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CRISTOLOGÍA -1- INDICE
La nueva
catequesis sobre Jesucristo (7.I.87) 'Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?' (Mt 16, 15). 1. Al iniciar el ciclo
de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para la
fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por la misma pregunta que
hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que
estaban con El. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su
Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, 'viniendo Jesús a la región de
Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es
el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que
Elías; otros, que Jeremías u otro de los Profetas. Y El les dijo: y vosotros,
¿quién decís que soy ?' (Mt. 16, 13-15). Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: 'Tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla,
no sólo en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del don
del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la
pregunta: 'Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde:
¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta
de la fe le llegaron después de un largo periodo de estar cerca de Jesús, de
escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (Cfr. Mt 16,
21-24). También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de
Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta,
diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus
testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia
y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la
pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de las respuestas de
fieles de todos los tiempos y lugares. Hoy, mientras el Espíritu, 'Señor y
dador de vida', nos conduce al umbral del tercer milenio cristiano, estamos
llamados a dar con renovada alegría la respuesta que Dios nos inspira y
espera de nosotros, casi como para que se realice un nuevo nacimiento de
Jesucristo en nuestra historia. 2. La pregunta de
Jesús sobre su identidad muestra la finura pedagógica de quien no se fía de
respuestas apresuradas, sino que quiere una respuesta madurada a través de un
tiempo, a veces largo, de reflexión y de oración, en la escucha atenta e
intensa de la verdad de la fe cristiana profesada y predicada por Reconocemos, pues, que ante Jesucristo no podemos contentarnos de una
simpatía simplemente humana por legítima y preciosa que sea, ni es suficiente
considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, teológico,
espiritual, social o como fuente de inspiración artística. En torno a Cristo
vemos muchas veces pulular, incluso entre los cristianos, las sombras de la
ignorancia, o las aún más penosas de los malentendidos, y a veces también de
la infidelidad. Siempre está presente el riesgo de recurrir al 'Evangelio de
Jesús' sin conocer verdaderamente su grandeza y su radicalidad y sin vivir lo
que se afirma con palabras. Cuántos hay que reducen el Evangelio a su medida
y se hacen un Jesús más cómodo, negando su divinidad trascendente, o
diluyendo su real, histórica humanidad, e incluso manipulando la integridad
de su mensaje especialmente si no se tiene en cuenta ni el sacrificio de la
cruz, que domina su vida y su doctrina, ni Estas sombras también nos estimulan a la búsqueda de la verdad plena
sobre Jesús, sacando partido de las muchas luces que, como hizo una vez a
Pedro, el Padre ha encendido, en torno a Jesús a lo largo de los siglos, en
el corazón de tantos hombres con la fuerza del Espíritu Santo: las luces de
los testigos fieles hasta el martirio; las luces de tantos estudiosos
apasionados, empeñados en escrutar el misterio de Jesús con el instrumento de
la inteligencia apoyada en la fe; las luces que especialmente del Magisterio
de Reconocemos que un estímulo para descubrir quién es verdaderamente
Jesús está presente en la búsqueda incierta y trepidante de muchos
contemporáneos nuestros tan semejantes a Nicodemo, que fue 'de noche a
encontrar a Jesús' (Cfr. Jn 3, 2), o a Zaqueo, que se subió a un árbol para
'ver a Jesús' (Cfr. Lc 19, 4). El deseo de ayudar a todos los hombres a descubrir
a Jesús, que ha venido como médico para los enfermos y como salvador para los
pecadores (Cfr. Mc 2, 17), me lleva a asumir la tarea comprometida y
apasionante de presentar la figura de Jesús a los hijos de Quizá recordaréis que al principio de mi pontificado lancé una
invitación a los hombres de hoy para 'abrir de par en par las puertas a
Cristo'. Después, en Recorreremos juntos este itinerario catequístico ordenando nuestras
consideraciones en torno a cuatro puntos: 1 ) Jesús en su realidad histórica y en su condición mesiánica
trascendente, hijo de Abrahán, hijo del hombre, e hijo de Dios; 2) Jesús en su identidad de verdadero Dios y verdadero hombre, en profunda
comunión con el Padre y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y como
se nos presenta en el Evangelio; 3) Jesús a los ojos de 4) finalmente, Jesús en su vida y en sus obras, Jesús en su pasión
redentora y en su glorificación, Jesús en medio de nosotros y dentro de
nosotros, en la historia y en su Iglesia hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28,
20). 3. Es ciertamente
verdad que en ¿De qué serviría una catequesis sobre Jesús si no tuviese a autenticidad
y la plenitud de la mirada con que 4. Concluimos esta
catequesis introductoria, recordando que Jesús, en un momento especialmente
difícil de la vida de los primeros discípulos, es decir, cuando la cruz se
perfilaba cercana y lo abandonaban, hizo a los que se habían quedado con El
otra de estas preguntas tan fuertes, penetrantes e ineludibles: '¿Queréis
iros vosotros también?'. Fue de nuevo Pedro quien, como intérprete de sus
hermanos, le respondió: 'Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios' (Jn
6, 67-69). Que estos apuntes catequéticos puedan hacernos más disponibles
para dejarnos interrogar por Jesús, capaces de dar la respuesta justa a sus
preguntas, dispuestos a compartir su Vida hasta el final. Jesús, Hijo
de Dios y Salvador (14.I.87) 1. Con la catequesis
de la semana pasada, siguiendo los Símbolos más antiguos de la fe cristiana,
hemos iniciado un nuevo ciclo de reflexiones sobre Jesucristo. El Símbolo
Apostólico proclama: 'Creo... en Jesucristo su único Hijo (de Dios)'. El
Símbolo Niceno) constantinopolitano, después de haber definido con precisión
aún mayor el origen divino de Jesucristo como Hijo de Dios, continúa
declarando que este Hijo de Dios 'por nosotros los hombres y por nuestra
salvación bajó del cielo y se encarnó'. Como vemos, el núcleo central de la
fe cristiana está constituido por la doble verdad de que Jesucristo es Hijo
de Dios e Hijo del hombre (la verdad cristológica) y es la realización de la
salvación del hombre, que Dios Padre ha cumplido en El, Hijo suyo y Salvador
del mundo (la verdad sotereológica). 2. Si en las
catequesis precedentes hemos tratado del mal, y especialmente del pecado, lo
hemos hecho también para preparar el ciclo presente sobre Jesucristo
Salvador. Salvación significa, de hecho, liberación del mal, especialmente
del pecado. Tal como recuerda el Concilio Vaticano II, los cristianos creen que el
mundo está 'creado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado
(Cfr. Gaudium et Spes 2). 3. El nombre 'Jesús',
considerado en su significado etimológico, quiere decir 'Yahvéh libera',
salva, ayuda. Antes de la esclavitud de Babilonia se expresaba en la forma
'Jehosua': nombre teofórico que contiene la raíz del santísimo nombre de
Yahvéh. Después de la esclavitud babilónica tomó la forma abreviada 'Jeshua'
que en la traducción de los Setenta se transcribió como 'Jesous', de aquí
'Jesús'. El nombre estaba bastante difundido, tanto en a antigua como en 4. El nombre de
Jesús, sin embargo, no tuvo nunca esa plenitud del significado que habría
tomado en el caso de Jesús de Nazaret y que se le habría revelado por el
ángel a María (Cfr. Lc 1, 31 ss.) y a José (Cfr. Mt 1, 21). Al comenzar el
ministerio público de Jesús, la gente entendía su nombre en el sentido común
de entonces. 'Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en 5. La gente llamó a
Jesús 'el Nazareno' por el nombre del lugar en que residió con su familia
hasta la edad de treinta años. Sin embargo, sabemos que el lugar de nacimiento
de Jesús no fue Nazaret, sino Belén, localidad de Judea, al sur de Jerusalén.
