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Caminando con Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant Edición especial comentada para ayudar a
comprender mejor las Sagradas Escrituras |
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Otra vez nos encontramos ante un relato didáctico,
con un marco histórico completamente imaginario, del que sólo se conservan
las versiones griega y latina. Probablemente, fue escrito en el siglo II a.
C., para mantener el ánimo de la pequeña comunidad judía que luchaba
tenazmente por conservar su independencia frente al avance helenista. Este Libro refleja cierta influencia de la
literatura "apocalíptica", tan en boga en esa época, según la cual
las luchas del tiempo presente no son sino la manifestación del combate
librado continuamente entre las fuerzas del bien y del mal. Nabucodonosor y
Holofernes simbolizan a los eternos enemigos de Dios. Judit –que significa
" A la prepotencia y la fuerza de un jefe militar, el
Libro opone la debilidad de una mujer, sin más armas que su fe en Dios y en
el poder de la oración. Los recursos que ella emplea no son del todo
ejemplares, pero más que dar una lección moral lo que pretende el autor es
poner de relieve que la aparente "debilidad de Dios es más fuerte que
la fortaleza de los hombres" (1 Cor. 1. 25). La astucia decidida de
Judit triunfa sobre el opresor del Pueblo elegido, como en otra ocasión pudo
más la honda de David que la insolencia y la espada de Goliat. La liturgia cristiana ha visto en el triunfo de
Judit algo así como la contrapartida de la victoria de la serpiente sobre la
mujer, al comienzo del género humano (Gn. 3. 15). Por eso aquella valiente
mujer se convirtió en figura de María, la nueva Eva, por quien recibimos al
vencedor del espíritu del mal. Y el Canto de Nabucodonosor y Arfaxad 1 1 Era el
año duodécimo del reinado de Nabucodonosor, que gobernó a los asirios en la gran
ciudad de Nínive, mientras Arfaxad reinaba sobre los medos en Ecbátana. 2
Este había construido alrededor de Ecbátana una muralla de piedras talladas
que medían un metro y medio de ancho y tres de largo. La muralla tenía
treinta y cinco metros de altura y veinticinco de espesor. 3 También había
erigido junto a sus puertas unas torres de cincuenta metros de alto, sobre
cimientos de treinta metros de ancho; 4 y había hecho levantar sus puertas
hasta una altura de treinta y cinco metros, por veinte de ancho, para que
pudiera pasar su poderoso ejército y desfilar su infantería. Los preparativos bélicos de Nabucodonosor 5 En aquellos días, el rey Nabucodonosor declaró la
guerra al rey Arfaxad en la gran llanura, la que se extiende sobre el
territorio de Ragau. 6 Se unieron a él todos los habitantes de la región
montañosa y los que vivían a lo largo del Éufrates, del Tigris y del Hidaspes
y en las planicies de Arioc, rey de los elimeos. Y muchos pueblos se
reunieron para combatir a los hijos de Jeleúd. 7 Entonces Nabucodonosor, rey de los asirios, envió
mensajeros a todos los habitantes de Persia y a todos los que residían en
Occidente: a los de Cilicia y Damasco, del Líbano y el Antilíbano, y a todos
los que vivían en el litoral; 11 Pero los habitantes de todas esas regiones, sin
excepción, despreciaron el llamado de Nabucodonosor, rey de los asirios, y no
se aliaron con él para la guerra, porque no le temían, sino que lo
consideraban como un hombre falto de apoyo. Por eso despidieron
despectivamente a sus emisarios con las manos vacías. 12 Nabucodonosor se enfureció contra todas aquellas
regiones y juró por su trono y por su reino vengarse de todo el territorio de
Cilicia, La victoria de Nabucodonosor sobre Arfaxad 13 El año decimoséptimo, Nabucodonosor atacó con su
ejército al rey Arfaxad y, después de derrotarlo, aniquiló todo su ejército,
su caballería y sus carros de guerra. 14 Se apoderó de sus ciudades, avanzó
hasta Ecbátana, expugnó sus torres, destruyó sus plazas y convirtió su
esplendor en ignominia. 15 Además, hizo prisionero a Arfaxad en las montañas
