CAMINANDO CON JESUS

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

TEXTOS COMUNES

DEL ORDINARIO DE LA LITURGIA

DE LAS HORAS

 

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TEXTOS COMUNES

Antífonas (Invitatorio)

Salmos del Invitatorio

Benedictus

 

Padre nuestro

Conclusión de Laudes

Himnos de la H. Intermedia

Antífonas

(H. Intermedia)

Magníficat

 

Completas

Himnos de Completas

Nunc dimittis

Antífonas marianas

 

Antífonas (Invitatorio)

Invitatorio

Introducción a todo el conjunto de la oración cotidiana.

 

V/. Señor, ábreme los labios.

R/. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Ant.: La que corresponda, según el tiempo.

 

Tiempo de Adviento

 

Hasta el 16 de diciembre inclusive: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle.

 

Desde el 17 al 23 de diciembre: El Señor está cerca, venid, adorémosle.

 

 Día 24 de diciembre: Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria.

 

Tiempo de Navidad

 

Hasta Epifanía exclusive: A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.

 

Desde el día de Epifanía hasta el Bautismo del Señor exclusive: A Cristo que se nos ha manifestado, venid, adorémosle.

 

Tiempo de Cuaresma y Semana Santa

 

Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.

 

Tiempo de Pascua

 

Hasta la Ascensión exclusive: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Desde la Ascensión hasta Pentecostés exclusive: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.

Salmos del Invitatorio

Tiempo ordinario

(En el Salterio)

 

Salmo 94

Invitación a la alabanza divina

 

Animaos los unos a los otros, día tras día,

mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Entrad, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me asqueó, y dije:

“Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso.”»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

(o bien)

Salmo 99

Alegría de los que entran en el templo

 

El Señor manda que los redimidos

entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)

 

Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con vítores.

 

Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:

 

«El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.»

 

Gloria…

(o bien)

Salmo 66

Que todos los pueblos alaben al Señor

 

Sabed que la salvación de Dios

se envía los gentiles. (Hch 28,28)

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

Oh Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

Oh Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman

hasta los confines del orbe.

 

Gloria…

(o bien)

Salmo 23

Entrada solemne de Dios en su templo

 

Las puertas del cielo se abren ante Cristo

que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)

 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.

 

—¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

 

—El hombre de manos inocentes

y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.

Ése recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

 

—Éste es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

 

—¿Quién es ese Rey de la gloria?

—El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

 

—¿Quién es ese Rey de la gloria?

—El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria.

 

Gloria…

 

Oración de la mañana

 

Laudes

 

V/. Dios mío, ven en mi auxilio.

R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre… (Aleluya.)

 

Todo lo anterior se omite cuando las Laudes comienzan con el Invitatorio

 

Benedictus

Benedictus, Lc 1, 68-79

El Mesías y su precursor

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria…

 

Oración dominical

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Padre nuestro

 

Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

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Conclusión de Laudes

 

Oración conclusiva: Fórmulas de conclusión:

 

—Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

—Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

—Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

 

R/. Amén.

 

CONCLUSIÓN

 

Por ministro ordenado:

 

V/. El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

V/. La paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en el conocimiento y el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

V/. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R/. Amén.

 

(o bien)

 

V/. El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

V/. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R/. Amén.

 

Si se despide a la asamblea, se añade:

 

V/. Podéis ir en paz.

R/. Demos gracias a Dios.

 

Si no es ministro ordenado:

 

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R/. Amén.

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Himnos de la H. Intermedia

 

Hora intermedia

 

Tercia, Sexta, Nona

 

Invocación inicial como en Laudes

 

HIMNO

 

Tercia

I

 

El mundo brilla de alegría.

Se renueva la faz de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

 

Ésta es la hora

en que rompe el Espíritu

el techo de la tierra,

y una lengua de fuego innumerable

purifica, renueva, enciende, alegra

las entrañas del mundo.

 

Ésta es la fuerza

que pone en pie a la Iglesia

en medio de las plazas

y levanta testigos en el pueblo,

para hablar con palabras como espadas

delante de los jueces.

 

Llama profunda,

que escrutas e iluminas

el corazón del hombre:

restablece la fe con tu noticia,

y el amor ponga en vela la esperanza,

hasta que el Señor vuelva. Amén.

 

II

 

Tu poder multiplica

la eficacia del hombre,

y crece cada día, entre sus manos,

la obra de tus manos.

