|
CRISTOLOGÍA -6-
INDICE
Jesucristo, verdadero hombre
(27.I.88) 1. Jesucristo
verdadero Dios y verdadero hombre: es el misterio central de nuestra fe y es
también la verdad) clave de nuestras catequesis cristológicas. Esta mañana
nos proponemos buscar el testimonio de esta verdad en Hemos visto ya que en los Evangelio Jesucristo se presenta y se da a conocer
como Dios-Hijo, especialmente cuando declara: 'Yo y el Padre somos una sola
cosa' (Jn 10, 30), cuando se atribuye a Sí mismo el nombre de Dios 'Yo soy'
(Cfr. Jn 8, 58), y los atributos divinos; cuando afirma que le 'ha sido dado
todo poder en el cielo y en la tierra' (Mt 28, 18): el poder del juicio final
sobre todos los hombres y el poder sobre la ley (Mt 5, 22. 28. 32. 34. 39.
44) que tiene su origen y su fuerza en Dios, V por último el poder de
perdonar los pecados (Cfr. Jn 20, 22)23), porque aun habiendo recibido del
Padre el poder de pronunciar el 'juicio' final sobre el mundo (Cfr. Jn 5,
22), El viene al mundo 'a buscar y salvar lo que estaba perdido' (Lc 19, 10). Para confirmar su poder divino sobre la creación, Jesús realiza
'milagros', es decir, 'signos' que testimonian que junto con El ha venido al
mundo el reino de Dios. 2. Pero este Jesús
que, a través de todo lo que 'hace y enseña', da testimonio de Sí como Hijo
de Dios, a la vez se presenta a Sí mismo y se da a conocer como verdadero hombre.
Todo el Nuevo Testamento y en especial los Evangelios atestiguan de modo
inequívoco esta verdad, de la cual Jesús tiene un conocimiento clarísimo y
que los Apóstoles y Evangelistas conocen, reconocen y transmiten sin ningún
género de duda. Por tanto, debemos dedicar la catequesis de hoy a recoger y a
comentar al menos en un breve bosquejo los datos evangélicos sobre esta
verdad, siempre en conexión con cuanto hemos dicho anteriormente sobre Cristo
como verdadero Dios. Este modo de aclarar la verdadera humanidad del Hijo de Dios es hoy
indispensable, dada la tendencia tan difundida a ver y a presentar a Jesús
sólo como hombre: un hombre insólito y extraordinario, pero siempre y sólo un
hombre. Esta tendencia característica de los tiempos modernos es en cierto
modo antitética a la que se manifestó bajo formas diversas en los primeros
siglos del cristianismo y que tomó el nombre de 'docetismo'. Según los
'docetas', Jesucristo era un hombre 'aparente', es decir, tenia a apariencia
de un hombre, pero en realidad era solamente Dios. Frente a estas tendencias opuestas, 3. Los testimonios
bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo son numerosos y claros.
