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Caminando con
Jesús Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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JESÚS
Y SUS AMIGOS 1.- JESÚS
TIENE AMIGOS. ¿Cómo
estaba Jesús respecto a los hombres? El Nuevo Testamento
le muestra en relaciones de múltiple especie: de niño, respecto
a sus padres; de mayor, respecto a su Madre, todavía viva, y como
pariente respecto a sus parientes. El es el Esperado de su Precursor y el
Maestro de sus discípulos. De entre el número de éstos,
se separa el círculo de los Doce, con los que vive en una
relación de especial confianza. Entre ellos, están cerca de El
sobre todo aquellos tres que se encuentran en la resurrección de la
hija de Jairo, en Una amistad de
índole peculiar le une con los hermanos de Betania, y entre ellos,
especialmente con María (Lc. 10, 38 y ss.).
Otra relación también muy próxima se hace visible con
aquella María de Magdala, que se presenta ante la tumba en Luego está la
muchedumbre: el pueblo con sus dudas, con su menesterosidad vital, con su
ansia de salvación y su ánimo vacilante. De él se
destacan una serie de individuos. Aquellos a quienes El socorre, como el
sordomudo, el tullido, el ciego, el leproso agradecido, el capitán con
su criado, la mujer con flujo de sangre. Adversarios en abundancia; entre ellos
a su vez, individuos, como el fariseo poco hospitalario; gentes que le
quieren poner en apuro; el discípulo que le traiciona; las figuras de
los acontecimientos de los días últimos. Es decir, relaciones
humanas de diversa índole, en que alcanzan a desarrollarse los
más variados valores y fuerzas de la simpatía y la
unión, de la enemistad y de la lucha. ¿Se puede decir algo
sobre ellos que sea caracterizador para Jesús? El se presenta a los
hombres con corazón abierto. Casi siempre está junto a ellos. No
tiene casa propia en que pueda vivir por si solo; cuando habita en una casa,
es como invitado. Casi se podría decir que no lleva vida
"privada". Percibe la necesidad de los hombres y está lleno
de inagotable capacidad de auxilio; pensemos en palabras como: "Venid a
mí todos los que sufrís y estáis oprimidos, y yo os
descansaré" (Mt. 11, 28), y las otras: "Al ver a la gente,
se compadeció de ellos porque estaban extenuados y abandonados como
ovejas que no tienen pastor" (Mt. 9, 36); y en la comparación del
pastor que pierde un animal de su rebaño. Pero por otra parte
no se deja ir con los hombres; con ninguno, ni aún con el más
próximo. San Juan dice: "No confiaba en ellos, porque les
Conocía a "todos y porque no tenia necesidad de que nadie le
diera testimonio sobre el hombre, pues él sabía qué hay
en el hombre" (2,25). No quiere nada de los hombres. No se establece
entre El y los hombres la comunidad del alternativo dar y tomar; como tampoco
la del trabajo común. Nunca se encuentra una escena que le presente
buscando con los suyos alguna claridad; o discutiendo con ellos cómo
hay que superar una situación; o siquiera emprendiendo con ellos un
trabajo. Prescindiendo de las ocasiones de actos de culto en común,
como por ejemplo, Así pues, en
torno de Jesús hay una soledad última nunca rota. Bien es
verdad que siempre hay hombres a su alrededor, pero en medio de ellos
Él está solo. La soledad empieza
con que ninguno le entiende. Ni los adversarios, ni la muchedumbre, ni
tampoco sus discípulos. Una serie de pasajes muestra qué aguda
es esa falta de comprensión; pensemos, por ejemplo, en la abrumadora
escena de Mc. 8, 14 y ss. Están en la
barca, en el mar. Ha hablado de la levadura de los fariseos, y ellos
entienden que se trata de las provisiones, que se les han olvidado. Entonces
irrumpe El, taxativamente: " ¿Qué discurrís entre
vosotros de que no tenéis panes? ¿Todavía no
entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis cerrado vuestro
corazón? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no
oís?" Luego les recuerda el pasado milagro de la gran comida:
"¿Todavía no lo entendéis?". O pensemos en la
