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CONCILIO
VATICANO II |
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DECRETO Proemio 1. Por lo cual
este Santo Concilio, mientras da gracias a Dios por las obras realizadas por
el generoso esfuerzo de toda CAPÍTULO I PRINCIPIOS DOCTRINALES Designio del Padre 2. Misión del Hijo 3. Este
designio universal de Dios en pro de la salvación del género humano no se
realiza solamente de un modo secreto en la mente de los hombres, o por los
esfuerzos, incluso de tipo religioso, con los que los hombres buscan de
muchas maneras a Dios, para ver si a tientas le pueden encontrar; aunque no
está lejos de cada uno de nosotros (Cf. Act., 17,27), porque estos
esfuerzos necesitan ser iluminados y sanados, aunque, por benigna
determinación del Dios providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía
hacia el Dios verdadero o como preparación evangélica. Dios, para establecer
la paz o comunión con El y armonizar la sociedad fraterna entre los hombres,
pecadores, decretó entrar en la historia de la humanidad de un modo nuevo y
definitivo enviando a su Hijo en nuestra carne para arrancar por su medio a
los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás (Cf. Col., 1,13; Act.,
10,38), y en El reconciliar consigo al mundo (Cf. 2 Cor., 5,19). A El,
por quien hizo el mundo, lo constituyó heredero de todo a fin de instaurarlo todo
en El (Cf. Ef., 1,10). Cristo Jesús
fue enviado al mundo como verdadero mediador entre Dios y los hombres. Por
ser Dios habita en El corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Cf. Col.,
2,9); según la naturaleza humana, nuevo Adán, lleno de gracia y de verdad
(Cf. Jn., 1,14), es constituido cabeza de la humanidad renovada. Así,
pues, el Hijo de Dios siguió los caminos de El Hijo del
Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de
muchos, es decir, de todos (Cf. Mc., 10,45). Los Santos Padres
proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por
Cristo. Pero tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros
miserables y pobres, a excepción del pecado (Cf. Heb., 4,15); 9,28).
De sí mismo afirmó Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Cf. Jn.,
10,36): "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, y me
envió a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a
predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la
vista" (Lc., 4,18), y de nuevo: "El Hijo del Hombre ha
venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10). Mas lo que
el Señor ha predicado una vez o lo que en El se ha obrado para la salvación
del género humano hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la
tierra (Cf. Act., 1,8), comenzando por Jerusalén (Cf. Lc.,
24,47), de suerte que lo que ha efectuado una vez para la salvación de todos
consiga su efecto en la sucesión de los tiempos. Misión del
Espíritu Santo 4. Y para
conseguir esto envió Cristo al Espíritu Santo de parte del Padre, para que
realizara interiormente su obra salvífica e impulsara a Mas el mismo
Señor Jesús, antes de entregar libremente suvida
por el mundo, ordenó de tal suerte el ministerio apostólico y prometió el
Espíritu Santo que había de enviar, que ambos quedaron asociados en la
realización de la obra de la salud en todas partes y para siempre. El
Espíritu Santo "unifica en la comunión y en el servicio y provee de
diversos dones jerárquicos y carismáticos", a toda 5. El Señor
Jesús, ya desde el principio "llamó a sí a los que El quiso, y designó a
doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar" (Mc.,
3,13; Cf. Mt., 10,1-42). De esta forma los Apóstoles fueron los
gérmenes del nuevo Israel y al mismo tiempo origen de la sagrada Jerarquía.
Después el Señor, una vez que hubo completado en sí mismo con su muerte y
resurrección los misterios de nuestra salvación y de la renovación de todas
las cosas, recibió todo poder en el cielo y en la tierra (Cf. Mt.,
28,18), antes de subir al cielo (Cf. Act., 1,4-8), fundó su Iglesia
como sacramento de salvación, y envió a los Apóstoles a todo el mundo, como
El había sido enviado por el Padre (Cf. Jn., 20,21), ordenándoles:
"Id, pues, enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo:
enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt.,
28,19s). "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda
criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere
se condenará" (Mc., 16,15-16). Por ello incumbe a Siendo así
que esta misión continúa y desarrolla a lolargo de
la historia la misión del mismo Cristo, que fue enviado a evangelizar a los
pobres, Actividad
misionera 6. Este
deber que tiene que cumplir el Orden de los Obispos, presidio por el sucesor de
Pedro, con la oración y cooperación de toda Estas
condiciones dependen, a veces, de El medio
principal de esta implantación es la predicación del Evangelio de Jesucristo,
para cuyo anuncio envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo, para que
los hombres regenerados se agreguen por el Bautismo a Es esta
actividad misional de Además, los
grupos en que vive Así es
manifiesto que la actividad misional fluye íntimamente de la naturaleza misma
de Por ello la
actividad misional entre las gentes se diferencia tanto de la actividad
pastoral que hay que desarrollar con los fieles, cuanto de los medios que hay
que usar para conseguir la unidad de los cristianos. Ambas actividades, sin
embargo, están muy estrechamente relacionadas con la acción misional de Causas y
necesidad de la actividad misionera 7. La razón de
esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que "quiere que
todos los hombres sean salvos y vengas al conocimiento de la verdad. porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y
los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención
de todos", "y en ningún otro hay salvación". Es, pues,
necesario que todos se conviertan a El, una vez conocido por la predicación
del Evangelio, y a El y a Porque
Cristo mismo, "inculcando expresamente por su palabra la necesidad de la
fe y del bautismo, confirmó, al mismo tiempo, la necesidad de Pues aunque
el Señor puede conducir por caminos que El sabe a los hombres, que ignoran el