Lo atestiguan los Evangelistas Lucas y Mateo. El primero, especialmente, hace
notar que a causa del censo ordenado por las autoridades romanas, 'José subió
de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se
llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para
empadronarse con María, su esposa que estaba encinta. Estando allí se
cumplieron los días de su parto' (Lc 2, 4-6). Tal como sucede con otros lugares bíblicos, también Belén asume un
valor profético. Refiriéndose al Profeta Miqueas (5,1)3), Mateo recuerda que
esta pequeña ciudad fue elegida como lugar del nacimiento del Mesías: 'Y tú,
Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre los clanes de
Judá pues de ti saldrá un caudillo, que apacentará a mi pueblo Israel' (Mt
2,6). El Profeta añade: 'Cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy
remota antigüedad (Miq 5, 1). A este texto se refieren los sacerdotes y los escribas que Herodes
había consultado para dar respuesta a los Magos, quienes, habiendo llegado de
Oriente, preguntaban dónde estaba el lugar del nacimiento del Mesías. El texto del Evangelio de Mateo: 'Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá
en los días del rey Herodes' (Mt 2, 1), hace referencia a la profecía de
Miqueas, a la que se refiere también la pregunta que trae el IV Evangelio:
'¿No dice 6. De estos detalles
se deduce que Jesús es el nombre de una persona histórica, que vivió en
Palestina. Si es justo dar credibilidad histórica figuras como Moisés y
Josué, con más razón hay que acoger la existencia histórica de Jesús. Los
Evangelios no nos refieren detalladamente su vida, porque no tienen finalidad
primariamente historiográfica. Sin embargo, son precisamente los Evangelios
los que, leídos con honestidad de crítica, nos llevan a concluir que Jesús de
Nazaret es una persona histórica que vivió en un espacio y tiempo
determinados. Incluso desde un punto de vista puramente científico ha de
suscitar admiración no el que afirma, sino el que niega la existencia de
Jesús, tal como han hecho las teorías mitológicas del pasado y como aún hoy
hace algún estudioso. Respecto a la fecha precisa del nacimiento de Jesús, las opiniones de
los expertos no son concordes. Se admite comúnmente que el monje Dionisio el
Pequeño, cuando el año 533 propuso calcular los años no desde la fundación de
Roma, sino desde el nacimiento de Jesucristo, cometió un error. Hasta hace
algún tiempo se consideraba que se trataba de una equivocación de unos cuatro
años, pero la cuestión no está ciertamente resuelta. 7. En la tradición
del pueblo de Israel el nombre 'Jesús' conservó su valor etimológico: 'Dios
libera'. Por tradición, eran siempre los padres quienes ponían el nombre a
sus hijos. Sin embargo en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue
escogido y asignado desde lo alto, y antes de su nacimiento, según la
indicación del Ángel a María, en a anunciación (Lc 1, 31 ) y a José en sueño
(Mt 1, 21). 'Le dieron el nombre de Jesús' )subraya el Evangelista Lucas¿,
porque este nombre se le había 'impuesto por el Ángel antes de ser concebido
en el seno de su Madre' (Lc 2, 21). 8. En el plan
dispuesto por La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que
dieron de El los Apóstoles, que proclamaron con coraje 'En ningún otro hay
salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los
hombres, por el cual podamos ser salvos' (Hech 4, 12). 'Concebido
por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen' (28.I.87) 1. En el encuentro
anterior centramos nuestra reflexión en el nombre 'Jesús', que significa
'Salvador'. Este mismo Jesús, que vivió treinta años en Nazaret, en Galilea,
es el Hijo Eterno de Dios, 'concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de
María Virgen'. Lo proclaman los Símbolos de 2. Esta fe esta
presente en la enseñanza de los Apóstoles. Leemos por ejemplo en 3. Especialmente
conocido es el texto de Lucas, porque se lee frecuentemente en la liturgia
eucarística, y se utiliza en la oración del Angelus. El fragmento del
Evangelio de Lucas describe a anunciación a María, que sucedió seis meses después
del anuncio del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1, 5-25). ' fue enviado
el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a
una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el
nombre de la virgen era María' (Lc 1, 26). El ángel la saludó con las
palabras 'Ave María', que se han hecho oración de 4. Este texto del
Evangelio de Lucas constituye la base de la enseñanza de 5. El Evangelio según
Mateo completa la narración de Lucas describiendo algunas circunstancias que
precedieron al nacimiento de Jesús. Leemos: 'La concepción de Jesucristo fue
así: Estando desposada María, su Madre con José, antes de que conviviesen se
halló haber concebido María del Espíritu Santo. José su esposo, siendo justo,
no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba
sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le
dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,
pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a
quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados'
(Mt 1, 18-21 ). 6. Como se ve, ambos
textos del 'Evangelio de la infancia' concuerdan en la constatación
fundamental: Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María
Virgen; y son entre sí complementarios en el esclarecimiento de las
circunstancias de este acontecimiento extraordinario: Lucas respecto a María,
Mateo respecto a José. Para identificar la fuente de la que deriva el Evangelio de la
infancia, hay que referirse a la frase de San Lucas: 'María guardaba todo
esto y lo meditaba en su corazón' (Lc 2, 19). Lucas lo dice dos veces:
después de marchar los pastores de Belén y después del encuentro de Jesús en
el templo (Cfr. 2, 51). El Evangelista mismo nos ofrece los elementos para
identificar en 7. El testimonio
evangélico de la concepción virginal de Jesús por parte de María es de gran
relevancia teológica. Pues constituye un signo especial del origen divino del
Hijo de María. El que Jesús no tenga un padre terreno porque ha sido
engendrado 'sin intervención de varón', pone de relieve la verdad de que El
es el Hijo de Dios, de modo que cuando asume la naturaleza humana, su Padre
continúa siendo exclusivamente Dios. 8. La revelación de
la intervención del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, indica el comienzo
en la historia del hombre de la nueva generación espiritual que tiene un
carácter estrictamente sobrenatural (Cfr. 1 Cor 15, 45-49). De este modo Dios
Uno y Trino 'se comunica' a la criatura mediante el Espíritu Santo. Es el
misterio al que se pueden aplicar las palabras del Salmo: 'Envía tu Espíritu,
y serán creados, y renovarás la faz de la tierra' (Sal 103/104, 30). En la
economía de esa comunicación de Sí mismo que Dios hace a la criatura, la
concepción virginal de Jesús, que sucedió por obra del Espíritu Santo, es un
acontecimiento central y culminante. El inicia la 'nueva creación' Dios entra
así en un modo decisivo en la historia para actuar el destino sobrenatural
del hombre, o sea, la predestinación de todas las cosas en Cristo. Es la expresión
definitiva del Amor salvífico de Dios al hombre, del que hemos hablado en las
catequesis sobre 9. En la actuación
del plan de la salvación hay siempre una participación de la criatura. Así en
la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo María participa de forma
decisiva. Iluminada interiormente por el mensaje del ángel sobre su vocación
de Madre y sobre la conservación de su virginidad, María expresa su voluntad
y consentimiento y acepta hacerse el humilde instrumento de la 'virtud del
Altísimo'. La acción del Espíritu Santo hace que en María la maternidad y la
virginidad estén presentes de un modo que, aunque inaccesible a la mente
humana, entre de lleno en el ámbito de la predilección de la omnipotencia de
Dios. En María se cumple la gran profecía de Isaías: 'La virgen grávida da a
luz' (7, 14. Cfr. Mt 1, 22)23); su virginidad, signo en el Antiguo Testamento
de la pobreza y de disponibilidad total al plan de Dios, se convierte en el
terreno de a acción excepcional de Dios, que escoge a María para ser Madre
del Mesías. 10. La excepcionalidad
de María se deduce también de las genealogías aducidas por Mateo y Lucas. El Evangelio según Mateo comienza, conforme a la costumbre hebrea, con
la genealogía de José (Mt 1, 2-17) y hace un elenco partiendo de Abrahán, de
las generaciones masculinas. A Mateo de hecho, le importa poner de relieve,
mediante la paternidad legal de José, la descendencia de Jesús de Abrahán y
David y, por consiguiente, la legitimidad de su calificación de Mesías. Sin
embargo al final de la serie de los ascendientes leemos: 'Y Jacob engendró a
José esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo' (Mt 1,16).
Poniendo el acento en la maternidad de María el Evangelista implícitamente
subraya la verdad del nacimiento virginal: Jesús como hombre, no tiene padre
terreno. Según el Evangelio de Lucas, la genealogía de Jesús (Lc 3 23-38) es
ascendente: desde Jesús a través de sus antepasados se remonta hasta Adán. El
Evangelista ha querido mostrar la vinculación de Jesús con todo el género
humano. María, como colaboradora de Dios en dar a su Eterno Hijo la
naturaleza humana ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la
humanidad. En Jesús se cumplen las
profecías (4.II.87) 1. En la catequesis anterior hablamos de las dos genealogías de Jesús: la del Evangelio según Mateo (Mt 1,1-17) tiene una estructura 'descendente', es decir, enumera los antepasados de Jesús, Hijo de María, comenzando por Abrahán. La otra, que se encuentra en el Evangelio de Lucas (Lc 3, 23-38), tiene una estructura 'ascendente': partiendo de Jesús llega hasta Adán. Mientras que la genealogía de Lucas indica la conexión de Jesús con
toda la humanidad, la genealogía de Mateo hace ver su pertenencia la estirpe
de Abrahán. Y en cuanto hijo de Israel, pueblo elegido por Dios en a antigua
Alianza, al que directamente pertenece, Jesús de Nazaret es a pleno título
miembro de la gran familia humana. 2. Jesús nace en
medio de este pueblo, crece en su religión y en su cultura. Es un verdadero
israelita, que piensa y se expresa en arameo según las categorías
conceptuales y lingüísticas de sus contemporáneos y sigue las costumbres y
los usos de su ambiente. Como israelita es heredero fiel de Es un hecho puesto de relieve por San Pablo cuando, en 3. Como obsequio a la
prescripción de la ley de Moisés, poco después del nacimiento Jesús fue circuncidado
según el rito, entrando así oficialmente a se r parte del pueblo de a
alianza: 'Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al niño,
le dieron el nombre de Jesús' (Lc 2, 21). El Evangelio de la infancia, aunque es pobre en pormenores sobre el
primer periodo de la vida de Jesús, narra sin embargo que 'sus padres iban
cada año a Jerusalén en la fiesta de 4. Fuera de este
suceso, todo el periodo de la infancia y de a adolescencia de Jesús en el
Evangelio está cubierto de silencio. Es un período de 'vida oculta', resumido
por Lucas en dos simples frases: Jesús 'bajó con ellos (con María y José) y
vino a Nazaret y les estaba sujeto' (Lc 2, 51), y: 'crecía en sabiduría y
edad y gracia ante Dios y ante los hombres' (Lc 2, 52). 5. Por el Evangelio
sabemos que Jesús vivió en una determinada familia, en la casa de José, quien
hizo las veces de padre del Hijo de María, asistiéndolo, protegiéndolo y
adiestrándolo poco a poco en su mismo oficio de carpintero. A los ojos de los
habitantes de Nazaret Jesús aparecía como 'el hijo del carpintero' (Cfr. Mt
13, 55). Cuando comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos:
'¿No es acaso el carpintero, hijo de María?...' (Cfr. Mc 6, 2-3). Además de
la madre, mencionaban también a sus 'hermanos' y sus 'hermanas', es decir,
aquellos miembros de su parentela ('primos'), que vivían en Nazaret, aquellos
mismos que, como recuerda el Evangelista Marcos, intentaron disuadir a Jesús
de su actividad de Maestro (Cfr. Mc 3, 21).Evidentemente ellos no en
encontraban en El algún motivo que pudiera justificar el comienzo de una
nueva actividad; consideraban que Jesús era y debía seguir siendo un israelita
más. 6. La actividad
pública de Jesús comenzó a los treinta años cuando tuvo su primer discurso en
Nazaret: '...según su costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se
levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del Profeta Isaías...'