actitud de ellos en los últimos días, cuando El es hecho
prisionero, y en su muerte. O en la manera como ellos entienden el mensaje
del Reino de Dios que viene, y por cierto, hasta el final, aún después
de El hecho de que
Jesús no sea entendido, forma una parte decisiva de su destino. Para
ver hasta dónde penetra, sólo hace falta comparar la
transformación radical en la actitud de los discípulos antes y
después de Pentecostés. Por eso falta en la vida de Jesús
todo lo que presupone el ser entendido, y conviene darse cuenta claramente de
cuánto es eso. Surge así la
impresión de un duro encerramiento; de una sordera, a pesar de todo
hablar. Pues el ámbito de la vida sólo queda abierto por parte
del Tú; la palabra hablada sólo queda completa en el
oído del que la entiende. Ese encerramiento de Jesús es lo que
intenta expresar Juan en su prólogo mediante el muro que se levanta
entre El y el mundo: "Y la tiniebla no la ha recibido (la luz)... Vino a
lo suyos pero los suyos no la recibieron" (Jn. 1, 5 y 11). Por eso
también lo que hace la actuación de Jesús lleva
aparejada la impresión de la inutilidad. En la mayor parte de las
personalidades religiosas de Aun más que su
palabra, es su existencia lo que permanece incomprendido, puesto que es una
misma cosa que su mensaje. Lo que es su mensaje como doctrina y posibilidad
anunciada, es El mismo como ser existente. Da al concepto la dimensión
de la existencia, que implica el punto de apoyo interior, a partir del cual
el hombre se encuentra justificado en el existir; el punto de partida, desde
el cual llega El a las cosas y los hombres, y donde regresa de ellos nuevamente.
Se asienta con más profundidad hacia dentro cuanto más poderosa
y de alto rango es la personalidad. El que una persona entienda a otra,
depende, por un lado, de la capacidad de observación, de sentirse en
su lugar, de la fuerza para ver juntamente, de la capacidad de
penetración, etc.; pero por otro lado también, y sobre todo, de
hasta qué punto su calado existencial es análogo o mayor que el
de la otra persona. La cuestión de la existencia e Jesús se ha
de plantear todavía con mayor exactitud, pero ya podemos decir por
ahora que el punto de partida, desde el que El mira, enjuicia, encuentra,
goza y sufre, queda a una profundidad evidentemente inalcanzable bajo su
circunstancia. Para Jesús no hay en absoluto un "nosotros"
en el sentido de inmediata comunidad de existencia; apenas un
auténtico "nosotros" de índole inmediata. Ni siquiera
en la oración. El compendio de su mensaje del Padre y la forma
fundamental de la relación adecuada con él, lo ha dado Jesús
en una oración, el Padre Nuestro. El sujeto del Padre Nuestro es el
"nosotros" cristiano y humano; pero El nunca ha pronunciado esa
oración a la vez que los suyos, nunca se ha insertado en ese
"nosotros". En efecto, en cuanto alcanzo a ver, no tenemos un
pasaje que nos diga que El haya rezado junto con los suyos, en iniciativa
personal. Tan pronto como irrumpe su propia oración por ejemplo, al
fin de 2. JESÚS AMA A
TODOS. Sus milagros le han
sido arrancados por el sufrimiento de los hombres, al que nunca ha vuelto la
espalda. Ha sabido ver hasta el más pobre, a aquel mendigo ciego que
le sigue por el camino de Jericó y al que los discípulos
rechazan, pero Jesús hace que se le acerque y lo cura. Ha sabido ver
hasta a los más pequeños, a los niños, que los
discípulos, siempre ellos, intentan apartar y a los que Jesús
llama: "Dejad que los niños se acerquen a mí, a los que se
les parecen es a quien pertenece el Reino" Ha sabido ver hasta a los
más despreciados de los hombres, a riesgo de escandalizar a las almas
escogidas "Vuestro amo va
con los publícanos y los pecadores", decían los fariseos,
a lo que Jesús respondía con fuerza y autoridad; "Aprended
lo que Dios ha dicho en Es en este
mandamiento del amor a los enemigos donde culmina el amor cristiano:
"¿Si amáis a los que os aman, a los que os son
simpáticos, qué mérito tenéis?, dice
Jesús. Yo os digo amad a vuestros enemigos", y no so lamente a