Queremos reagruparlos ahora para explicarlos después en las próximas
catequesis. El punto de arranque es aquí la verdad de Esta carne (y por tanto la naturaleza humana) la ha recibido Jesús de
su Madre, María, 4. El Evangelista
Lucas habla de este nacimiento de una mujer cuando describe los acontecimientos
de la noche de Belén: 'Estando allí se cumplieron los días de su parto y dio
a luz a su hijo primogénito y le envolvió en pañales y lo acostó en un
pesebre' (Lc 2, 6-7). El mismo Evangelista nos da a conocer que el octavo día
después del nacimiento, el Niño fue sometido a la circuncisión ritual y 'le
dieron el nombre de Jesús (Lc 2, 21). El día cuadragésimo fue ofrecido como
'primogénito' en el templo jerosolimitano según la ley de Moisés (Cfr. Lc 2,
22-24) Y, como cualquier otro niño, también este 'Niño crecía y se fortalecía
lleno de sabiduría' (Lc 2, 40). 'Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia
ante Dios y ante los hombres' (Lc 2, 52). 5. Veámoslo de
adulto, como nos lo presentan más frecuentemente los Evangelios. Como
verdadero hombre, hombre de carne (sarx), Jesús experimentó el casancio, el
hambre y la sed. Leemos: 'Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches,
al fin tuvo hambre' (Mt 4, 2). Y en otro lugar: 'Jesús, fatigado del camino,
se sentó sin más junto a la fuente... Llega una mujer de Samaria a sacar agua
y Jesús le dice: dame de beber' (Jn 4, 6). Jesús tiene, pues, un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un
cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio
mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la
crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría en el madero de la
cruz, Jesús pronuncia aquel su 'Tengo sed' (Jn 19, 28), en el cual está
contenida una última, dolorosa y conmovedora expresión de la verdad de su
humanidad. 6. Sólo un verdadero
hombre ha podido sufrir como sufrió Jesús en el Gólgota, sólo un verdadero
hombre ha podido morir como murió verdaderamente Jesús. Esta muerte la
constataron muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos, sino, como
leemos en el Evangelio de San Juan, los mismos soldados que 'llegando, a
Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas sino que uno de
los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre
y agua' (Jn 19, 33-34). 'Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado': con estas palabras del Símbolo de los
Apóstoles 7. La resurrección
confirma de un modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el Verbo para
nacer en él tiempo 'se hizo carne', cuando, resucito volvió a tomar el propio
cuerpo de hombre. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la
cruz, sólo un verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir
volver a la vida en el cuerpo. Este cuerpo puede ser transformado, dotado de
nuevas cualidades y potencias, y al final incluso glorificado (como en a
ascensión de Cristo y en la futura resurrección de los muertos), pero es
cuerpo verdaderamente humano. En efecto, Cristo resucitado se pone en
contacto con los Apóstoles, ellos lo ven, lo miran, tocan a las cicatrices
que quedaron después de la crucifixión y El no sólo habla y se entretiene con
ellos, sino que incluso acepta su comida: 'Le dieron un trozo de pez asado y
tomándolo comió delante de ellos' (Lc 24, 42-43). Al final Cristo con este
cuerpo resucitado y ya glorificado pero siempre cuerpo de verdadero hombre
asciende al cielo para sentarse 'a la derecha del Padre'. 8. Por tanto
verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente, no un 'fantasma'
(homo phantasticus), sino hombre real. Así lo conocieron los Apóstoles y el
grupo de creyentes que constituyó Notamos desde ahora que así las cosas no existe en Cristo una
antinomia entre lo que es 'divino' y lo que es 'humano'. Si el hombre desde
el comienzo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cfr. Gen 1, 27; 5,
1), y por tanto lo que es 'humano puede manifestar también lo que es
'divino', mucho más ha podido ocurrir esto en Cristo. El reveló su divinidad
mediante la humanidad, mediante una vida auténticamente humana. Su
'humanidad' sirvió para revelar su 'divinidad': su Persona de Verbo-Hijo. Al mismo tiempo El como Dios)Hijo no era, por ello, menos hombre. Para
revelarse como Dios no estaba obligado a ser 'menos' hombre. Más aún: por
este hecho El era 'plenamente' hombre, o sea en a asunción de la naturaleza
humana en unidad con Jesucristo, plenamente hombre (3.II.88) 1. Jesucristo es
verdadero hombre. Continuamos la catequesis anterior dedicada a este tema. Se
trata de una verdad fundamental de nuestra fe. Fe basada en la palabra de
Cristo mismo, confirmada por el testimonio de los Apóstoles y discípulos,
trasmitida de generación en generación en la enseñanza de Más recientemente, el Concilio Vaticano II ha recordado la misma
doctrina al subrayar la relación nueva que el Verbo, encarnándose y
haciéndose hombre como nosotros, ha inaugurado con todos y cada uno: 'El Hijo
de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre.
Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con
voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de 2. Ya en el marco de
la catequesis precedente hemos intentado hacer ver esta 'semejanza' de Cristo
con ' nosotros', que se deriva del hecho de que El era verdadero hombre: 'El
Verbo se hizo carne', y 'carne' ('sarx') indica precisamente el hombre en
cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene a la luz mediante el nacimiento 'de
una mujer' (Cfr. Gal. 4, 4). En su corporeidad, Jesús de Nazaret, como
cualquier hombre, ha experimentado el casancio, el hambre y la sed. Su cuerpo
era pasible, vulnerable, sensible al dolor físico. Y precisamente en esta
carne ('sarx'), fue sometido El a torturas terribles, para ser finalmente,
crucificado: 'Fue crucificado, murió y fue sepultado'. El texto conciliar citado más arriba, completa todavía esta imagen
cuando dice 'Trabajó con manos de, hombre, pensó con inteligencia de hombre,
obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre' (Gaudium et Spes,
22). 3. Prestemos hoy un
atención particular a esta última afirmación, que nos hace entrar en el mundo
interior de la vida psicológica de Jesús. El experimentaba verdaderamente los
sentimientos humanos: a alegría, la, tristeza, la indignación, a admiración,
el amor. Leemos, por ejemplo, que Jesús 'se sintió inundado de gozo en el
Espíritu Santo' (Lc 10, 21); que lloró sobre Jerusalén: 'Al ver la ciudad,
lloró sobre ella, diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a
la paz tuya!' (Lc 9, 41-42), lloró también después de la muerte de su amigo
Lázaro: 'Viéndola llorar Jesús (a María), y que lloraban también los judíos que
venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó, y dijo ¿Dónde le habéis
puesto? Dijéronle Señor, ven y ve. Lloró Jesús' (Jn 11, 33-35). 4. Los sentimientos
de tristeza alcanzan en Jesús una intensidad particular en el momento de
Getsemaní. Leemos: 'Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan comenzó a
sentir temor y angustia, y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte'
(Mc 14, 33-34; cfr. también Mt 26, 37). En Lucas leemos: 'Lleno de angustia,
oraba con más insistencia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían
hasta la tierra' (Lc 22, 44). Un hecho de orden psico-físico que atestigua, a
su vez, la realidad humana de Jesús. 5. Leemos, asimismo,
episodios de indignación de Jesús. Así, cuando se presenta a El, para que lo
cure, un hombre con la mano seca, en día de sábado, Jesús. en primer lugar,
hace a los presentes esta pregunta: '¿Es, lícito en sábado hacer bien o mal,
salvar una vida o matarla?, y ellos callaban. Y dirigiéndoles una mirada
airada, entristecido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende tu
mano. La extendió y fuele restituida la mano' (Mc 3,5). La misma indignación vemos en el episodio de los vendedores arrojados
del templo. Escribe Mateo que 'arrojo de allí a cuantos vendían y compraban n
él, y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de
palomas, diciéndoles: escrito está: !Mi casa será llamada Casa de oración
pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones (Mt 21, 12-13; cfr.
Mc 11,15). 6. En otros lugares
leemos que Jesús 'se admira': 'Se admiraba de su incredulidad' (Mc 6, 6).
Muestra también admiración cuando dice: 'Mirad los lirios como crecen... ni
Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos' (Lc 12, 27). Admira
también la fe de la mujer cananea: 'Mujer, ¡qué grande es tu fe!' (Mt 15,
28). 7. Pero en los
Evangelios resulta, sobre todo, que Jesús ha amado. Leemos que durante el
coloquio con el joven que vino a preguntarle qué tenía que hacer para entrar
en el reino de los cielos, 'Jesús poniendo en él los ojos, lo amó' (Mc 10, 21
) . El Evangelista Juan escribe que 'Jesús amaba a Marta y a su hermana y a
Lázaro' (Jn 11, 5), y se llama a sí mismo 'el discípulo a quien Jesús amaba'
(Jn 13, 23). Jesús amaba a los niños: 'Presentáronle unos niños para que los
tocase...y abrazándolos, los bendijo imponiéndoles las manos' (Mc 10, 13-16).
