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NAVIDAD
EN EL CARMELO TIEMPO
DE ADVIENTO CICLO A 2007 P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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EL
ADVIENTO, como tiempo litúrgico, es tiempo de esperanza. Decimos tiempo de
que se cumplan las promesas hechas a Israel en relación al Mesías que había
de venir. Es
el tiempo que abre el Año litúrgico para así comenzar a celebrar el gran
misterio de nuestra fe: Dios con nosotros. Durante el año celebraremos su
misterio Pascual, hecho de entrega de su vida para rescatar, del pecado y de
la muerte, al género humano. La Cruz gloriosa y la Resurrección se convierten
en caminos de vida que el cristiano de recorrer para que su condición sea
tal: revivir este misterio de muerte y de vida nueva. El
Adviento nos sitúa en los comienzos de nuestra redención. Hay un volver la
mirada, no hacia atrás, sino un recordar las promesas efectuadas por Dios por
boca de sus profetas que se cumplen hoy y sus frutos nos encaminan hacia el
futuro. Ese estar Dios con nosotros nos genera todo un dinamismo de
conversión a los valores de su reino: la justicia, la verdad, el amor y la
paz. Los
modelos que encarnaron el proyecto de Dios en sus vidas que el Adviento nos
presenta son el profeta Isaías, Juan el Bautista, María Santísima y San José.
Ellos acogieron el plan de salvación que desde toda la eternidad Dios tenía
para el hombre: consistía en devolverle su dignidad de hijo de Dios en Cristo
Jesús pérdida por el pecado de Adán. Es el amor de Dios Trinidad, quien elige
al propio hombre para ser santo e inmaculado en el amor. ¿Cómo?
Configurándose al Hijo amado podremos presentarnos puros e irreprensibles en
el amor ante Dios Padre. La santidad es la meta, Cristo Jesús, camino verdad
y vida de esa mismo destino. PRIMER
DOMINGO DE
ADVIENTO Ciclo A 1.-Is. 2,1-5: El Señor reúne a todos los pueblos en su reino. 2.-Salmo 121: Qué alegría cuando me
dijeron: Vamos a la casa del Señor. 3.-Rom. 13, 11-14: Nuestra salvación
está cerca. 4.-Mt. 24, 37-44: Estad en vela para
estar preparados. 5.- Juan de la Cruz: “En el principio
moraba / el Verbo y en Dios vivía, / en quien su felicidad / infinita poseía.
/ El mismo Verbo Dios era, / que el principio se decía; / él moraba en el
principio, / y principio no tenía”.
Romance acerca de la Trinidad (vv. 1-5). Con el ciclo A comenzamos a leer el
evangelio de Mateo. Por ser judío el autor de este evangelio, quiere
demostrar que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Mesías anunciado por
viejas profecías del AT. El reino de Dios anunciado por Jesús, no se
identifica con la Iglesia, pero en ella se encuentra en forma privilegiada.
Es el más eclesial de los evangelios, puesto que se resalta la figura de
Pedro, signo visible de la unidad de la Iglesia. Ella es el nuevo pueblo de Israel compuesto
por judíos y gentiles que acogen el sermón de las bienaventuranzas. Las lecturas nos sitúan entre la
primera venida de Cristo y su regreso al final de los tiempos, pero sin
olvidar su continua venida a la vida del cristiano en los signos de los
tiempos y en esos acontecimientos que visita a la persona y a la comunidad
eclesial. La reunión de todos los pueblos,
anunciada por Isaías, es para aprender en el monte del Señor, los caminos del
Señor, caminar por sus senderos de justicia y de paz. Si se oye a Yahvé los
pueblos aprenderá a vivir en paz, y las espadas las convertirán en arados y
las lanzas en podaderas; es el desarme de los hombres y de los pueblos.
Caminar en la luz del Señor significará, hacer su voluntad, escuchar su
palabra y construir un futuro para la humanidad sin guerras, sin dolor que
lamentar, por que el Señor juzgara a los hombres y a los pueblos que
practicaron el bien. Pablo y Jesús nos hablan de la
velocidad del paso del tiempo, por lo tanto no hay que perderlo en cosas sin
importancia: nada de desenfrenos ni en lo afectivo ni sensual. No previenen
que el día del juicio está por venir.