vuestros enemigos nacionales, sociales o políticos, sino
también al enemigo que encontráis en la vida diaria. Todo esto
nos demuestra que el amor exigido va más allá del sentimiento:
Jesús es demasiado buen psicólogo para pe dimos que tengamos
sentimientos tiernos hacia nuestros enemigos: el amor que nos exige
está en el fondo de nuestro corazón y reside en la voluntad, es
lo que se llama Lo que caracteriza en
primer término el amor de Cristo es su interioridad, su verdad, su
autenticidad. Nada dista tanto de este amor como la teatralidad, la postura
afectada. Cristo no se contenta con lanzar en medio de la turba, a semejanza
de los antiguos filántropos, hermosos lemas y sentencias sobre el amor
a los hombres. Ni se agota su amor en obras puramente exteriores. Porque
desde San Pablo sabemos que pueden darse obras, hasta heroicas, que a pesar
de todo no son más que metal que suena y campana que retiñe,
por faltarles lo esencial, lo íntimo: el amor, el amor del
corazón. Por esto dice el Apóstol: "Cuando distribuyeres
todos tus bienes para sustento de los pobres, si la caridad te falta, no te
servirá de nada". Lo primero para Cristo no son esas obras
puramente exteriores, sino el saber vivir, sentir, compartir la desgracia
ajena. El mismo quiere
compenetrarse personalmente con esa desgracia y cargarse con ella. No quiere
ser rico viendo pobres a otros; por esto no tiene donde reclinar la cabeza.
No sabe ver enfermos sin cuidarse de ellos. Tan íntimamente unido se
siente con los más pobres de los pobres, con •los
llamados pecadores públicos, que no puede menos de buscar su
compañía y comer con ellos un mismo pan, aún cuando se
le moteje de "amigo de los publícanos y pecadores". Hasta
tal punto considera como suya la miseria de los desamparados, de los proscritos,
de los desheredados, de los náufragos, que no solamente los llama
hermanos, sino que se identifica con ellos: "Siempre que lo hicisteis
con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo
hicisteis" Y al celebrar "Tomad y comed:
éste es mi cuerpo; bebed todos; ésta es mi sangre". En su
sagrado ser deben encontrar ellos la curación. De esta interioridad,
de esta autenticidad de su amor brota el des interés. Ahí
tenemos la segunda característica del amor de Jesús. Al hacer
alguna obra buena, dice en cierta ocasión, tu mano izquierda no ha de
saber lo que hace la derecha. Jesús no ama a quienes saben que hacen
una obra buena, a quienes entregan sus donativos con aire de grandes
Señores. Por esto prohíbe también la caridad ruidosa de
los fariseos, que cuando hacen una obra buena quieren que se publique en las
sinagogas y por las calles. Prohíbe igualmente el "sacro
egoísmo" respecto a los miembros de la propia familia:
"¿Que si no amáis sino a los que os aman, qué
premio habéis de tener? ¿No lo hacen así aun los
publícanos?" Su amor tampoco conoce límites al tratarse de
gente extraña o de distinta religión. En la parábola del
buen samaritano diseña con fina ironía al hombre que se jacta
de piadoso, al fariseo, al que ostenta un cargo eclesiástico, al
levita, que pasan insensibles a la vera del herido, maltrecho por unos
ladrones, mientras que un hombre de otra creencia, el heterodoxo, el hereje, el
samaritano, baña con aceite y vino la herida. Con esta parábola
quiere decir: El amor verdadero no conoce espíritu de castas, ve en
cada hombre al prójimo que se encuentra en necesidad, y mira como el
más prójimo de todos al que mayor necesidad padece. Mirándolo por
dentro, según su contenido íntimo, este amor de Cristo es
servicio, es amor que sirve, El mismo lo subraya: "El Hijo de
Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida para
redención de muchos" Toda su vida fue servicio de los pobres,
pecadores y niños, "Pasó haciendo el bien"; no
encuentra Lucas otras palabras para describir su vida. De ahí que, aun
en vísperas dé su Pasión, se sienta impulsado a lavar
los pies de los discípulos. Es el último servicio de amor que
les prestará. Así deben
ellos aprender que están destinados no a dominar, sino a servir.