Y cuando proclamó el mandamiento del amor, se refiere al amor con el que El
mismo ha amado: 'Este es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he
amado' (Jn 15, 12). 8. La hora de la
pasión, especialmente a agonía en la cruz, constituye, puede decirse, el
zenit del amor con que Jesús, 'habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin' (Jn 13, 1). 'Nadie tiene amor mayor que éste de
dar uno la vida por sus amigos' (Jn 15, 13).Contemporáneamente, éste es
también el zenit de la tristeza y del abandono que El ha experimentado en su
vida terrena. Una expresión penetrante de este abandono, permanecerán por
siempre aquellas palabras: 'Eloí, Eloí, lama sabachtani?... Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?' (Mc 15, 34).Son palabras que Jesús toma del
Salmo 22 (22, 2) y con ellas expresaba el desgarro supremo de su alma y de su
cuerpo, incluso la sensación misteriosa de un abandono momentáneo por parte
de Dios. ¡El clavo más dramático y lacerante de toda la pasión! 9. Así, pues, Jesús
se ha hecho verdaderamente semejante a los hombres, asumiendo la condición de
siervo, como proclama El mismo Jesús pudo lanzar el desafío: '¿Quién de vosotros me argüirá
de pecado?' (Jn 8, 46). Y he aquí la fe de 10. Repetimos con el
Nuevo Testamento, con el Símbolo y con el Concilio: 'Jesucristo se ha hecho
verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el
pecado' (Cfr Heb 4, 15). Y precisamente, gracias a una semejanza tal:
'Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y
le descubre la sublimidad de su vocación' (Gaudium et Spes 22). Se puede decir que, mediante esta constatación, el Concilio Vaticano
II da respuesta, una vez más, a la pregunta fundamental que lleva por titulo
el celebre tratado de San Anselmo: Cur Deus homo? Es una pregunta del
intelecto que ahonda en el misterio del Dios)Hijo, el cual se hace verdadero
hombre 'por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación', como profesamos
en el Símbolo de fe niceno-constantinopolitano. Cristo manifiesta 'plenamente' el hombre al propio hombre por el hecho
de que El 'no había conocido el pecado'. Puesto que el pecado no es de
ninguna manera un enriquecimiento del hombre. Todo lo contrario: lo deprecia,
lo disminuye, lo priva de la plenitud que le es propia (Cfr. Gaudium et Spes,
13). La recuperación, la salvación del hombre caído es la respuesta
fundamental a la pregunta sobre el porqué de 1. Jesucristo,
verdadero hombre, es 'semejante a nosotros en todo excepto en el pecado'.
