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Caminando con Jesús

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

La Biblia – El Libro del Pueblo de Dios

Edición especial comentada para ayudar a comprender mejor las Sagradas Escrituras

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PRIMERA CARTADE SAN JUAN

La PRIMERA CARTA DE SAN JUAN está dirigida a varias comunidades de Asia Menor, donde a fines del siglo I este Apóstol gozaba de una gran autoridad. Por el tono polémico de ciertos pasajes de la Carta, se puede concluir que dichas comunidades atravesaban por una grave crisis. Algunos «falsos profetas» (4. 1) comprometían con su enseñanza la pureza de la fe (2. 22), y su comportamiento moral no era menos reprobable. Pretendiendo estar libres de pecado (1. 8) no se preocupaban de observar los mandamientos, en particular, el del amor al prójimo (2. 4, 9).

Para combatir estos errores, Juan muestra quiénes son los que poseen realmente la filiación divina y están en comunión con Dios. Con este fin, propone una serie de signos que manifiestan visiblemente la presencia de la Vida divina en los verdaderos creyentes. Entre esos signos, en el orden doctrinal, se destaca el reconocimiento de Jesús como el Mesías «manifestado en la carne» (4. 2) y en el orden moral, sobresale la práctica del amor fraterno, el cual es objeto en esta Carta de un desarrollo particularmente amplio. Para Juan, el auténtico creyente es «el que ama a su hermano»: sólo él «permanece en la luz» (2. 10), «ha nacido de Dios y conoce a Dios» (4. 7). El que no ama, en cambio, está radicalmente incapacitado para conocer a Dios, «porque Dios es amor» (4. 8).

PRÓLOGO

 

Lo mismo que en el Prólogo de su Evangelio, Juan comienza su primera Carta presentando a Jesús como la «Palabra de Vida» (1. 1), que existía desde el principio en Dios y se hizo visible a los hombres. Cristo es, en efecto, la máxima y definitiva expresión de Dios. Él posee la plenitud de la Vida divina y nos hace partícipes de ella, para que entremos en comunión con él y con su Padre (1. 3). Como en el cuarto Evangelio (Jn. 19. 35; 21. 24), también aquí Juan insiste en su condición de testigo ocular del Señor (1. 2).

1 1 Lo que existía desde el principio,lo que hemos oído,

lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que hemos contemplado

y lo que hemos tocado con nuestras manos

acerca de la Palabra de Vida,

es lo que les anunciamos.

2 Porque la Vida se hizo visible,

y nosotros la vimos y somos testigos,

y les anunciamos la Vida eterna,

que existía junto al Padre

y que se nos ha manifestado.

3 Lo que hemos visto y oído,

se lo anunciamos también a ustedes,

para que vivan en comunión con nosotros.

Y nuestra comunión es con el Padre

y con su Hijo Jesucristo.

4 Les escribimos esto

para que nuestra alegría sea completa.

EXHORTACIÓN A VIVIR EN LA LUZ

 

«Dios es luz» (1. 5). ¡Qué hermosa noticia! La metáfora de la luz aplicada a Dios era frecuente en las religiones antiguas. También san Juan la utiliza, como lo hace Pablo cuando dice que Dios «habita en una luz inaccesible» (1 Tim. 6. 16). Y el autor de esta Carta nos advierte que para entrar en comunión con Dios es necesario «caminar» en la luz (1. 7). Así retoma una típica expresión bíblica que equivale a «vivir en la luz».

Si queremos vivir en la luz, tenemos que comenzar por reconocer nuestra condición de pecadores y dejarnos justificar por Jesucristo (1. 8 - 2. 2). De ahí en más, debemos cumplir los mandamientos de Dios. Esta es la señal de que conocemos verdaderamente a Dios (2. 3). El otro conocimiento, el meramente intelectual, es un engaño. Y el gran mandamiento que debemos cumplir, el mandamiento «nuevo» y «antiguo» a la vez, es el del amor al prójimo (2. 7). «El que no ama a su hermano, está en las tinieblas» (2. 11) y, por lo tanto, no puede conocer a Dios como se nos dice abiertamente al final de la Carta.

Dios es luz

5 La noticia que hemos oído de él

y que nosotros les anunciamos, es esta:

Dios es luz, y en él no hay tinieblas.

6 Si decimos que estamos en comunión con él

y caminamos en las tinieblas,

mentimos y no procedemos conforme a la verdad.

7 Pero si caminamos en la luz,

como él mismo está en la luz,

estamos en comunión unos con otros,

y la sangre de su Hijo Jesús

nos purifica de todo pecado.

El reconocimiento de nuestros pecados

8 Si decimos que no tenemos pecado,

nos engañamos a nosotros mismos

y la verdad no está en nosotros.

9 Si confesamos nuestros pecados,

él es fiel y justo

para perdonarnos

y purificarnos de toda maldad.

10 Si decimos que no hemos pecado,

lo hacemos pasar por mentiroso,

y su palabra no está en nosotros.

Cristo, Víctima de propiciación

2 1 Hijos míos,les he escrito estas cosas para que no pequen.

Pero si alguno peca,

tenemos un defensor ante el Padre:

Jesucristo, el Justo.

2 Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados,

y no sólo por los nuestros,

sino también por los del mundo entero.

El cumplimiento de los mandamientos

3 La señal de que lo conocemos,

es que cumplimos sus mandamientos.

4 El que dice:

«Yo lo conozco»,

y no cumple sus mandamientos,

es un mentiroso,

y la verdad no está en él.

