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Caminando con Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant Edición especial comentada para ayudar a
comprender mejor las Sagradas Escrituras |
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Por su excepcional valor poético y humano, el libro
de JOB ocupa un lugar destacado, no sólo dentro de Esta obra fue escrita a comienzos del siglo V a. C.,
y para componerla, el autor tomó como base un antiguo relato del folclore
palestino, que narraba los terribles padecimientos de un hombre justo, cuya
fidelidad a Dios en medio de la prueba le mereció una extraordinaria
recompensa. Esta leyenda popular constituye el prólogo y el epílogo del
Libro. Al situar a su personaje en un país lejano, fuera de las fronteras de
Israel (1. 1), el autor sugiere que el drama de Job afecta a todos los
hombres por igual. No se puede comprender el libro de Job sin tener en
cuenta la enseñanza tradicional de los "sabios" israelitas acerca
de la retribución divina. Según esa enseñanza, las buenas y las malas
acciones de los hombres recibían necesariamente en este mundo el
premio o el castigo merecidos. Esta era una consecuencia lógica de la fe en
la justicia de Dios, cuando aún no se tenía noción de una retribución más
allá de la muerte. Sin embargo, llegó el momento en que esta doctrina
comenzó a hacerse insostenible, ya que bastaba abrir los ojos a la realidad
para ver que la justicia y la felicidad no van siempre juntas en la vida
presente. Y si no todos los sufrimientos son consecuencia del pecado, ¿cómo
se explican? Pero el autor no se contenta con poner en tela de
juicio la doctrina tradicional de la retribución. Al reflexionar sobre las
tribulaciones de Job –un justo que padece sin motivo aparente– él critica la
sabiduría de los antiguos "sabios" y la reduce a sus justos
límites. Aquella sabiduría aspiraba a comprenderlo todo: el bien y el mal, la
felicidad y la desgracia, la vida y la muerte. Esta aspiración era sin duda
legítima, pero tendía a perder de vista la soberanía, la libertad y el
insondable misterio de Dios. En el reproche que hace el Señor a los amigos de
Job (42. 7), se rechaza implícitamente toda sabiduría que se erige en norma
absoluta y pretende encerrar a Dios en las categorías de la justicia humana. El personaje central de este Libro llegó a descubrir
el rostro del verdadero Dios a través del sufrimiento. Para ello tuvo que
renunciar a su propia sabiduría y a su pretensión de considerarse justo. No
es otro el camino que debe recorrer el cristiano, pero este lo hace iluminado
por el mensaje de la cruz, que da un sentido totalmente nuevo al misterio del
dolor humano. "Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos
de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es PRÓLOGO NARRATIVO El prólogo en prosa
quiere destacar la justicia de Job y la causa de sus padecimientos. Estos no
son consecuencia del pecado, sino una prueba permitida por Dios, para mostrar
que su servidor lo ama desinteresadamente y no por los bienes que recibe de
él. Pero tanto Job como sus amigos ignoran el motivo de esta prueba, porque
no han asistido al diálogo del Señor con "el Adversario", esa
especie de acusador público en la corte celestial, que se resiste a creer en
la virtud desinteresada. Así queda abierto el debate que se va a desarrollar
en el resto del Libro. Presentación de Job 1 1 Había en
el país de Us un hombre llamado Job. Este hombre era íntegro y recto,
temeroso de Dios y alejado del mal. 2 Le habían nacido siete hijos y tres
hijas, 3 y poseía una hacienda de siete mil ovejas, y tres mil camellos,
quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, además de una servidumbre muy
numerosa. Este hombre era el más rico entre todos los Orientales. 4 Sus hijos tenían la costumbre de ofrecer por turno
un banquete, cada uno en su propia casa, e invitaban a sus tres hermanas a
comer y a beber con ellos. 5 Una vez concluido el ciclo de los festejos, Job
los hacía venir y los purificaba; después se levantaba muy de madrugada y
ofrecía un holocausto por cada uno de ellos. Porque pensaba: "Tal vez
mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazón". Así procedía
Job indefectiblemente. El comienzo de la prueba 6 El día en que los hijos de Dios fueron a
presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de
ellos. 7 El Señor le dijo: "¿De dónde vienes?". El Adversario
respondió al Señor: "De rondar por la tierra, yendo de aquí para
allá". 8 Entonces el Señor le dijo: "¿Te has fijado en mi servidor
Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto,
temeroso de Dios y alejado del mal". 9 Pero el Adversario le respondió:
"¡No por nada teme Job al Señor! 10 ¿Acaso tú no has puesto un cerco
protector alrededor de él, de su casa y de todo lo que posee? Tú has
bendecido la obra de sus manos y su hacienda se ha esparcido por todo el
país. 11 Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te
maldecirá en la cara!". 12 El Señor dijo al Adversario: "Está bien.