 

Nos señalaste un trozo de la viña

y nos dijiste: «Venid y trabajad.»

Nos mostraste una mesa vacía

y nos dijiste: «Llenadla de pan.»

 

 

Nos presentaste un campo de batalla

y nos dijiste: «Construid la paz.»

Nos sacaste al desierto con el alba

y nos dijiste: «Levantad la ciudad.»

 

Pusiste una herramienta en nuestras manos

y nos dijiste: «Es tiempo de crear.»

Escucha a mediodía el rumor del trabajo

con que el hombre se afana en tu heredad.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Por los siglos. Amén.

 

III

 

El trabajo, Señor, de cada día

nos sea por tu amor santificado,

convierte su dolor en alegría

de amor, que para dar tú nos has dado.

 

Paciente y larga es nuestra tarea

en la noche oscura del amor que espera;

dulce huésped del alma, al que flaquea

dale tu luz, tu fuerza que aligera.

 

En el alto gozoso del camino,

demos gracias a Dios, que nos concede

la esperanza sin fin del don divino;

todo lo puede en él quien nada puede. Amén.

 

Sexta

 

I

 

Te está cantando el martillo,

y rueda en tu honor la rueda.

Puede que la luz no pueda

librar del humo su brillo.

¡Qué sudoroso y sencillo

te pones a mediodía,

Dios en la dura porfía

de estar sin pausa creando,

y verte necesitando

del hombre más cada día!

 

Quien diga que Dios ha muerto

que salga a la luz y vea

si el mundo es o no tarea

de un Dios que sigue despierto.

Ya no es su sitio el desierto

ni en la montaña se esconde;

decid, si preguntan dónde,

que Dios está —sin mortaja—

en donde un hombre trabaja

y un corazón le responde. Amén.

 

II

 

Alfarero del hombre, mano trabajadora

que, de los hondos limos iniciales,

convocas a los pájaros a la primera aurora,

al pasto, los primeros animales.

 

De mañana te busco, hecho de luz concreta,

de espacio puro y tierra amanecida.

De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta

de los sonoros ríos de la vida.

 

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;

tus manos son recientes en la rosa;

se espesa la abundancia del mundo a mediodía,

y estás de corazón en cada cosa.

 

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro,

ni soledad en que no te hagas fuerte.

Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:

Tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

 

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte

dejar tanta hermosura en tanta guerra!

Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte

de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén.

 

III

 

Este mundo del hombre, en que él se afana

tras la felicidad que tanto ansía,

tú lo vistes, Señor, de luz temprana

y de radiante sol al mediodía.

 

 

Así el poder de tu presencia encierra

el secreto más hondo de esta vida;

un nuevo cielo y una nueva tierra

colmarán nuestro anhelo sin medida.

 

Poderoso Señor de nuestra historia,

no tardes en venir gloriosamente;

tu luz resplandeciente y tu victoria

inunden nuestra vida eternamente. Amén.

 

IV

 

Cuando la luz del día está en su cumbre,

eres, Señor Jesús, luz y alegría

de quienes en la fe y en la esperanza

celebran ya la fiesta de la Vida.

 

Eres resurrección, palabra y prenda

de ser y de vivir eternamente;

sembradas de esperanzas nuestras vidas,

serán en ti cosecha para siempre.

 

Ven ya, Señor Jesús, Salvador nuestro,

de tu radiante luz llena este día,

camino de alegría y de esperanza,

real acontecer de nueva vida.

 

Concédenos, oh Padre omnipotente,

y tú, Hijo amado y Señor nuestro,

por obra del Espíritu enviado,

vivir ya de la fiesta de tu reino. Amén.

 

Nona

 

I

 

Fundamento de todo lo que existe,

de tu pueblo elegido eterna roca,

de los tiempos Señor, que prometiste

dar tu vigor al que con fe te invoca.

 

Mira al hombre que es fiel y no te olvida,

tu Espíritu, tu paz háganlo fuerte

para amarte y servirte en esta vida

y gozarte después de santa muerte.

 

 

Jesús, Hijo del Padre, ven aprisa

en este atardecer que se avecina,

serena claridad y dulce brisa

será tu amor que todo lo domina. Amén.

 

II

 

Fuerza tenaz, firmeza de las cosas,

inmóvil en ti mismo;

origen de la luz, eje del mundo

y norma de su giro:

 

Concédenos tu luz en una tarde

sin muerte ni castigo,

la luz que se prolonga tras la muerte

y dura por los siglos. Amén.

