obstinación nacional. 

No es diferente la situación en los tiempos de Jesús, si bien los antiguos era sordos, sus contemporáneos eran ciegos a sus signos. La expulsión de un demonio no es  hecha por Belcebú, como piensan ellos, sino por el poder de Dios, es el reino de Dios que ha llegado a nosotros. Mateo usa la expresión “por el dedo de Dios” que recuerda la acción de Moisés ante el faraón (cfr. Ex. 8,5) donde se usa la misma expresión para designar que es Dios quien acompaña los signos que su enviado realiza. Jesús, como nuevo Moisés, libera a su pueblo de los demonios con su propio poder; signo del reino de Dios presente en la vida de los hombres. No sólo lo acusan de poseer poderes  demoníacos sino de ser coautor con Satanás (v. 15) de sus signos; esta declaración en la versión de Marcos, es considerada una blasfemia contra el Espíritu Santo, por no creer en la encarnación del Hijo de Dios (Mc. 3, 29).

El relato termina con aquello de: “El que no está conmigo está contra mí” (v.36). La palabra de Jesús saca a la luz el interior del corazón de los hombres, será bandera discutida, había anunciado Simeón. Estamos con ÉL o contra ÉL, rechazamos su reino o ingresamos en él; estamos con Cristo y su evangelio o lo rechazamos. Optamos por la vida o la muerte; la única opción válida es la persona de Jesús, obediencia a su palabra que conduce a la vida verdadera. Desde esta opción por Cristo podremos vencer el pecado y la influencia de Satanás  en nosotros, porque lo venció en la Cruz y con su Resurrección; será la victoria del amor por sobre el egoísmo, el mal vencido a fuerza de bien como enseña S. Pablo (Rm. 12, 21).

Se evita el culto vacío que anunció Jesús en su tiempo,  escuchando la palabra de Dios, como los que aceptaron su mensaje y en los que  obró maravillas la gracia divina. La palabra será siempre eficaz en el ámbito de la fe,  es decir, en la contemplación serena del misterio que celebramos en la comunidad eclesial y en lo personal. La presencia de Jesucristo, es actualizada por la palabra y los sacramentos que alimentan la fe y la caridad con la fuerza renovadora del Espíritu Santo.

Ante una sociedad sorda por el ruido de todo tipo, hay que buscar y crear espacios de silencio para Dios, para escucharle, en la oración, en particular en la asamblea eclesial, donde podamos oírle y dar testimonio de ella en nuestro diario vivir.

En este pequeño tratado las “Cautelas”  de San Juan de la Cruz, propone el santo cómo librarse de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Respecto al enemigo, la obediencia y humildad, son las virtudes con las cuales vencer su influencia en la vida del espiritual, para tener alegría en el servicio de Dios.  


VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.- Os. 14, 2-10: Vuelve, Israel, a Yahvé tu Dios.

b.- Mc. 12, 28-34: El Señor es único y hay que amarlo.

San Juan de la Cruz: “Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece” (D.183).

El texto de Oseas es una invitación a volver a Yahvé,  dejar los cultos idólatras que se practican bajo los árboles sagrados, pidiendo la fertilidad. Yahvé es el ciprés siempre verde que produce los frutos (v. 9), no los ídolos. Que no se diga “dios nuestro” a lo fabricado por sus propias manos (v.4). El regreso a Yahvé significará perdón de sus culpas, fidelidad y sobre todo “yo los amaré graciosamente” (v.5). Hasta la naturaleza se verá beneficiada, crecerá el trigo, florecerá la viña, todo fruto recogido será Dios su dueño. Se exhorta a la sabiduría para caminar por el camino recto, justo de Yahvé, mas los rebeldes tropiezan y caen porque se afirman en ellos mismos (v.10).