La salvación está más cerca de cuando empezamos a creer, si hemos hecho el
trabajo de creer cada día, las veinticuatro horas con el Señor Jesús. Caminar
en la luz es tener conciencia clara de vivir en la presencia del Señor. Las
armas de la luz, de la Palabra y de la gracia, para iluminar las propias
oscuridades; no caer en las trampas y resistir los ataques del enemigo.
Conducirse en pleno día, es hablar de la fe que ilumina los caminos del
espíritu humano, llenan de luz hasta el propio mediodía, porque arde en lo
profundo de su ser el amor de Dios. Propio del tiempo de Adviento, es la
vigilancia, ante la inminente venida de Cristo como Juez de la historia;
tiempo de esperanza y consumación del caminar del pueblo de Dios hacia el
Reino definitivo. El tiempo de hoy, es el presente del pasado y del futuro,
es la tensión escatológica entre el ya y el todavía no; vamos caminando hacia
la plenitud de la vivencia de la fe y del reino de Dios. En el ahora, el Adviento nos exige
ver esta realidad que nos golpea y hasta nos paraliza como el espacio donde
Dios quiere hacerse presente para realizar su obra de salvación. Quiere
cubrir de paz a un mundo en guerras, quiere derramar su amistad entre tantos
que no conocen más que el odio y la indiferencia como modo de vida, quiere
llenar las cavidades del alma humana, sus senderos más remotos de sentido y
amor por la vida humana, ante quienes la desprecian de tantas formas. En una
sociedad corrompida como la nuestra por el afán de dinero, quiere enseñar a
compartir y colmar el hambre de los que no tienen pan, ni casa, ni justicia
en este mundo. ¿Vamos a dejar a Dios con las manos amarradas? ¿Mataremos los
sueños y los buenos deseos del Dios del Amor? ¿Quien será el iluso o el
hombre de fe que diga yo te ayudaré Señor? ¿Lo vamos a dejar sólo este
Adviento a Dios, como el año pasado? Lo único seguro de este comentario es
que Dios me necesita, voy a ayudarlo.
Juan de la Cruz, nos dice:
“Gocémonos, Amado”[1], el
mismo gozo del Padre en su Hijo y de Él en su Padre, que vino en Belén, viene
en su Palabra y en la Eucaristía y vendrá como Juez misericordioso. Quiere
que vayamos a “vernos en su hermosura” nos pide contemplar su Rostro divino para
asemejarnos a ÉL porque al amor iguala y asemeja, al amante y al Amado.
Finalmente “quiere que entremos más adentro en su espesura”, o sea, es
conocer por la fe y el amor los secretos del Amado. Es acoger al comienzo
del año litúrgico, la Palabra del
Padre, que el Hijo comunica a quien
quiere escucharle y gozarse con su venida desde el seno de la comunión
trinitaria. a.- Is. 2,1-5: La paz mesiánica. b.-
Mt. 8, 5-11: No he encontrado tanta fe en Israel. c.-
Juan de la Cruz: “El era el mismo principio; por eso de él carecía. /
El Verbo se llama Hijo/ que de el principio nacía; / hale siempre concebido y
siempre le concebía; dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía” Romance acerca de la Trinidad (vv.