(Lc. 4, 16-17). Jesús leyó el pasaje que comenzaba con las palabras: 'El
Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió para evangelizar a los
pobres ' (Lc 4, 18). Entonces Jesús se dirigió a los presentes y les anunció:
'Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír...'(Lc. 4, 21 ) 7. En su actividad de
Maestro, que comienza en Nazaret y se extiende a Galilea y a Judea hasta la
capital, Jerusalén, Jesús sabe captar y valorar los frutos abundantes
presentes en la tradición religiosa de Israel. La penetra con inteligencia
nueva, hace emerger sus valores vitales, pone a la luz sus perspectivas
proféticas. No duda en denunciar las desviaciones de los hombres en contraste
con los designios del Dios de a alianza. De este modo realiza, en el ámbito de la única e idéntica Revelación
divina, el paso de lo 'viejo' a lo 'nuevo', sin abolir la ley, sino más bien
llevándola a su pleno cumplimiento (Cfr. Mt 5, 17). Este es el pensamiento
con el que se abre 8. Este paso de lo
'viejo' a lo 'nuevo' caracteriza toda la enseñanza del 'Profeta' de Nazaret.
Un ejemplo especialmente claro es el sermón de la montaña, registrado en el
Evangelio de Mateo Jesús dice: 'Habéis oído que se dijo a los antiguos: No
matarás... Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será
reo de juicio' (Cfr. Mt 5, 21)22). 'Habéis oído que fue dicho: No
adulterarás: pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya
adulteró con ella en su corazón' (Mt 5, 27-28). 'Habéis oído que fue dicho:
amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo; pero yo os digo: amad a
vuestros enemigos y orad por los que os persiguen' (Mt. 5, 43-44). Enseñando de este modo, Jesús declara al mismo tiempo: 'No penséis que
yo he venido a abrogar la ley o los Profetas, no he venido a abrogarlas, sino
a consumarlas' (Mt 5, 17). 9. Este 'consumar' es
una palabra clave que se refiere no sólo a la enseñanza de la verdad revelada
por Dios, sino también a toda la historia de Israel, o sea, del pueblo del
que Jesús es hijo. Esta historia extraordinaria, guiada desde el principio
por la mano poderosa del Dios de a alianza, encuentra en Jesús su
cumplimiento. El designio que el Dios de a alianza había escrito desde el
principio en esta historia, haciendo de ella la historia de la salvación,
tendía a la 'plenitud de los tiempos' (Cfr. Gal 4, 4), que se realiza en
Jesucristo. El Profeta de Nazaret no duda en hablar de ello desde el primer
discurso pronunciado en la sinagoga de su ciudad. 10. Especialmente
elocuentes son las palabras de Jesús referidas en el Evangelio de Juan cuando
dice a sus contrarios: 'Abrahán, vuestro padre, se regocijó pensando en ver
mi día' y ante su incredulidad: '¿No tienes aún cincuenta años y has visto a
Abrahán?', Jesús confirma aún más explícitamente: 'En verdad, en verdad os
digo: antes que Abrahán naciese, era yo' (Cfr. Jn 8, 56-58). Es evidente que
Jesús afirma no sólo que El es el cumplimiento de los designios salvíficos de
Dios, inscritos en la historia de Israel desde los tiempos de Abrahán, sino
que su existencia precede al tiempo de Abrahán, llegando a identificarse como
'El que es' (Cfr. Ex 3, 14) Pero precisamente por esto, es El, Jesucristo, el
cumplimiento de la historia De Israel, porque 'supera' esta historia con su
Misterio. Pero aquí tocamos otra dimensión de la cristología que afrontaremos
más adelante. 11. Por ahora concluyamos
con una última reflexión sobre las dos genealogías que narran los dos
Evangelistas Mateo y Lucas. De ellas resulta que Jesús es verdadero hijo de
Israel y que, en cuanto tal, pertenece a toda la familia humana. Por eso, si
en Jesús, descendiente de Abrahán, vemos cumplidas las profecías del Antiguo
Testamento, en El, como descendiente de Adán, vislumbramos, siguiendo la
enseñanza de San Pablo, el principio y el centro de la 'recapitulación' de la
humanidad entera (Cfr. Ef 1, 10). 1. Como hemos visto
en las recientes catequesis, el Evangelista Mateo concluye su genealogía de
Jesús, Hijo de María, colocad l comienzo de su Evangelio, con las palabras
'Jesús, llamado Cristo' (Mt 1, 16). El término 'Cristo' es el equivalente griego
de la palabra hebrea 'Mesías' que quiere decir 'Ungido'. Israel, el pueblo
elegido por Dios, vivió durante generaciones en la espera del cumplimiento de
la promesa del Mesías, a cuya venida fue preparado a través de la historia de
a alianza. El Mesías, es decir el 'Ungido' enviado por Dios, había de dar
cumplimiento a la vocación del pueblo de la Alianza, al cual, por medio de 2. El atribuir el
nombre 'Cristo' a Jesús de Nazaret es el testimonio de que los Apóstoles y 3. El discurso de
Pedro y la genealogía de Mateo vuelven a proponernos el rico contenido de la
palabra 'Mesías)Cristo' que se encuentra en el Antiguo Testamento y sobre el
que hablaremos en las próximas catequesis. La palabra 'Mesías' incluyendo la idea de unción, sólo puede
comprenderse en conexión con la institución religiosa de la unción con el
aceite, que era usual en Israel y que )como bien sabemos) pasó de la antigua
Alianza a La verdad sobre el Cristo-Mesías hay que volverá a leer, pues, en el
contexto bíblico de este triple 'munus', que en la antigua alianza se
confería a los que estaban destinados a guiar o a representar al Pueblo de
Dios. En esta catequesis intentamos detenernos en el oficio y la dignidad de
Cristo en cuanto Rey. 4. Cuando el ángel
Gabriel anuncia a Estas palabras parecen corresponder a la promesa hecha al rey David:
'Cuando se cumplieren tus días... suscitaré a tu linaje después de ti... y
afirmaré su reino. El edificará casa mi nombre y yo estableceré su trono por
siempre. Yo le seré a él padre, y el me será a mi hijo' (2 Sm 7, 12-14). Se
puede decir que esta promesa se cumplió en cierta medida con Salomón, hijo y
directo sucesor de David. Pero el sentido pleno de la promesa iba más allá de
los confines de un reino terreno y se refería no sólo a un futuro lejano,
sino ciertamente a una realidad, que iba más allá de la historia, del tiempo
y del espacio: 'Yo estableceré su trono por siempre' (2 Sm 7, 13). 5. En la anunciación
se presenta a Jesús como Aquel en el que se cumple la antigua promesa. De ese
modo la verdad sobre el Cristo-Rey se sitúa en la tradición bíblica del 'Rey
mesiánico' (del Mesías-Rey); así se la encuentra muchas veces en los
Evangelios que nos hablan de la misión de Jesús de Nazaret y nos transmiten
su enseñanza. Es significativa a este respecto a actitud del mismo Jesús, por
ejemplo cuando Bartimeo, el mendigo ciego, para pedirle ayuda le grita: 'Hijo
de David, Jesús, ten piedad de mí!' (Mc 10, 47). Jesús, que nunca se ha
atribuido ese título, acepta como dirigidas a El las palabras pronunciadas
por Bartimeo. En todo caso se preocupa de precisar su importancia. En efecto,
dirigiéndose a los fariseos, pregunta: '¿Qué os parece de Cristo? ¿De quién
es hijo? Dijéronle ellos: De David. Les replicó: pues ¿cómo David, en
espíritu le llama Señor, diciendo: !Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi
diestra mientras pongo a tus enemigos bajo tus pies?(Sal 109/110, 1). Si,
pues, David le llama Señor, 'cómo es hijo suyo?' (Mt 22, 42-45) . 6. Como vemos, Jesús
llama a atención sobre el modo 'limitado' e insuficiente de comprender al Mesías
teniendo sólo como base la tradición de Israel, unida a la herencia real de
David. Sin embargo, El no rechaza esta tradición, sino que la cumple en el
sentido pleno que ella contenía, y que ya aparece en las palabras
pronunciadas en a anunciación y que se manifestará en su Pascua. 7. Otro hecho
significativo es que, al entrar en Jerusalén en vísperas de su pasión, Jesús
cumple, tal como destacan a los Evangelistas Mateo (21, 5) y Juan (12, 15),
la profecía de Zacarías, en la que se expresa la tradición del 'Rey
mesiánico': 'Alégrate sobremanera, hija de Sión. Grita exultante, hija de
Jerusalén. He aquí que viene tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en
un asno, en un pollino hijo de asna' (Zac 9, 9) 'Decid a la hija de Sión: he
aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino
hijo de una bestia de carga' (Mt 21, 5) Precisamente sobre un pollino cabalga
Jesús durante su entrada solemne en Jerusalén, acompañado por la turba
entusiasta: 'Hosanna al Hijo de David' (Cfr. Mt 21, 1-10). A pesar de la
indignación de los fariseos, Jesús acepta a aclamación mesiánica de los
'pequeños' (Cfr. Mt 21, 16; Lc 19, 40), sabiendo muy bien que todo equívoco
sobre el titulo de Mesías se disiparía con su glorificación a través de la
pasión . 8. La comprensión de
la realeza como un poder terreno entrará en crisis. La tradición no quedará
anulada por ello, sino clarificada. Los días siguientes a la entrada de Jesús
en Jerusalén se verá cómo se han de entender las palabras del Ángel en a
anunciación: 'Le dará el Señor Dios el trono de David, su padre... reinará en
la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin'. Jesús mismo
explicará en qué consiste su propia realeza, y por lo tanto la verdad
mesiánica, y cómo hay que comprenderla. 9. El momento
decisivo de esta clarificación se da en el diálogo de Jesús con Pilato, que
trae el Evangelio de Juan. Puesto que Jesús ha sido acusado ante el
gobernador romano de 'considerarse rey' de los judíos, Pilato le hace una
pregunta sobre est acusación que interesa especialmente a la autoridad romana
porque, si Jesús realmente pretendiera ser 'rey de los judíos' y fuese
reconocido como tal por sus seguidores, podría constituir una amenaza para el
imperio. Pilato, pues, pregunta a Jesús: '¿Eres tú el rey de los judíos?