de Ragau, lo acribilló con sus jabalinas, y lo aniquiló para siempre. 16 Finalmente, regresó con sus tropas y con la
enorme multitud de guerreros que lo habían seguido, y todos se entregaron
despreocupadamente a la buena vida durante ciento veinte días. La venganza de Nabucodonosor 2 1 El año
decimoctavo, el día veintidós del primer mes, se notificó en el palacio de
Nabucodonosor, rey de los asirios, que él se vengaría de toda la tierra, como
lo había anunciado. 2 El rey convocó a todos sus oficiales y a todos sus
funcionarios, se reunió en consejo secreto con ellos y decretó él mismo el
exterminio de toda la tierra. 3 Entonces, de común acuerdo, se decidió
aniquilar a todos los que no habían respondido al llamado del rey. La misión de Holofernes 4 Una vez terminado el consejo, Nabucodonosor, rey
de los asirios, llamó a Holofernes, general en jefe de su ejército y segundo
después de él, y le dijo: 5 "Así habla el gran rey, el señor de toda la
tierra: Al salir de mi presencia, tomarás contigo hombres de reconocido valor
–unos ciento veinte mil soldados de infantería y un contingente de doce mil
caballos con sus jinetes– 6 y atacarás a todos los pueblos de Occidente,
porque se negaron a escuchar mi llamado. 7 Intímalos a que se sometan
totalmente, porque en mi indignación voy a marchar contra ellos; cubriré toda
la superficie de la tierra con los pies de mis soldados y se la entregaré al
saqueo: 8 los heridos colmarán sus valles; los torrentes y los ríos
desbordarán, llenos de cadáveres, 9 y deportaré a sus cautivos hasta los
confines de la tierra. 10 Parte en seguida y ocupa para mí sus territorios. A
los que se te sometan, resérvamelos para el día de su castigo; 11 pero no
perdones a los rebeldes: entrégalos a la matanza y al saqueo en todas partes.
12 Porque juro por mi vida y por el poder de mi reino que ejecutaré con mi propia
mano lo que acabo de decir. 13 No quebrantes ni una sola de las órdenes de tu
señor, sino ejecútalas estrictamente como te lo he mandado. ¡Cúmplelas sin
tardanza!". La organización del ejército de Holofernes 14 Apenas se alejó de la presencia de su señor,
Holofernes convocó a todos los generales, oficiales y capitanes del ejército
asirio. 15 Reclutó para la campaña unos ciento veinte mil soldados escogidos
y doce mil arqueros de a caballo, como se lo había ordenado su señor, 16 y
los dispuso en orden de batalla. 17 Juntó, además, un gran número de
camellos, asnos y mulos para el equipaje, así como también innumerables
ovejas, bueyes y cabras para el abastecimiento; 18 y cada hombre recibió
provisiones en abundancia y una gran cantidad de oro y plata del palacio
real. La campaña victoriosa de Holofernes 19 Holofernes avanzó con todo su ejército, para
preceder al rey Nabucodonosor y cubrir toda la superficie de la tierra, hacia
Occidente, con sus carros de guerra, sus jinetes y sus soldados escogidos. 20
Lo seguía una multitud numerosa como las langostas y como los granos de arena
de la tierra: su número era incalculable. 21 Desde Nínive, avanzaron durante tres días en
dirección a la llanura de Bectilet, y acamparon en sus inmediaciones, al pie
de la montaña que está a la izquierda de 24 En seguida vadeó el Éufrates, atravesó 25 Después ocupó los territorios de 28 El pánico y el terror se apoderaron de todo el
litoral: de los habitantes de Sidón y de Tiro, de Sur y de Oquina, y de todos
los habitantes de Iamnia. También los de Azoto y Ascalón quedaron
despavoridos ante él. La rendición general ante Holofernes 3 1
Entonces le enviaron mensajeros con la siguiente propuesta de paz: 2
"Aquí estamos los servidores del gran rey Nabucodonosor, rendidos ante
ti: trátanos como mejor te parezca. 3 Están a tu disposición nuestras
posesiones, todo nuestro suelo, todos los campos de trigo, nuestras ovejas y
nuestras vacas, y también todos los corrales de nuestros campamentos: puedes
hacer con ellos lo que quieras. 4 Hasta nuestras mismas ciudades y sus
habitantes están a tu servicio; ven y trátalas como te parezca". 5 Aquellos hombres se presentaron ante Holofernes y
le transmitieron su mensaje. 6 Él descendió con su ejército hacia la costa
