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Caminando con Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant Edición especial comentada para ayudar a
comprender mejor las Sagradas Escrituras |
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En el La pertenencia de Ezequiel
a la clase sacerdotal dejó una huella profunda en su mensaje. Así lo
manifiestan su interés por las instituciones cultuales, su preocupación por
separar lo sagrado de lo profano (45. 1-6; 48. 9-14), su horror por las
impurezas legales (4. 14; 44. 6-8) y su competencia para resolver casos de
moral y derecho, función esta específica de los sacerdotes (20. 1). Pero su
máxima preocupación es el Templo, ya sea el Templo presente, contaminado por
toda suerte de ritos idólatras (8. 1-18), ya sea el Santuario de la nueva
Jerusalén, donde Sin embargo, Ezequiel fue
ante todo un profeta. El Señor lo estableció como "un presagio
para el pueblo de Israel" (12. 6; 24. 24), y él puso en evidencia
ante los exiliados en Babilonia que había "un profeta en medio de
ellos" (2. 5; 33. 33). Su función fue semejante a la del
"centinela", encargado de dar el grito de alerta ante la
inminencia del peligro y, al mismo tiempo, responsable de aquellos que se
perdían por no haber sido alertados oportunamente (3. 16-21). A través de sus escritos,
Ezequiel se manifiesta como una personalidad sumamente desconcertante. El
lector queda desorientado ante sus sorprendentes acciones simbólicas (4. 1-3;
5. 1-4; 12. 1-20), ante sus posturas extravagantes (4. 4-8) y sus transportes
extáticos (11. 1-13; 37. 1-14; 40. 1-4). Estos mismos elementos ya habían
aparecido en otros profetas anteriores a él. Pero mientras que Oseas, Isaías
o Jeremías se valen de ellos con cierta discreción, Ezequiel parece
complacerse en emplearlos hasta resultar chocante. Por ese modo de proceder,
se lo ha tachado de "excéntrico" e incluso se ha pensado que
padecía de ciertas perturbaciones síquicas. Lo cierto es que poseía un genio
excepcionalmente sensible e imaginativo, a la vez que complejo y paradójico.
Era un "visionario" en el mejor sentido del término. Pero eso no le
impedía expresarse a veces con la fría precisión de un jurista y la sutileza
de un casuista o bien detenerse minuciosamente en la seca enumeración de
detalles arquitectónicos. El libro de Ezequiel
aparece a primera vista como un conjunto sólidamente estructurado. Después de
la introducción dedicada a relatar la vocación del profeta (1. 4-3. 21),
siguen cuatro partes que tratan temas bien definidos. Dentro de este plan
lógico, es fácil descubrir algunas repeticiones, interrupciones bruscas y
ampliaciones, debidas en gran parte al trabajo redaccional de los discípulos
del profeta, que dieron al Libro su forma definitiva. Los grandes temas de
Ezequiel han encontrado un profundo eco en el Nuevo Testamento, sobre todo en
el Evangelio según san Juan. Introducción 1 1 El año
treinta, el día quinto del cuarto mes, mientras me encontraba en medio de los
deportados, a orillas del río Quebar, se abrió el cielo y tuve visiones
divinas. 2 El día cinco del mes –era el año quinto de la deportación del rey
Joaquín– 3 la palabra del Señor llegó a Ezequiel, hijo del sacerdote Buzí, en
el país de los caldeos, a orillas del río Quebar. Allí la mano del Señor
descendió sobre él. Mientras comparte la
suerte de sus hermanos exiliados en Babilonia, Ezequiel es llamado a ejercer
la actividad profética. La "gloria" del Señor se le manifiesta de
manera imprevista, rodeada de un escenario deslumbrante y hasta terrorífico.