Evangelio inculpablemente, a la fe, sin la cual es imposible agradarle, Por ella el
Cuerpo místico de Cristo reúne y ordena indefectiblemente sus energías para
su propio crecimiento. Los miembros de Y por fin,
por esta actividad misional se glorifica a Dios plenamente, al recibir los
hombres, deliberada y cumplidamente, su obra de salvación, que completó en
Cristo. Así se realiza por ella el designio de Dios, al que sirvió Cristo con
obediencia y amor para gloria del Padre que lo envió, para que todo el género
humano forme un solo Pueblo de Dios, se constituya en Cuerpo de Cristo, se
estructure en un templo del Espíritu Santo; lo cual, como expresión de la
concordia fraterna, responde, ciertamente, al anhelo íntimo de todos los
hombres. Y así por
fin, se cumple verdaderamente el designio del Creador, al hacer al hombre a
su imagen y semejanza, cuando todos los que participan de la naturaleza
humana, regenerados en Cristo por el Espíritu Santo, contemplando unánimes la
gloria de Dios, puedan decir: "Padre nuestro". Actividad
misionera en la vida y en la historia humana 8. La
actividad misional tiene también una conexión íntima con la misma naturaleza
humana y sus aspiraciones. Porque manifestando a Cristo, El mismo
Cristo es la verdad y el camino manifiesto a todos por la predicción
evangélica, cuando hace resonar en todos los oídos estas palabras del mismo
Cristo: "Haced penitencia y creed en el Evangelio". Y como el que
no cree ya está juzgado, las palabras de Cristo son, a un tiempo, palabras de
condenación y de gracia, de muerte y de vida. Pues sólo podemos acercarnos a
la novedad de la vida exterminando todo lo antiguo: cosa que en primer lugar
se aplica a las personas, pero también puede decirse de los diversos bienes
de este mundo, marcados a un tiempo con el pecado del hombre y con la
bendición de Dios: "Pues todos pecaron y todos están privados de la
gloria de Dios". Nadie por sí
y sus propias fuerzas se libra del pecado, ni se eleva sobre sí mismo; nadie
se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre,
sino que todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador,
salvador y vivificador. En realidad, el Evangelio fue el fermento de la
libertad y del progreso en la historia humana, incluso temporal, y se
presenta constantemente como germen de fraternidad, de unidad y de paz. No
carece, pues, de motivo el que los fieles celebren a Cristo como esperanza de
las gentes y salvador de ellas". Carácter escatológico de la
actividad misionera 9. El
tiempo de la actividad misional discurre entre la primer ay la segunda venida
del Señor, en que La actividad
misional es nada más y nada menos que la manifestación o epifanía del
designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia, en la que Diosrealiza abiertamente, por la misión, la historia de la
salud. Por la palabra de la predicación y por la celebración de los
sacramentos, cuyo centro y cumbre es Libera de
contactos malignos todo cuanto de verdad y de gracia se hallaba entre las
gentes como presencia velada de Dios y lo restituye a su Autor, Cristo, que
derroca el imperio del diablo y aparta la multiforme malicia de los
pecadores. Así, pues, todo lo bueno que se halla sembrado en el corazón y en
la mente de los hombres, en los propios ritos y en las culturas de los
pueblos, no solamente no perece, sino que es purificado, elevado y consumado
para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. Así la
actividad misional tiende a la plenitud escatológica: pues por ella se dilata
el Pueblo de Dios, hasta la medida y el tiempo que el Padre ha fijado en
virtud de su poder, pueblo al que se ha dicho proféticamente: "Amplía el
lugar de tu tiempo y extiende las pieles que te cubren. ¡No temas!", se aumenta
el Cuerpo místico hasta la medida de la plenitud de Cristo, y el tiempo
espiritual en que se adora a Dios en espíritu y en verdad, se amplía y se
edifica sobre el fundamento de los Apóstoles y de los profetas siendo piedra
angular el mismo Cristo Jesús (Cf. Ef., 2,20). CAPÍTULO II Introducción 10. ART. 1. EL
TESTIMONIO CRISTIANO Testimonio y
diálogo 11. Es
necesario que Para que los
mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, reúnanse
con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros
del grupo humano en que viven, y tomen parte en la vida cultural y social por
las diversas relaciones y negocios de la vida humana; estén familiarizados
con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las
semillas de Como el
mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los ha conducido con un
coloquio verdaderamente humano a la luz divina, así sus discípulos, inundados
profundamente por el espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre
los que viven, y tratar con ellos, para advertir en diálogo sincero y
paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes; y, al
mismo tiempo, esfuércense en examinar sus riquezas con la luz evangélica,
liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador. Presencia de
la caridad 12. La presencia
de los fieles cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la
caridad con que Dios nos amó, que quiere que también nosotros nos amemos unos
a otros. En efecto, la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción
de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento
alguno; pues como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir
preocupados por el hombre mismo, amándolo con el mismo sentimiento con que
Dios lo buscó. Pues como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando
todos los males y enfermedades, en prueba de la llegada del Reino de Dios,
así Trabajen los
cristianos y colaboren con los demás hombres en la recta ordenación de los
asuntos económicos y sociales. Entréguense con especial cuidado a la
educación de los niños y de los adolescentes por medio de las escuelas de
todo género, que hay que considerar no sólo como medio excelente para formar
y atender a la juventud cristiana, sino como servicio de gran valor a los
hombres, sobre todo de las naciones en vías de desarrollo, para elevar la
dignidad humana y para preparar unas condiciones de vida más favorables.