10-15). Comenzamos el Adviento de la mano de
Isaías, el profeta, que nos irá develando sus profecías que en Cristo
encuentran cumplimiento. La paz mesiánica que ayer nos anunciaba hoy se
cumple eso que de los cuatro puntos cardinales del mundo vendrán hombres y
mujeres que se sentarán en el banquete del Reino de Dios (v.11), en la fe del
centurión romano. Jesús se admira de la fe de este soldado que intercede por
su criado enfermo. Si queremos que se cumpla hoy la
profecía de Isaías debemos trabajar para acoger la venida del Redentor en
carne como la nuestra y llevar a los hombres, mediante este tiempo de gracia
del Adviento a que preparen su venida final con una vida de esperanza y
conversión. Esa tarea debe comenzar por la propia conversión, que es una
revisión desde el Adviento pasado, a mirar si viví este tiempo con verdadera
esperanza teologal de convertirme más integralmente al Evangelio, aunque eso
significa morir a mi egoísmo o en ese
¿campo sigo igual? Por una parte debemos profundizar en el misterio a
celebrar pero con la misma luz que me
envuelve debemos mirarnos interiormente y ver cuántos campos tengo que
cultivar de mi existencia donde no veo
a Dio y veo sólo mi egoísmo. Es la esperanza la que nos mueve a esperar al
Mesías con un corazón y vida nueva. Nos acompañarán además de Isaías,
Juan el Bautista, San José y la Inmaculada Virgen María. Sus vidas son un
testimonio de las maravillas que el Señor realiza por medio de su gracia y de
su amor. La correspondencia o el sí que le dieron al Señor fue la llave para
que Dios se hiciera presente a sus vidas y comenzar su obra de salvación. A
nosotros nos queda a nivel litúrgico y
personal situarnos en los hechos históricos de su venida en este Adviento y
celebrarlos en la comunidad eclesial, pero la más fructuosa celebración va a
ser más personal, es decir, cómo espero su venida: ¿cómo la preparo
convirtiéndome o refugiándome en el pasado o lanzándome al futuro sin tener
puestos los pies en el presente? La
actitud teologal se impone, como María, esperar su venida, creer a su Palabra
salvadora y amar cada una de sus venidas a nuestra vida y comunidad, estar
siempre vigilantes. El amor será siempre el mejor vigía, porque espera al que
ama, aunque tarde… El místico nos recuerda que el Hijo
es el Verbo del Padre, es el rostro visible del Dios invisible y por lo mismo
su Palabra debemos escucharla, como si el mismo Padre hablara a cada uno en
forma personal. Tiempo de gracia y de verdad, para testimoniar su venida día a día y abrir espacios de esperanza
teologal para Dios en esta sociedad que no recibe de buena gana al que viene. a.- Is.11, 1-10: El Espíritu de Dios
reposa sobre ÉL. b.- Lc.10, 21-24: Jesús lleno de gozo
en el Espíritu. c.- Juan de la Cruz: “ Y así la
gloria del Hijo/ es la que en el Padre había/ y toda su gloria el Padre/ en
el Hijo poseía” Romance acerca de la Trinidad (vv.15-20). El Espíritu de Dios reposa sobre el Mesías,
el vástago florecerá del tronco de Jesé. Lo acompañan el espíritu de ciencia
y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del
Señor; le llenará el espíritu del temor del Señor. Esta la fisonomía interior
del futuro redentor que tendrá la misión de llevar a los hombres y pueblos a
vivir en esta comunión con Dios que en ÉL coloca su morada entre nosotros.
Esos valores, que lo configura como
Salvador, deberá enfrentarlos a los anti - valores de la saciedad de
su tiempo y de hoy. ¿Cuáles? La soberbia de la vida, el afán de las riquezas,
el egoísmo y la hipocresía, etc.; hoy agregamos la indiferencia religiosa, la
cultura de la muerte, la cultura economicista, etc. Verdaderos ídolos,
poderosos si se quiere, puesto que esclavizan a sus adoradores. Así
y todo, serán los sencillos y los puros de corazón quienes acogen el
Evangelio de los valores perennes, porque en esos valores invisibles está lo
verdadero y permanente. Jesús expuso su doctrina a quienes querían oírle,
unos la aceptaron con gusto, otras la rechazaron de plano, porque la
comprendían, otros simplemente porque les incomodaba la vida, otros porque no
renunciaron a sus creencias y se quedaron apegados a la Ley de Moisés. Son
los ignorantes, los pobres y sencillos quienes comprendieron que lo que Jesús