En medio de una nube resplandeciente, que avanza bajo el impulso de un viento
huracanado, él ve cuatro seres vivientes, de forma semejante a la de esos
animales fantásticos que aparecen en las esculturas del Antiguo Oriente. Al
lado de ellos, unas extrañas ruedas se desplazan vertiginosamente. Con las alas
desplegadas hacia lo alto, esos seres vivientes sostienen una especie de
plataforma y un trono, y encima del trono, con aspecto humano, aparece la
"gloria" del Señor (1. 28), manifestación visible y luminosa de la
santidad y el poder divinos. En esta descripción
encontramos una acumulación de imágenes y símbolos que hacen difícil imaginar
con precisión el espectáculo evocado por el profeta. Sin embargo, el sentido
de la visión es claro en su conjunto. La presencia del Señor no está ligada a
ningún lugar del espacio, ni siquiera al Templo de Jerusalén o a la tierra de
Israel. En la pagana Babilonia, él viene a unirse con su Pueblo desterrado.
Los exiliados ya no pueden decir que el Señor está lejos (Is. 40. 27; 49.
14). La "gloria" del Señor se ha hecho presente en medio de ellos,
se ha acercado a un hombre y lo ha investido de la misión profética Visión del carro divino 4 Yo miré, y vi un viento huracanado que venía del
norte, y una gran nube con un fuego fulgurante y un resplandor en torno de
ella; y de adentro, de en medio del fuego, salía una claridad como de
electro. 5 En medio del fuego, vi la figura de cuatro seres vivientes, que
por su aspecto parecían hombres. 6 Cada uno tenía cuatro rostros y cuatro
alas. 7 Sus piernas eran rectas; sus pies, como pezuñas de ternero, y
resplandecían con el fulgor del bronce bruñido. 8 Por debajo de sus alas,
aparecían unas manos de hombre, sobre los cuatro costados; los cuatro seres
tenían rostros y alas. 9 Sus alas se tocaban una a la otra, y ellos no se
volvían cuando avanzaban: cada uno iba derecho hacia adelante. 10 En cuanto a
la forma de sus rostros, los cuatro tenían un rostro de hombre, un rostro de
león a la derecha, un rostro de toro a la izquierda, y un rostro de águila.
11 Sus alas estaban extendidas hacia lo alto: cada uno tenía dos alas que se
tocaban entre sí y otras dos que les cubrían el cuerpo. 12 Ellos avanzaban de
frente: iban adonde los impulsaba el espíritu, y no se volvían al avanzar. 13
Entre los seres vivientes había un fuego como de brasas incandescentes, como
de antorchas, que se agitaba en medio de ellos; el fuego resplandecía, y de
él salían rayos. 14 Los seres vivientes iban y venían, y parecían relámpagos. 15 Yo miré a los seres vivientes, y vi que en el
suelo, al lado de cada uno de ellos, había una rueda. 16 El aspecto de las
ruedas era brillante como el topacio y las cuatro tenían la misma forma. En
cuanto a su estructura, era como si una rueda estuviera metida dentro de
otra. 17 Cuando avanzaban, podían ir en las cuatro direcciones, y no se
volvían al avanzar. 18 Las cuatro ruedas tenían llantas, y yo vi que las
llantas estaban llenas de ojos, en todo su alrededor. 19 Cuando los seres
vivientes avanzaban, también avanzaban las ruedas al lado de ellos, y cuando
los seres vivientes se elevaban por encima del suelo, también se elevaban las
ruedas. 20 Ellos iban adonde los impulsaba el espíritu, y las ruedas se
elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en
las ruedas. 21 Cuando ellos avanzaban, avanzaban las ruedas, y cuando ellos
se detenían, se detenían las ruedas; y cuando ellos se elevaban por encima
del suelo, las ruedas se elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los
seres vivientes estaba en las ruedas. 22 Sobre las cabezas de los seres vivientes, había
una especie de plataforma reluciente como el cristal, que infundía temor y se
extendía por encima de sus cabezas. 23 Ellos estaban debajo de la plataforma
con las alas erguidas, tocándose una a la otra, mientras las otras dos les
cubrían el cuerpo. 24 Yo oí el ruido de sus alas cuando ellos avanzaban: era
como el ruido de aguas torrenciales, como la voz del Todopoderoso, como el
estruendo de una multitud o de un ejército acampado. Al detenerse, replegaban
sus alas. 25 Y se produjo un estruendo sobre la plataforma que estaba sobre
sus cabezas. 26 Encima de la plataforma que estaba sobre sus
cabezas, había algo así como una piedra de zafiro, con figura de trono; y
encima de esa especie de trono, en lo más alto, una figura con aspecto de
hombre. 27 Entonces vi un fulgor como de electro, algo así como un fuego que
lo rodeaba desde lo que parecía ser su cintura para abajo; vi algo así como
un fuego y una claridad alrededor de él: 28 como el aspecto del arco que
aparece en las nubes los días de lluvia, así era la claridad que lo rodeaba.