La pregunta de uno de los letrados no es baladí ni capciosa, como en otras oportunidades. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? La respuesta es de Dt. 6,4-5: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas sus fuerzas” y añade el precepto de amar al prójimo. No hay mayores mandamientos que es estos, declara  Jesucristo (v.30-31). Ahora bien: ¿Qué significa amar a Dios sobre todas las cosas? ¿Qué implica? Conocerlo, como ÉL se ha dejado conocer, donarse a Dios, entregarse a ÉL, como lo ha hecho a lo largo de toda la historia de la salvación, entregarle y confiarle la vida porque su Vida, es decir su Hijo, es nuestra en su Palabra y en su Eucaristía.

El desglose de la ley mosaica en 613 preceptos (248 eran prescripciones positivos y 365 prescripciones negativas), hacía un año completo. Había que cumplir los preceptos escritos del Pentateuco, los orales, recogidos más tarde en la Mishná (s. II d. C), dando origen luego  al Talmud (s.V d.C). Finalmente todo este manojo de prescripciones forma la Torá. Jesús, une dos preceptos, amor a Dios y al prójimo,  y los define como uno solo, lo que significa, que no se puede observar uno sólo y dejar el otro, para que alcancen su plenitud y madurez en el creyente (cfr. Dt. 6,4ss y Lv. 19, 18). Éste último en labios de Jesús, hay que comprenderlo desde su mensaje entendiendo por prójimo, todo hombre y mujer, no sólo el judío, ni tampoco el solo pariente, sino todo ser humano necesitado.

La respuesta del letrado, amar a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (vv. 32-33), respuesta que aprobó Jesús, encierra el sentido pleno de toda esta inquietud. El amor a Dios es más importante que el culto y su práctica porque es él quien  da sentido y valor salvífico al culto mismo. La honestidad, la sinceridad al momento de celebrar la fe es fundamental para examinarnos en el amor que llevamos en el espíritu, núcleo de la religión cristiana.

La vida de la Iglesia, para quien mira desde fuera puede parecer fría si sólo nos contempla como cumplidores de preceptos, pero, si entra en ella como cristiano, contemplará el amor que hay en el corazón de la asamblea, la dedicación por el culto divino y su preparación, la participación en la Palabra y su culmine es la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo; todo vivido en clave de fe y oración. Mas esta celebración se prolonga en un enorme número de obras de caridad que las parroquias y comunidades realizan a favor de los pobres, ancianos, compartir la propia experiencia de fe en la pastoral sacramental y todo tipo de servicios que nacen del amor a Dios y al prójimo.

El peligro del cristiano es vivir en una sociedad fría e inhumana donde importa sólo competir, vivir para el dinero, consumismo salvaje donde el amor a la propia familia, al matrimonio es puesto a prueba continuamente, sólo si custodia el sagrado amor que debemos a Dios y al prójimo podrá ir adelante este proyecto personal, de lo contrario, la persona vive dispersa donde el amor no alimenta sino que desaparece porque el ser humano vive fuera de sí, extrovertido y se apaga la llama de la vida por el viento de esta sociedad pagana.

El hombre que busca sentido y visión de grandeza espiritual, amará a Dios con toda su capacidad de amar y a su prójimo dando cohesión a su existencia, liberado de ídolos y de la burda dispersión que desdibuja el rostro divino en su alma hasta no saber quien es ni para qué está en esta vida. Sólo el amor es la salud del alma, enseña Juan de la Cruz, más aún cuando ese amor sana y robustece en esa condición de amigo de Dios y de los hombres.

El texto del místico no merece comentario por su claridad y radicalidad para cada uno de nosotros cristianos que buscamos criterios sanos y sustanciosos para profundizar en la fe.


SABADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Lecturas:

a.-Os. 6,1-6: Quiero misericordia y no sacrificios.

b.-Lc. 18, 9-14: Parábola del fariseo y del publicano.

San Juan de la Cruz: “Humilde es el que se esconde en su propia nada y se sabe dejar a Dios” (D.179) y  “Quién de sí propio se fía, es peor que el demonio” (D 182).

El peligro de la invasión asiria (s.VIII a. C), provoca un deseo de ser perdonados por Dios.  Esto les revela lo superficial e hipócrita de su vida espiritual, de su culto hecho de holocaustos y sacrificios. En cambio, lo que Dios quiere es misericordia y amor  no un culto vacío y lejano de la vida.