Este ha sido el tema de la catequesis precedente. El pecado está
esencialmente excluido de Aquel que, siendo verdadero hombre, es también
verdadero Dios ('verus homo', pero no 'merus homo'). Toda la vida terrena de Cristo y todo el desarrollo de su misión
testimonian la verdad de su absoluta impecabilidad. El mismo lanzó el reto:
'¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?' (Jn 8, 46). Hombre 'sin pecado',
Jesucristo, durante toda su vida, lucha con el pecado y con todo lo que
engendra el pecado, comenzando por Satanás, que es el 'padre de la mentira',
en la historia del hombre 'desde el principio' (Cfr. Jn 8, 44). Esta lucha
queda delineada ya al principio de la misión mesiánica de Jesús, en el
momento de la tentación (Cfr. Mc 1, 13; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13), y alcanza su
culmen en la cruz y en la resurrección. Lucha que, finalmente, termina con la
victoria. 2. Esta lucha contra
el pecado y sus raíces no aleja a Jesús del hombre. Muy al contrario, lo
acerca a los hombres, a cada hombre. En su vida terrena Jesús solía mostrarse
particularmente cercano de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por
pecadores.. Esto lo podemos ver en muchos pasajes del Evangelio. 3. Bajo este aspecto
es importante la 'comparación' que hace Jesús entre su persona misma y Juan
el Bautista. Dice Jesús: 'porque vino Juan, que no comía ni bebía, y dicen:
Está poseído del demonio. Vino el Hijo del hombre, comiendo y bebiendo, y
dicen: Es un comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores' (Mt
11, 18-19). Es evidente el carácter 'polémico' de estas palabras contra los que
antes criticaban a Juan el Bautista, profeta solitario y asceta severo que
vivía y bautizaba a orillas del Jordán, y critican a después a Jesús porque
se mueve y actúa en medio de la gente. Pero resulta igualmente transparente,
a la luz de estas palabras, la verdad sobre el modo de ser, de sentir, de comportarse
Jesús hacia los pecadores. 4. Lo acusaban de
'ser amigo de publicanos (es decir, los recaudadores de impuestos, de mala
fama, odiados y considerados no observantes: cfr. Mt 5, 46; 9, 11; 18, 17) y
pecadores'. Jesús no rechaza radicalmente este juicio, cuya verdad ) aun
excluida toda connivencia y toda reticencia) aparece confirmada en muchos
episodios registrados por el Evangelio. Así, por ejemplo, el episodio
referente al jefe de los publicanos de Jericó, Zaqueo, a cuya casa Jesús, por
así decirlo, se auto-invitó: 'Zaqueo, baja pronto ) Zaqueo, siendo de pequeña
estatura estaba subido sobre un árbol para ver mejor a Jesús cuando pasara)
porque hoy me hospedaré en tu casa'. Y cuando el publicanos bajó lleno de
alegría. y ofreció a Jesús la hospitalidad de su propia a casa, oyó que Jesús
le decía: 'Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo
de Abrahán; pues el Hijo de! hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido' (Cfr. Lc 19, 1-10). De este texto se desprende no sólo la
familiaridad de Jesús con publicanos y pecadores, sino también el motivo por
el que Jesús los buscara y tratara con ellos: su salvación. 5. Un acontecimiento
parecido queda vinculado al nombre de Leví, hijo de Alfeo. El episodio es
tanto más significativo cuanto que este hombre, que Jesús había visto
'sentado al mostrador de los impuestos', fue llamado para ser uno de los
Apóstoles: 'Sígueme', le dijo Jesús. Y él, levantándose, lo siguió. Su nombre
aparece en la lista de los doce como Mateo y sabernos que es el autor de uno
de los Evangelios. El Evangelista Marcos dice que Jesús 'estaba sentado a la
mesa en casa de éste' y que 'muchos publicanos y pecadores estaban recostados
con Jesús y con sus discípulos' (Cfr. Mc 2, 13)15). También en este caso 'los
escribas de la secta de los fariseos' presentaron sus quejas a los
discípulos; pero Jesús les dijo: 'No tienen necesidad de médico los sanos,
sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los
pecadores' (Mc 2, 17). 6. Sentarse a la mesa
con otros )incluidos 'los Publicanos y los pecadores') es un modo de ser
humano, que se nota en Jesús desde el principio de su actividad mesiánica.