5 Pero en aquel que cumple su palabra,

el amor de Dios

ha llegado verdaderamente a su plenitud.

Esta es la señal de que vivimos en él.

6 El que dice que permanece en él,

debe proceder como él.

7 Queridos míos,

no les doy un mandamiento nuevo,

sino un mandamiento antiguo,

el que aprendieron desde el principio:

este mandamiento antiguo

es la palabra que ustedes oyeron.

El mandamiento nuevo

8 Sin embargo, el mandamiento que les doy es nuevo.

Y esto es verdad tanto en él como en ustedes,

porque se disipan las tinieblas

y ya brilla la verdadera luz.

9 El que dice que está en la luz

y no ama a su hermano,

está todavía en las tinieblas.

10 El que ama a su hermano

permanece en la luz

y nada lo hace tropezar.

11 Pero el que no ama a su hermano,

está en las tinieblas y camina en ellas,

sin saber a dónde va,

porque las tinieblas lo han enceguecido.

Los destinatarios de la Carta

12 Hijos, les escribo

porque sus pecados han sido perdonados

por el nombre de Jesús.

13 Padres, les escribo

porque ustedes conocen al que existe desde el principio.

Jóvenes, les escribo

porque ustedes han vencido al Maligno.

14 Hijos, les he escrito

porque ustedes conocen al Padre.

Padres, les he escrito

porque ustedes conocen al que existe desde el principio.

Jóvenes, les he escrito

porque son fuertes,

y la Palabra de Dios permanece en ustedes,

y ustedes han vencido al Maligno.

El desapego del mundo

15 No amen al mundo ni las cosas mundanas.

Si alguien ama al mundo,

el amor del Padre no está en él.

16 Porque todo lo que hay en el mundo

–los deseos de la carne,

la codicia de los ojos

y la ostentación de la riqueza–

no viene del Padre, sino del mundo.

17 Pero el mundo pasa, y con él, sus deseos.

En cambio, el que cumple la voluntad de Dios

permanece eternamente.

Los anticristos

18 Hijos míos,

ha llegado la última hora.

Ustedes oyeron decir que vendría un Anticristo;

en realidad, ya han aparecido muchos anticristos,

y por eso sabemos que ha llegado la última hora.

19 Ellos salieron de entre nosotros,

sin embargo, no eran de los nuestros.

Si lo hubieran sido,

habrían permanecido con nosotros.

Pero debía ponerse de manifiesto

que no todos son de los nuestros.

20 Ustedes recibieron la unción del que es Santo,

y todos tienen el verdadero conocimiento.

21 Les he escrito,

no porque ustedes ignoren la verdad,

sino porque la conocen,

y porque ninguna mentira procede de la verdad.

22 ¿Quién es el mentiroso,

sino el que niega que Jesús es el Cristo?

Ese es el Anticristo:

el que niega al Padre y al Hijo.

23 El que niega al Hijo no está unido al Padre;

el que reconoce al Hijo también está unido al Padre.

La perseverancia en la verdad

24 En cuanto a ustedes,

permanezcan fieles a lo que oyeron desde el principio:

de esa manera, permanecerán también

en el Hijo y en el Padre.

25 La promesa que él nos hizo es esta: la Vida eterna.

26 Esto es lo que quería escribirles

acerca de los que intentan engañarlos.

27 Pero la unción que recibieron de él

permanece en ustedes,

y no necesitan que nadie les enseñe.

Y ya que esa unción los instruye en todo,

y ella es verdadera y no miente,

permanezcan en él,

como ella les ha enseñado.

28 Sí, permanezcan en él, hijos míos,

para que cuando él se manifieste,

tengamos plena confianza,

y no sintamos vergüenza ante él

en el Día de su Venida.

29 Si ustedes saben que él es justo,

sepan también que todo el que practica la justicia

ha nacido de él.

EXHORTACIÓN A VIVIR  COMO HIJOS DE DIOS

Al tema de la luz sigue el de la filiación divina. No se trata de la filiación común a todos los hombres a partir de su nacimiento físico, sino de la filiación adoptiva por el renacimiento espiritual, al que se refiere Jesús en su conversación con Nicodemo (Jn. 3. 5-6). Esa filiación no es el resultado del esfuerzo humano, sino un regalo del amor de Dios. «¡Miren cómo nos amó el Padre!» (3. 1). Tampoco es un mero título. Es una maravillosa realidad, que todavía no se ha manifestado plenamente. Su término será la contemplación de Dios.

De ese extraordinario anuncio brota una consecuencia muy lógica. Si somos hijos de Dios, debemos parecernos a él, ser verdaderas imágenes suyas, imitarlo en su manera de obrar, ser puros «como él es puro», ser justos «como él mismo es justo»(3. 3, 7). ¿Acaso no nos dice san Pablo: «Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos»? (Ef. 5. 1). ¿Y qué mejor manera de imitar a Dios que amar a nuestros hermanos como él nos amó? Él se entregó a nosotros en la persona de su Hijo. Por eso debemos estar dispuestos, incluso, a dar la vida por los demás (3. 16).

La filiación divina

3 1 ¡Miren cómo nos amó el Padre!                Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,

y nosotros lo somos realmente.

Si el mundo no nos reconoce,

es porque no lo ha reconocido a él.

2 Queridos míos,

desde ahora somos hijos de Dios,

y lo que seremos no se ha manifestado todavía.

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