Todo lo que le pertenece está en tu poder, pero no pongas tu mano sobre
él". Y el Adversario se alejó de la presencia del Señor. Job privado de sus bienes y de sus hijos 13 El día en que sus hijos e hijas estaban comiendo
y bebiendo en la casa del hermano mayor, 14 llegó un mensajero y dijo a Job:
"Los bueyes estaban arando y las asnas pastaban cerca de ellos, 15
cuando de pronto irrumpieron los sabeos y se los llevaron, pasando a los
servidores al filo de la espada. Yo solo pude escapar para traerte la
noticia". 16 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo:
"Cayó del cielo fuego de Dios, e hizo arder a las ovejas y a los
servidores hasta consumirlos. Yo solo pude escapar para traerte la
noticia". 17 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo:
"Los caldeos, divididos en tres grupos, se lanzaron sobre los camellos y
se los llevaron, pasando a los servidores al filo de la espada. Yo solo pude
escapar para traerte la noticia". 18 Todavía estaba hablando, cuando
llegó otro y le dijo: "Tus hijos y tus hijas comían y bebían en la casa
de su hermano mayor, 19 y de pronto sopló un fuerte viento del lado del
desierto, que sacudió los cuatro ángulos de la casa. Esta se desplomó sobre
los jóvenes, y ellos murieron. Yo solo pude escapar para traerte la noticia. 20 Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se rapó
la cabeza, se postró con el rostro en tierra 21 y exclamó: "Desnudo salí del vientre de mi madre,
y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó:
¡bendito sea el nombre del Señor!". 22 En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno
contra Dios. La culminación de la prueba 2 1 El día
en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también fue
el Adversario en medio de ellos, para presentarse delante del Señor. 2 El
Señor le dijo: "¿De dónde vienes?". El Adversario respondió al
Señor: "De rondar por la tierra, yendo de aquí para allá". 3
Entonces el Señor le dijo: "¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay
nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios
y alejado del mal. Él todavía se mantiene firme en su integridad, y en vano
me has instigado contra él para perderlo". 4 El Adversario respondió al
Señor: "¡Piel por piel! Un hombre da todo lo que tiene a cambio de su
vida. 5 Pero extiende tu mano contra él y tócalo en sus huesos y en su carne:
¡seguro que te maldecirá en la cara!". 6 El Señor respondió al
Adversario: "Está bien. Ahí lo tienes en tu poder, pero respétale la
vida". 7 El Adversario se alejó de la presencia del Señor,
e hirió a Job con una úlcera maligna, desde la planta de los pies hasta la
cabeza. 8 Job tomó entonces un pedazo de teja para rascarse, y permaneció
sentado en medio de la ceniza. 9 Su mujer le dijo: "¿Todavía vas a
mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez".