Responde Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mi?'; y
después explica: 'Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi
reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los
judíos; pero mi reino no es de aquí' Ante la insistencia de Pilato: 'Luego,
¿tú eres rey?', Jesús declara: 'Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido
y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que
es de la verdad oye mi voz' (Cfr. Jn 18, 33-37) Estas palabras inequívocas de
Jesús contienen la afirmación clara de que el carácter o munus real, unido a
la misión del Cristo) Mesías enviado por Dios, no se puede entender en
sentido político como si se tratara de un poder terreno, ni tampoco en
relación al 'pueblo elegido', Israel. 10. La continuación
del proceso de Jesús confirma la existencia del conflicto entre la concepción
que Cristo tiene de Sí como 'Mesías)Rey' y la terrestre o política, común entre
el pueblo. Jesús es condenado a muerte bajo a acusación de que 'se ha
considerado rey'. La inscripción colocada en la cruz: 'Jesús Nazareno, Rey de
los judíos', probará que para a autoridad romana éste es su delito.
Precisamente los judíos que, paradójicamente, aspiraban al restablecimiento
del 'reino de David', en sentido terreno, al ver a Jesús azotado y coronado
de espinas, tal como se lo presentó Pilato con las palabras: 'Ahí tenéis a
vuestro rey!', habían gritado: 'Crucifícale!... Nosotros no tenemos más rey
que al Cesar' (Jn 19, 15). En este marco podemos comprender mejor el significado de la
inscripción puesta en la cruz de Cristo, refiriéndonos por lo demás a la
definición que Jesús había dado de Sí mismo durante el interrogatorio ante el
procurador romano. Sólo en ese sentido el Cristo)Mesías es 'el Rey'; sólo en
ese sentido El actualiza la tradición del 'Rey mesiánico', presente en el
Antiguo Testamento e inscrita en la historia del pueblo de a antigua alianza. 11. Finalmente, en el
Calvario un último episodio ilumina la condición mesiánico-real de Jesús. Uno
de los dos malhechores crucificados junto con Jesús manifiesta esta verdad de
forma penetrante, cuando dice: 'Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu
reino' (Lc 23, 42). Jesús le responde: 'En verdad te digo, hoy estarás
conmigo en el paraíso' (Lc 23, 43) En este diálogo encontramos casi una
confirmación última de las palabras que el Ángel había dirigido a María en a
anunciación: Jesús 'reinará... y su reino no tendrá fin' (Lc 1, 33). Cristo,
Mesías 'Sacerdote' (18.II.87) 1. El nombre 'Cristo'
que, como sabemos, es el equivalente griego de la palabra 'Mesías', es decir
'Ungido', además del carácter 'real', del que hemos tratado en la catequesis
precedente, incluye también, según la tradición del Antiguo Testamento, el
'sacerdote'. Cual elementos pertenecientes a la misma misión mesiánica, los
dos aspectos, diversos entre sí, son sin embargo complementarios. La figura
del Mesías, dibujada en el Antiguo Testamento, los comprende a entrambos manifestando
la profunda unidad de la misión real y sacerdotal. 2. Esta unidad tiene
su primera expresión, como un prototipo y una anticipación, en Melquisedec,
rey de Salem, misterioso contemporáneo de Abrahán. De él leemos en el libro
del Génesis, que, saliendo al encuentro de Abrahán, 'sacando pan y vino, como
era sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abrahán diciendo: Bendito Abram
del Dios Altísimo, el dueño de cielos y tierra'.(Gen 14, 18-19). La figura de Melquisedec, rey)sacerdote, entró en la tradición
mesiánica, como atestigua el Salmo 109 -110): el Salmo mesiánico por
antonomasia. Efectivamente, en este Salmo, Dios-Yahvéh se dirige 'a m i
Señor' (es decir, al Mesías) con las palabras: 'Siéntate a mi derecha, y haré
de tus enemigos estrado de tus pies. !Desde Sión extenderá el Señor el poder
de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos...!' (Sal 109/110, 1-2). A estas expresiones, que no pueden dejar ninguna duda sobre el
carácter real de Aquel al que se dirige Yahvéh, sigue el anuncio: 'El Señor
lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de
Melquisedec' (Sal 109/110, 4). Como vemos, Aquel al que Dios-Yahvéh se
dirige, invitándolo a sentarse 'a su derecha', será al mismo tiempo rey y
sacerdote 'según el rito de Melquisedec'. 3. En la historia de
Israel la institución del sacerdocio de a antigua Alianza comienza en la
persona de Arón, hermano de Moisés, y se unirá por herencia con una de las
doce tribus de Israel, la de Leví . A este respecto, es significativo lo que leemos en el libro del
Eclesiástico: '(Dios) elevó a Arón... su hermano (es decir, hermano de
Moisés), de la tribu de Leví. Y estableció con él una alianza eterna y le dio
el sacerdocio del pueblo' (Sir 45, 78). 'Entre todos los vivientes le escogió
el Señor para presentarle las ofrendas, los perfumes y el buen olor para
memoria y hacer la expiación de su pueblo. Y le dio sus preceptos y poder
para decidir sobre la ley y el derecho, para enseñar sus mandamientos a Jacob
e instruir en su ley a Israel' (Sir 45, 20)21). De estos textos deducimos que
la elección sacerdotal está en función del culto, para la ofrenda de los
sacrificios de adoración y de expiación y que a su vez el culto esta ligado a
la enseñanza sobre Dios y sobre su ley. 4. Siempre en el mismo
contexto son significativas también estas palabras del libro del
Eclesiástico: 'También hizo Dios alianza con David... La herencia del reino
es para uno de sus hijos, y la herencia de Arón para su descendencia' (Sir
45, 31). Según esta tradición, el sacerdocio se sitúa 'al lado' de la dignidad
real. Ahora bien, Jesús no procede de la estirpe sacerdotal, de la tribu de
Leví, sino de la de Judá, por lo que no parece que le corresponda el carácter
sacerdotal del Mesías. Sus contemporáneos descubren en El sobre todo al
maestro, al profeta, algunos también a su 'rey', heredero de David. Así,
pues, podría decirse que en Jesús la tradición de Melquisedec, el
Rey-sacerdote, está ausente. 5. Sin embargo, es
una ausencia aparente. Los acontecimientos pascuales manifestaron el
verdadero sentido del 'Mesías-rey' y del 'rey-sacerdote según el rito de
Melquisedec' que, presente en el Antiguo Testamento, encontró su cumplimiento
en la misión de Jesús de Nazaret. Es significativo que en el proceso ante el
Sanedrín, al sumo sacerdote que le pregunta: '...si eres tú el Mesías, el
Hijo de Dios', Jesús responde: 'Tú lo has dicho... y yo os digo que a partir
de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder...' (Mt 26,
63-64). Es una clara referencia al Salmo mesiánico (Sal 109/110), en el que
se expresa la tradición del rey-sacerdote. 6. Pero hay que decir
que la manifestación plena de esta verdad sólo se encuentra en El autor de Efectivamente, leemos de Cristo que ' al ser consumado, vino a ser
para todos los que le obedecen causa de salud eterna, declarado por Dios
Pontífice según el orden de Melquisedec' (Heb 5, 9-10). Por eso, después de
haber recordado lo que escribe el libro del Génesis sobre Melquisedec (Gen
14, 18), 7. Haciendo también
analogías con el ritual del culto, con el arca y con los sacrificios de a
antigua Alianza, el Autor de 8. Vale la pena citar
en su totalidad algunos fragmentos especialmente elocuentes de esta Carta. Al
entrar en el mundo, Jesucristo dice a Dios su Padre: 'No quisiste sacrificios
ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios
por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo, en el
volumen del libro está escrito de mí, para hacer, oh Dios!, tu voluntad' (Heb
10, 5-7) 'Y tal convenía que fuese nuestro Sumo Sacerdote' (Heb 7, 26). 'Por
esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice
misericordioso y fiel en las cosas que tonan a . Dios, para expiar los
pecados del pueblo' (Heb 2, 17). Tenemos pues, 'un gran Pontífice... tentado
en todo, a semejanza nuestra, menos en el pecado', un Sumo Sacerdote que sabe
'compadecerse de nuestras flaquezas' (Cfr. Heb 4, 15). 9. Leemos más
adelante que ese Sumo Sacerdote 'no necesita, como los pontífices, ofrecer
cada día víctimas, primero por sus propios pecados, luego por los del pueblo,
pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a Sí mismo' (Heb 7, 27). Y
también: 'Cristo, constituido Pontífice de los bienes futuros...entró una vez
para siempre en el santuario... por su propia sangre, realizada la redención
eterna' (Heb 9, 11-12). De aquí nuestra certeza de que 'la sangre de Cristo,
que por el Espíritu eterno a Sí mismo se ofreció inmaculado a Dios, limpiará
nuestra conciencia de las obras muertas para dar culto al Dios vivo'(Heb 9,
14). Así se explica a atribución de una perenne fuerza salvífica al
sacerdocio de Cristo, por ella ' su poder es perfecto para salvar a los que
por El se acercan a Dios y siempre vive para interceder por ellos' (Heb 7,
25). 10. Finalmente podemos
observar que en 11. Según Un testimonio evidente de esta verdad lo encontramos en el sacrificio
eucarístico que por institución de Cristo ofrece Jesucristo,
el Siervo de Yahvéh (25.II.87) 1. Durante el proceso
ante Pilato, Jesús, al ser interrogado si era rey, primero niega que sea rey
en sentido terreno y político; después, cuando Pilato se lo pregunta por segunda
vez, responde: 'Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he
venido al mundo, para dar testimonio de la verdad' (Jn 18, 37). Esta
respuesta une la misión real y sacerdotal del Mesías con la característica
esencial de la misión profética. En efecto, el Profeta es llamado y enviado a
dar testimonio de la verdad. Como testigo de la verdad él habla en nombre de
Dios. En cierto sentido es la voz de Dios. Tal fue la misión de los Profetas
que Dios envió a lo largo de los siglos a Israel. En la figura de David, rey y profeta, es en quien especialmente la
característica profética se une a la vocación real. 2. La historia de los
Profetas del Antiguo Testamento indica claramente que la tarea de proclamar
la verdad, al hablar en nombre de Dios, es antes que nada un servicio, tanto
en relación con Dios que envía, como en relación con el pueblo al que el
Profetas se presenta como enviado de Dios. De ello se deduce que el servicio
profético no sólo es eminente y honorable, sino también difícil y fatigoso.