"No ignoráis", dice en cierta ocasión, "que los
príncipes de las naciones avasallan a sus pueblos y que sus magnates
los dominan con imperio. No ha de ser así entre vosotros, sino quien
aspirase a ser mayor entre vosotros, debe ser vuestro criado. Y el que quiera
ser entre vosotros el primero, ha de ser vuestro siervo". El amor de
Cristo es amor que sirve, aun cuando no se le aprecia y se le denigra.
Siempre es liberal, magnánimo. Así dice: "Al que quiere
armarte pleito para quitarte la única, alárgale también
la capa. Y si alguno te forzare a ir cargando mil pasos, ve con él
otros dos mil". Lo elevado, lo noble, lo regio de su amor estriba en que
nunca se despeña por los precipicios de lo puramente animal e
instintivo, en que permanece siempre bueno, noble y elevado, aun al
encontrarse con hombres mezquinos y de corazón estrecho. Con esto
señalamos ya otra característica del amor de Cristo: es amor
que dispensa, amor que perdona. Pedro le preguntó en una
ocasión: "¿Señor, cuántas veces
deberé perdonar a mi hermano?... ¿Hasta siete veces?".
Hablaba así porque los doctores de la ley enseñaban que
solamente siete veces había que perdonar. Y Cristo le
contestó:"No te digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta
veces siete". Lo que significa que el verdadero amor cristiano no tiene
límites en que sea lícito detenerse y decir: hasta aquí
y ni un paso más. El hombre es en demasía hijo de su propio
temperamento y esclavo del momento, para tomar excesivamente a lo
trágico sus explosiones de pasión. En la parábola de la
gran deuda, el Señor nos enseña que las ofensas que nos infiere
el prójimo son muy insignificantes en comparación con las ofensas
que por el pecado se infieren a Dios. Y subraya: Dios no te perdonará
si tú no perdonas de todo corazón a tu hermano. Por esto
rezamos en el Padre Nuestro: "Perdónanos
nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores". Solamente quien sepa perdonar es cristiano, solamente
él puede acercarse a la mesa del Señor. "Si al tiempo de
presentar tu ofrenda en el altar", dice el Señor, "te
acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo
tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y
después volverás a presentar tu ofrenda". Perdonar, y
volver a perdonar siempre. Esta es la última y conmovedora doctrina
que Cristo nos dió desde la cátedra
de la cruz, al clamar al Padre: "Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen". ¿Por
qué urge Cristo el perdón con tanta insistencia y tal vigor? Al
querer contestar a esta pregunta, nos encontramos con lo más
delicioso, lo más fragante, lo más delicado que hay en el amor
de Cristo. El amor de Cristo es amor que perdona porque es amor comprensivo.
Cristo nunca mira un hecho aisladamente, sino que mira siempre a todo el
hombre. Sabe seguir cada acto, dictado por los sentimientos, hasta las
raíces del mismo, hasta la contextura másíntima
de la vida humana, y allí ve que el hombre se halla enzarzado en la
miseria de su existencia y sufre las consecuencias. Cristo perdona porque
comprende. Al serle presentado el enfermo, el paralítico, lo que ve en
primer lugar no es el cuerpo enfermo, sino el alma, el peso de la conciencia
que había causado aquella dolencia. Sería una enfermedad
psicógena, de raíces psíquicas. De ahí que
primero libre de la opresión la conciencia: "Perdonados te son
tus pecados" Luego cura el cuerpo enfermo: "Toma tu lecho y
anda". Su amor es amor que perdona porque es amor que comprende. Cuando
los fariseos le presentan la adúltera cogida en fragante delito y
están al acecho para ver si aplica la ley rigurosa de Moisés,
el apedreamiento, su mirada penetrante ve las mil y mil tentaciones que
rodearían a la pecadora haciéndola sucumbir. Pero ve también
que los fariseos mismos no son inmunes a tales tentaciones y que en el fondo
son hipócritas. Por esto guarda silencio y en silencio escribe en el
suelo. Y, finalmente,
pronuncia una sentencia de plena madurez de espíritu y de
corazón: "El que de vosotros se halle sin pecado, tire contra
ella la primera piedra". Y cuando en casa de Simón la pecadora
riega con lágrimas de arrepentimiento los pies del Señor, El,
entre la rocalla de los devaneos de aquella mujer, descubre la pepita de oro
de amor verdadero, pepita que, a pesar de todo estaba oculta en el fondo de
su alma. Y pronuncia aquella frase que resuma amor y profundo conocimiento
del alma humana: "Le son perdonados muchos pecados porque ha amado
mucho" (Lc. 7, 47) Cristo es amor
humanado. Y al mismo tiempo no hay en El nada exagerado. En cierto sentido se
podría decir: Su amor era un amor sobrio, por estar saturado de
experiencia respecto a la vida y al conocimiento del hombre. Y, con todo, era
una hoguera que redimió del embotamiento y de la estrechez del
egoísmo a millones de hombres, e hizo prender en ellos una vida llena
de entrega y de heroísmo. Ojalá
eche raíces también en nosotros y nos penetre por completo
precisamente esta pasión del auténtico amor cristiano.