10 Pero él le respondió: "Hablas como una mujer insensata. Si aceptamos
de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?". En todo esto, Job
no pecó con sus labios. Los amigos de Job 11 Tres amigos de Job se enteraron de todos los
males que le habían sobrevenido, y llegaron cada uno de su país. Eran Elifaz
de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamá, los cuales se pusieron de acuerdo
para ir a expresarle sus condolencias y consolarlo. 12 Al divisarlo de lejos,
no lo reconocieron. Entonces se pusieron a llorar a gritos, rasgaron sus
mantos y arrojaron polvo sobre sus cabezas. 13 Después permanecieron sentados
en el suelo junto a él, siete días y siete noches, sin decir una sola
palabra, porque veían que su dolor era muy grande. DIÁLOGO ENTRE JOB Y SUS AMIGOS Después de un tenso y
largo mutismo, Job estalla en una amarga lamentación. Su rebeldía es el
clamor que brota de lo más íntimo, cuando un hombre se ve enfrentado con el
enigma del sufrimiento. Más que todos los padecimientos físicos lo exaspera
el inexplicable silencio de Dios. De ahí su constante apelación a un juicio o
pleito con ese Dios que parece tratarlo con la saña de un enemigo. Con tal de
llegar a esta confrontación personal con Dios, en la que está seguro de
probar su inocencia, Job se declara dispuesto a arriesgar "el todo por el todo" y a poner en
peligro su vida (13. 14). A este grito de dolor,
los amigos de Job responden con una fría exposición doctrinal. Los tres se
aferran a la antigua doctrina sobre la razón del sufrimiento: Dios hace
prosperar al justo y hunde a los impíos en la ruina. Si Job sufre, algún mal
tiene que haber cometido. De nada vale que él se declare inocente. ¡Que
reconozca humildemente su pecado, y el Señor no tardará en mostrarle su
favor! El debate de Job con
sus amigos se desarrolla en tres
ciclos de discursos, encuadrados entre dos monólogos del
protagonista del drama. Los amigos hablan por turno y Job le responde a cada
uno. Los interlocutores repiten incesantemente las mismas ideas, endureciendo
cada vez más su posición. A pesar de todos los reproches que se le dirigen,
Job insiste en afirmar su inocencia. Ninguno de los tres amigos, por su
parte, parece haber experimentado el sufrimiento ni comprender que para
consolar a un hombre afligido hace falta algo más que recordarle una teoría. primer ciclo de discursos Monólogo inicial: la protesta de Job 3 1
Después de esto, Job rompió el silencio y maldijo el día de su nacimiento. 2
Tomó la palabra y exclamó: 3 ¡Desaparezca el día en
que nací y la noche que dijo: "Ha sido engendrado un varón"! 4 ¡Que aquel día se
convierta en tinieblas! Que Dios se despreocupe de
él desde lo altoy no brille sobre él ni un rayo de luz. 5 Que lo reclamen para sí
las tinieblas y las sombras, que un nubarrón se cierna sobre él y lo
aterrorice un eclipse de sol. 6 ¡Sí, que una densa
oscuridad se apodere de él y no se lo añada a los días del año ni se lo
incluya en el cómputo de los meses! 7 ¡Que aquella noche sea
estéril y no entre en ella ningún grito de alegría! 8 Que la maldigan los que
maldicen los días, los expertos en excitar a Leviatán. 9 Que se oscurezcan las
estrellas de su aurora; que espere en vano la luz y no vea los destellos del
alba. 10 Porque no me cerró las
puertas del seno materno ni ocultó a mis ojos tanta miseria. 11 ¿Por qué no me morí al
nacer? ¿Por qué no expiré al salir del vientre materno? 12 ¿Por qué me recibieron
dos rodillas y dos pechos me dieron de mamar? 13 Ahora yacería
tranquilo, estaría dormido y así descansaría, 14 junto con los reyes y
consejeros de la tierra que se hicieron construir mausoleos, 15 o con los príncipes
que poseían oro y llenaron de plata sus moradas. 16 O no existiría, como
un aborto enterrado, como los niños que nunca vieron la luz. 17 Allí, los malvados
dejan de agitarse, allí descansan los que están extenuados. 18 También los
prisioneros están en paz, no tienen que oír los gritos del carcelero. 19 Pequeños y grandes son
allí una misma cosa, y el esclavo está liberado de su dueño. 20 ¿Para qué dar la luz a
un desdichado y la vida a los que están llenos de amargura, 23 al hombre que se le