del mar, estableció guarniciones en las plazas fuertes y reclutó en ellas
hombres selectos como tropas auxiliares. 7 Ellos, y toda la región
circunvecina, lo recibieron con guirnaldas y danzas corales al son de los
tambores. 8 Pero él devastó todo su territorio y taló sus bosques sagrados,
porque había recibido la orden de exterminar a todos los dioses del país,
para hacer que todas las naciones adoraran solamente a Nabucodonosor, y todas
sus lenguas y tribus lo invocara como dios. 9 Así llegó Holofernes frente a Esdrelón, en las
inmediaciones de Dotaim, que está ante las montañas de Judea. 10 Acampó entre
Gueba y Escitópolis y permaneció allí un mes, a fin de reunir todos los
efectivos de su ejército. La reacción de los israelitas 4 1 Los
israelitas que habitaban en Judea se enteraron de la manera cómo Holofernes,
general en jefe de Nabucodonosor, rey de los asirios, había tratado a aquellos
pueblos y cómo había devastado sus santuarios, entregándolos luego a la
destrucción. 2 Un pánico indescriptible cundió entre ellos ante la presencia
de Holofernes y temblaron por la suerte de Jerusalén y la del Templo del
Señor, su Dios. 3 Hacía poco tiempo, en efecto, que ellos habían vuelto del
cautiverio, y sólo recientemente se había congregado todo el pueblo de Judea
y habían sido consagrados los objetos de culto, el altar y el Templo, antes
profanados. 4 Entonces alertaron a toda la región de Samaría, a Coná, a Bet
Jorón, a Belmain, a Jericó, a Jobá, a Esorá y al valle de Salém. 5 Luego
ocuparon apresuradamente las cimas de las montañas más elevadas, fortificaron
las aldeas situadas en ellas y se abastecieron de víveres en previsión de una
guerra, ya que hacía poco que había terminado la cosecha de sus campos. 6 Joaquím, el sumo sacerdote que entonces residía en
Jerusalén, escribió a los habitantes de Betulia y de Betomestaim, que están
frente a Esdrelón, ante la llanura contigua a Dotaim, 7 para decirles que
ocuparan las subidas de la montaña, porque eran el único camino de acceso a La súplica de los israelitas al Señor 9 Todos los hombres de Israel clamaron
insistentemente a Dios y observaron un riguroso ayuno. 10 Ellos, con sus
mujeres y sus hijos, su ganado, y todos los que residían con ellos, sus
mercenarios y esclavos, se vistieron con sayales. 11 Y todos los israelitas
que habitaban en Jerusalén, hombres, mujeres y niños, se postraron ante el
Templo, cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron sus sayales ante la
presencia del Señor. Cubrieron el altar con un sayal 12 y clamaron
ardientemente todos juntos al Dios de Israel, a fin de que no permitiera que
sus hijos fueran entregados al pillaje, sus mujeres deportadas, las ciudades
de su herencia destruidas y el Santuario execrado y escarnecido, para
satisfacción de los paganos. 13 El Señor escuchó sus plegarias y miró su
aflicción. Entretanto, el pueblo, en toda La indignación de Holofernes 5 1 Cuando
informaron a Holofernes, general en jefe del ejército de Asiria, que los
israelitas se habían preparado para la guerra, y habían bloqueado los
desfiladeros de la montaña, fortificando todas las cimas de las altas
montañas y levantando parapetos en las llanuras, 2 se enfureció y convocó a
todos los príncipes de Moab, a los jefes de Amón y a todos los sátrapas del
litoral. 3 Él les preguntó: "Díganme, cananeos, ¿qué pueblo es ese que
vive en la montaña? ¿Cuáles son las ciudades que habita y los efectivos de su
ejército? ¿De dónde proceden su vigor y su fuerza, y quién es el rey que los
gobierna y dirige sus ejércitos? 4 ¿Por qué ellos solos, a diferencia de
todos los habitantes de Occidente, se han negado a venir a mi
encuentro?". El informe y el consejo de Ajior 5 Ajior, jefe de todos los amonitas le respondió:
"Si me escuchas un momento, te haré conocer la verdad acerca de este
pueblo que habita en las montañas contiguas a las que tú ocupas; y nada de lo
que yo te diga será falso. 6 La gente de este pueblo desciende de los
caldeos. 7 Primero emigraron a Mesopotamia, porque no quisieron seguir a los