enseñaba era la verdad acerca del Reino de Dios, la paternidad divina, la
fraternidad entre los hombres, las bienaventuranzas (v.21). La sabiduría
divina se derrama precisamente en esos puros de corazón, que quizá nos tienen
nada pero tienen espacio en sus vidas para Dios y su palabra. El “sí Padre pues tal ha sido tu
beneplácito” (v.21), confirma la voluntad del Padre de seguir actuando así,
frente a quien se cree sabio, incluso en lo religioso, pues tanto saber no implica
necesariamente, fe en Dios, al menos en el Dios de Jesús. La confesión final de Jesús nos invita a conocerle a ÉL,
puesta la mirada en el Padre, que nos lo entrega; pero a su vez, escuchar y
contemplar al Hijo para conocer al Padre que ÉL nos entrega. Es la
manifestación más clara de la comunión íntima que reina entre las Personas
divinas, a las que el hombre es invitado a participar mediante la gracia del
Bautismo y de la fe. En el fondo cada uno presenta al Otro, develando el
misterio de amor infinito que los une substancialmente. Para ser dichosos
como esos que contemplaron con sus ojos estos hechos, como los llama Jesús
(v.23-24), debemos tener una fe sencilla que escudriñe los secretos del
Padre, su voluntad, para hacer lo que le agrada. Fe en el corazón y mirada
limpia puesta en Jesús, para que el gozo del Espíritu sea nuestro. La gloria y el gozo del Hijo y del
Padre es también nuestra desde el momento que creemos que sabemos que Dios ha
venido a nuestro corazón, porque hacemos nuestra cumplimos su Evangelio y
amamos a Jesús, a pesar de nuestras debilidades y carencias. La opción está
hecha desde lo interior, donde le encontramos para orar, ÉL la sostiene con
su callado pero real amor. 3.- MIÉRCOLES. a.- Is. 25, 6-10: Aquí está el Señor:
celebremos su salvación. b.- Mt.15, 29-37: ¿Cuántos panes
tenéis? Siete, y algunos peces. c.- San Juan de la Cruz: “Como amado
en el amante / uno en otro residía / y aquese amor que los une / en lo mismo
convenía / con el uno y con el otro / en igualdad y valía” Romance acerca de la Trinidad (vv. 20-25). La visión de Isaías es
la de un banquete donde la mesa será ricamente servida con manjares y vinos
de solera. Es el festín escatológico, donde la muerte será aniquilada
definitivamente, el dolor y las lágrimas cesarán; son los tiempos mesiánicos,
donde Dios es la plenitud y felicidad para el hombre, libre ya de sus
ataduras. El Evangelio nos pronta el comienzo
de este banquete, en la tierra, donde Jesús, iniciador de este camino, sana a
los enfermos (v.31), seca las lágrimas de sus ojos, y da de comer a la
multitud hambrienta. La sanación es un signo del Reino ya presente, la
multiplicación de panes, anticipo del banquete de la Eucaristía, maná del
nuevo pueblo de Dios: Jesús pan y vino que alimenta con su Cuerpo y con su
Sangre (Mt. 26, 26-29). Este signo de Jesús, habla de la delicadeza de su
proceder, puesto que no sólo les predica a las muchedumbres sino que se
preocupa del alimento de esas personas. Esto nos habla de lo importante que
es preocuparnos de la salud integral de la persona, tarea de los gobiernos y
de la Iglesia en cuanto que todos puedan tener lo que corresponde según su
dignidad. El Adviento y particularmente la
celebración de la Eucaristía de estos días debe hacer realidad el banquete
mesiánico de Isaías y multiplicar el pan de la Eucaristía entre los que
participan en la celebración eclesial, para luego compartir con los más
pobres y necesitados de la comunidad los bienes materiales. Sería un gran
egoísmo celebrar la Eucaristía, para luego negar el pan al hambriento. El pan
es signo de fraternidad, para compartir en todo momento; donde falta el pan
es por falta de amor y solidaridad cristiana. Con su gesto Jesús nos invita a
multiplicar los siete panes, hacer el milagro de compartir, fruto de la
caridad cristiana que informa y llena el espíritu del que cree y espera en
Dios. Es aquí cuando el pan adquiere múltiples rostros de hambre: de
alimento, de justicia, de verdad, de trabajo, de cariño, de un sentido para
la vida, de una familia etc. Resume todo este aspecto de carencias del hombre
actual: la falta de amor y dignidad humana. Jesús se identifica hoy con todas
estas carencias y quiere multiplicar los medios para ayudar; la tarea no es