cierra el camino y al que Dios cerca por todas partes? 24 Los gemidos se han
convertido en mi pan y mis lamentos se derraman como agua. 25 Porque me sucedió lo
que más temía y me sobrevino algo terrible. 26 ¡No tengo calma, ni
tranquilidad, ni sosiego, sólo una constante agitación! Primer discurso de Elifaz: la felicidad de los
justos 4 1 Entonces
Elifaz de Temán tomó la palabra y dijo: 2 ¿Se atrevería alguien a
hablarte, estando tú tan deprimido? Pero ¿quién puede contener sus palabras? 3 Tú has aleccionado a
mucha gente y has fortalecido las manos debilitadas; 4 tus palabras sostuvieron
al que tropezaba y has robustecido las rodillas vacilantes. 5 Pero ahora te llega el
turno, y te deprimes, te ha tocado a ti, y estás desconcertado. 6 ¿Acaso tu piedad no te
infunde confianza y tu vida íntegra no te da esperanza? 7 Recuerda esto: ¿quién
pereció siendo inocente o dónde fueron exterminados los hombres rectos? 8 Por lo que he visto,
los que cultivan la maldad y siembran la miseria, cosechan eso mismo: 9 ellos perecen bajo el
aliento de Dios, desaparecen al soplo de su ira. 10 Los leones cesan de
rugir y bramar y los dientes de sus cachorros son quebrados; 11 el león perece por
falta de presa y las crías de la leona se dispersan. 12 Una palabra me llegó
furtivamente, su leve susurro cautivó mis oídos. 13 Entre las pesadillas
de las visiones nocturnas, cuando un profundo sopor invade a los hombres, 14 me sobrevino un temor,
un escalofrío, que estremeció todos mis huesos: 15 una ráfaga de viento
pasa sobre mi rostro, eriza los pelos de mi cuerpo; 16 alguien está de pie,
pero no reconozco su semblante, es sólo una forma delante de mis ojos; hay un
silencio, y luego oigo una voz: 17 ¿Puede un mortal ser
justo ante Dios? ¿Es puro un hombre ante su Creador? 18 Si él no se fía de sus
propios servidores y hasta en sus ángeles encuentra errores, 19 ¡cuánto más en los que
habitan en casas de arcilla, y tienen sus cimientos en el polvo! Ellos son aplastados como
una polilla, 20 de la noche a la
mañana quedan pulverizados: sin que nadie se preocupe, perecen para siempre. 21 ¿No se les arranca la
estaca de su carpa, y mueren por falta de sabiduría? 5 1
¡Clama, a ver si alguien te responde! ¿A cuál de los santos te volverás? 2 Porque la exasperación
mata al insensato y la pasión hace morir al necio. 3 Yo he visto al
insensato echar raíces, pero al instante maldije su morada. 4 Sus hijos estarán lejos
de toda ayuda, aplastados en 5 Lo que ellos cosechen
se lo comerá el hambriento, y el sediento suspirará por sus riquezas. 6 No, el mal no sale del sueloni
la miseria brota de la tierra: 7 es el hombre el que
engendra la miseria, como las águilas levantan vuelo hacia lo alto. 8 Yo, por mi parte,
buscaría a Dios, a él le expondría mi causa. 9 Él realiza obras
grandes e inescrutables, maravillas que no se pueden enumerar. 10 Derrama la lluvia
sobre la tierra y hace correr el agua por los campos. 11 Pone a los humildes en
las alturas y los afligidos alcanzan la salvación. 12 Hace fracasar los
proyectos de los astutos para que no prospere el trabajo de sus manos. 13 Sorprende a los sabios
en su propia astucia y el plan de los malvados se deshace rápidamente. 14 En pleno día, chocan
contra las tinieblas, y andan a tientas al mediodía, como si fuera de noche. 15 Él salva al huérfano
de la espada, y al indigente, de la mano del poderoso. 16 Así, el débil recupera
la esperanza y los malvados cierran la boca. 17 ¡Feliz el hombre a
quien Dios reprende y que no desdeña la lección del Todopoderoso! 18 Porque él hiere, pero
venda la herida; golpea, pero sana con sus manos. 19 Seis veces te librará
de la angustia, y la séptima, el mal no te alcanzará. 20 En tiempo de hambre,
te librará de la muerte, y en la guerra, del filo de la espada. 21 Estarás protegido
contra el azote de las malas lenguas y no temerás cuando llegue la
devastación. 22 Te reirás de la
devastación y del hambre y no temerás a las fieras de la tierra. 23 Sí, tendrás una
alianza con las piedras del campo y las fieras estarán en paz contigo. 24 Sabrás que en tu carpa
hay prosperidad, y cuando revises tu morada, nada faltará. 25 Verás que se
multiplica tu descendencia y que tus retoños son como la hierba de la tierra.