Este era el aspecto, la semejanza de la gloria del Señor. Al verla, caí con
el rostro en tierra y oí una voz que hablaba. Visión del libro 2 1 Esa
voz me dijo: Levántate, hijo de hombre, porque voy a hablarte. 2 Cuando me habló, un espíritu entró en mí y me hizo
permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. 3 Él me dijo: Hijo de
hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han
rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día
de hoy. 4 Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que
yo te envío, para que les digas: "Así habla el Señor" . 5 Y sea que
escuchen o se nieguen a hacerlo –porque son un pueblo rebelde– sabrán que hay
un profeta en medio de ellos. 6 En cuanto a ti, hijo de hombre, no les temas
ni tengas miedo de lo que digan, porque estás entre cardos y espinas, y
sentado sobre escorpiones; no tengas miedo de lo que digan ni te acobardes
delante de ellos, porque son un pueblo rebelde. 7 Tú les comunicarás mis
palabras, sea que escuchen o se nieguen a hacerlo, porque son un pueblo
rebelde. 8 Y tú, hijo de hombre, escucha lo que te voy a
decir; no seas rebelde como ese pueblo rebelde: abre tu boca y come lo que te
daré. 9 Yo miré y vi una mano extendida hacia mí, y en ella había un libro
enrollado. 10 Lo desplegó delante de mí, y estaba escrito de los dos lados;
en él había cantos fúnebres, gemidos y lamentos. 3 1 Él me
dijo: Hijo de hombre, come lo que tienes delante: come este rollo, y ve a
hablar a los israelitas. 2 Yo abrí mi boca y él me hizo comer ese rollo. 3
Después me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con
este libro que yo te doy. Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel. 4 Él me dijo: Hijo de hombre, dirígete a los
israelitas y comunícales mis palabras. 5 Porque no se te envía a un pueblo
que habla una lengua oscura y difícil, sino al pueblo de Israel. 6 Si yo te
enviara a pueblos numerosos que hablan una lengua oscura y difícil, cuyas
palabras no entiendes, ellos te escucharían. 7 Pero el pueblo de Israel no
querrá escucharte, porque no quieren escucharme a mí, ya que todos los
israelitas tienen la frente dura y el corazón endurecido. 8 Por eso yo haré
tu rostro duro como el de ellos y tu frente dura como la de ellos: 9 haré tu
frente como el diamante, que es más duro que la roca. No les tengas miedo ni
te acobardes delante de ellos, porque son un pueblo rebelde. El profeta entre los deportados 10 Él me dijo: Hijo de hombre, recibe en tu corazón
y escucha atentamente todas las palabras que yo te diré; 11 después, dirígete
a tus compatriotas que están en el exilio y háblales. Sea que te escuchen o
que se nieguen a hacerlo, les dirás: "Así habla el Señor". 12
Entonces un espíritu me arrebató y oí detrás de mí el estruendo de un gran
tumulto, cuando la gloria del Señor se levantó de su sitio; 13 oí el ruido
que hacían las alas de los seres vivientes al juntarse una con la otra, el
ruido de las ruedas al lado de ellos y el estruendo de un gran tumulto. 14 El
espíritu me arrebató y me llevó, y yo fui, amargado y lleno de furor,
mientras la mano del Señor pesaba fuertemente sobre mí. 15 Así llegué a Tel
Aviv, junto a los deportados, que habitaban a orillas del río Quebar; y allí
permanecí siete días como aturdido en medio de ellos. El profeta, centinela de su pueblo 16 Al cabo de siete días, la palabra del Señor me