 

III

 

Se cubrieron de luto los montes

a la hora de nona.

El Señor rasgó el velo del templo

a la hora de nona.

Dieron gritos las piedras en duelo

a la hora de nona.

Y Jesús inclinó la cabeza

a la hora de nona.

 

Hora de gracia,

en que Dios da su paz a la tierra

por la sangre de Cristo.

 

Levantaron sus ojos los pueblos

a la hora de nona.

Contemplaron al que traspasaron

a la hora de nona.

Del costado manó sangre y agua

a la hora de nona.

Quien lo vio es el que da testimonio

a la hora de nona.

 

Hora de gracia,

en que Dios da su paz a la tierra

por la sangre de Cristo. Amén.

 

 

Otros himnos:

 

I

 

A nuestros corazones

la hora del Espíritu ha llegado,

la hora de los dones

y del apostolado:

lenguas de fuego y viento huracanado.

 

Oh Espíritu, desciende,

orando está la Iglesia que te espera;

visítanos y enciende,

como la vez primera,

los corazones en la misma hoguera.

 

La fuerza y el consuelo,

el río de la gracia y de la vida

derrama desde el cielo;

la tierra envejecida

renovará su faz reverdecida.

 

Gloria a Dios, uno y trino:

al Padre creador, al Hijo amado,

y al Espíritu divino

que nos ha regalado;

alabanza y honor le sea dado. Amén.

 

II

 

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda;

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta:

sólo Dios basta.

 

Gloria a Dios Padre,

gloria a Dios Hijo,

igual siempre

gloria al Espíritu. Amén.

 

III

 

No es lo que está roto, no,

el agua que el vaso tiene;

lo que está roto es el vaso,

y el agua al suelo se vierte.

 

No es lo que está roto, no,

la luz que sujeta el día;

lo que está roto es su tiempo,

y en la sombra se desliza.

 

No es lo que está roto, no,

la caja del pensamiento;

lo que está roto es la idea

que la lleva a lo soberbio.

 

No es lo que está roto Dios

ni el campo que él ha creado;

lo que está roto es el hombre

que no ve a Dios en su campo.

 

Gloria al Padre, gloria al Hijo,

gloria al Espíritu Santo,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

IV

 

El trabajo nos urge,

nos concentra y astilla.

Poco a poco, la muerte

nos hiere y purifica.

 

Señor del universo,

con el hombre te alías.

En nuestra actividad,

tu fuerza cómo vibra.

 

Señor de los minutos,

intensa compañía.

Gracias por los instantes

que lo eterno nos hilan.

 

Gracias por esta pausa

contigo en la fatiga.

 

Contigo hay alegría. Amén.

 

V

 

Ando por mi camino, pasajero,

y a veces creo que voy sin compañía,

hasta que siento el paso que me guía,

al compás de mi andar, de otro viajero.

 

No lo veo, pero está. Si voy ligero,

él apresura el paso; se diría

que quiere ir a mi lado todo el día,

invisible y seguro el compañero.

 

Al llegar a terreno solitario,

él me presta valor para que siga,

y, si descanso, junto a mí reposa.

 

Y, cuando hay que subir monte (Calvario

lo llama él), siento en su mano amiga,

que me ayuda, una llaga dolorosa.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

VI

 

Otra vez —te conozco— me has llamado.

Y no es la hora, no; pero me avisas.

De nuevo traen tus celestiales brisas

claros mensajes al acantilado

 

del corazón, que, sordo a tu cuidado,

fortalezas de tierra eleva en prisas

de la sangre se mueve, en indecisas

torres, arenas, se recrea, alzado.

 

Y tú llamas y llamas, y me hieres,

y te pregunto aún, Señor, qué quieres,

qué alto vienes a dar a mi jornada.

 

Perdóname, si no te tengo dentro,

si no sé amar nuestro mortal encuentro,

si no estoy preparado a tu llegada.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

VII

 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuanto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana:

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

VIII

 

A la gloria de Dios se alzan las torres,

a su gloria los álamos,

a su gloria los cielos,

y las aguas descansan a su gloria.

 

El tiempo se recoge;

desarrolla lo eterno sus entrañas;

se lavan los cuidados y congojas

en la aguas inmobles,

en los inmobles álamos,

en las torres pintadas en el cielo,

mar de altos mundos.