dioses de sus padres, establecidos en la tierra de los caldeos. 8 Ellos
abandonaron el camino de sus padres y adoraron al Dios del cielo, al que
habían reconocido como Dios. Entonces fueron expulsados de la presencia de
sus dioses y se refugiaron en Mesopotamia, donde habitaron mucho tiempo. 9
Pero luego su Dios les ordenó salir de ese lugar y dirigirse al país de
Canaán. Allí se instalaron y se enriquecieron con oro, plata y numerosos
rebaños. 10 Después bajaron a Egipto, porque el hambre azotaba el país de
Canaán, y permanecieron allí mientras tuvieron qué comer. En Egipto se
multiplicaron de tal manera, que su descendencia se hizo innumerable. 11 El
rey de Egipto se levantó contra ellos y los oprimió astutamente obligándolos
a fabricar ladrillos: así los humillaron y los redujeron a esclavitud. 12
Ellos, por su parte, clamaron a su Dios, y él castigó al país de Egipto con
plagas irremediables; por eso los egipcios los expulsaron. 13 Dios secó el
Mar Rojo delante de ellos 14 y los condujo por el camino del Sinaí y de Cades
Barné. Ellos desalojaron a todos los habitantes del desierto 15 y se
establecieron luego en el país de los amorreos, exterminando por la fuerza a los
jesbonitas. Después cruzaron el Jordán y tomaron posesión de toda la región
montañosa, 16 desalojando a su paso a los cananeos, a los perizitas, a los
jebuseos, a los siquemitas y a todos los guirgasitas. Allí permanecieron
mucho tiempo. 17 Mientras no pecaron delante de su Dios, gozaron
de prosperidad, porque un Dios que odia la injusticia está con ellos. 18
Pero, cuando se desviaron del camino que les había señalado, fueron
completamente exterminados en numerosos combates y deportados a una tierra extranjera:
el Templo de su Dios fue arrasado hasta sus cimientos, y sus ciudades cayeron
en poder de sus adversarios. 19 Pero ahora que se convirtieron a su Dios,
volvieron de las regiones donde estaban dispersos, ocuparon Jerusalén, donde
se encuentra su Santuario, y repoblaron las montañas que habían quedado
desiertas. 20 Y ahora, soberano señor, si hay una falta en este
pueblo, si pecan contra su Dios y comprobamos en ellos algún motivo de ruina,
entonces sí, subamos y hagámosle la guerra. 21 Pero si no hay ninguna
transgresión en esta gente, que mi señor pase de largo, no sea que su Señor y
su Dios los proteja y seamos la burla de toda la tierra". Le reacción de Holofernes contra Ajior 22 Apenas Ajior terminó de pronunciar estas
palabras, toda la multitud que estaba alrededor de la tienda de campaña hizo
oír un murmullo de protesta. Los oficiales de Holofernes, y todos los
habitantes del litoral y de Moab querían hacerlo pedazos. 23 "No nos
dejaremos amedrentar por los israelitas, exclamaban, porque son gente sin
fortaleza ni vigor, incapaz de oponer una tenaz resistencia. 24 ¡Subamos, y
ellos serán un bocado para todo tu ejército, Holofernes, señor
nuestro!". 6 1 Cuando
se apaciguó el tumulto de los que rodeaban al Consejo, Holofernes, general en
jefe de las fuerzas asirias, increpó a Ajior en presencia de la multitud de
extranjeros y de todos los moabitas, diciéndole: 2 "¿Quién eres tú,
Ajior, y ustedes, vendidos a Efraím, para que vengan a profetizar entre
nosotros como lo has hecho hoy? ¿Por qué quieres disuadirnos de hacer la
guerra a la estirpe de Israel, pretextando que su Dios los protege? ¿Acaso
hay otro dios fuera de Nabucodonosor? Él enviará su fuerza y los exterminará
de la superficie de la tierra sin que su Dios pueda librarlos. 3 Nosotros,
sus servidores, los aplastaremos como a un solo hombre, y no podrán resistir
el empuje de nuestra caballería. 4 Los pasaremos a sangre y fuego; sus
montañas quedarán empapadas con su sangre y sus llanuras se llenarán con sus
cadáveres. No lograrán resistir ante nosotros, sino que serán completamente
aniquilados, dice el rey Nabucodonosor, dueño de toda la tierra. Porque él ha
hablado y sus palabras no caerán en el vacío. 5 Y tú, Ajior, mercenario
amonita, que has pronunciado estas palabras en un momento de desvarío, no
verás más mi rostro hasta que me haya vengado de esa raza escapada de Egipto.