Tomen parte, además, los fieles cristianos en los esfuerzos de aquellos
pueblos que, luchando con el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se
esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el
mundo. Gusten los fieles de cooperar prudentemente a este respecto con los
trabajos emprendidos por instituciones privadas y públicas, por los
gobiernos, por los organismos internacionales, por diversas comunidades
cristianas y por las religiones no cristianas. Los
discípulos de Cristo, unidos íntimamente en su vida y en su trabajo con los
hombres, esperan poder ofrecerles el verdadero testimonio de Cristo, y
trabajar por su salvación, incluso donde no pueden anunciar a Cristo
plenamente. Porque no buscan el progreso y la prosperidad meramente material de
los hombres, sino que promueven su dignidad y unión fraterna, enseñando las
verdades religiosas y morales, que Cristo esclareció con su luz, y con ello
preparan gradualmente un acceso más amplio hacia Dios. Con esto se ayuda a
los hombres en la consecución de la salvación por el amor a Dios y al prójimo
y empieza a esclarecerse el misterio de Cristo, en quien apareció el hombre
nuevo, creado según Dios (Cf. Ef.,4,24), y en quien
se revela el amor divino. Evangelización
y conversión 13. Dondequiera
que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a
todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y
a Jesucristo enviado por El para salvar a todos, a fin de que los no
cristianos abriéndoles el corazón el Espíritu Santo, creyendo se conviertan
libremente al Señor y se unan a El con sinceridad, quien por ser
"camino, verdad y vida" satisface todas sus exigencias
espirituales, más aún, las colma hasta el infinito. Esta
conversión hay que considerarla ciertamente inicial, pero suficiente para que
el hombre perciba que, arrancado del pecado, entra en el misterio del amor de
Dios, que lo llama a iniciar una comunicación personal consigo mismo en
Cristo. Puesto que, por la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un
camino espiritual por el que, participando ya por la fe del misterio de Catecumenado
e iniciación cristiana 14. Los que
han recibido de Dios, por medio de Libres luego
de los Sacramentos de la iniciación cristiana del poder de las tinieblas,
muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu de hijos de
adopción y asisten con todo el Pueblo de Dios al memorial de la muerte y de
la resurrección del Señor. Es de desear
que la liturgia del tiempo cuaresmal y pascual se restaure de forma que
prepare las almas de los catecúmenos para la celebración del misterio pascual
en cuyas solemnidades se regeneran para Cristo por medio del bautismo. Pero esta
iniciación cristiana durante el catecumenado no deben procurarla solamente
los catequistas y sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles, y en modo
especial los padrinos, de suerte que sientan los catecúmenos, ya desde el
principio, que pertenecen al Pueblo de Dios. Y como la vida de Expóngase
por fin, claramente, en el nuevo Código, el estado jurídico de los
catecúmenos. Porque ya están vinculados a ART. 3.
FORMACIÓN DE 15. El
Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo, por la siembra de la
palabra y proclamación del Evangelio, y suscita el homenaje de la fe en los
corazones, cuando engendra para una nueva vida en el seno de la fuente
bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el único Pueblo de Dios
que es "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de
adquisición". Los
misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios, susciten tales
comunidades de fieles que, viviendo conforme a la vocación a la que han sido
llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado, sacerdotal,
profética y real. De esta forma, la comunidad cristiana se hace signo de la
presencia de Dios en el mundo; porque ella, por el sacrificio eucarístico,
incesantemente pasa con Cristo al Padre, nutrida cuidadosamente con la
palabra de Dios da testimonio de Cristo y, por fin, anda en la caridad y se
inflama de espíritu apostólico. La comunidad
cristiana ha de establecerse, desde el principio de tal forma que, en lo
posible, sea capaz de satisfacer por sí misma sus propias necesidades. Esta
comunidad de fieles, dotada de las riquezas de la cultura de su nación, ha de
arraigar profundamente en el pueblo; florezcan las familias henchidas de
espíritu evangélico y ayúdeseles con escuelas convenientes; eríjanse
asociaciones y grupos por los que el apostolado seglar llene toda la sociedad
de espíritu evangélico. Brille, por fin, la caridad entre los católicos de
los diversos ritos. Cultívese el
espíritu ecuménico entre los neófitos para que aprecien debidamente que los
hermanos en la fe son discípulos de Cristo, regenerados por el bautismo,
partícipes con ellos de los innumerables bienes del Pueblo de Dios. En cuanto
lo permitan las condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica de
forma que, excluido todo indiferentismo y confusionismo como emulación
insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados,
según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, en la común profesión de la
fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones -en cuanto sea posible- y
en la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos
colaboren, por la causa de Cristo, su común Señor: ¡que su nombre los junte!