llegó en estos términos: 17 Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela
del pueblo de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, tú les advertirás
de parte mía. 18 Cuando yo diga al malvado: "Vas a morir", si tú no
se lo adviertes, si no hablas para advertir al malvado que abandone su mala
conducta, y de esa manera salve su vida, el malvado morirá por su culpa, pero
a ti te pediré cuenta de su sangre. 19 Si tú, en cambio, adviertes al malvado
y él no se convierte de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su
culpa, pero tú habrás salvado tu vida. 20 Y cuando el justo se aparte de su
justicia para hacer el mal, yo lo haré tropezar, y él morirá porque tú no se
lo has advertido: morirá por su propio pecado y no le serán tenidas en cuenta
sus obras de justicia, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. 21 Si tú, en
cambio, adviertes al justo para que no peque y el justo no peca, él vivirá porque
ha sido advertido, y tú habrás salvado tu vida. Hasta la desaparición
del reino de Judá, Ezequiel se empeña en destruir las falsas esperanzas de
sus compatriotas en el exilio. Muchos de ellos vivían aferrados a la idea de
que Jerusalén, " Ante la inminencia del
peligro, Ezequiel insiste en uno de los aspectos más innovadores de su
mensaje. La salvación o la perdición de un hombre no dependen de sus
antepasados, ni del pueblo al que pertenece, y ni siquiera de su propio
pasado. La afirmación de la solidaridad tanto en el bien como en el mal, no
debe ser llevada hasta el punto de negar la responsabilidad personal. Cada
uno es responsable de sí mismo, y lo que cuenta ante Dios es la actitud del
corazón. "La persona que peca,
esa morirá; el hijo no cargará con las culpas del padre, ni el padre cargará
con las culpas del hijo. Sobre el justo recaerá su justicia, y sobre el
malvado, su maldad" (18. 20). El Señor no quiere la muerte del
pecador, sino que "se convierta de su mala conducta y viva" (18.
23; 33. 11). Esta categórica afirmación de la responsabilidad individual
señala un notable progreso con respecto al antiguo principio de la retribución
colectiva, presente incluso en el Decálogo (Éx. 20. 5-6; Deut. 5. 9-10). El profeta atado y reducido a silencio 22 La mano del Señor descendió sobre mí y él me
dijo: Levántate, sal al valle y allí te hablaré. 23 Yo me levanté y salí al
valle: la gloria del Señor estaba allí como la gloria que había visto junto
al río Quebar, y caí con el rostro en tierra. 24 Entonces un espíritu entró
en mí y me hizo permanecer de pie. Él me habló y me dijo: Ve a encerrarte
dentro de tu casa. 25 En cuanto a ti, hijo de hombre, pondrán sogas sobre ti
y te atarán con ellas, para que no puedas presentarte en medio de ellos. 26
Yo haré que se te pegue la lengua al paladar y quedarás mudo: así dejarás de
reprenderlos, porque son un pueblo rebelde. 27 Pero cuando yo te hable, abriré
tu boca y les dirás: "Así habla el Señor: el que quiera escuchar que
escuche, y el que no quiera escuchar que no escuche", porque son un
pueblo rebelde. Anuncio simbólico del sitio de Jerusalén 4 1 Hijo
de hombre, toma un ladrillo, colócalo delante de ti y graba sobre él la
ciudad de Jerusalén. 2 Luego la sitiarás: levantarás contra ella torres de