6 Entonces serás atravesado por la espada de mi ejército y por la lanza de
mis guerreros, y caerás entre sus heridos cuando yo vuelva del combate. 7 Mis
servidores te llevarán a la montaña y te dejarán en una de las ciudades de
los desfiladeros, 8 porque no morirás hasta que seas exterminado con esa
gente. 9 Y si abrigas la secreta esperanza de que no serán capturados, ¡no
agaches la cabeza! Yo lo he dicho, y ninguna de mis palabras dejará de
cumplirse". La entrega de Ajior a los israelitas 10 Luego Holofernes ordenó a los servidores que
estaban en su tienda de campaña que tomaran a Ajior, lo llevaran a Betulia y
lo entregaran a los israelitas. 11 Ellos lo condujeron a la llanura, fuera
del campamento, y después de atravesar la llanura en dirección a la montaña,
llegaron junto a las fuentes que están debajo de Betulia. 12 Apenas los
divisaron los hombres de la ciudad que estaban en la cumbre de la montaña,
empuñaron sus armas y salieron fuera de la ciudad, mientras los honderos
arrojaban piedras para impedirles el acceso. 13 Ellos, deslizándose por la
ladera de la montaña, ataron a Ajior y lo dejaron tendido al pie de la misma.
Luego volvieron a presentarse ante su señor. La recepción de Ajior en Betulia 14 En seguida los israelitas bajaron de su ciudad,
se acercaron a él y lo desataron. Luego lo condujeron a Betulia y lo
presentaron a los jefes de la ciudad, 15 que en aquellos días eran Ozías,
hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón, Cabris, hijo de Gotoniel, y Carmis,
hijo de Melquiel. 16 Ellos convocaron a todos los ancianos de la ciudad, y
también concurrieron a la asamblea los jóvenes y las mujeres. Pusieron a
Ajior en medio de todo el pueblo y Ozías lo interrogó acerca de lo sucedido.