Efectivamente, una de las primeras ocasiones en que El manifestó su poder
mesiánico fue durante el banquete nupcial de Caná de Galilea, al que asistió
acompañado de su Madre y de sus discípulos (Cfr. Jn 2,1-12). Pero también más
adelante Jesús solía aceptar las invitaciones a la mesa no sólo de los
'Publicanos', sino también de los 'fariseos', que eran sus adversarios más
encarnizados. Veámoslo, por ejemplo, en Lucas: 'Le invitó un fariseo a comer
con él, y entrando en su casa, se puso a la mesa' (Lc 7, 36). 7. Durante esta
comida sucede un hecho que arroja todavía nueva luz sobre el comportamiento
de Jesús con la pobre humanidad, formada por tantos y tantos 'pecadores',
despreciados y condenados por los que se consideran 'justos'. He aquí que una
mujer conocida en la ciudad como pecadora se encontraba entre los presentes
y, llorando, besaba los pies de Jesús y los ungía con aceite perfumado. Se
entabla entonces un coloquio entre Jesús y el amo de la casa, durante el cual
establece Jesús un vínculo esencial entre la remisión de los pecados y el
amor que se inspira en la fe: '...le son perdonados sus muchos pecados,
porqué amó mucho Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado, 'vete
en paz!' (Cfr. Lc 7, 36-50). 8. No es el único
caso de este género. Hay otro que, en cierto modo, es dramático: es el de una
mujer 'sorprendida en adulterio' (Cfr. Jn 8, 1-11).También este
acontecimiento (como el anterior) explica en qué sentido era Jesús 'amigo de
publicanos y de pecadores'. Dijo a la mujer: 'Vete y no peques más' (Jn 8,
11). El, que era 'semejante a nosotros en todo excepto en el pecado se mostró
cercano a los pecadores y pecadoras para alejar de ellos el pecado. Pero
consideraba este fin mesiánico de una manera completamente 'nueva' respecto
del rigor con que trataban a los 'pecadores' los que los juzgaban sobre la
base de 9. ¿En qué consiste
esta solidaridad? Es la manifestación del amor que tiene su fuente en Dios
mismo. El Hijo de Dios ha venido al mundo para revelar este amor. Lo revela
ya por el hecho mismo de hacerse hombre: uno como nosotros. Esta unión con
nosotros en la humanidad por parte de Jesucristo, verdadero hombre, es la expresión
fundamental de su solidaridad con todo hombre, porque habla elocuentemente
del amor con que .Dios mismo nos ha amado a todos y a cada uno. El amor es
reconfirmado aquí de una manera del todo particular El que ama desea
compartirlo todo con el ama. Precisamente por esto el Hijo de Dios se hace
hombre. De El había predicho Isaías: 'Él tomó nuestras enfermedades y cargó
con nuestras dolencias' (Mt 8,17; cf. Is 53, 4'. De esta manera, Jesús
comparte con cada hijo e hija del género humano la misma condición
existencial. Y en esto revela El también la dignidad esencial del hombre de
cada uno y de todos. Se puede decir que 10. Este
'amor)solidaridad' sobresale en toda la vida y misión terrena del Hijo del
hombre en relación, sobre todo, con los que sufren bajo el peso de cualquier
tipo de miseria física o moral. En el vértice de su camino estará 'la entrega
de su propia vida para rescate de muchos' (Cfr. Mc 10, 45): el sacrificio redentor
de la cruz. Pero, a lo largo del camino, que lleva a este sacrificio supremo,
la vida entera de Jesús es una manifestación multiforme de su solidaridad con
el hombre, sintetizada en estas palabras: 'EL Hijo del Hombre no ha venido
para ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mc.
10, 45). Era niño como todo niño humano. Trabajó con sus propias manos junto
a José de Nazaret, de la misma manera como trabajan los demás hombres (Cfr.