asedio, harás terraplenes, instalarás campamentos y emplazarás a su alrededor
máquinas de guerra. 3 Toma en seguida una sartén de hierro y colócala como muro
de hierro entre ti y la ciudad. Mírala fijamente: ella quedará sitiada y tú
serás el que la asedia. Esto es una señal para los israelitas. 4 Acuéstate sobre el lado izquierdo, y yo pondré
sobre ti las culpas de los israelitas: tú cargarás con sus culpas durante
todo el tiempo que estés acostado sobre ese lado. 5 Yo te he fijado un número
de días equivalente a los años de su iniquidad: por eso, durante trescientos
noventa días cargarás con las culpas del pueblo de Israel. 6 Al cabo de estos
días, te acostarás por segunda vez, sobre el lado derecho, y cargarás con las
culpas del pueblo de Judá durante cuarenta días: yo te he fijado un día por
cada año. 7 Después dirigirás tu rostro y tu brazo desnudo hacia el asedio de
Jerusalén y profetizarás contra ella. 8 Yo te ato con sogas, para que no
puedas darte vuelta de un lado a otro, hasta que hayas cumplido los días de
tu asedio. 9 Toma también trigo, cebada, habas, lentejas, mijo
y espelta: échalos en un recipiente y prepárate con eso la comida. Tú comerás
de ese pan durante todo el tiempo que estés acostado de un lado, o sea,
durante ciento noventa días. 10 Cada día pesarás una ración de veinte siclos,
y la comerás a una hora determinada. 11 También beberás el agua medida –la
sexta parte de un hin– y la beberás a una hora determinada. 12 Prepararás
este alimento en forma de galleta de cebada y lo cocerás sobre excrementos
humanos, a la vista del pueblo. 13 Y tú dirás: "Así habla el Señor, el
Dios de Israel: Así de impuro será el pan que comerán los israelitas, entre
las naciones adonde yo los arrojaré". 14 Entonces exclamé: ¡Señor, yo
nunca he incurrido en impureza! Desde mi infancia hasta el presente, jamás he
comido un animal encontrado muerto o despedazado, ni ha entrado carne impura
en mi boca. 15 Él me respondió: "Está bien, te permito que en lugar de
excrementos humanos uses bosta de vaca para hacer tu pan". 16 Luego
añadió: "Hijo de hombre, yo acabaré con las reservas de pan que hay en
Jerusalén: comerán angustiosamente el pan racionado y beberán ansiosamente el
agua medida. 17 De esta manera, al faltar el pan y el agua, todos
desfallecerán y se pudrirán a causa de sus culpas". El simbolismo del pelo dividido en tres partes 5 1 Hijo
de hombre, toma una espada afilada, úsala como navaja de afeitar y pásala por
tu cabeza y por tu barba; después toma una balanza y divide en partes el pelo
que hayas cortado. 2 Una tercera parte, la quemarás en medio de la ciudad,
cuando se cumplan los días del asedio; la otra tercera parte, la cortarás con
la espada, alrededor de toda la ciudad; y la tercera parte restante, la
esparcirás al viento –y yo desenvainaré la espada detrás de ellos–. 3 De esta
última parte, tomarás una pequeña cantidad y la recogerás en tu manto. 4 Y de
allí mismo, recogerás unos pocos cabellos, los arrojarás al fuego y los
quemarás. De allí saldrá fuego sobre todo Israel. 5 Así habla el Señor: Esta es la ciudad de
Jerusalén. Yo la había puesto en medio de las naciones, con otros países a su
alrededor. 6 Pero ella se rebeló contra mis leyes con una maldad mayor que la
de las naciones, y contra mis preceptos, más que los países que la rodean.