26 Llegarás a la tumba
lleno de vigor como se levanta una parva a su debido tiempo. 27 Esto es lo que hemos
comprobado, y es así: escúchalo bien, y saca provecho. Respuesta de Job: la miseria del hombre sobre la
tierra 6 1 Job
respondió, diciendo: 2 ¡Ah, si pudiera pesarse
mi dolor y se pusiera en la balanza toda mi desgracia! 3 Ahora pesarían más que la
arena del mar, ¡por eso digo tantos desatinos! 4 Las flechas del
Todopoderoso están clavadas en mí y mi espíritu absorbe su veneno; los
terrores de Dios están enfilados contra mí. 5 ¿Rebuzna el asno
salvaje sobre la hierba verde o muge el toro junto a su forraje? 6 ¿Se come sin sal un
alimento insípido o tiene sabor la clara de huevo? 7 Lo que yo me resistía
incluso a tocar es mi alimento en la enfermedad. 8 ¡Si al menos se
cumpliera mi pedido y Dios me concediera lo que espero! 9 ¡Si Dios se decidiera a
aplastarme, si soltara su mano y me partiera en dos! 10 Entonces tendría de
qué consolarme y saltaría de gozo en mi implacable tormento, por no haber
renegado de las palabras del Santo. 11 ¿Qué fuerza tengo para
poder esperar? ¿Cuál es mi fin para soportar con paciencia? 12 ¿Tengo acaso la
resistencia de las piedras o es de bronce mi carne? 13 No, no encuentro
ninguna ayuda dentro de mí mismo y se me han agotado los recursos. 14 Bien merece la lealtad
de su amigo el hombre deshecho que ha perdido el temor a Dios. 15 Pero mis hermanos me
han traicionado como un torrente, como el cauce de los torrentes pasajeros, 16 que corren turbios
durante el deshielo, arrastrando la nieve derretida. 17 Al llegar el verano,
se evaporan; con el calor, se extinguen en su propio lecho. 18 Las caravanas desvían
su trayecto, se internan en el desierto y perecen. 19 Las caravanas de Temá
vuelven los ojos hacia ellos, los viajantes de Sabá esperan encontrarlos. 20 Pero se avergüenzan de
haber esperado, llegan hasta allí, y quedan defraudados. 21 Así son ahora ustedes
para mí: ven algo horrible, y se llenan de espanto. 22 Yo nunca les dije:
"Denme algo, regálenme una parte de sus bienes; 23 líbrenme del poder del
enemigo, rescátenme de las manos de los violentos". 24 Instrúyanme, y yo me
callaré; háganme entender dónde está mi error. 25 ¿Acaso son hirientes
las palabras rectas? Pero ¿qué se arregla con los reproches de ustedes? 26 ¿O pretenden
arreglarlo todo con reproches, mientras echan al viento las palabras de un
desesperado? 27 ¡Ustedes echarían
suertes sobre un huérfano y traficarían con su propio amigo! 28 ¡Decídanse de una vez,
vuélvanse hacia mí! ¿Acaso les voy a mentir en la cara? 29 Vuelvan, les ruego, y
que no haya falsedad; vuelvan, está en juego mi justicia. 30 ¿Acaso hay falsedad en
mi lengua o mi paladar no sabe discernir la desgracia? 7 1 ¿No es
una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus jornadas las
de un asalariado? 2 Como un esclavo que suspira
por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, 3 así me han tocado en
herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. 4 Al acostarme, pienso:
"¿Cuándo me levantaré?". Pero la noche se hace muy
larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. 5 Gusanos y costras
polvorientas cubren mi carne, mi piel se agrieta y supura. 6 Mis días corrieron más
veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. 7 Recuerda que mi vida es
un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad. 8 El ojo que ahora me
mira, ya no me verá; me buscará tu mirada, pero ya no existiré. 9 Una nube se disipa y
desaparece: así el que baja al Abismo no sube más. 10 No regresa otra vez a
su casa ni el lugar donde estaba lo vuelve a ver. 11 Por eso, no voy a
refrenar mi lengua: hablaré con toda la angustia de mi espíritu, me quejaré
con amargura en el alma. 12 ¿Acaso yo soy el Mar o
el Dragón marino para que dispongas una guardia contra mí? 13 Cuando pienso:
"Mi lecho me consolará, mi cama compartirá mis quejidos", 14 entonces tú me
horrorizas con sueños y me sobresaltas con visiones. 15 ¡Más me valdría ser
estrangulado, prefiero la muerte a estos huesos despreciables! 16 Yo no viviré
eternamente: déjame solo, porque mis días son un soplo. 17 ¿Qué es el hombre para
que lo tengas tan en cuenta y fijes en él tu atención, 18 visitándolo cada
mañana y examinándolo a cada instante? 19 ¿Cuándo dejarás de
mirarme? ¿No me darás tregua ni para tragar saliva? 20 Si pequé, ¿qué daño te
hice, a ti, guardián de los hombres? ¿Por qué me has tomado
como blanco y me he convertido en una carga para ti? 21 ¿Por qué no perdonas
mis ofensas y pasas por alto mis culpas? ¡Mira que muy pronto me
acostaré en el polvo, me buscarás, y ya no existiré! Primer discurso de Bildad: la triste suerte de los
impíos 8 1 Bildad
de Súaj replicó, diciendo: 2 ¿Hasta cuándo hablarás
de esta manera y tus palabras serán un viento impetuoso? 3 ¿Acaso Dios distorsiona
el derecho y el Todopoderoso tergiversa la justicia? 4 Si tus hijos pecaron
contra él, él los dejó librados a sus propios delitos. 5 En cambio, si tú
recurres a Dios e imploras al Todopoderoso, 6 si te mantienes puro y
recto, seguramente, él pronto velará por ti y restablecerá tu morada de
hombre justo. 7 Tus comienzos habrán
sido poca cosa, frente a la grandeza de tu porvenir. 8 Interroga, si no, a las
generaciones pasadas, considera lo que experimentaron sus padres. 9 Nosotros somos de ayer
y no sabemos nada, nuestros días sobre la tierra son una sombra. 10 Ellos te instruirán y
te hablarán, sacarán de su corazón estas palabras: 11 ¿Brota el papiro fuera
de los pantanos? ¿Crece el junco donde no hay agua? 12 Tierno aún, y sin que
nadie lo corte, se seca más pronto que cualquier otra hierba. 13 Tal es la suerte de
los que olvidan a Dios, así perece la esperanza del impío. 14 Su confianza es apenas
un hilo, su seguridad, una tela de araña. 15 Se apoya sobre su
casa, y ella no resiste, se aferra a ella, y no queda en pie. 16 Ahí está lleno de
savia ante los rayos del sol, sus retoños se extienden sobre su jardín; 17 sus raíces se
entrelazan en el pedregal, se prenden al terreno rocoso. |