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CONCILIO
VATICANO II |
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CONSTITUCIÓN PASTORAL
PROEMIO
1. Los gozos y
las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada
hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad
cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por
el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la
buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. Destinatarios de la palabra
conciliar 2. Por ello, el Concilio Vaticano
II, tras haber profundizado en el misterio de Tiene pues, ante sí Al servicio del hombre 3. En nuestros días, el género
humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se
formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del
mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el
sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último
de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de la fe de
todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de
solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con
ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y
poner a disposición del género humano el poder salvador que Al proclamar el Concilio la altísima
vocación del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al
género humano la sincera colaboración de
SITUACIÓN
DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
4. Para cumplir
esta misión es deber permanente de El género humano se halla en un
período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y
acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca
el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre
el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus
modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los
hombres con quienes convive. Tan es así
esto, que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural,
que redunda también en la vida religiosa. Como ocurre en toda crisis de
crecimiento, esta transformación trae consigo no leves dificultades. Así
mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue
someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su
intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí
mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda sobre la
orientación que a ésta se debe dar. Jamás el género humano tuvo a su
disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre
hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca
ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen
nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el
mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en
ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la
presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas
tensiones políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni
siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo,
aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales revisten
sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por último, se busca con
insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento
de los espíritus. Afectados por
tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente llegan
a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo
tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se
preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo.
El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a
responder. Cambios
profundos 5. La turbación
actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de vida están
vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente importancia,
en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a
las que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica y a
las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente
el ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus avances está
transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los espacios
interplanetarios. También sobre el tiempo aumenta su
imperio la inteligencia humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento
de la historia; ya en cuanto al futuro, por la técnica prospectiva y la
planificación. Los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales
permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aun influir directamente
sobre la vida de las sociedades por medio de métodos técnicos. Al mismo
tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención a la previsión y
ordenación de la expansión demográfica. La propia historia está sometida a
un proceso tal de aceleración, que apenas es posible al hombre seguirla. El
género humano corre una misma suerte y no se diversifica ya en varias
historias dispersas. La humanidad pasa así de una concepción más bien estática
de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de donde surge un nuevo
conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas síntesis. Cambios en el
orden social 6. Por todo
ello, son cada día más profundos los cambios que experimentan las comunidades
localestradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la
aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia
social. El tipo de
sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos paises a
una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y
condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un
predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su población y por la
tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas rurales. Nuevos y
mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de los
hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos de pensar y de
sentir, provocando con ello muchas repercusiones simultáneas. Y no debe
subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios motivos,
cambien su manera de vida. De esta manera,
las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo la propia socialización
crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el
adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones auténticamente
personales (personalización). Esta evolución
se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya de los
progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en vías de
desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la
industrialización y de la urbanización. Estos últimos, sobre todo los que
poseen tradiciones más antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio
más perfecto y personal de la libertad. Cambios
psicológicos, morales y religiosos 7. El cambio de
mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión las ideas
recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia
e incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia función en la vida social, desean participar
rápidamente en ella. Por lo cual no rara vez los padres y los educadores
experimentan dificultades cada día mayores en el cumplimiento de sus tareas. Las
instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una
grave perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras
de éste. Las nuevas
condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una parte,
el espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico del mundo
y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesiónverdaderamente
personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más
vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas se
alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no
constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día,
en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y
de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra
expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la
literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la
historia y la misma legislación civil. Es lo que explica la perturbación de
muchos. Los desequilibrios del mundo moderno 8. Una tan rápida mutación,
realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y la misma conciencia
agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan
contradicciones y desequilibrios. Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión general de las cosas. Aparecen
discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones
demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las
generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre
los dos sexos. Nacen también
grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Discrepancias entre
los paises ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias, por último,
entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de los
pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la
propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en
otras entidades sociales. Todo ello
alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las
desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima. Aspiraciones
más universales de la humanidad 9. Entre tanto, se afianza la
convicción de que el género humano puede y debe no sólo perfeccionar su
dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer un
orden político, económico y social que esté más al servicio del hombre y
permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad. De aquí las instantes
reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen viva conciencia de que
la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a una no
equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son las
independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la
civilización moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden económico,
y desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está aumentando
a diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la
dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos
hambrientos interpelan a los pueblos opulentos. La mujer, allí donde todavía no lo
ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los
trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la
vida, sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo sus dotes
personales y participar activamente en la ordenación de la vida económica,
social, política y cultural. Por primera vez
en la historia, todos los pueblos están convencidos de que los beneficios de
la cultura pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones. Pero bajo todas
estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más universal:
las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una
vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las
naciones, por otra parte, se esfuerzan cada vez más por formar una comunidad
universal. De esta forma, el mundo moderno
aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene
abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el
progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir
correctamente las fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o
servirle. Por ello se interroga a sí mismo. Los
interrogantes más profundos del hombre 10. En realidad de verdad, los
desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro
desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio
interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una
vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que
renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no
quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí
mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad.