Un ejemplo evidente de ello es lo que le ocurrió al Profeta Jeremías, quien
encuentra resistencia, rechazo y finalmente persecución, en la medida en que
la verdad proclamada es incómoda. Jesús mismo, que muchas veces se refirió a
los sufrimientos que padecieron los Profetas, los experimentó personalmente
de forma plena. 3. Estas primeras
referencias al carácter ministerial de la misión profética nos introducen en
la figura del Siervo de Dios (Ebed Yahvéh) que se encuentra en Isaías (y
precisamente en el llamado 'Deutero-Isaías'). En esta figura la tradición
mesiánica de a antigua Alianza encuentra una expresión especialmente rica, e
importante, si consideramos que el Siervo de Yahvéh, en el que sobresalen
sobre todo las características del Profeta, une en sí mismo, en cierto modo,
también la cualidad del sacerdote y del rey. Los Cantos de Isaías sobre el
Siervo de Yahvéh presentan una síntesis veterotestamentaria del Mesías,
abierta a ulteriores desarrollos. Si bien están escritos muchos siglos antes de
Cristo, sirven de modo sorprendente para la identificación de su figura,
especialmente en cuanto a la descripción del Siervo de Yahvéh sufriente: un
cuadro tan justo y fiel que se diría que está hecho teniendo delante los
acontecimientos de 4. Hay que observar
que el término 'Siervo, 'Siervo de Dios' se emplea abundantemente en el
Antiguo Testamento. A muchos personajes eminentes seles llama o se les define
'siervos de Dios'. Así Abrahán (Gen 26, 24), Jacob (Gen 32, 11), Moisés,
David y Salomón, los Profetas. 5. En cuanto a los
Cantos de Isaías sobre el Siervo de Yahvéh constatamos ante todo los que se
refieren no a una entidad colectiva, como puede ser un pueblo, sino a una
persona determinada a la que el Profeta distingue en cierto modo de Israel
pecador: 'He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo (leemos en el primer
Canto), mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre
él; él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio ni hará
oír su voz en las plazas. No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que
se extingue. . . sin cansarse ni desmayar, hasta que establezca el derecho en
la tierra...' (Is 42, 1-4). 'Yo, Yahvéh, te he formado y te he puesto por
alianza del pueblo y para luz de las gentes, para abrir los ojos de los
ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del calabozo a los que moran en
las tinieblas' (Is 42, 6-7). 6. El segundo Canto
desarrolla el mismo concepto: 'Oídme, islas; atended, pueblos lejanos: Yahvéh
me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre me llamó por
mi nombre. Y puso mi boca como cortante espada, me ha guardado a la sombra de
su mano, hizo de mí aguda saeta y me guardó en su aljaba' (Is 49, 6). 'Dijo:
ligera cosa es para mí que seas tú mi siervo, para restablecer las tribus de
Jacob Yo te he puesto para luz de las gentes, para llevar mi salvación hasta
los confines de la tierra' (Is 49,6). 'EL Señor, Yahvéh, me ha dado lengua de
discípulo, para saber sostener con palabras al cansado' (Is 50, 4). Y
también: 'Así se admirarán muchos pueblos y los reyes cerrarán ante él su
boca' (Is 52, 15). 'El Justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con
las iniquidades de ellos' (Is 53, 11). 7. Estos últimos
textos, pertenecientes a los Cantos tercero y cuarto, nos introducen con
realismo impresionante en el cuadro del Siervo Sufriente al que deberemos
volver nuevamente. Todo lo que dice Isaías parece anunciar de modo
sorprendente lo que en el alba misma de la vida de Jesús predecirá el santo
anciano Simeón, cuando lo saludó como 'luz para iluminación de las gentes' y
al mismo tiempo como 'signo de contradicción' (Cfr. Lc 2, 32. 34).Ya en el
libro de Isaías la figura del Mesías emerge como Profeta, que viene al mundo
para dar testimonio de la verdad, y que precisamente a causa de esta verdad
será rechazado por su pueblo, llegando a ser con su muerte motivo de
justificación para 'muchos'. 8. Los Cantos del
Siervo de Yahvéh encuentran amplia resonancia en el Nuevo Testamento, desde
el comienzo de a actividad mesiánica de Jesús. Ya la descripción del bautismo
en el Jordán permite establecer un paralelismo con los textos de Isaías.
Escribe Mateo: 'Bautizado Jesús. .. he aquí que se abrieron los cielos, y vio
al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre El' (Mt 3 16); en
Isaías se dice: 'He puesto mi espíritu sobre El' (Is 42, 1). El Evangelista
añade: 'Mientras una voz del cielo decía: Esté es mi Hijo amado, en quien
tengo mis complacencias' (Mt 3, 17), y en Isaías Dios dice del Siervo: 'Mi
elegido en quien se complace mi alma' (Is 42, 1 ). Juan Bautista señala a
Jesús que se acerca al Jordán, con las palabras: 'He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo' (Jn 1, 29), exclamación que representa casi
una síntesis del contenido del Canto tercero y cuarto sobre el Siervo de
Yahvéh sufriente. 9. Una relación
análoga se encuentra en el fragmento en que Lucas narra las primeras palabras
mesiánicas pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando Jesús lee
el texto de Isaías: 'EL Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió
para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la
libertad, a los ciegos la recuperación de la vista: para poner en libertad a
los oprimidos, par anunciar un año de gracia del Señor' (Lc 4, 17-19). Son
las palabras del primer Canto sobre el Siervo de Yahvéh (Is 42, 1-7; cfr. también
Is 61, 1-2). 10. Si miramos también
la vida y el ministerio de Jesús. El se nos manifiesta como el Siervo de
Dios, que trae la salvación a los hombres, que los sana, que los libra de su
iniquidad, que los quiere ganar para Sí no con la fuerza, sino con la bondad.