La parábola del fariseo y del publicano refleja dos tipos de religiosidad y de culto ante Dios. Jesús, es misericordia para el pecador, viene a salvar lo que estaba perdido. Es en la misericordia donde se apoya el pecador frente a su Dios, mientras que el fariseo cree que no la necesita, porque tiene méritos suficientes, y lo más grave se apoya sólo en ellos ante Dios. Agrada más a Dios un pecador arrepentido, y aquí está la lección, que un fariseo orgulloso que se cree justo; el primero obtiene la justificación de Dios, es decir, su salvación, el segundo, no obtiene nada. La salvación es puro don de la gracia de Dios, y no fruto de nuestros méritos o buenas obras porqué significaría que cada uno podría fabricar su propia salvación, dejando a Dios sin la posibilidad de donárnosla. La salvación es don de la fe en Jesucristo y su misterio de salvación.

Ambos personajes encarnan dos tipos opuestos de religiosidad con lo que Jesús quería manifestar que aquellos que se sienten seguros de sí mismos, los fariseos, despreciaban a los demás: gente del pueblo, publicanos, prostitutas, cobradores de impuestos, etc. Para el fariseo Dios no es Padre sino un contador que registra cada uno de sus méritos, fruto de su esfuerzo y de su observancia perfecta de la Ley; el publicano, en cambio, contempla a Dios como Santo y misericordioso, para quien todos somos dignos de perdón y acogida en su regazo de Padre amoroso. 

El fariseo cree que Dios debe pagarle o retribuirle sus propios méritos recogidos de una escrupulosa fidelidad  a la ley de Moisés, más aún, hace más de lo que ella misma manda observar. Si el precepto manda ayunar para el día de la expiación, una vez al año, él ayuna dos veces por semana; paga diezmo de todo lo que posee, aunque sólo deba hacerlo el productor no el que compra y este se limitaba al grano, al vino y al aceite; sin olvidar que no roba, no es infiel a su mujer, no falta a la justicia. Es un hombre perfecto, según la ley, solo que representa la religiosidad del mérito, religiosidad autosuficiente. Su santidad legal lo hace sin misericordia, porque desde su interior desprecia al publicano, que lo tiene muy cerca, sin embargo para él, los demás son pecadores, ladrones, injustos, etc.

La oración del publicano es modelo de acercamiento a Dios porque comienza con lo esencial: reconocerse pecador y culpable ante Dios, lo que abre inmediatamente las puertas de la misericordia infinita. El cristiano puede tener mucho de ambos modelos de religiosidad: de fariseo cuando reclamamos derechos y premios de parte de Dios y apoyados en nuestros méritos y viendo a los demás los despreciamos porque no son como nosotros; de publicanos cuando nos damos cuenta que no llegamos a ninguna parte con esa postura; si seguimos el camino del publicano y nos confesamos pobres pecadores que imploran misericordia y perdón de sus muchas infidelidades hemos comprendido la parábola desde la vida. La fe en Jesucristo nos une al mundo de la salvación y la gracia, en cambio, nuestra condición pecadora nos une al mundo de los pecadores, del cual Cristo Jesús es redentor. 

La humildad es el mejor camino para acercarse a Dios, y el místico dedica todo un capítulo en el primer libro de la Noche a la soberbia espiritual, tomando como modelo precisamente al fariseo y como puede ser un vicio del orante este creerse bueno y despreciar a los que no son como él. El demonio acrecienta su devoción para perderle, si el maestro espiritual no corrige con la práctica de la virtud de la humildad contra es este vicio, a su discípulo, a tiempo. Humildad que significa tener en muy baja estima las propias cosas considerando siempre a los otros mejores, sin satisfacción de sí, conocen lo mucho que Dios merece teniendo “cuidado de amor” en servirle con humildad hasta poseer el espíritu sabio de Dios (1N 2, 6. 8).

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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