Laborem Exercens, 26). Era un hijo de Israel, participaba en la cultura,
tradición, esperanza y sufrimiento de su pueblo. Conoció también lo que a
menudo acontece en la vida de los hombres llamados a una determinada misión:
la incomprensión e incluso la traición de uno de los que El había elegido como
sus Apóstoles y continuadores; y probó también por esto un profundo dolor
(Cfr. Jn 13, 21). Y cuando se acercó el momento en que 'debía dar su vida en rescate por
muchos' (Mt 20, 28), se ofreció voluntariamente a Sí mismo (Cfr. Jn 10, 18),
consumando así el misterio de su solidaridad en el sacrificio. EL gobernador
romano, para definirlo ante los acusadores reunidos, no encontró otra palabra
fuera de éstas: 'Ahí tenéis al hombre' (Jn 19, 5) Esta palabra de un pagano, desconocedor del misterio, pero no insensible
a la fascinación que se desprendía de Jesús incluso en aquel momento, lo dice
todo sobre la realidad humana de Cristo: Jesús es el hombre; un hombre
verdadero que, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, se ha hecho
víctima por el pecado y solidario con todos hasta la muerte de cruz. 'Se
anonadó a sí mismo' (17.II.88) 1. 'Aquí tenéis al
hombre' (Jn 19, 5). Hemos recordado en la catequesis anterior estas palabras que
pronunció Pilato al presentar a Jesús a los sumos sacerdotes y a los
guardias, después de haberlo hecho flagelar y antes de pronunciar la condena
definitiva a la muerte de cruz. Jesús, llagado, coronado de espinas, vestido
con un manto de púrpura, escarnecido y abofeteado por los soldados, cercano
ya a la muerte, es el emblema de la humanidad sufriente. 'Aquí tenéis al hombre'. Esta expresión encierra en cierto sentido
toda la verdad sobre Cristo verdadero hombre: sobre Aquel que se ha hecho 'en
todo semejante a nosotros excepto en el pecado'; sobre Aquel que 'se ha unido
en cierto modo con todo hombre' (Cfr. Gaudium et Spes, 22). Lo llamaron
'amigo de publicanos y pecadores'. Y justamente como víctima por el pecado se
hace solidario con todos, incluso con los 'pecadores', hasta la muerte de
cruz. Pero precisamente en esta condición de víctima, resalta un último
aspecto de su humanidad, que debe ser aceptado y meditado profundamente ala
luz del misterio de su 'despojamiento' (Kenosis). Según San Pablo, El,
'siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino
que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante
a !os hombres y apareciendo en su porte como hombre, y se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz' (Flp 2, 6-8). 2. El texto paulino
de 3. En este contexto,
el hacerse semejante a los hombres comportó una renuncia voluntaria, que se
extendió incluso a los 'privilegios', que El habría podido gozar como hombre.
Efectivamente, asumió 'la condición de siervo'. No quiso pertenecer a las
categorías de los poderosos, quiso ser como el que sirve: pues 'el Hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir' (Mc 10, 45). 4. De hecho vemos en
los Evangelios que la vida terrena de Cristo estuvo marcada desde el comienzo
con el sello de la pobreza. Esto se pone de relieve ya en la narración del
nacimiento, cuando el Evangelista Lucas hace notar que 'no tenían sitio
(María y José) en el alojamiento' y que Jesús fue dado a luz en un establo y
acostado en un pesebre (Cfr. Lc 2, 7). Por Mateo sabemos que ya en los
primeros meses de su vida experimentó la suerte del prófugo (Cfr. Mt 2,
13-15). La vida escondida en Nazaret se desarrolló en condiciones
extremadamente modestas, las de una familia cuyo jefe era un carpintero (Cfr.
Mt 13, 55), y en el mismo oficio trabajaba Jesús con su padre putativo (Cfr.
Mc 6, 3). Cuando comenzó su enseñanza, una extrema pobreza siguió
acompañándolo, como atestigua de algún modo él mismo refiriéndose a la
precariedad de sus condiciones de vida, impuestas por su ministerio de
evangelización. 'Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero
el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza' (Lc. 9, 58). 5. La misión
mesiánica de Jesús encontró desde el principio objeciones e incomprensiones, a
pesar de los 'signos' que realizaba. Estaba bajo observación y era perseguido
por los que ejercían el poder y tenían influencia sobre el pueblo. Por
último, fue acusado, condenado y crucificado: la mas infamante de todas las
clases de penas de muerte, que se aplicaba sólo en los casos de crímenes de
extrema gravedad, a los que no eran ciudadanos romanos y a los esclavos.