El Evangelio, especialmente el de San Mateo, hace referencia muchas veces al
libro de Isaías, cuyo anuncio profético se realiza en Cristo: así cuando
narra que 'y tardecido, le presentaron muchos endemoniados, y arrojaba con
una palabra los espíritus, y a todos los que se sentían mal los curaba, para
que se cumpliese lo dicho por el Profeta Isaías, que dice: El tomó nuestras
enfermedades y cargó con nuestras dolencias' (Mt 8, 16-17; cfr. Is 53, 4). Y
en otro lugar: 'Muchos le siguieron, y los curaba a todos... para que se
cumpliera el anuncio del Profeta Isaías: He aquí a mi siervo..' (Mt 12,
15-21), y aquí el Evangelista narra un largo fragmento del primer Canto sobre
el Siervo de Yahvéh. 11. Como los
Evangelios, también los Hechos de los Apóstoles demuestran que la primera
generación de los discípulos de Cristo, comenzando por los Apóstoles, está
profundamente convencida de que en Jesús se cumplió todo lo que el Profeta
Isaías había anunciado en sus Cantos inspirados: que Jesús es el elegido Siervo
de Dios (Cfr. por ejemplo, Hech 3, 13; 3, 26; 4, 27; 4, 30; 1 Pe 2, 22-25),
que cumple la misión del Siervo de Yahvéh y trae la nueva ley, es la luz y
alianza para todas las naciones (Cfr. Hech 13, 46-47). Esta misma convicción
la volvemos a encontrar también en la 'didajé', en el 'Martirio de San
Policarpo', y en la primera Carta de San Clemente Romano. 12. Hay que añadir un
dato de gran importancia: Jesús mismo habla de Sí como de un siervo,
aludiendo claramente a Is 53, cuando dice: 'El Hijo del hombre no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10, 45;
Mt 20, 28) y expresa el mismo concepto cuando lava los pies a los Apóstoles
(Jn 13, 3-4; 12-15). En el conjunto del Nuevo Testamento, junto a los textos y a las alusiones
a al primer Canto del Siervo de Yahvéh (Is 42, 1-7), que subrayan la elección
del Siervo y su misión profética de liberación, de curación y de alianza para
todos los hombres, el mayor número de textos hace referencia al Canto tercero
y cuarto (Is 50, 4-11; 52, 13-53, 12) sobre el Siervo Sufriente. Es la misma
idea expresada de modo sintético por San Pablo en En Cristo
se cumplen las profecías (4.III.87) 1. En las catequesis
precedentes hemos intentado mostrar lo aspectos más relevantes de la verdad
sobre el Mesías tal como fue preanunciada en Sin embargo, hay que reconocer que constataciones tan explícitas como
ésta son más bien raras en los Evangelios. Ello se debe también al hecho de
que en la sociedad israelita de entonces se hallaba difundida una imagen de
Mesías al que Jesús no quiso adaptar su figura y su obra, a pesar del asombro
y a admiración suscitados por todo lo que 'hizo y enseñó' (Hech 1, 1). 2. Es más, sabemos
incluso que el mismo Juan Bautista, que había señalado a Jesús junto al
Jordán como 'El que tenía que venir' (Cfr. Jn 1, 15-30), pues, con espíritu
profético, había visto en El al 'Cordero de Dios' que venía para quitar los
pecados del mundo; Juan, que había anunciado el 'nuevo bautismo' que
administraría Jesús con la fuerza del Espíritu, cuando se hallaba ya en la
cárcel, mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús: '¿Eres Tú que ha de venir
o esperamos a otro?' (Mt 11, 3). 3. Jesús no deja sin
respuesta a Juan y a sus mensajeros: 'Id y comunicad a Juan lo que habéis
visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados' (Lc 7,
22). Con esta respuesta Jesús pretende confirmar su misión mesiánica y
recurre en concreto a las palabras de Isaías (Cfr. Is 35, 4-5; 6, 1). Y
concluye: 'Bienaventurado quien no se escandaliza de mí' (Lc 7, 23). Estas
palabras finales resuenan como una llamada dirigida directamente a Juan, su
heroico precursor, que tenía una idea distinta del Mesías. Efectivamente, en su predicación, Juan había delineado la figura del
Mesías como la de un juez severo. En este sentido había hablado 'de la ira
inminente', del 'hacha puesta y la raíz del árbol' (Cfr. Lc 3, 7. 9), para
cortar todas las plantas 'que no de buen fruto' (Lc 3, 9). Es cierto que
Jesús no dudaría en tratar con firmeza e incluso con aspereza, cuando fue
necesario, la obstinación y la rebelión contra 4. La respuesta que
Jesús da a Juan presenta también otro el momento que es interesante subrayar:
Jesús evita proclamarse Mesías abiertamente. De hecho, en el contexto social
de la época es título resultaba muy ambiguo: la gente lo interpretaba por lo
general en sentido político. Por ello Jesús prefiere referirse al testimonio
ofrecido por sus obras, deseoso sobre todo de persuadir y de suscitar la fe. 5. Ahora bien, en los
Evangelios no faltan casos especiales, como el diálogo con la samaritana,
narrado en el Evangelio de Juan. A la mujer que le dice: 'Yo sé que el
Mesías, el que se llama Cristo está para venir y que cuando venga nos hará
saber todas las cosas', Jesús le responde: 'Yo soy, el que habla contigo' (Jn
4, 25-26). Según el contexto del diálogo, Jesús convenció a la samaritana, cuya
disponibilidad para la escucha había intuido; de hecho cuando esta mujer
volvió a su ciudad, se apresuró a decir a la gente: 'Venid a ver un hombre
que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?' (Jn 4,
28-29).Animados por su palabra muchos samaritanos salieron al encuentro de
Jesús, lo escucharon, y concluyeron a su vez: 'Este es verdaderamente el
Salvador del mundo' (Jn 4, 22). 6. Entre los
habitantes de Jerusalén, por el contrario, las palabras y los milagros de
Jesús suscitaron cuestiones en torno a su condición mesiánica. Algunos
excluían que pudiera ser el Mesías. 'De éste sabemos de dónde viene, mas del
Mesías, cuando venga nadie sabrá de dónde viene' (Jn 7, 27). Pero otros
decían: 'El Mesías, cuando venga, ¿podrá hacer signos más grandes de los que
ha hecho éste' (Jn 7, 31). '¿No será éste el Hijo de David?'. (Mt 12,23).
Incluso llegó a intervenir el Sanedrín, decretando que 'si alguno lo
confesaba Mesías fuera expulsado de la sinagoga' (Jn 9, 22). 7. Con estos
elementos podemos llegar a comprender el significado clave de la conversación
de Jesús con los Apóstoles cerca de Cesarea de Filipo. 'Jesús les preguntó:
¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron, diciendo: Unos,
que Juan Bautista; otros, que Elías y otros, que uno de los Profetas. Pero El
les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le
dijo: Tú eres el Cristo' (Mc 8, 27-29; cfr. Además Mt 16, 13-16 y Lc 9,
18-21), es decir, el Mesías. 8. Según el Evangelio
de Mateo esta respuesta ofrece a Jesús la ocasión para anunciar el primado de
Pedro en la futura Iglesia (Cfr. Mt 16, 18). Según Marcos, tras la respuesta
de Pedro, Jesús ordenó severamente a los Apóstoles 'que no dijeran nada a
nadie' (Mc 8 30). De lo cual se puede deducir que Jesús no sólo no proclamaba
que El era el Mesías, sino que tampoco quería que los Apóstoles difundieran
por el momento la verdad sobre su identidad. Quería, en efecto, que sus
contemporáneos llegaran a tal convencimiento contemplando sus obras y
escuchando su enseñanza. Por otra parte, el mismo hecho de que los Apóstoles
estuvieran convencidos de lo que Pedro había dicho en nombre de todos al
proclamar: 'Tú eres el Cristo', demuestra que las obras y palabras de Jesús
constituían una base suficiente sobre la que podía fundarse y desarrollarse
la fe en que El era el Mesías. 9. Pero la continuación
de ese diálogo tal y como aparece en los dos textos paralelos de Marcos y
Mateo es aún más significativa en relación con la idea que tenía Jesús sobre
su condición de Mesías (Cfr. Mc 8, 31-33; Mt 16, 21-23). Efectivamente; casi
en conexión estrecha con la profesión de fe de los Apóstoles, Jesús 'comenzó
a enseñarles como era preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho, y que
fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los
escribas y que fuese muerto y resucitado al tercer día' (Mc 8, 31). El
Evangelista Marcos hace notar: 'Les hablaba de esto abiertamente' (Mc 8, 32).
Marcos dice que 'Pedro, tomándole aparte, se puso a reprenderle' (Mc 8, 32).