Esta colaboración hay que establecerla no sólo entre las personas privadas,
sino también, a juicio del ordinario del lugar, entre las Iglesias o
comunidades eclesiales y sus obras. Los fieles
cristianos, congregados de entre todas las gentes en Para
conseguir todo esto son de grandísimo valor y dignos de especial atención los
laicos, es decir, los fieles cristianos que, incorporados a Cristo por el
bautismo, viven en medio del mundo. Es muy propio de ellos, imbuidos del
Espíritu Santo, el convertirse en constante fermento para animar y ordenar
los asuntos temporales según el Evangelio de Cristo. Sin embargo,
no basta que el pueblo cristiano esté presente y establecido en un pueblo, ni
que desarrolle el apostolado del ejemplo; se establece y está presente para
anunciar con su palabra y con su trabajo a Cristo a sus conciudadanos no
cristianos y ayudarles a la recepción plena de Cristo. Ahora bien,
para la implantación de Constitución
del clero local 16. Todo lo que
ha establecido este Concilio sobre la vocación y formación sacerdotal,
obsérvese cuidadosamente en donde Para lograr
este fin general hay que ordenar toda la formación de los alumnos a la luz del
misterio de la salvación como se presenta en Armonícese,
según las normas del Concilio, estasexigencias
comunes de la formación sacerdotal, incluso pastoral y práctica, con el deseo
de acomodarse al modo peculiar de pensar y de proceder del propio país. Abranse, pues, y avívense las mentes de los alumnos para
que conozcan bien y puedan juzgar la cultura de su pueblo; conozcan
claramente en las disciplinas filosóficas y teológicas las diferencias y
semejanzas que hay entre las tradiciones, la religión patria y la religión
cristiana. Atienda
también la formación sacerdotal a las necesidades pastorales de la región;
aprendan los alumnos la historia, el fin y el método, de la acción misional
de Elíjanse,
además, sacerdotes idóneos que, después de alguna experiencia pastoral,
realicen estudios superiores en las universidades incluso extranjeras, sobre
todo de Roma, y otros Institutos científicos, para que las Iglesias jóvenes
puedan contar con elementos del clero local dotados de ciencia y de
experiencia convenientes para desempeñar cargos eclesiásticos de mayor
responsabilidad. Restáurese
el Orden del Diaconado como estado permanente de vida según la norma de Formación de
los catequistas 17. Digna de
alabanza es también esa legión tan benemérita de la obra de las misiones
entre los gentiles, es decir, los catequistas, hombres y mujeres, que llenos
de espíritu apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular y
enteramente necesaria para la propagación de la fe y de En nuestros
días, el oficio de los catequistas tiene unaimportancia
extraordinaria porque resultan escasos los clérigos para evangelizar tantas
multitudes y para ejercer el ministerio pastoral. Su educación, por
consiguiente debe efectuarse y acomodarse al progreso cultural de tal forma
que puedan desarrollar lo mejor posible su cometido agravado con nuevas y
mayores obligaciones, como cooperadores eficaces del orden sacerdotal. Multiplíquense,
pues, las escuelas diocesanas y regionales en que los futuros catequistas
estudien la doctrina católica, sobre todo en su aspecto bíblico y litúrgico,
y el método catequético, con la práctica pastoral,
y se formen en la moral cristiana, procurando practicar sin cesar la piedad y
la santidad de vida. Hay que
tener, además, reuniones o cursos en tiempos determinados, en los que los
catequistas se renueven en la ciencia y en las artes convenientes para su
ministerio y se nutra y robustezca su vida
espiritual. Además, hay que procurar a quienes se entregan por entero a esta
obra una condición de vida decente y la seguridad social por medio de una
justa remuneración. Es de desear
que se provea de un modo congruo a la formación y sustento de los catequistas
con subsidios especiales de Además, las
Iglesias reconocerán, agradecidas, la obra generosa de los catequistas
auxiliares, de cuya ayuda necesitarán. Ellos presiden la oración y enseñan en
sus comunidades. Hay que atender convenientemente a su formación doctrinal y
espiritual. E incluso es de desear que, donde parezca oportuno, se confiere a
los catequistas debidamente formados misión canónica en la celebración
pública de la acción litúrgica, para que sirvan a la fe con más autoridad
delante del pueblo. Promoción de
la vida religiosa 18.
Promuévase diligentemente la vida religiosa desde el momento de la implantación
de Esfuércense
los Institutos religiosos, que trabajan en la implantación de En las
iglesias jóvenes hay que cultivar diversas formas de vida religiosa que
presenten los diversos aspectos de la misión de Cristo y de la vida de Son signos
de especial mención los varios esfuerzos realizados para arraigar la vida
contemplativa, por los que unos, reteniendo los elementos esenciales de la
institución monástica, se esfuerzan en implantar la riquísima tradición de su
Orden, y otros, vuelven a las formas más sencillas del antiguo monacato. Procuren
todos, sin embargo, buscar la adaptación oportuna a las condiciones locales.