17 Él les refirió las deliberaciones del Consejo de Holofernes, lo que él
mismo había dicho ante los jefes asirios, y las orgullosas amenazas de
Holofernes contra el pueblo de Israel. 18 Todo el pueblo, postrándose, adoró
a Dios y exclamó: 19 "¡Señor, Dios del cielo!, mira su arrogancia y
compadécete de la humillación de nuestra raza: vuelve en este día tu mirada a
los que te están consagrados". 20 Luego tranquilizaron a Ajior y lo
felicitaron efusivamente. 21 Al terminar la asamblea, Ozías lo llevó a su
casa y ofreció un banquete a los ancianos. Y durante toda aquella noche,
imploraron la ayuda del Dios de Israel. El sitio de Betulia 7 1 Al día
siguiente, Holofernes ordenó a todo su ejército y a toda la tropa de
auxiliares que se habían unido a él, que emprendieran la marcha hacia
Betulia, que ocuparan los desfiladeros de la montaña y atacaran a los
israelitas. 2 Y aquel mismo día, todos sus guerreros levantaron el
campamento. Su ejército se componía de ciento setenta mil soldados de
infantería, y de doce mil jinetes, sin contar los encargados del equipaje y
los hombres de a pie que los acompañaban: era un inmensa multitud. 3
Acamparon en el valle cercano a Betulia, junto a la fuente, y se desplegaron
a lo ancho, desde Dotaim hasta Belbaim, y a lo largo, desde Betulia hasta
Ciamón, que está frente a Esdrelón. 4 Al ver aquella multitud, los israelitas quedaron
despavoridos y se decían unos a otros: "Estos van a arrasar ahora toda
la superficie de la tierra: ni las más altas montañas, ni los barrancos, ni
las colinas podrán soportar su peso". 5 Entonces cada uno empuñó sus
armas de guerra y montaron guardia toda aquella noche, encendiendo fogatas
sobre las torres. 6 Al segundo día, Holofernes exhibió toda su
caballería delante de los israelitas que estaban en Betulia; 7 luego examinó
los accesos de la ciudad; inspeccionó los manantiales y se apoderó de ellos,
colocando allí puestos de guardia. Después volvió a reunirse con sus tropas. El consejo de los aliados de Holofernes 8 Vinieron entonces a su encuentro los príncipes de
los hijos de Esaú, todos los jefes del pueblo de Moab y los oficiales del
litoral, y le dijeron: 9 "Si nuestro señor se digna escuchar un
consejo, no habrá bajas en su ejército. 10 Este pueblo de los israelitas no
confía en sus lanzas, sino en las alturas de las montañas donde habitan,
porque no es fácil escalar las cimas de sus montañas. 11 Por eso, señor, no
entres en combate con ellos y no caerá ni uno solo de tu pueblo. 12 Quédate
en tu campamento y reserva a todos los hombres de tu ejército; basta con que
tus servidores se apoderen de la fuente que brota al pie de la montaña, 13
porque de ella sacan el agua todos los habitantes de Betulia; así, devorados
por la sed, tendrán que entregar la ciudad. Mientras tanto, nosotros y
nuestra gente escalaremos las cimas de las montañas vecinas y acamparemos
allí, para impedir que alguien salga de la ciudad. 14 El hambre los consumirá
a ellos, a sus mujeres y a sus niños, y antes que los alcance la espada
caerán tendidos en las calles de la ciudad. 15 Así les harás pagar bien caro
su rebeldía y el haberse rehusado a salir pacíficamente a tu encuentro".
16 La propuesta satisfizo a Holofernes y a todos sus
oficiales, y él decidió proceder de esa manera. 17 Un destacamento de
amonitas partió acompañado de cinco mil asirios. Ellos acamparon en el valle,
y se apoderaron de los depósitos de agua y de los manantiales de los
israelitas. 18 Entre tanto, los edomitas y los amonitas subieron para acampar
en la colina situada frente a Dotaim y enviaron a algunos de ellos hacia el
sur y hacia el este, frente a Egrebel, que está cerca de Cus, a orillas del
torrente Mocmur. El resto del ejército asirio tomó posiciones en la llanura,
cubriendo toda la superficie de la región. Sus tiendas de campaña y sus
equipajes formaban un inmenso campamento, porque era una enorme multitud. Consternación de los israelitas 19 Al verse rodeados por todos sus enemigos, los
israelitas invocaron al Señor, su Dios, porque se sentían anonadados y sin
posibilidad de romper el cerco. 20 Todo el ejército asirio –los soldados, los
carros de guerra y los jinetes– mantuvieron el cerco durante treinta y cuatro
días. A todos los habitantes de Betulia se les agotaron las reservas de agua