suya sino nuestra que quizá no queremos reconocerlo. Habría que meditar sobre
el juicio final: ¿en qué va a consistir? (Mt. 25, 31-46). Estamos a tiempo
para pedir misericordia y ponernos a trabajar por ese banquete escatológico
de Isaías, pero sobre todo para ingresar al banquete de las bodas del Cordero
(Ap. 19,7-10; 21,9), con el vestido nupcial (Mt. 22,1-14), y con la
invitación en la mano que ha conocido el juntarlas para orar y abrirlas para
compartir. 4.- JUEVES. a.- Is. 26, 1-6: Confiad en Yahvé por
siempre jamás, porque en Yahvé tenéis una roca eterna. b.- Mt. 7, 21. 24-27: La casa estaba
cimentada sobre roca. c.- S. Juan de la Cruz: “Tres
Personas y un amado/ entre todos tres había/ y un amor en todas ellas/ y un
amante las hacía; / y el amante es el amado/ en cada cual vivía; que el hacer
que los tres poseen/ cada cual le poseía/ y cada cual de ellos ama/ a la que
este ser tenía” Romance hacer acerca de la Trinidad (vv. 25-30). Encontramos términos comunes en
estas lecturas: roca-cimiento, confianza-fidelidad, práctica-no práctica de
la palabra de Dios. La primera lectura nos habla de Jerusalén fuerte más que
por sus muros y cimientos, por la presencia de Dios que como roca la cimienta
y le consistencia perpetua. Los habitantes también son fuertes porque confían
en Yahvé, son fieles a su palabra y conservan la paz. Todo un desafío para el
cristiano de a pie, que quiere la paz y le hacen la guerra o producto de su
debilidad y poca confianza en el Señor, se convierte en causa de conflicto
con el prójimo. Un tercer caso es el hombre que no le importa la paz y aunque
siembre discordia ni siquiera se disculpa mucho menos pide perdón, lo
considera parte de su naturaleza y basta con eso. Hay que soportarlo como es,
porque no encuentra solución o lo que es peor, cree que no posibilidad de
cambio; muchos jóvenes están en esa parada. Para el creyente de todos los
tiempos el Señor es el cimiento de su fe si luego afirmamos que la fe y el
creer es un don suyo. Quien pone su fe en Dios, pero a la hora de la verdad y
del amor, no responde, quiere decir, que quizás su fundamento es él mismo, un
voluntarismo estéril; no ha hecho el camino oscuro de la fe o vida teologal.
El que confía en el Señor, fruto de la fe, aprende a conocer a Dios y lo
tiene como su roca, su cimiento, sobre todo cuando aprietan las propias debilidades
y las ajenas. Experimenta la largueza del amor de Dios, pero ese mismo amor
le hace responsable de sus limitaciones. La amonestación con que parte,
Jesús, en este pasaje, es seria. El criterio es claro: cumplir la palabra de
Dios, es la llave, la tarjeta de embarque, para entrar en la vida eterna.
Este pasaje más que un comentario exige colocarse en oración y responder la
pregunta: ¿Dónde pongo el cimiento de mi vida en mí mismo o en el Señor
Jesús? La respuesta es clave porque indica la orientación que tiene mi
existencia. Si digo que como cristiano, mi roca es Cristo entonces significa
que escucho su palabra y la pongo en práctica, porque amo a Jesús. Mi casa
esta asegurada contra los ataques de la naturaleza sensitiva y espiritual. Si
al interior hay paz, confianza, si soy consciente que habita Dios ahí,
entonces la casa está sosegada. Hay un serio proceso de conversión, que se
nutre de la vida sacramental y de la oración personal; en el fondo está
construyendo y embelleciendo su casa para el divino huésped que es Dios. Si a pesar de saberme cristiano,
reconozco con humildad que él único cimiento he sido yo mismo, porque
verdaderamente no confío en Dios, ni en lo que puede hacer; significa, no
sólo que mi casa está construida sobre arena sino que además no he sido
consciente de la presencia de Dios en lo interior, porque no le amo ni guardo
su palabra. Hay situaciones que delatan esta realidad, porque se esperaba una
respuesta cristiana y resulta que aparece la parte no redimida, la más autentica
quizás a la luz, por la falta de empeño en el seguimiento de Cristo y su
evangelio. La fe se desluce no en sí, sino en el testimonio que se puede
reducir a la nada misma. ¿Qué supone cumplir la voluntad de
Dios? Coherencia entre lo que creo y la conducta moral y teologal de la vida
cotidiana como miembro de una familia, de una sociedad, de una Iglesia.