Solamente como poderío de amor podrá el cristiano desarrollar y
conservar sus energías de reclutamiento. Si echamos una mirada en
torno nuestro no podemos pasarlo en silencio encontramos a tantos creyentes,
a tantas personas piadosas que no se ponen al servicio de ese poderío
de amor reclutador. Su piedad no rebasa la propia persona, no llega hasta el
otro, hasta el prójimo, se reconcentra buscando el propio yo. Tiene colorido
egoísta. No se preocupa de erigir dentro de sí y en torno suyo
el reino del amor, no le interesa más que la bienaventuranza de la
propia alma. Es un cristianismo de orientación negativa. De tales
personas piadosas, dice San Francisco de Sales: "Se esfuerzan por ser
ángeles puros y se descuidan de ser hombres buenos". De
allí que tal piedad parezca como coartada, convulsiva, y precisamente
las almas de altos ideales se sienten repelidas por ella. Refiriéndose
a tales personas dice Nietzsche con cierta razón "Habría
de ser más redimido el redimido". El verdadero
cristianismo, el cristianismo de Cristo, es, ante todo, cristianismo
positivo. Lo que quiere es erigir el reino del amor en si mismo y en torno
suyo, formar al hombre de abnegada entrega. De ahí que este
cristianismo rebose energía de actividad, empuje vigoroso y
magnanimidad. Algo luminoso, radiante, hay en él. ¿Cómo
no han de brillar los ojos si se refleja en ellos lo más luminoso que
hay en cielos y tierra, el amor de Cristo? Solamente este cristianismo
positivo vencerá al mundo y dará a pesar de todo lo
diabólico de los tiempos presentes, el dominio a Dios. Porque dice San
Juan Evangelista: "El que permanece en la caridad, en Dios
permanece...Dios es caridad". Amén 3. JESÚS AMA
SEGÚN El ha sido el gran
amador. En la primera carta de Juan se lee: "Dios es amor". La
palabra pudiera también decirse de Jesús y sonaría
hermosamente: Jesús es amor. El amor brota de El
donde quiera. Donde quiera hallamos en Él el amor. Pero queremos
buscarlo allí donde está su centro ardiente y radiante. Amor es
a las delicadas y floridas cosas de la creación de su Padre, cuando
habla de los lirios del campo, a los que viste Dios con belleza que no
alcanzó Salomón en toda su magnificencia. Amor es a todo lo que
alienta y vive, cuando habla de los pájaros del cielo, ligeros y sin
cuidados, que no trabajan y el Padre del cielo los alimenta... Ese amor es
bello. Pero es linaje de amor que puede hallarse también en otros
más expresivo, más coloreado, más fervoroso. Pensemos
sólo en el que llamó hermano y hermana a todo lo que en el
mundo existe; El padre San Francisco...Amor es igualmente lo que le conmueve
cuando ve la oscura y abandonada muchedumbre del pueblo y se compadece de
él, porque "eran como ovejas sin pastor". Algo generoso,
algo fuerte es este amor al pueblo en su abandono y miseria. Pero este amor
ha entrado también en el corazón de otros. Y si nuestro tiempo
tiene un tirulo de estimación, le viene ciertamente de que este amor
es en él fuerte...Amor es una vez más admitir junto a si a los
enfermos. Dejar que se le acerque el mar del dolor, levantar, fortalecer,
curar...Amor es nuevamente que pueda decir: ¡Venid a mí todos
los que estáis cansados y andáis cargados, que yo os
aliviaré!". ¡OH, el gran amador, y la fuerza de su
corazón, que se levanta contra el mundo violento del dolor,
magníficamente seguro de su poder inagotable de consolar, fortalecer,
bendecir! Todo eso es amor, verdaderamente. Pero todavía no tiene
aquella unicidad, de la que puede decirse: Esto es El y sólo El. Tenemos que penetrar
más hondo. Dos palabras hay que
han de ser por lo menos comprendidas, si queremos saber de qué se