21 y las cisternas comenzaron a secarse, de manera que nadie podía beber lo
indispensable para cada día porque el agua se les distribuía racionada. 22
Los niños languidecían, y las mujeres y los jóvenes desfallecían de sed y
caían exhaustos en las plazas de la ciudad y en los umbrales de las puertas. La protesta del pueblo 23 Todo el pueblo, los jóvenes, las mujeres y los
niños se amotinaron contra Ozías y contra los jefes de la ciudad, y clamaban
a gritos, diciendo a los ancianos: 24 "Que Dios sea el juez entre
nosotros y ustedes, por la gran injusticia que cometen contra nosotros al no
entrar en negociaciones de paz con los asirios. 25 Ya no hay nadie que pueda
auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que
desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos. 26
Llámenlos ahora mismo y entreguen la ciudad como botín a Holofernes y a todo
su ejército, 27 porque es preferible que seamos sus prisioneros: así seremos
esclavos, pero salvaremos nuestra vida y no tendremos que contemplar con
nuestros propios ojos la muerte de nuestros pequeños, y no veremos a nuestras
mujeres y a nuestros hijos exhalar el último suspiro. 28 Los conjuramos por
el cielo y por la tierra, y también por nuestro Dios y Señor de nuestros
padres, que nos castiga por nuestros pecados y por las transgresiones de
nuestros antepasados; hagan hoy mismo lo que les decimos". 29 Y toda la
asamblea prorrumpió en un amargo llanto, implorando a grandes voces al Señor
Dios. La intervención de Ozías 30 Pero Ozías les dijo: "Ánimo, hermanos,
resistamos cinco días más. En el transcurso de ellos, el Señor, nuestro Dios,
volverá a tener misericordia de nosotros, porque no nos abandonará hasta el
fin. 31 Si transcurridos estos días, no nos llega ningún auxilio, entonces
obraré como ustedes dicen". 32 Luego disolvió a la multitud para que
cada uno regresara a su puesto: los hombres se dirigieron a los muros y a las
torres de la ciudad, pero a las mujeres y a los niños los envió a sus casas.
Mientras tanto, la ciudad quedó sumida en una profunda consternación. Presentación de Judit 8 1 En
aquellos días llegó todo esto a oídos de Judit, hija de Merarí, hijo de Ox,
hijo de José, hijo de Oziel, hijo de Helcías, hijo de Ananías, hijo de
Gedeón, hijo de Rafaín, hijo de Ajitob, hijo de Elías, hijo de Jilquías, hijo
de Eliab, hijo de Natanael, hijo de Salamiel, hijo de Sarasadai, hijo de
Israel. 2 Su esposo Manasés, que era de su misma tribu y de su misma familia,
había muerto durante la cosecha de la cebada: 3 mientras vigilaba a los que
ataban las gavillas en el campo, tuvo una insolación que lo postró en cama, y
murió en Betulia, su ciudad. Allí fue sepultado con sus padres, en el campo
que está situado entre Dotaim y Belamón. 4 Judit había permanecido viuda en su casa durante
tres años y cuatro meses. 5 Sobre la terraza de su casa se había hecho
levantar una carpa; llevaba un sayal sobre su cuerpo y vestía ropas de luto.
6 Ayunaba todos los días, excepto los sábados, los novilunios y los días de
fiesta y de regocijo del pueblo de Israel. 7 Era muy hermosa y de aspecto
sumamente agradable. Su esposo Manasés le había dejado oro y plata,
servidores y servidoras, ganados y campos, y ella había quedado como dueña de
todo. 8 Nadie podía reprocharle nada, porque era muy temerosa de Dios. Exhortación de Judit a los jefes del pueblo 9 Judit se enteró de las amargas quejas que el
pueblo, descorazonado por la falta de agua, había dirigido al jefe de la
ciudad. También se enteró de la respuesta que les había dado Ozías, cuando
juró entregar la ciudad a los asirios en el término de cinco días. 10 Envió
entonces a la servidora que estaba al frente de todos sus bienes, para que
llamara a Cabris y Carmis, ancianos de la ciudad. 11 Estos se presentaron, y
ella les dijo: "Escúchenme, por favor, jefes de la población de Betulia.
Ustedes se equivocaron hoy ante el pueblo, al jurar solemnemente que
entregarían la ciudad a nuestros enemigos, si el Señor no viene a ayudarnos
en el término fijado. 12 Al fin de cuentas, ¿quiénes son ustedes para tentar
así a Dios y usurpar su lugar entre los hombres? 13 ¡Ahora ustedes ponen a
prueba al Señor todopoderoso, pero esto significa que nunca entenderán nada!