Conviene establecer por todas partes en las iglesias nuevas la vida
contemplativa porque pertenece a la plenitud de la presencia de
19. La
obra de implantación de En estas
Iglesias jóvenes la vida del Pueblo de Dios debe ir madurando por todos los
campos de la vida cristiana, que hay que renovar según las normas de este
Concilio: las congregaciones de fieles, con mayor conciencia cada día, se
hacen comunidades vivas de la fe, de la liturgia y de la caridad; los laicos,
con su actuación civil y apostólica, se esfuerzan en establecer en la
sociedad el orden de la caridady de la justicia; se
aplican oportuna y prudentemente los medios de comunicación social; las
familias, por su vida verdaderamente cristiana, se convierten en semilleros
de apostolado seglar y de vocaciones sacerdotales y religiosas. Finalmente,
la fe se enseña mediante una catequesis apropiada, se manifiesta en la
liturgia desarrollada conforme al carácter del pueblo y por una legislación
canónica oportuna se introduce en las buenas instituciones y costumbres
locales. Los Obispos,
juntamente con su presbiterio, imbuidos más y más del sentir de Cristo y de Pero estas
Iglesias, situadas con frecuencia en las regiones más pobres del orbe, se ven
todavía muchas veces en gravísima penuria de sacerdotes y en la escasez de
recursos materiales. Por ello, tienen suma necesidad de que la continua
acción misional de toda Estas
Iglesias, con todo, organicen un plan común de acción pastoral y las obras
oportunas, para aumentar en número, juzgar con mayor seguridad y cultivar con
más eficacia las vocaciones para el clero diocesano y los institutos
religiosos, de forma que puedan proveerse a sí mismas, poco a poco, y ayudar
a otras. Actividad
misionera de las Iglesias particulares 20. Como
Se requiere,
además, el ministerio de la palabra, para que llegue a todos el Evangelio, El
Obispo, en primer lugar, debe ser el heraldo de la fe que lleve nuevos
discípulos a Cristo. para cumplir debidamente este
sublime encargo, conozca íntegramente las condiciones de su grey y las íntimas opiniones de sus conciudadanos acerca
de Dios, advirtiendo también cuidadosamente los cambios que han introducido
las urbanizaciones, las migraciones y el indiferentismo religioso. Emprendan
fervorosamente los sacerdotes nativos la obra de la evangelización en las
Iglesias jóvenes, trabajando a una son los misioneros extranjeros, con los
que forman un presbiterio aunando bajo la autoridad del Obispo, no sólo para
apacentar a los fieles y celebrar el culto divino, sino también para predicar
el Evangelio a los infieles. Estén dispuestos y cuando se presente la ocasión
ofrézcanse con valentía a su Obispo para emprender la obra misionera en las
regiones apartadas o abandonadas de la propia diócesis o en otras diócesis. Inflámense
en el mismo celo los religiosos y religiosas e incluso los laicos para con
sus conciudadanos, sobre todo los más pobres. Preocúpense
las Conferencias Episcopales de que en tiempos determinados se organicen
cursos de renovación bíblica, teológica, espiritual y pastoral, para que el
clero, entre las variedades y cambios de vida, adquiera un conocimiento más
completo de la teología y de los métodos pastorales. Por lo
demás, obsérvese reverentemente todo lo que ha establecido este Concilio,
sobre todo en el Decreto del "ministerio y de la vida de los
presbíteros". Para llevar
a cabo esta obra misional de Para que este
celo misional florezca entre los nativos del lugar es muy conveniente que las
Iglesias jóvenes participen cuanto antes activamente en la misión universal
de Fomento del
apostolado seglar 21. Pues los
fieles seglares pertenecen plenamente al mismo tiempo, al Pueblo de Dios y a
la sociedad civil: pertenecen al pueblo en que han nacido, de cuyos tesoros
culturales empezaron a participar por la educación, a cuya vida están unidos
por variados vínculos sociales, a cuyo progreso cooperan con su esfuerzo en
sus profesiones, cuyos problemas sienten ellos como propios y trabajan por
solucionar, y pertenecen también a Cristo, porque han sido regenerados en La
obligación principal de éstos, hombres y mujeres, es el testimonio de Cristo,
que deben dar con la vida y con la palabra en la familia, en el grupo social
y en el ámbito de su profesión. Debe manifestarse en ellos el hombre nuevo
creado según Dios en justicia y santidad verdaderas. Han de reflejar esta
renovación de la vida en el ambiente de la sociedad y de la cultura patria,
según las tradiciones de su nación. Ellos tienen que conocer esta cultura,
restaurarla y conservarla, desarrollarla según las nuevas condiciones y, por
fin perfeccionarla en Cristo, para que la fe de Cristo y la vida de Únanse a sus
conciudadanos con verdadera caridad, a fin de que en su trato aparezca el
nuevo vínculo de unidad y de solidaridad universal, que fluye del misterio de
Cristo. Siembren también la fe de Cristo entre sus compañeros de vida y de