Escuchar la Palabra como discípulo que construye su seguimiento de Cristo,
exige aplicarse esa palabra en forma personal para ir cambiando actitudes no
evangélicas. Todo este proceso debe ser construido desde la obediencia a la fe recibida en la Iglesia,
correspondencia al amor infinito del Padre, manifestado en Cristo y su
misterio pascual; agradecer haber sido sellado por el Espíritu Santo, en una
palabra vivir y obrar como hijos de Dios, que en Cristo encuentran una roca
perpetua, para construir su casa. 5.- VIERNES. a.- Is. 29,17-24: Los pobres volverán
a alegrarse en el Señor. b.- Mt. 9, 27-31: Hágase en vosotros
según vuestra fe. c.- San Juan de la Cruz: “Este ser es
cada una/ y éste sólo las unía/ en un inefable nudo/ que decir no se sabía;
por lo cual era infinito/ el amor que las unía, /porque un solo amor tres
tienen, / que en su esencia se decía: / que el amor cuanto más uno/ tanto más
amor hacía” Romance acerca de la Trinidad
(vv. 40-45). Jesús vio la fe de los ciegos y los
sanó. Estos creyeron firmemente en que podía hacerlo y consiguieron el
milagro: pudieron ver. La profecía de Isaías se cumple plenamente por que en
los tiempos del Mesías, triunfa la justicia y la fe por sobre el dolor y los
malos designios; tiempo de esperanza y gozo en el Señor. Los ciegos físicos y
los cegados por su mala existencia, verán sin tinieblas ni oscuridad la luz
de la salvación que llega a sus vidas; si creen se salvarán, si rechazan la
luz, permanecen en su ceguera espiritual.
La clave del portento obrado por
Jesús está en la fe, que despierta su deseo de hacer el bien, especialmente a
los que no contaban en su tiempo: pobres, ciegos, viudas, leprosos, prostitutas,
etc. Jesús quería sanarlos, la fe es la puerta de su bondad, a quien llama se
le abre y consigue su salvación. Continuamente repite: tú fe te ha salvado,
te ha sanado, hágase como has creído. Hay una acción de valorar la fe de quienes se acercan a ÉL buscando
un milagro, que luego se extiende a un seguimiento de Cristo o dicho de otra
forma, hacer un itinerario de la fe. Es de notar que sucedía lo contrario
cuando Jesús no encontraba fe, no obraba milagros, por la falta de fe en que
podía realizarlos (Mc. 6, 5). Los milagros de Jesús son un
auténtico signo de liberación y se deben comprender a la luz de la misión del
Mesías. En Mt. 8,16, Jesús sana a los enfermos y expulsa a los demonios y entonces
el evangelista se remite a Is. 53, 4: “Así se cumplió lo que dijo el profeta
Isaías: ÉL tomo nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”. Cada
milagro que realiza libera la redención que trae su Palabra, pero además por
su misterio de muerte y resurrección, convierte a Jesús en fuente de vida
nueva, de esperanza y salvación para cada hombre, depositario del amor de
Dios. Esta realidad nos exige hoy hacer del camino de la fe un compromiso con
la situación de dolor que encontramos en la sociedad, comunidad eclesial,
familia, etc. La misma fe en Jesucristo, nos dirá que se puede transformar la
realidad del dolor humano si el compromiso se hace con la fuerza del Espíritu
de Dios. Nos basta la fe, y no necesitamos milagros para abrirnos a
la realidad de los hermanos necesitados. Son
necesarios los medios materiales y las herramientas de la fe para
cubrir las necesidades humanas básicas y luego ver con los ojos iluminados
por la fe las carencias de redención y sentido tienen esos hermanos nuestros.