Según Mateo, los términos de la reprensión fueron éstos: 'No quiera Dios, Señor,
que esto suceda' (Mt 16, 22). Y esta fue la reacción del Maestro: Jesús
'reprendió a Pedro diciéndole: Quítate allá, Satán, pues tus pensamientos no
son los de Dios, sino los de los hombres' (Mc 8, 33; Mt 16, 23). 10. En esta reprensión
del Maestro se puede percibir algo así como un eco lejano de la tentación de
que fue objeto Jesús en el desierto en los comienzos de su actividad
mesiánica (Cfr. Lc 4, 1-13), cuando Satanás quería apartarlo del cumplimiento
de la voluntad del Padre hasta el final. Los Apóstoles, y de un modo especial
Pedro, a pesar que habían profesado su fe en la misión mesiánica de Jesús
afirmando 'Tú eres el Mesías', no lograban librarse completamente de aquella
concepción demasiado humana y terrena del Mesías, y admitir la perspectiva de
un Mesías que iba a padecer y a sufrir la muerte. Incluso en el momento de a
ascensión, preguntarían a Jesús: '¿...vas a reconstruir el reino de Israel'
(Cfr. Hech 1, 6). 11. Precisamente ante
esta actitud Jesús reacciona con tanta decisión y severidad. En El, la
conciencia de la misión mesiánica correspondía a los Cantos sobre el Siervo
de Yahvéh de Isaías y, de un modo especial, a lo que había dicho el Profeta
sobre el Siervo Sufriente: 'Sube ante él como un retoño, como raíz en tierra
árida. No hay en él parecer, no hay hermosura...Despreciado y abandonado de
los hombres, varón de dolores, y familiarizado con el sufrimiento, y como uno
ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en
cuenta... Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó
con nuestros dolores... Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por
nuestros pecados' (Is 53, 2)5). Jesús defiende con firmeza esta verdad sobre el Mesías, pretendiendo
realizarla en El hasta las últimas consecuencias, ya que en ella se expresa
la voluntad salvífica del Padre: 'El Justo, mi siervo, justificará a muchos'
(Is 53,11 ). Así se prepara personalmente y prepara a los suyos para el
acontecimiento en que el 'misterio mesiánico' encontrará su realización plena:
Jesucristo
inicia el Reino de Dios (18.III.87) 1. 'Se ha cumplido el
tiempo, está cerca el reino de Dios' (Mc 1, 15). Con estas palabras Jesús de
Nazaret comienza su predicación mesiánica. El reino de Dios, que en Jesús
irrumpe en la vida y en la historia del hombre, constituye el cumplimiento de
las promesas de salvación que Israel había recibido del Señor. Jesús se revela Mesías, no porque busque un dominio temporal y
político según la concepción de sus contemporáneos, sino porque con sumisión
se culmina en la pasión-muerte-resurrección, 'todas las promesas de Dios son
!sí!' (2 Cor 1, 20). 2. Para comprender
plenamente la misión de Jesús es necesario recordar el mensaje del Antiguo
Testamento que proclama la realeza salvífica del Señor. En el cántico de
Moisés (Ex 15, 1)18), el Señor es aclamado 'rey' porque ha liberado
maravillosamente a su pueblo y lo ha guiado, con potencia y amor, ala
comunión con El y con los hermanos en el gozo de la libertad. También el
antiquísimo Salmo 28/29 da testimonio de la misma fe: el Señor es contemplado
en la potencia de su realeza, que domina todo lo creado y comunica a su
pueblo fuerza, bendición y paz (Sal 28/29, 10). Pero la fe en el Señor 'rey',
se presenta completamente penetrada por el tema de la salvación, sobre todo
en la vocación de Isaías. El 'Rey' contemplado por el Profeta con los ojos de
la fe 'sobre un trono alto y sublime' (Is 6, 1 ) es Dios en el misterio de su
santidad transcendente y de su bondad misericordiosa, con la que se hace
presente a su pueblo como fuente de amor que purifica, perdona, salva:
'Santo, Santo, Santo, Yahvéh de los ejércitos. Está la tierra llena de tu
gloria' (Is 6,3). Esta fe en la realeza salvífica del Señor impidió que, en el pueblo de
la alianza, la monarquía se desarrollase de forma autónoma, como ocurría en
el resto de las naciones: El rey es el elegido, el ungido del Señor y, como
tal, es el instrumento mediante el cual Dios mismo ejerce su soberanía sobre
Israel (Cfr. 1 Sm 12, 12-15). 'El Señor reina', proclaman continuamente los
Salmos (Cfr. 5, 3; 9, 6; 28/29, 10; 92/93, 1; 96/97, 1)4; 145/146, 10). 3. Frente a la
experiencia dolorosa de los límites humanos y del pecado, los Profetas
anuncian una nueva Alianza, en la que el Señor mismo será el guía salvífico y
real de su pueblo renovado (Cfr. Jer 31, 31-34; Ez 34, 7-16; 36,24-28). En este contexto surge la expectación de un nuevo David, que el Señor
suscitará para que sea el instrumento del éxodo, de la liberación, de la
salvación (Ez 34, 23-25; cfr. Jer 23, 5)6). Desde ese momento la figura del
Mesías aparece en relación íntima con la manifestación de la realeza plena de
Dios. Tras el exilio, aun cuando la institución de la monarquía decayera en
Israel, se continuó profundizando la fe en la realeza que Dios ejerce sobre
su pueblo y que se extenderá hasta 'los confines de la tierra'. Los Salmos
que cantan al Señor rey constituyen el testimonio más significativo de esta
esperanza (Cfr Sal 95/96-98/99). Esta esperanza alcanza su grado máximo de intensidad cuando la mirada
de la fe, dirigiéndose más allá del tiempo de la historia humana, llegará a
comprender que sólo en la eternidad futura se establecerá el reino de Dios en
todo su poder: entonces, mediante la resurrección, los redimidos se
encontrarán en la plena comunión de vida y de amor con el Señor (Cfr. Dan
7,9-10; 12, 2-3). 4. Jesús alude a esta
esperanza del Antiguo Testamento y proclama su cumplimiento. El reino de Dios
constituye el tema central de su predicación, como lo demuestran sobre todo
las parábolas. La parábola del sembrador (Mt 13, 3)8) proclama que el reino de Dios
está ya actuando en la predicación de Jesús; al mismo tiempo invita a
contemplar a abundancia de frutos que constituirán la riqueza sobreabundante
del reino al final de los tiempos. La parábola de la semilla que crece por sí
sola (Mc 4, 26-29) subraya que el reino no es obra humana, sino únicamente
don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la
historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el
Señor. La parábola de la cizaña en medio del trigo (Mt 13, 24-30) y la de la
red para pescar (Mt 13, 47-52) se refieren, sobre todo, a la presencia, ya
operante, de la salvación de Dios. Pero, junto a los 'hijos del reino', se
hallan también los 'hijos del maligno', los que realizan la iniquidad: sólo
al final de la historia serán destruidas las potencias del mal, y quien hay
cogido el reino estará para siempre con el Señor. Finalmente, las parábolas
del tesoro escondido y de la perla preciosa (Mt 13, 44-46), expresan el valor
supremo y absoluto del reino de Dios: quien lo percibe, está dispuesto a
afrontar cualquier sacrificio y renuncia para entrar en él. 5. De la enseñanza de
Jesús nace una riqueza muy iluminadora. El reino de Dios en su plena y total
realización, es ciertamente futuro, 'debe venir' (Cfr. Mc 9, 1; Lc 22, 18);
la oración del Padrenuestro enseña a pedir su venida: 'Venga a nosotros tu
reino' (Mt 6, 10). Pero al mismo tiempo, Jesús afirma que el reino de Dios 'ya ha venido'
(Mt 12, 28), 'está dentro de vosotros' (Lc 17, 21) mediante la predicación y
las obras, de Jesús. Por otra parte, de todo el Nuevo Testamento se deduce
que Se ve así la relación íntima entre el reino y Jesús, una relación tan
estrecha que el reino de Dios puede llamarse también 'reino de Jesús' (Ef 5,
5;2 Pe 1, 11), como afirma, por lo demás, el mismo Jesús ante Pilato al decir
que 'su' reino no es de este mundo (Cfr. 18, 36). 6. Desde esta
perspectiva podemos comprender las condiciones indicadas por Jesús para
entrar en el reino se pueden resumir en la palabra 'conversión'. Mediante la
conversión el hombre se abre al don de Dios (Cfr. Lc 12, 32), que llama 'a su
reino y a su gloria' (1 Tes 2, 12); acoge como un niño el reino (Mc 10, 15) y
está dispuesto a todo tipo de renuncias para poder entrar en él (Cfr. Lc 18,
29; Mt 19, 29; Mc 10, 29) El reino de Dios exige una 'justicia' profunda o nueva (Mt 5, 20);
requiere empeño en el cumplimiento de la 'voluntad de Dios' (Mt 7, 21),
implica sencillez interior 'como los niños' (Mt 18, 3; Mc 10, 15); comporta
la superación del obstáculo constituido por las riquezas (Cfr. Mc 10, 23-24). 7. Las
bienaventuranzas proclamadas por Jesús (Cfr. Mt 5, 3-12) se presentan como la
'Carta magna' del reino de los cielos, dado a los pobres de espíritu, a los
afligidos, a los humildes, a quien tiene hambre y sed de justicia, a los
misericordiosos, a los puros de corazón, a los artífices de paz, a los
perseguidos por causa de la justicia. Las bienaventuranzas no muestran sólo
las exigencias del reino; manifiestan ante todo la obra que Dios realiza en
nosotros haciéndonos semejantes a su Hijo (Rom 8, 29) y capaces de tener sus
sentimientos (Flp 2, 5 ss.) de amor y de perdón (Cfr. Jn 13, 34-35; Col 3,
13) 8. La enseñanza de
Jesús sobre el reino de Dios es testimoniada por 9. Esta espera del Señor es fuente incesante de confianza de energía.