trabajo, obligación que urge más, porque muchos hombres no pueden oír hablar
del Evangelio ni conocer a Cristo más que por sus vecinos seglares. Más aún,
donde sea posible, estén preparados los laicos a cumplir la misión especial
de anunciar el Evangelio y de comunicar la doctrina cristiana, en una
cooperación más inmediata con Los
ministros de Observando,
pues, las funciones y responsabilidades propias de los pastores y de los
laicos, toda Iglesia joven dé testimonio vivo y firme de Cristo para
convertirse en signo brillante de la salvación, que nos vino a través de El. Diversidad
en la unidad 22. La
semilla, que es la palabra de Dios, al germinar absorbe el jugo de la tierra
buena, regada con el rocío celestial, y lo transforma y lo asimila para dar
al fin fruto abundante. Ciertamente, a semejanza del plan de Para
conseguir este propósito es necesario que en cada gran territorio
sociocultural se promuevan los estudios teológicos por los que se sometan a
nueva investigación, a la luz de la tradición de Con ello se
descubrirán los caminos para una acomodación más profunda en todo el ámbito
de la vida cristiana. Con este modo de proceder se excluirá toda clase de
sincretismo y de falso particularismo, se acomodarán la vida cristiana a la
índole y al carácter de cualquier cultura, y serán asumidas en la unidad
católica las tradiciones particulares, con las cualidades propias de cada
raza, ilustradas con la luz del Evangelio. Por fin, las Iglesias particulares
jóvenes, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión
eclesiástica, permaneciendo íntegro el primado de la
cátedra de Pedro, que preside a la asamblea universal de la caridad. Es, por
tanto, conveniente que las Conferencias Episcopales se unan entre sí dentro
de los límites de cada uno de los grandes territorios socioculturales, de
suerte que puedan conseguir de común cuerdo este objetivo de la adaptación.
23. Aunque
a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su
condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que
quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo
cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere
para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno
y suscita al mismo tiempo en Porque son
sellados con una vocación especial los que, dotados de un carácter natural
conveniente, idóneos por sus buenas dotes e ingenio, están dispuestos a
emprender la obra misional, sean nativos del lugar o extranjeros: sacerdotes,
religiosos o laicos. Enviados por la autoridad legítima, se dirigen con fe y
obediencia a los que están lejos de Cristo, segregados para la obra a que han
sido llamados (Cf. Act., 13,2), como ministros del Evangelio,
"para que la oblación de los gentiles sea aceptada y santificada por el
Espíritu Santo" (Rom. 15,16). Espiritualidad
misionera 24. El
hombre debe responder al llamamiento de Dios, de suerte que no asintiendo a
la carne ni a la sangre, se entregue totalmente a la obra del Evangelio. pero no puede dar esta respuesta, si no le mueve y
fortalece el Espíritu Santo. El enviado entra en la vida y en la misión de
Aquel que "se anonadó tomando la forma de siervo". Por eso debe
estar dispuesto a permanecer durante toda su vida en la vocación, a
renunciarse a sí mismo y a todo lo que poseía y a "hacerse todo a
todos". El que
anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con confianza el
misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de El
como conviene, no avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las
huellas de su Maestro, manso y humilde de corazón, manifieste que su yugo es
suave y su carga ligera. Dé testimonio de su Señor con su vida enteramente
evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad
sincera, y si es necesario, hasta con la propia sangre. Dios le
concederá valor y fortaleza para que vea la abundancia de gozo que se
encierra en la experiencia intensa de la tribulación y de la absoluta pobreza.
Esté convencido de que la obediencia es la virtud característica del ministro
de Cristo, que redimió al mundo con su obediencia. A fin de no
descuidar la gracia que poseen, los heraldos del Evangelio han de renovar su espíritu
constantemente. Los ordinarios y superiores reúnan en tiempos determinados a
los misioneros para que se tonifiquen en la esperanza de la vocación y se
renueven en el ministerio apostólico, estableciendo incluso algunas casas
apropiadas para ello. Formación
espiritual y moral 25. El
futuro misionero ha de prepararse con una especial formación espiritual y
moral para un empeño tan elevado. Debe ser capaz de iniciativas constantes
para continuar los trabajos hasta el fin, perseverante en las dificultades,
paciente y fuerte en sobrellevar la soledad, el cansancio y el trabajo
infructuoso. Se presentará a los hombres con mente abierta y corazón
dilatado; recibirán con gusto los cargos que se le confíen; se acomodará