Sí, han despreciado mis leyes y no han seguido mis preceptos. 7 Por eso, así
habla el Señor: Porque ustedes han sido más rebeldes que las naciones que los
rodean y no han seguido mis preceptos, porque no han practicado mis leyes y
ni siquiera han procedido según las costumbres de las naciones que los
rodean, 8 por eso, así habla el Señor: Yo también me pongo contra ti y haré
justicia a la vista de todas las naciones: 9 haré contigo lo que nunca hice
ni haré jamás, a causa de todas tus abominaciones. 10 Por eso, los padres
comerán a sus hijos, y los hijos comerán a sus padres; te infligiré justos
castigos y dispersaré a todos los vientos todo lo que reste de ti. 11 Por eso, juro por mi vida –oráculo del Señor–:
por haber contaminado mi Santuario con todos tus horrores y todas tus
abominaciones, también yo te arrasaré, sin una mirada de piedad y sin
compadecerme. 12 Una tercera parte de tu pueblo morirá por la peste y perecerá
de hambre en medio de ti; la otra tercera parte caerá al filo de la espada en
tus alrededores; y a la tercera parte restante, la dispersaré a todos los
vientos y desenvainaré la espada detrás de ellos. 13 Desahogaré mi ira,
saciaré mi furor contra ellos y me vengaré; y cuando haya desahogado mi furor
contra ellos, sabrán que yo, el Señor, he hablado llevado por mis celos. 14
Te convertiré en ruinas y en oprobio entre las naciones que te rodean, a los
ojos de todos los que pasen. 15 Serás oprobio y objeto de ultraje,
escarmiento y motivo de horror para las naciones que te rodean, cuando yo te
inflija justos castigos con ira, con indignación y con violentos reproches.
Yo, el Señor, he hablado. 16 Y cuando arroje contra ustedes las flechas
siniestras del hambre, las flechas exterminadoras que enviaré para
destruirlos, yo les haré pasar hambre y acabaré con las reservas de pan. 17
Enviaré contra ustedes el hambre y las bestias feroces, y ellas te privarán
de tus hijos; pasarán por ti la peste y la sangre, y haré venir la espada
contra ti. Yo, el Señor, he hablado. Anuncio contra las montañas de Israel 6 1 La
palabra del Señor me llegó en estos términos: 2 Hijo de hombre, vuelve tu
rostro hacia las montañas de Israel y profetiza contra ellas. 3 Dirás:
Montañas de Israel, escuchen la palabra del Señor. Así habla el Señor a las
montañas y a las colinas, a los cauces de los torrentes y a los valles: Yo
haré caer la espada sobre ustedes y haré desaparecer sus lugares altos. 4 Sus
altares serán devastados, sus braseros para el incienso serán destrozados y
haré caer los cadáveres de ustedes delante de sus ídolos. 5 Pondré los
cadáveres de los israelitas delante de sus ídolos y dispersaré sus huesos
alrededor de sus altares. 6 En todos los lugares donde ustedes habiten, las
ciudades quedarán en ruinas y los lugares altos serán devastados. Así
quedarán en ruinas y execrados sus altares, destrozados y arrasados sus
ídolos, derribados sus braseros para el incienso y aniquiladas sus obras. 7
Los cadáveres caerán en medio de ustedes, y así sabrán que yo soy el Señor. 8 Pero yo dejaré mi resto. Y cuando los que se hayan
librado de la espada estén en medio de las naciones, cuando ustedes sean
dispersados entre los pueblos, 9 los sobrevivientes se acordarán de mí en
medio de las naciones donde hayan sido deportados. Yo desgarraré su corazón
prostituido que se apartó de mi y sus ojos que se prostituyeron detrás de sus
ídolos; sentirán horror de sí mismos por las maldades que cometieron con
todas sus abominaciones. 10 Y sabrán que yo, el Señor, no en vano los amenacé
con estos males. El castigo merecidopor los pecados de Israel 11 Así habla el Señor: Aplaude, patalea y di:
"¡Bien hecho!", por todas las execrables abominaciones del pueblo