Son
muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no
quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien,
oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros
esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la
humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la
tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte,
quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la
insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación
propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo,
ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se
plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más
fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es
el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos
hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan
caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de
ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?. Cree
11. El Pueblo
de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el
Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de
Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan
divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia
soluciones plenamente humanas. El Concilio se propone, ante todo, juzgar
bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y
enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la
inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria;
pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia
desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan
purificación. ¿Qué piensa del hombre
12. Creyentes y
no creyentes están generalmente deacuerdo en este punto: todos los bienes de la
tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos. Pero, ¿qué es
el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí
mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose
a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia. Pero Dios no creó al hombre en
solitario. Desde el principio los hizo hombre y
mujer (Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión
primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su
íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus
cualidades sin relacionarse con los demás. Dios, pues, nos
dice también El pecado 13. Creado por Dios en la justicia,
el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de
la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo
alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le
glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron
servir a la criatura, no al Creador. Lo que Es esto lo que explica la división
íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se
presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con
eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como
aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y
vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de
este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.
El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud. A la luz de esta Revelación, la
sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan
simultáneamente su última explicación. Constitución del hombre 14. En la unidad de cuerpo y alma,
el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo
material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz
para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida
corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su
propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día.
Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La
propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita
que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón. No se equivoca el hombre al afirmar
su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como
partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por
su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda
interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le
aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la
mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo
la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un
espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales
exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la
realidad. Dignidad de la
inteligencia, verdad y sabiduría 15. Tiene razón
el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma
que por virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con el
ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha
realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la
técnica y en la esfera de las artes liberales. Pero en
nuestra época ha obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y en el
dominio del mundo material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado
una verdad más profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a los
fenómenos. Tiene capacidad para alcanzar la realidad inteligible con
verdadera certeza, aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente
oscurecida y debilitada. Finalmente, la naturaleza
intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por
medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la
búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre se
alza por medio de lo visible hacia lo invisible. Nuestra época, más que ninguna otra,
tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos
descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si
no forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse a este
respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas en esta
sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación. Con el don del Espíritu Santo, el
hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino. Dignidad de la
conciencia moral 16. En lo más
profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él
no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar
y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque
el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia
consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La
conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste
se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de
aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta
conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y
resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al
individuoy a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta
conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para
apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la
moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por
ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa
que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y
el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito
del pecado. Grandeza de la libertad 17. La orientación del hombre hacia
el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que
nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia,
sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para
hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera
libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido
dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la
plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto,
que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e
inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego
impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad
cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin
con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con
eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado,
para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse
necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su
vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya
observado. El misterio de la muerte 18. El máximo enigma de la vida
humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución
progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la
desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar
la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de
eternidad que en sí lleva, por se irreductible a la sola materia, se levanta
contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles
que sea, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la
longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del
más allá que surge ineluctablemente del corazón humano. Mientras toda imaginación fracasa
ante la muerte, Formas y raíces
del ateísmo 19. La razón más alta de la dignidad
humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor
de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la
verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su
Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de
esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este
ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser
examinado con toda atención. La palabra
"ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay
que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa
como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos,
rebasando indebidamente los límites sobre estabase puramente científica o,
por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes
exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les
interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de
Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que
ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de
la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa
alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religiosos.
Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia
del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a
ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de
Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga
de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre
a Dios. Quienes voluntariamente pretenden
apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el
dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo,
también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el
ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario,
sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar
también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas
zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en
esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes,
en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa,
moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y
de la religión. El ateísmo sistemático 20. Con frecuencia, el ateísmo
moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas,
lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre
respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo
afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de
sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo
cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor,
autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente
superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre
puede favorecer esta doctrina. Entre las formas del ateísmo moderno
debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su
liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su
propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar
el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del
esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de
esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia
educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance
el poder público. Actitud de 21. Quiere, sin embargo, conocer las
causas de la negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo.
Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida
por el amor que siente a todos los hombres, Todo hombre resulta para sí mismo un
problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos
momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede
huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da
respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos
más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad. El remedio del ateísmo hay que
buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida
de Cristo, el Hombre nuevo 22. En realidad, el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el
primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro
Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y
de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación. Nada extraño,
pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su
fuente y su corona. El que es imagen
de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha
devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el
primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha
sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de Cordero
inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El
Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del
diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal
2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus
pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se
santifican y adquieren nuevo sentido. El hombre cristiano, conformado con
la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las
primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para
cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda
de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre
hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre
los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los
muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su
Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al
cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra
el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio
pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la
esperanza, a la resurrección. Esto vale no solamente para los
cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo
corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual. Este es el gran misterio del hombre
que
CAPÍTULO II
23. Entre los principales
aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación de las relaciones
mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este
desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del
coloquio fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la
comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto
de su plena dignidad espiritual. Como el Magisterio de Indole
comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios 24. Dios, que
cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan
una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han
sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje
humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26), y todos son
llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo. Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo
es el primero y el mayor mandamiento. Más aún, el Señor, cuando ruega al
Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Io
17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los
hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el
hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no
puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo
a los demás. Interdependencia entre la persona
humana y la sociedad 25. La índole social del hombre
demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la
propia sociedad están mutuamente condicionados. porque el principio, el
sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona
humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida
social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por
ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del
diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus
cualidades y le capacita para responder a su vocación. De los vínculos sociales que son
necesarios para el cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad
política, responden más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros,
proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por varias causas,
se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de
aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de derecho público
como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y
para garantizar sus derechos. Mas si la persona humana, en lo
tocante al cumplimiento de su vocación, incluida la religiosa, recibe mucho
de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar que las
circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa desde su
infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente
agitan la realidad social proceden en parte de las tensiones propias de las
estructuras económicas, políticas y sociales. Pero
proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos, que trastornan
también el ambiente social. Y cuando la realidad social se ve viciada por las
consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento,
encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo pueden vencerse
con denodado esfuerzo ayudado por la gracia. La promoción del bien común 26. La interdependencia, cada vez
más estrecha, y su progresiva universalización hacen que el bien común -esto
es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las
asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de
la propia perfección- se universalice cada vez más, e implique por ello
derechos y obligaciones que miran a todo el género humano. Todo grupo social
debe tener en cuanta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los
demás grupos; más aún, debe tener muy en cuanta el bien común de toda la
familia humana. Crece al mismo tiempo la conciencia
de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas
y de sus derechos y deberes universales e inviolables. Es, pues, necesario
que se facilite al hombre todo lo que éste necesita para vivir una vida
verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el
derecho a la libre elección de estado ya fundar una familia, a la educación,
al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar
de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de la vida
privada y a la justa libertad también en materia religiosa. El orden social, pues, y su
progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la
persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al
contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido
hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que
desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia,
vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio
cada día más humano. Para cumplir todos
estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a
profundas reformas de la sociedad. El Espíritu de
Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la
faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su
parte, el fermentoevangélico ha despertado y despierta en el corazón del
hombre esta irrefrenable exigencia de la dignidad. El respeto a la persona humana 27. Descendiendo a consecuencias
prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de
forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como
otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para
vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por
completo del pobre Lázaro. En nuestra época principalmente urge
la obligación de acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue
el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador
extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo
ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió, o de ese
hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del Señor: Cuantas
veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis.
(Mt 25,40). No sólo esto. Cuanto atenta contra
la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el
mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana,
como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los
conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad
humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones
arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de
blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al
operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a
la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras
parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana,
deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al
honor debido al Creador. Respeto y amor
a los adversarios 28. Quienes sienten u obran de modo
distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben
ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa
sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la
facilidad para establecer con ellos el diálogo. Esta caridad y esta benignidad en
modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más
aún,la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad
saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser
rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona
incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia
religiosa. Dios es el único juez y escrutador
del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de
los demás. La doctrina de
Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto
del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de La igualdad
esencial entre los hombres y la justicia social 29. La igualdad
fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor.
Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios,
tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. Es evidente que
no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las
cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación
en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por
motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser
vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es
lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía
protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se
niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el
estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a
una cultura iguales a las que se conceden al hombre. Más aún, aunque
existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual
dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana
y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades
económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una
misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la
dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional. Las
instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al
servicio de la dignidad y del findel hombre. Luchen con energía contra
cualquier esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen
político, los derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones
deben ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las
más profundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo
para llegar al final deseado. Hay que superar la ética
individualista 30. La profunda y rápida
transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que, por
despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una
ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple cada
vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y la
necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así públicas
como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre.
Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven
siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No
sólo esto; en varios paises son muchos los que menosprecian las leyes y las
normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen
reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad.
Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las
referentes a la higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de
que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo. La aceptación
de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos
como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto
más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites
de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero. Ello
es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismo
y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se
conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia. Responsabilidad y participación 31. Para que cada uno pueda cultivar
con mayor cuidado el sentido de su responsabilidad tanto respecto a sí
mismocomo de los varios grupos sociales de los que es miembro, hay que procurar
con suma diligencia una más amplia cultura espiritual, valiéndose para ello
de los extraordinarios medios de que el género humano dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que
sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres
y mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón,
de acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época. Pero no puede llegarse a este
sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de
vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su
vocación, entregándose a Dios ya los demás. La libertad humana con frecuencia
se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que
se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil, se
encierra como en una dorada soledad. Por el
contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables
obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de
la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive. Es necesario
por ello estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos
comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que la mayor
parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública. Debe
tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y el necesario
vigor de la autoridad pública. Para que todos
los ciudadanos se sientan impulsados a participar en la vida de los
diferentes grupos de integran el cuerpo social, es necesario que encuentren
en dichos grupos valores que los atraigan y los dispongan a ponerse al
servicio de los demás. Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la
humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras
razones para vivir y razones para esperar. El Verbo encarnado y la solidaridad
humana 32. Dios creó al hombre no para
vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios
"ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin
conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le
confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo de la
historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en
cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada
comunidad. A losque eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo
suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un pacto en el
monte Sinaí. Esta índole comunitaria se perfecciona
y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso
participar de la vida social humana. Asistió a
las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y
pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando
las relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de
las imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las
leyes de su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la
familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de
su tiempo y de su tierra. En su
predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como
hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más
todavía, se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por
sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a los Apóstoles predicar a todas las
gentes la nueva angélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios,
en la que la plenitud de la ley sea el amor. Primogénito
entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una nueva
comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después de
su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es Esta
solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su
consumación y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada
de Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.
Planteamiento
del problema 33. Siempre se ha esforzado el
hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en
nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue
dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con ayuda
sobre todo el aumento experimentado por los diversos medios de intercambio
entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo una única
comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de bienes que antes
el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los
obtiene por sí mismo. Ante este gigantesco esfuerzo que
afecta ya a todo el género humano, surgen entre los hombres muchas preguntas.
¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben
tender los esfuerzos de individuos y colectividades? Valor de la
actividad humana 34. Una cosa
hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o
el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los
siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo,
responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el
mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la
tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y
el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con
el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios
en el mundo. Esta enseñanza vale igualmente para
los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras
procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que
resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que
con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus
hermanos y contribuyen demodo personal a que se cumplan los designios de Dios
en la historia. Los cristianos,
lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder
de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están,
por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la
grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto
más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad
individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta
a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del
bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo. Ordenación de
la actividad humana 35. La actividad humana, así como
procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción
no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí
mismo. Aprende mucho, cultiva sus
facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida,
es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El
hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a
cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano
planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos.
Pues
dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la
promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo. Por tanto, está es la norma de la
actividad humana: que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea
conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como
individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su
plena vocación. La justa autonomía de la realidad
terrena 36. Muchos de nuestros
contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación
entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del
hombre, de la sociedad o de la ciencia. Si por autonomía de la realidad se
quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes
y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es
absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la
reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde
a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación,
todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de
un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento
de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la
investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de
una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca
será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de
la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y
humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está
llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas
las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a
este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el
sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces
entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas,
indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe. Pero si autonomía de lo temporal
quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los
hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a
quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el
Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios,
sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de
Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios
la propia criatura queda oscurecida. Deformación de la actividad humana
por el pecado 37. A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo. Por ello, A la hora de saber cómo es posible
superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar
por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección
todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el
egoísmo, corren diario peligro. El hombre,
redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y
debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de
Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de
Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las
criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión
del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros
sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23). Perfección de
la actividad humana en el misterio pascual 38. El Verbo de
Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y
habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos
revela que Dios es amor (1 Io 4,8), a la vez que nos enseña que
la ley fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor.
Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que
abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la
fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta
caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes,
sino, ante todo, en la vida ordinaria. El,
sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo
a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que
buscan la paz y la justicia. Constituido
Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el
cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del
hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando,
purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos
propósitos con los que la familia humana intentahacer más llevadera su propia
vida y someter la tierra a este fin. Mas
los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio
manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la
familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal
de los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la abnegación
propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida, se
proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se
convertirán en oblación acepta a Dios. El Señor dejó a los suyos prenda de
tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el
que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten
en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la
degustación del banquete celestial. Tierra nueva y cielo nuevo 39. Ignoramos
el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad.
Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de
este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara
una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que
surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios
resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y
de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la
caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas
las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre. Se nos advierte que de nada le sirve
al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera
de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva
familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del
siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso
temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran
medida al reino de Dios. Pues los bienes de la dignidad
humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos
excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de
haberlospropagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su
mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y
trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal:
"reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de
justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente
en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.
MISIÓN DE Relación
mutua entre 40. Todo lo que llevamos dicho sobre
la dignidad de la persona, sobre la comunidad humana, sobre el sentido
profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación
entre Nacida del amor del Padre Eterno,
fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo, Esta compenetración de la ciudad
terrena y de la ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe; más aún, es un
misterio permanente de la historia humana que se ve perturbado por el pecado
hasta la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios. Al buscar su
propio fin de salvación, Ayuda que 41. El hombre contemporáneo camina
hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y
afirmación crecientes de sus derechos. Como a Apoyada en esta fe, |