14 Si ustedes son incapaces de escrutar las profundidades del corazón del
hombre y de penetrar los razonamientos de su mente, ¿cómo pretenden sondear a
Dios, que ha hecho todas estas cosas, y conocer su pensamiento o comprender
sus designios? No, hermanos; cuídense de provocar la ira del Señor, nuestro
Dios. 15 Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco
días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante
nuestros enemigos. 16 No exijan entonces garantías a los designios del Señor,
nuestro Dios, porque Dios no cede a las amenazas como un hombre ni se le
impone nada como a un mortal. 17 Por lo tanto, invoquemos su ayuda, esperando
pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad. 18 Porque no hay nadie en nuestro tiempo, ni hay
entre nosotros, en el día de hoy, tribu, ni familia, ni comarca, ni ciudad
que adore dioses fabricados por mano de hombre, como sucedía en los tiempos
pasados. 25 Más aún, demos gracias al Señor, nuestro Dios,
que nos somete a prueba, lo mismo que a nuestros padres. 26 Recuerden todo lo
que hizo con Abraham y en qué forma probó a Isaac, y todo lo que le sucedió a
Jacob en Mesopotamia de Siria, cuando apacentaba las ovejas de Labán, hermano
de su madre: 27 así como a ellos los purificó para probar sus corazones, de
la misma manera, nosotros no somos castigados por él, sino que el Señor
golpea a los que están cerca de él, para que eso les sirva de
advertencia". La respuesta de Ozías a Judit 28 Ozías le respondió: "En todo lo que has
dicho te has expresado con sensatez y nadie puede contradecir tus palabras.
29 No es esta la primera vez que se manifiesta tu sabiduría: desde que eras
joven, todo el pueblo conoce tu inteligencia y la bondad de tu corazón. 30
Pero ahora el pueblo está consumido por la sed y nos ha obligado a ejecutar
lo que le hemos propuesto y a comprometernos con un juramento que no nos es
lícito violar. 31 Tú, que eres una mujer piadosa, ruega por nosotros para que
el Señor envíe la lluvia que llenará nuestras cisternas, y así no quedaremos
exhaustos". El plan de Judit 32 Judit les respondió: "Escúchenme, porque voy
a hacer algo que se transmitirá de generación en generación a los hijos de
nuestra estirpe. 33 Esta noche, ustedes se ubicarán ante La oración de Judit 9 1
Entonces Judit se postró en tierra, esparció ceniza sobre su cabeza, puso al descubierto
el sayal con que estaba ceñida e imploró al Señor en alta voz. Era la hora en
que se ofrecía en Jerusalén, en el Templo de Dios, el incienso de la tarde.
Judit dijo: 2 "¡Señor, Dios de mi padre Simeón! Tú pusiste en sus manos una espada vengadoracontra aquellos extranjeros que arrancaron el velo de una virgen para violarla, desnudaron su cuerpo para avergonzarla y profanaron su seno para deshonrarla. Aunque tú habías dicho: ‘Eso no se hará’, ellos, sin embargo, lo hicieron. 3 Por eso entregaste a sus jefes a la masacre, y así su lecho, envilecido por su engaño, también por un engaño quedó ensangrentado. Bajo tus golpes, cayeron muertos los esclavos con sus príncipes y los príncipes, sobre sus tronos. 4 Tú entregaste sus mujeres al pillaje y sus hijas al cautiverio, y dejaste todos sus despojos para que fueran repartidosentre tus hijos
predilectos, los cuales, enardecidos de celopor causa de ti y horrorizados por la mancha infligidaa su propia
sangre, habían invocado tu ayuda. ¡Dios, Dios mío, escucha ahora la plegaria de este
viuda! 5 Tú has hecho el pasado, el presente y el porvenir; tú decides los acontecimientospresentes y futuros, y sólo se realiza lo que tú has dispuesto. 6 Las cosas que tú has ordenado se presentan y exclaman:‘¡Aquí estamos!’. Porque tú preparas todos tus caminos, y tus juicios están previstos de antemano. 7 Mira que los asirios, colmados de poderío, se glorían de sus caballos y sus jinetes, se enorgullecen del vigor de sus soldados, confían en sus escudos y sus lanzas, en sus arcos y sus hondas, |