generosamente a las costumbres ajenas y a las cambiantes condiciones de los
pueblos, ayudará a sus hermanos y a todos los que se dedican a la misma obra
con espíritu de concordia y de caridad mutua, de suerte que imitando,
juntamente con los fieles, la comunidad apostólica, constituyan un solo
corazón y una sola alma (Cf. Act., 2,42; 4,32). Ejercítense,
cultívense y nútranse cuidadosamente de vida espiritual estas disposiciones
de alma ya desde el tiempo de la formación. Lleno de fe viva y de esperanza
firme, el misionero sea hombre de oración: inflámese en el espíritu de
fortaleza, de amor y de templanza; aprenda a contentarse con lo que tiene;
lleve en sí mismo con espíritu de sacrificio la muerte de Jesús, para que la
vida de Jesús obre en aquellos a los que es enviado; llevado del celo por las
almas gástelo todo y sacrifíquese a sí mismo por ellas, de forma que crezca
" en el amor de Dios y del prójimo con el cumplimiento diario de su
ministerio". Cumpliendo así con Cristo la voluntad del Padre continuará
su misión bajo la autoridad jerárquica de Formación
doctrinal y apostólica 26. Los que
hayan de ser enviados a los diversos pueblos como buenos ministros de
Jesucristo, estén nutridos "con las palabras de la fe y de la buena
doctrina", que tomarán ante todo, de Por lo cual
todos los misioneros - sacerdotes, hermanos, hermanas, laicos, cada uno según
su condición- han de prepararse y formarse para que no se vean incapaces ante
las exigencias de su labor futura. Dispóngase ya desde el principio su
formación doctrinal de suerte que abarque la universalidad de Aunque toda
esta formación ha de estar llena de solicitud pastoral, ha de darse, sin
embargo, una especial y ordenada formación apostólica, teórica y práctica. Aprendan
bien y prepárense en catequética el mayor número posible de hermanos y de
hermanas para que puedan colaborar mejor en el apostolado. Es necesario
también que los que se dedican por un tiempo determinado a la actividad
misionera adquieran una formación apropiada a su condición. Pero esta
diversa formación ha de completarse en la región a la que serán enviados, de
suerte que los misioneros conozcan ampliamente la historia, las estructuras
sociales y las costumbres de los pueblos, estén bien enterados del orden
moral, de los preceptos religiosos y de su mentalidad acerca de Dios, del
mundo y del hombre, conforme a sus sagradas tradiciones. Aprendan las lenguas
hasta el punto de poder usarlas con soltura y elegancia, y encontrar en ello
una más fácil penetración en las mentes y en los corazones de los hombres.
Han de ser iniciados, como es debido, en las necesidades pastorales características
de cada pueblo. Algunos han
de prepararse también de un modo más profundo en los Institutos misionológicos u otras Facultades o Universidades para
desempeñar más eficazmente cargos especiales y poder ayudar con sus
conocimientos a los demás misioneros en la realización de su labor, que
presenta tantas dificultades y oportunidades, sobre todo en nuestro tiempo.
Es muy de desear, además que las Conferencias regionales de los Obispos
tengan a su disposición buen número de peritos y usen de su saber y experiencia
en las necesidades de su cargo. Y no falten tampoco quienes sepan usar
perfectamente los instrumentos técnicos y de comunicación social, cuya
importancia han de apreciar todos. Institutos
que trabajan en las misiones 27. Aunque
todo esto es enteramente necesario para cada uno de los misioneros, sin
embargo, es difícil que puedan conseguirlo aisladamente. No pudiéndose
satisfacer la obra misional individualmente, como demuestra la experiencia,
la vocación común congregó a los individuos en Institutos, en los que,
reunidas las fuerzas, se formen convenientemente y cumplan esa obra en nombre
de Muchas veces
A veces
asumirán trabajos más urgentes en todo el ámbito de alguna región; por
ejemplo, la evangelización de grupos o de pueblos que quizá no recibieron el
mensaje del Evangelio por razones especiales o lo rechazaron hasta el
momento. Si es
necesario, están dispuestos a formar y a ayudar con su experiencia a los que
se ofrecen por tiempo determinado a la labor misional. Por estas
causas y porque aún hay que llevar muchas gentes a Cristo, continúan siendo
muy necesarios los Institutos. CAPÍTULO V
28. Puesto
que los fieles cristianos tienen dones diferentes, deben colaborar en el
Evangelio cada uno según su oportunidad, facultad, carisma y ministerio;
todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan, los que plantan y
los que riegan, es necesario que sean una sola cosa, a fin de que
"buscando unidos el tiempo fin" dediquen sus esfuerzos unánimes a
la edificación de Por lo cual
los trabajos de los heraldos del Evangelio y los auxilios de los demás
cristianos hay que dirigirlos y aunarlos de forma que "todo se haga con
orden", en todos los campos de la actividad y de la cooperación
misional. Ordenación
general 29.