Estimula a los bautizados, hechos partícipes de la dignidad real de Cristo, a
vivir día tras día 'en el reino del Hijo de su amor', a testimoniar y
anunciar la presencia del reino con las mismas obras de Jesús (Cfr. Jn 14,
12). En virtud de este testimonio de fe y de amor, enseña el Concilio, el
mundo se impregnará del Espíritu de Cristo y alcanzará con mayor eficacia su
fin en la justicia, en la caridad y en la paz (Lumen Gentium , 36). Jesucristo,
Sabiduría de Dios (22.IV.87) 1. En el Antiguo
Testamento se desarrolló y floreció una rica tradición de doctrina
sapiencial. En el plano humano, dicha tradición manifiesta la sed del hombre de
coordinar los datos de sus experiencias y de sus conocimientos para orientar
su vida del modo más provechoso y sabio. Desde este punto de vista, Israel no
se aparta de las formas sapienciales presentes en otras culturas de la
antigüedad, y elabora una propia sabiduría de vida, que abarca los diversos
sectores de la existencia: individual, familiar, social, político. Ahora bien, esta misma búsqueda sapiencial no se desvinculó nunca de
la fe en el Señor, Dios del éxodo; y ello se debió a la convicción que se
mantuvo siempre presente en la historia del pueblo elegido, de que sólo en
Dios residía 2. Bajo el influjo de
la tradición litúrgica y profética, el tema de la sabiduría se enriquece con
una profundización singular, llegando a empapar toda 3. El texto de Ben Sirá recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo En el Nuevo Testamento son varios los textos que presentan a Jesús
lleno de Durante los años del ministerio de Jesús, su doctrina suscitaba
sorpresa y admiración: 'Y la muchedumbre que le oía se maravillaba diciendo:
!¿De dónde le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha
sido dada?!' (Mc 6, 2). Esta Sabiduría, que procedía de Dios, conferí Jesús un prestigio
especial: 'Porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus
doctores' (Mt 7, 29); por ello se presenta como quien es 'más que Salomón'
(Mt 12, 42). Puesto que Salomón es la figura ideal de quien ha recibido 6. Esta
identificación de Jesús con La fe en Jesús, Sabiduría de Dios, conduce a un 'conocimiento pleno'
de la voluntad divina, 'con toda sabiduría e inteligencia espiritual', y hace
posible comportarse 'de una manera digna del Señor, procurando serle gratos
en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el comportamiento de
Dios' (Col 1, 9)10). 8. Por su parte, el
Evangelista Juan, evocando 9. Esta fe en Jesús,
revelador del Padre, constituye el aspecto más sublime y consolador de 1. Jesucristo, Hijo
del hombre e Hijo de Dios: éste es el tema culminante de nuestras catequesis
sobre la identidad del Mesías. Es la verdad fundamental de la revelación
cristiana y de la fe: la humanidad y la divinidad de Cristo, sobre la cual
reflexionaremos más adelante con mayor amplitud. Por ahora nos urge completar
el análisis de los títulos mesiánicos presentes ya de algún modo en el
Antiguo Testamento y ver en qué sentido se los atribuye Jesús a Sí mismo. En relación con el título 'Hijo del hombre', resulta significativo que
Jesús lo usara frecuentemente hablando de Sí, mientras que los demás lo
llaman Hijo de Dios, como veremos en la próxima catequesis. El se autodefine
'Hijo del hombre', mientras que nadie le daba este título si exceptuamos al
diácono Esteban antes de la lapidación (Hech 7, 56) y al autor del
Apocalipsis en dos textos (Ap 1, 13; 14, 14). 2. El título 'Hijo
del hombre' procede del Antiguo Testamento, en concreto del libro del Profeta
Daniel, de la visión que tuvo de noche el Profeta: 'Seguía yo mirando en la
visión nocturna, y vi venir sobre las nubes del cielo a uno como hijo de
hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste.
Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones
y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará y su
imperio, imperio que nunca desaparecerá' (Dan 7, 13-14). Cuando el Profeta pide la explicación de esta visión, obtiene la
siguiente respuesta: 'Después recibirán el reino los santos del Altísimo y lo
poseerán por siglos, por los siglos de los siglos... Entonces le darán el
reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al
pueblo de los santos del Altísimo'. (Dan 7, 18 27) El texto de Daniel
contempla a una persona individual y al pueblo. Señalemos ya ahora que lo que
se refiere a la persona del Hijo del hombre se vuelve a encontrar en las
palabras del Ángel en la anunciación a María: 'Reinará... por los siglos y su
reino no tendrá fin' (Lc 1,33). 3. Cuando Jesús
utiliza el título 'Hijo del hombre' para hablar de Sí mismo, recurre a una
expresión proveniente de la tradición canónica del Antiguo Testamento
presente también en los libros apócrifos del judaísmo. Pero conviene notar,
sin embargo, que la expresión 'hijo de hombre' (ben-adam) se había convertido
en el arameo de la época de Jesús en una expresión que indicaba simplemente
'hombre' (bar enas). Por eso, al referirse a Sí mismo como 'Hijo del hombre',
Jesús logró casi esconder tras el velo del significado común el significado mesiánico
que tenía la palabra en la enseñanza profética. Sin embargo, no resulta
casual; si bien las afirmaciones sobre el 'Hijo del hombre' aparecen
especialmente en el contexto de la vida terrena y de la pasión de Cristo, no
faltan en relación con su elevación escatológica. 4. En el contexto de
la vida terrena de Jesús de Nazaret encontramos textos como el siguiente:
'Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del
hombre no tiene dónde reclinar la cabeza' (Mt 8, 20); o este otro: 'Vino el
Hijo del hombre, comiendo y bebiendo, y dicen: es un comilón y bebedor de
vino, amigo de publicanos y pecadores' (Mt 11, 19). Otras veces la palabra de
Jesús asume un valor que indica con mayor profundidad su poder. Así cuando
afirma: 'Y dueño del sábado es el Hijo del hombre' (Mc 2, 28). Con ocasión de
la curación del paralítico, a quien introdujeron en la casa donde estaba
Jesús haciendo un agujero en el techo, El afirma en tono casi desafiante:
'Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para
perdonar los pecados )se dirige al paralítico), yo te digo: Levántate, toma
tu camilla y vete a tu casa' (Mc 2, 10)11 ) En otro texto afirma Jesús:
'Porque como fue Jonás señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo
del hombre para esta generación' (Lc 11, 30) En otra ocasión se trata de una
predicción rodeada de misterio: 'Llegará tiempo en que desearéis ver un solo
día al Hijo del hombre, y no lo veréis' (Lc 17, 22). 5. Algunos teólogos
señalan un paralelismo interesante entre la profecía de Ezequiel y las
afirmaciones de Jesús. El Profeta escribe: '(Dios) me dijo: Hijo de hombre,
yo te mando a los hijos de Israel... que se han rebelado contra mí... Diles:
Así dice el Señor, Yahvéh' (Ez 2, 3)4) 'Hijo de hombre, habitas medio de
gente rebelde, que tiene ojos para ver, y no ven; oídos para oír, y no
oyen...' (Ez 12, 2) 'Tú, hijo de hombre... dirigirás tus miradas contra el
muro de Jerusalén... profetizando contra ella' (Ez. 4, 1-7). 'Hijo de hombre,
propón un enigma y compón una parábola sobre la casa de Israel (Ez 17, 2). Haciéndose eco de las palabras del Profeta, Jesús enseña: 'Pues el
Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido' (Lc 19,
10). 'Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10, 45; cfr. además Mt 20, 29). El
'Hijo del hombre... cuando venga en la gloria del Padre, se avergonzará de
quien se avergüence de El y de sus palabras ante los hombres' (Cfr. Mc 8,
38). 6. La identidad del
Hijo del hombre se presenta en el doble aspecto de representante de Dios,
anunciador del reino de Dios, Profeta que llama a la conversión. Por otra
parte, es 'representante' de los hombres, compartiendo con ellos su condición
terrena y sus sufrimientos para redimirlos y salvarlos según el designio del
Padre. Como dice El mismo en el diálogo con Nicodemo: 'A la manera que Moisés
levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo
del hombre, para que todo el que crea en El tenga la vida eterna' (Jn 3,
14-15). Se trata de un anuncio claro de la pasión, que Jesús vuelve a repetir:
'Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese
mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes
y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días'(Mc 8,
31). En el Evangelio de Marcos encontramos esta predicción repetida en tres
ocasiones (Cfr. Mc 9, 31; 10, 33-34) y en todas ellas Jesús habla de Sí mismo
como 'Hijo del hombre'. 7. Con este mismo
apelativo se autodefine Jesús ante el tribunal de Caifás, cuando a la
pregunta: '¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?', responde: 'Yo soy, y
veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las
nubes del cielo' (Mc 14, 62). En estas palabras resuena el eco de la profecía
de Daniel sobre el 'Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo' (Dan
7, 13) y del Salmo 110, que contempla al Señor sentado a la derecha de
Dios(Cfr. Sal 109/110, 1) 8. Jesús habla
repetidas veces de la elevación del 'Hijo del hombre', pero no oculta a sus
oyentes que ésta incluye la humillación de la cruz. Frente a las objeciones y
a la incredulidad de la gente y de los discípulos, que comprendían muy bien
el carácter trágico de sus alusiones y que, sin embargo, le preguntaban:
'¿Cómo, pues, dices tú que el Hijo del hombre ha de ser levantado? ¿Quién es
este Hijo del hombre?' (Jn 12, 34), afirma Jesús claramente: 'Cuando
levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy y no
hago nada por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo' (Jn 8,
28). Jesús afirma que su 'elevación' mediante la cruz constituirá su
glorificación. Poco después añadirá: 'es llegada la hora en que el Hijo del
hombre será glorificado' (Jn 12, 23). Resulta significativo que cuando Judas
abandonó el Cenáculo, Jesús afirme: 'Ahora ha sido glorificado el Hijo del
hombre, y Dios ha sido glorificado en él' (Jn 13, 31). 9. Este es el
contenido de vida, pasión, muerte y gloria, del que el Profeta Daniel había
ofrecido sólo un simple esbozo. Jesús no duda en aplicarse incluso el
carácter de reino eterno e imperecedero que Daniel había atribuido a la obra
del Hijo del hombre, cuando en la profecía sobre el fin del mundo proclama:
'Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y
majestad' (Mc 13, 26; cfr. Mt 24, 30): En esta perspectiva escatológica debe
llevarse a cabo la obra evangelizadora de 10.
Si en su condición de 'Hijo del hombre' Jesús realizó con su vida, pasión,
muerte y resurrección el plan mesiánico delineado en el Antiguo Testamento,
al mismo tiempo asume con ese mismo nombre el lugar que le corresponde entre
los hombres como hombre verdadero, como hijo de una mujer, María de Nazaret.
Mediante esta mujer, su Madre, El, el 'Hijo de Dios', es al mismo tiempo
'Hijo del hombre', hombre verdadero, como testimonia |