También por esto se puede decir con el Apóstol que Cristo asumió,
literalmente, la 'condición de siervo' (Flp 2, 7). 6. Con este 'despojamiento
de sí mismo', que caracteriza profundamente la verdad sobre Cristo verdadero
hombre, podernos decir que se restablece la verdad del hombre universal: se
restablece y se 'repara'. Efectivamente, cuando leemos que el Hijo 'no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios', no podemos dejar de percibir en estas
palabras una alusión a la primera y originaria tentación a la que el hombre y
la mujer cedieron 'en el principio': 'seréis como dioses, conocedores del
bien y del mal' (Gen 3, 5). El hombre había caído en la tentación para ser
'igual a Dios', aunque era sólo una criatura. Aquel que es Dios)Hijo, 'no
retuvo ávidamente el ser igual a Dios', y al hacerse hombre se despojó de sí
mismo', rehabilitando con esta opción a todo hombre, por pobre y despojado
que sea. en su dignidad originaria. 7. Pero para expresar
este misterio de la 'Kenosis', de Cristo, San Pablo utiliza también otra
palabra: 'se humilló a sí mismo'. Esta palabra la inserta él en el contexto
de la realidad de la redención. Efectivamente, escribe que Jesucristo 'se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz' (Flp 2, 8).
Aquí se describe la 'Kenosis' de Cristo en su dimensión definitiva. Desde el
punto de vista humano es la dimensión del despojamiento mediante la pasión y
la muerte infamante. Desde el punto de vista divino es la redención que
realiza el amor misericordioso del Padre por medio del Hijo que obedeció
voluntariamente por amor al Padre y a los hombres a los que tenia que salvar.
En ese: momento se produjo un nuevo comienzo de la gloria de Dios en la
historia del hombre: la gloria de Cristo, su Hijo hecho hombre. En efecto, el
texto paulino dice: 'Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre, que
está sobre todo nombre' (Flp 2, 9). 8. He aquí cómo
comenta San Atanasio este texto de 9. No podemos
terminar sin hacer una última alusión al hecho de que Jesús ordinariamente
habló de sí mismo como del 'Hijo del hombre' (por ejemplo, Mc 2, 10.28; 14,
67; Mt 8, 20; 16, 27; 24, 27; Lc 9, 22; 11, 30; Jn 1, 51; 8.28; 13, 31,
etc.). Esta expresión, según la sensibilidad del lenguaje común de entonces,
podía indicar también que El es verdadero hombre como todos los demás seres
humanos y, sin duda, contiene la referencia a su real humanidad. Sin embargo, el significado estrictamente bíblico, también en este
caso, se debe establecer teniendo en cuenta el contexto histórico resultante
de la tradición de Israel, expresada e influenciada por la profecía de Daniel
que da origen a esa formulación de un concepto mesiánico (Cfr. Dn 7, 13)14).
'Hijo del hombre" en este contexto no significa sólo un hombre común
perteneciente al género humano, sino que se refiere a un personaje que
recibirá de Dios una dominación universal y que transciende cada uno de los
tiempos históricos, en la era escatológica. En la boca de Jesús y en los textos de los Evangelistas la fórmula
está, por tanto, cargada de un sentido pleno que abarca lo divino y lo
humano, cielo y tierra, historia y escatología, como el mismo Jesús nos hace
comprender cuando, testimoniando ante Caifás que era Hijo de Dios, predice
con fuerza: 'a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra
del Padre y venir sobre las nubes del cielo' (Mt 26, 64). En el Hijo del
hombre está por consiguiente inmanente el poder y la gloria de Dios. Nos
hallamos nuevamente ante el único Hombre) Dios, verdadero Hombre y verdadero
Dios. La catequesis nos lleva continuamente a El para creamos y, creyendo,
oremos y adoremos. |