de Israel, que va a perecer por la espada, el hambre y la peste. 12 El que
está lejos morirá por la peste; el que está cerca caerá bajo la espada; y el
que quede sitiado morirá de hambre. Así desahogaré mi furor contra ellos. 13
Y ustedes sabrán que yo soy el Señor, cuando sus cadáveres estén en medio de
sus ídolos, alrededor de sus altares, en toda colina elevada y en todas las
cumbres de las montañas, bajo todo árbol frondoso y bajo todo terebinto
tupido, allí mismo donde ofrecían perfume agradable a todos sus ídolos. 14
Extenderé mi mano contra ellos, haré del país una devastación y una
desolación, desde el desierto hasta Riblá, en todos los lugares donde
habitan, y ellos sabrán que yo soy el Señor. El anuncio del fin 7 1 La
palabra del Señor me llegó en estos términos: 2 Y tú, hijo de hombre, di: Así
habla el Señor a la tierra de Israel: ¡Es el fin! Llega el fin sobre los
cuatro extremos del país. 3 ¡Ya ha llegado tu fin! Voy a derramar mi ira
sobre ti, te juzgaré según tu conducta y haré recaer sobre ti todas tus
abominaciones. 4 No te miraré con piedad y no me compadeceré, porque haré
recaer sobre ti tu mala conducta, y tus abominaciones persistirán en medio de
ti: así ustedes sabrán que yo soy el Señor. 5 Así habla el Señor: ¡Una desgracia nunca vista!
¡Ya llega la desgracia! 6 ¡Llega el fin, se acerca el fin para ti, ya es
inminente! 7 ¡Te toca el turno, habitante del país! Llega el tiempo, el día
está cerca. ¡Hay confusión y no alegría en las montañas! 8 Ahora, en seguida,
derramaré mi furor sobre ti, desahogaré mi ira contra ti, te juzgaré según tu
conducta y haré recaer sobre ti todas tus abominaciones. 9 No te miraré con
piedad y no me compadeceré, haré recaer sobre ti tu mala conducta, y tus
abominaciones persistirán en medio de ti: así ustedes sabrán que yo, el
Señor, soy el que golpeo. 10 ¡Ya llega el día, ya llega! ¡Te toca el turno, ha
florecido la vara, ha germinado el orgullo! 11 La violencia se ha alzado como
vara de maldad. No queda nada de ellos, nada de su tumulto ni de su
agitación; no hay tregua para ellos. 15 ¡Afuera la espada, adentro la peste y el hambre!
El que está en el campo morirá por la espada y al que está en la ciudad, lo
consumirán el hambre y la peste. 16 Los sobrevivientes huirán, y estarán en
las montañas como las palomas de los valles; y todos morirán, cada uno por su
culpa. 17 Todas las manos desfallecerány flaquearán todas
las rodillas. 18 Se vestirán de sayaly los invadirá el pánico; habrá confusión en todos los rostrosy todas las
cabezas serán rapadas. 19 Arrojarán su plata por las callesy su oro se
convertirá en basura: su plata y su oro no podrán salvarlosel día del
furor del Señor. No saciarán su avidez,ni llenarán sus entrañas, porque el oro y la plata fueron la piedra de
tropiezoque los hizo caer en la iniquidad. 20 Pusieron su orgullo en la hermosura de sus joyase
hicieron con ellas las imágenes abominables de sus ídolos. Por eso las convertiré en inmundicia:21 las
entregaré como botín a los extranjeros y como despojos a los impíos de la tierra,y ellos
las profanarán. 22 Apartaré de ellos mi rostroy mi tesoro será
profanado:entrarán en él los invasores y lo profanarán. 23 Llevarán a cabo una matanza,porque el país está
lleno de juicios por homicidioy la ciudad llena de violencia. 24 Haré venir a las naciones más feroces,para que se
adueñen de sus casas; acabaré con la soberbia de los poderososy serán profanados
sus santuarios. 25 ¡Llega la angustia!Buscarán paz, pero no la
tendrán; 26 vendrá una desgracia sobre otray una mala noticia
tras otra. Implorarán una visión al profeta,le faltará la
enseñanza al sacerdotey el consejo a los ancianos. 27 El rey estará de duelo,el príncipe se cubrirá de