Darle sentido a la propia existencia no requiere sólo de bienes materiales
sino de un profundo sentido de lo humano y sobrenatural que nosotros
cristianos llamamos: creer, confiar. La fe es don de Dios, hay que pedirle
que nos la aumente. El místico nos remonta a la vida
intratrinitaria del Verbo, donde el amor es la esencia de su convivencia. Si
la Trinidad es comunión de amor, la vida del cristiano por lógica está
llamada a ser comunión con los Tres y con los demás. 6.- SÁBADO. a.- Is. 30, 18-21. 23-26: Dichosos
los que esperan en Yahvé. b.- Mt. 9, 35; 10, 1. 6-8: Jesús
comparte su misión. c.- San Juan de la Cruz: “En aquel
amor inmenso/ que de los dos procedía / palabras de gran regalo/ el Padre al
Hijo decía, / de tan profundo deleite/ que nadie las entendía; / sólo el Hijo
lo gozaba,/ que es a quien pertenecía; / pero aquello que se entiende/ de
esta manera decía: “Nada me contenta, Hijo, fuera de tu compañía; / y si algo
me contenta, / en ti mismo lo quería” Romance acerca de la Trinidad (vv. 50-60). Es la piedad y la compasión del
Señor la que da prosperidad a Israel, desde el momento que el pueblo camina
en la presencia del Señor. Se anuncia este tiempo de bendición y abundancia,
propia de la era mesiánica. Es la misma compasión que mueve el
corazón de Cristo Jesús ante la vista de las muchedumbres que caminan sin
pastor y ora para que aumente el número de servidores de la Palabra y del
reino de Dios (v. 38). Ante esta situación de esperanza y pobreza, el Señor
comparte su misión con sus doce apóstoles; los instruye para que anuncien la
cercanía del Reino de Dios y les da poderes para sanar enfermos, expulsar
demonios, etc. El Señor les advierte que lo que han recibido gratis, gratis
lo han de entregar. Lo confiado a los apóstoles, es confiado a la Iglesia, al
pueblo de Dios, en la tarea evangelizadora del día a día. Esta evangelización debe conjugar el
anuncio del Evangelio y la tarea liberadora de situaciones de dolor e
injusticia en que viven millones de
seres humanos, no muy lejos de nuestra morada. El mensaje comienza con el
alegre testimonio de que Dios nos ama, nos invita a creer, es decir, tener
fe, quiere nuestra amistad por medio de la oración. Todas esas gracias nos
vienen por Cristo Jesús que se hizo el Todo de Dios para el hombre, por lo
mismo, la evangelización además de una urgencia, es toda hecha de gratuidad.
Cuanto más se da más se recibe en experiencia humana y cristiana, lo
incentiva una entrega cada vez mayor. Evangelizar es propio de la Iglesia,
está inscrita en su ser y naturaleza. Evangelizar consistirá en predicar y
enseñar; ser sede y vehículo de la
gracia divina, reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, celebrar la
Eucaristía, perpetuando el sacrificio del Crucificado por amor a lo largo del
tiempo. Evangelizar se hace cada vez más necesario debido al pluralismo
religioso e ideológico y a una sociedad secularizada, vivimos el eclipse de
valores humanos y cristianos: la vida humana, la familia, el matrimonio, la
persona, la solidaridad, etc. La tarea de la evangelización debe
estar nutrida por una profunda vida de oración que suscita la fe la comunión
con la Palabra de Dios. Esto que se puede vivir en forma personal y
comunitaria debe dar el salto a la sociedad, a la vida de los hombres y con
la fuerza ya gracia del Espíritu transformar las estructuras injustas que
generan pobreza y hambre en el mundo. La persona convertida al Señor, quiere
transformarlo todo para gloria del Dios y bien de sus hermanos. Lo contrario
sería hipocresía, muy pía, pero hipocresía
al fin. Cuando se logra cambiar algo en la sociedad, fruto de la
evangelización de las persona y de las realidades sociales, quiere decir que
ahí está el Espíritu de Dios y la salvación está operando. Es aquí donde la función sacerdotal
y profética de nuestro bautismo entra a trabajar nuestro ser hijos de Dios,
miembros de la Iglesia y de la sociedad. Es deber de todo cristiano la
comunión o colaboración en la tarea evangelizadora de la Iglesia. En ese
sentido, el místico, nos enseña cómo debemos contentar al Padre con nuestra
compañía, pero a su vez recitamos la compañía del Hijo para encontrar en el prójimo su amor solidario que todo lo hace
cercanía. P. Julio Gonzalez Carretti OCD Para: Caminando con Jesus |