Perteneciendo, ante todo, al cuerpo de los Obispos la preocupación de
anunciar el Evangelio en todo el mundo, el sínodo de los Obispos, o sea
"el Consejo estable de Obispos para Es necesario
que haya un solo dicasterio competente, a saber: "De propaganda Fide", para todas las misiones y para toda la
actividad misional, salvo, sin embargo, el derecho de las Iglesias
orientales. Aunque
el Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu misional en Juntamente
con el Secretario, para promover la unión de los cristianos, busque las
formas y los medios de procurar y orientar la colaboración fraterna y la
pacífica convivencia con las empresas misionales de otras comunidades
cristianas para evitar en lo posible el escándalo de la división. Así, pues, es
necesario que este dicasterio sea a la vez instrumento de administración y
órgano de dirección dinámica que emplee medios científicos e instrumentos
acomodados a las condiciones de este tiempo, teniendo en cuenta las
investigaciones actuales de la teología, de la metodología y de la pastoral
misionera. Tengan parte
activa y voto deliberativo en la dirección de este dicasterio representantes
elegidos de entre todos los que colaboran en Tenga a su
disposición este dicasterio un Cuerpo permanente de consultores peritos, de
ciencia o experiencia comprobada, a los que competirá, entre otras cosas, el
recoger la necesaria información, tanto sobre la situación local de los
diversos países y de la mentalidad, modo de pensar de los diferentes grupos
humanos, como sobre los métodos de evangelizar que hay que emplear, y
proponer conclusiones científicamente documentadas para la obra y la
cooperación misional. Han de verse
representados convenientemente los Institutos de religiosas, las obras
regionales en favor de las misiones y las organizaciones de seglares, sobre
todo internacionales. Ordenación
local de las misiones 30. Para que
en el ejercicio de la obra misional se consigan los fines y los efectos
propuestos, tengan todos los misioneros "un solo corazón y una sola
alma". Es deber del
Obispo, como rector y centro de unidad en el apostolado diocesano, promover,
dirigir y coordinar la actividad misionera, pero de modo que se respete y
favorezca la actividad espontánea de quienes toman parte en la obra. Todos
los misioneros, incluso los religiosos exentos, están sometidos al Obispo en
las diversas obras que se refieren al ejercicio del sagrado apostolado. para lograr una coordinación mejor, establezca el Obispo,
en cuanto le sea posible, un Consejo pastoral en que tomen parte clérigos,
religiosos y seglares por medio de delegados escogidos. Procure, además, que
la actividad apostólica no se limite tan sólo a los convertidos, sino que ha
de destinar una parte conveniente de operarios y de recursos a la
evangelización de los no cristianos. Coordinación
regional 31. Traten
las Conferencias Episcopales de común acuerdo los puntos y los problemas más
urgentes, sin descuidar las diferencias locales. Para que no se malogren los
escasos recursos de personas y de medios materiales, ni se multipliquen los
trabajos sin necesidad, se recomiendo que, uniendo las fuerzas, establezcan
obras que sirvan para el bien de todos, como, por ejemplo, seminarios,
escuelas superiores y técnicas, centros pastorales, catequísticos, litúrgicos
y de medios de comunicación social. Establézcase
también una cooperación semejante, si es oportuno, entre las diversas Conferencias
Episcopales. Ordenación
de la actividad de los Institutos 32. Es
también conveniente coordinar las actividades que desarrollan los Institutos
o Asociaciones eclesiásticas. Todos ellos, de cualquier condición que sean,
secunden al ordinario del lugar en todo lo que se refiere a la actividad
misional. Por lo cual será muy provechoso establecer bases particulares que
regulen las relaciones entre los ordinarios del lugar y el superior del
Instituto. Cuando a un
Instituto se le ha encomendado un territorio, el superior eclesiástico y el
Instituto procuren, de corazón, dirigirlo todo para que la comunidad
cristiana se desarrolle en iglesia local, que a su debido tiempo sea dirigida
por su propio pastor con su clero. Al cesar la
encomienda del territorio se crea una nueva situación. Establezcan entonces,
de común acuerdo, las Conferencias Episcopales y los Institutos, normas que
regulen las relaciones entre los ordinarios del lugar y los Institutos. Si bien los
Institutos están preparados para continuar la obra empezada, colaborando en
el ministerio ordinario de la cura de las almas, sin embargo, al aumentar el
clero nativo, habrá que procurar que los mismos Institutos, de acuerdo con su
propio fin, permanezcan fieles a la misma diócesis encargándose generosamente
en obras particulares o de alguna región. Coordinación
entre Institutos 33. Los
Institutos que se dedican a la actividad misional en el mismo territorio
conviene que encuentren un buen sistema de coordinar sus trabajos. para ello son muy útiles las Conferencias de religiosos y
las reuniones de religiosas, en que tomen parte todos los Institutos de la
misma nación o región. Examinen estas Conferencias qué puede hacerse con el
esfuerzo común y mantengan estrechas relaciones con las Conferencias
Episcopales. Todo lo
cual, y por idéntico motivo, conviene extenderlo a la colaboración de los
Institutos misioneros en la tierra patria, de suerte que puedan resolverse
los problemas y empresas comunes con más facilidad y menores gastos, como,
por ejemplo, la formación doctrinal de los futuros misioneros, los cursos
para los mismos, las relaciones con las autoridades públicas o con los
órganos internacionales o supranacionales. Coordinación
entre los Institutos científicos 34. Requiriendo
el recto y ordenado ejercicio de la actividad misionera que los operarios
evangélicos se preparen científicamente para su trabajos, sobre todo para el
diálogo con las religiones y culturas no cristianas, y reciban ayuda eficaz
en su ejecución, se desea que colaboren entre sí fraternal y generosamente en
favor de las misiones todos los Institutos científicos que cultivan la misionología y otras ciencias o artes útiles a las
misiones, como la etnología y la lingüística, la historia y la ciencia de las
religiones, la sociología, el arte pastoral y otras semejantes.
35. Puesto
que toda Deber misionero de todo el Pueblo de Dios |