desolacióny temblarán las manos de la gente. Yo los trataré conforme a su conducta,los juzgaré
según sus juicios,y sabrán que yo soy el Señor. Visión de la idolatría de Jerusalén 8 1 El
sexto año, el quinto día del sexto mes, mientras yo estaba sentado en mi casa
y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, descendió sobre mí la
mano del Señor. 2 Yo miré y vi una figura con aspecto humano. Desde lo que
parecía ser su cintura para abajo, había fuego, y desde su cintura para
arriba, había una especie de claridad, un fulgor como de electro. 3 Extendió
algo así como una mano y me tomó por un mechón de mis cabellos. Un espíritu
me levantó entre la tierra y el cielo y me llevó en una visión divina a
Jerusalén, hasta la entrada de la puerta interior que da hacia el norte, allí
donde está emplazado el Ídolo de los celos que provoca los celos de Dios. 4
Allí estaba la gloria del Dios de Israel, tal como yo la había visto en el
valle. 5 Él me dijo: "Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el
norte". Yo levanté mis ojos hacia el norte y vi que al norte de la
puerta del altar, justo a la entrada, estaba el Ídolo de los celos. 6 Él me
dijo: "Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen? ¿Ves las grandes abominaciones
que cometen aquí los israelitas para que yo me aleje de mi Santuario? Pero tú
verás abominaciones más grandes todavía". 7 Después me llevó a la entrada del atrio; yo miré y
vi que había un agujero en el muro. 8 Él me dijo: "Hijo de hombre, abre
un boquete en el muro". Yo abrí un boquete y vi que había una puerta. 9
Él me dijo: "Entra y mira las abominaciones que están cometiendo
ahí". 10 Yo entré y miré, y vi que había toda clase de reptiles y de
animales horribles y todos los ídolos de la casa de Israel, grabados en todas
las paredes. 11 Setenta hombres de entre los ancianos del pueblo de Israel
–entre los cuales se encontraba Iazanías, hijo de Safán– estaban de pie
delante de ellos: cada uno tenía un incensario en la mano, y subía el perfume
de una nube de incienso. 12 Él me dijo: "Hijo de hombre, ¿ves lo que los
ancianos del pueblo de Israel hacen a escondidas, cada uno en su habitación
adornada de pinturas? Porque ellos piensan: El Señor no nos ve; el Señor ha
abandonado el país". 13 Después él me dijo: "Verás que cometen abominaciones
más grandes todavía". 14 Y me llevó hasta la entrada de la puerta de Exterminio del Templo y de 9 1 Él
gritó fuertemente a mis oídos: "Acérquense, Castigos de la ciudad, cada
uno con su instrumento de exterminio en la mano". 2 Entonces llegaron
seis hombres del lado de la puerta superior que mira hacia el norte, cada uno
con su instrumento de destrucción en la mano. En medio de ellos había un
hombre vestido de lino, con la cartera de escriba en la cintura. Todos
entraron y se detuvieron delante del altar de bronce. 3 La gloria del Dios de
Israel se levantó de encima de los querubines sobre los cuales estaba, se
dirigió hacia el umbral de Nueva visión del carro divino 10 1 Yo
miré, y sobre la plataforma que estaba encima de la cabeza de los querubines,
había como una piedra de zafiro: por encima de ellos, se veía algo así como
la figura de un trono. 2 El Señor dijo al hombre vestido de lino: "Entra
en medio del círculo, debajo del querubín, llena tus manos con las brasas
incandescentes que están entre los querubines, y espárcelas sobre la
ciudad". Y el hombre entró allí, ante mis propios ojos. 3 Cuando el
hombre entró, los querubines estaban a la derecha de La gloria del Señor abandona el Templo 18 La gloria del Señor salió de encima del umbral de
Amenaza contra los malosconsejeros de Jerusalén 11 1 Un espíritu
me levantó y me llevó a la puerta oriental de |