trata: Las dos breves palabras: "Por vosotros". El misterio que
Jesús instituye está encuadrado en la comida pascual. En la
conmemoración de la alianza que Dios celebró con su pueblo,
cuando en Egipto, contra la obstinaciónde
Faraón, envió al ángel exterminador con la más
espantosa de las plagas: la muerte de todos los primogénitos. Entonces
recibió Moisés orden de que cada familia sacrificara un cordero
y rociara con la sangre los postes de las puertas. Todos tenían que
comerlo de pie y en arreos de viaje. La sangre sería signo de
liberación al paso del ángel exterminador; y la comida,
celebración de la unión del pueblo con su Dios liberador. Este
era el cordero comido en la comida de la antigua Alianza; ésta era la
sangre derramada para sellarla. Y ahora habla Jesús del cuerpo
nuevamente entregado para muerte y comida; de la sangre para sellar la nueva
Alianza. La víctima, en
cuya muerte sucede eso, es El. "Por
vosotros". "Por nosotros". Las palabras están como
recubiertas de ceniza, grises e inertes. Efecto de la rutina. Las hemos
oído innumerables veces. Han perdido su filo. Se han embotado.
¿Comprendemos lo que dicen? Un hombre vive,
subsiste y vive, es centro natural de todo, de suerte que para él el
mundo deja de existir, si tiene que dejar de existir él..., ¿es
posible que este hombre entregue su vida por otro? Es sin duda posible. La
madre lo hace sin duda por su hijo. El hombre lo hace a veces por su obra o
por sus ideas. "A veces". Más exacto seria decir "raras
veces", muy raras veces, pues generalmente el supuesto sacrificio por la
obra y por la idea es sólo modo velado de afirmarse a sí mismo.
Y hay sin duda quien da la vida por su pueblo, arrastrado por el terrible
acontecer de la guerra; o por su prójimo en peligro, cuando lo empuja
un gran corazón... Pero dar su vida por
"los hombres", por los muchos, por los lejanos. ¿Por los
hombres que le tratan sin inteligencia y sin amor? ¿Qué nada
aceptan y hasta se revuelven contra la salud que se les ofrece? Sólo
comprendemos lo que significan estas palabras "por vosotros", si
borramos toda "sentimentalidad". Si vemos
con toda claridad la soledad en que Cristo vive, privado de toda ayuda, sin
hecho alguno grande que lo sostenga, sin entusiasmo alguno que lo rodee, sin
el sostén y apoyo del instinto natural o de la urgencia creadora. Sabe
que sólo podrán respirar en la libertad de la salud cuando su
pecado esté expiado. La vida solo puede brotar de una muerte, que
sólo El puede sufrir. Esta muerte es la que acepta, a ella se entrega. Eso significa las
palabras "por vosotros". Sólo podemos
entender y entenderlas es nuestro más estricto deber cristiano si nos
esforzamos por lograrlo en el más profundo silencio de nuestro
corazón y en su más pura disposición, y Dios nos da su
gracia... Ahora bien que Jesús realizara ese "por vosotros",
eso es su amor. Este es, pues, el
amor de Cristo, el amor de redención que va por nosotros a la muerte. El
amor del don de sí, que da en comida todo lo suyo. A sí mismo
en cuerpo y alma. El amor de la inhabitación
interna, que hace su vida nuestra y la nuestra suya. Este es el amor de
Cristo. Y sólo por la luz que de aquí irradia se con vierte en
amor de Cristo todo lo demás que en la vida de Cristo aparece como
claro amor: La invitación a sí de todos los cansados y cargados
para aliviarlos, el dejar que se le acerque todo el dolor de la humanidad
para socorrerlo, su lástima por la oscura necesidad del pueblo, su
ternura por todo lo que vive, animal o planta. En todo eso vive aquel amor
primero de que hablábamos. Ese es el amor que ahí se revela. Bibliografía y fuentes Caminando con Jesús Congregación para el Clero de |