 

El reposo reposa en la hermosura

del corazón de Dios, que así nos abre

tesoros de su gloria.

 

Nada deseo,

mi voluntad descansa,

mi voluntad reclina

de Dios en el regazo su cabeza

y duerme y sueña…

Sueña en descanso

toda aquesta visión de alta hermosura.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

IX

 

Sólo desde el amor

la libertad germina,

sólo desde la fe

va creciéndole alas.

 

Desde el cimiento mismo

del corazón despierto,

desde la fuente clara

de las verdades últimas.

 

Ver al hombre y al mundo

con la mirada limpia

y el corazón cercano,

desde el solar del alma.

 

Tarea y aventura:

entregarme del todo,

ofrecer lo que llevo,

gozo y misericordia.

 

Aceite derramado

para que el carro ruede

sin quejas egoístas,

chirriando desajustes.

 

Soñar, amar, servir,

y esperar que me llames,

tú, Señor, que me miras,

tú que sabes mi nombre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo,

y al Espíritu Santo. Amén.

 

X

 

Dame, Señor, la firme voluntad,

compañera y sostén de la virtud;

la que sabe en el golfo hallar quietud

y, en medio de las sobras, claridad;

 

la que trueca en tesón la veleidad,

y el ocio en perennal solicitud,

y las ásperas fiebres en salud,

y los torpes engaños en verdad.

 

Y así conseguirá mi corazón

que los favores que a tu amor debí

le ofrezcan algún fruto en galardón…

 

Y aun tú, Señor, conseguirás así

que no llegue a romper mi confusión

la imagen tuya que pusiste en mí.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Propio de Cuaresma:

 

Pastor, que con tus silbos amorosos

me despertaste del profundo sueño;

tú, que hiciste cayado de ese leño

en que tiendes los brazos poderosos.

 

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguir empeño

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

 

Oye, pastor, que por amores mueres,

no te espante el rigor de mis pecados,

pues tan amigo de rendidos eres.

 

Espera, pues, y escucha mis cuidados.

Pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estás, para esperar, los pies clavados? Amén.

 

Propio de Semana Santa:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

clavado en esa cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera

que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.

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Antífonas

(H. Intermedia)

Las antífonas de los salmos para el tiempo ordinario se encuentran en el Salterio.

 

Antífonas del Propio del tiempo:

 

Tercia

 

Tiempo de Adviento: Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de la Virgen María.

 

Tiempo de Navidad hasta la Epifanía: José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía de él.

 

Tiempo de Navidad desde la Epifanía: El misterio escondido desde siglos y generaciones ahora ha sido revelado.

 

Tiempo de Cuaresma: Han llegado los días de penitencia; expiemos nuestros pecados y salvaremos nuestras almas.

 

Semana Santa: Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.

 

Tiempo pascual: Aleluya, aleluya, aleluya.

 

Sexta

 

Tiempo de Adviento: El ángel Gabriel dijo a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.»

 

Tiempo de Navidad hasta la Epifanía: María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

 

Tiempo de Navidad desde la Epifanía: Vino Cristo y trajo la noticia de la paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca.

 

Tiempo de Cuaresma: «Por mi vida —oráculo del Señor—, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y que viva.»

 

Semana Santa: Igual que el Padre me conoce, yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas.

 

Tiempo pascual: Aleluya, aleluya, aleluya.

 

Nona

 

Tiempo de Adviento: Dijo María: «¿Qué saludo es éste que me turba? ¿Voy a dar a luz al Rey sin romper los sellos de mi virginidad?»

 

 

Tiempo de Navidad hasta la Epifanía: Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos.

 

Tiempo de Navidad desde la Epifanía. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

 

Tiempo de Cuaresma: Empuñando las armas de la justicia, hagámonos recomendables a Dios por nuestra paciencia.

 

Semana Santa: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; yo he de gloriarme en la cruz de mi Señor Jesucristo.

 

Tiempo pascual: Aleluya, aleluya, aleluya.

 

La oración conclusiva de la Hora Intermedia siempre va precedida de la invitación «Oremos» y termina con una de las siguientes fórmulas breves:

 

—Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

—Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

—Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

R/. Amén.

 

V/. Bendigamos al Señor.

R/. Demos gracias a Dios.

 

 

Oración del atardecer

 

Vísperas

 

La invocación inicial y la conclusión como en Laudes

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Magníficat

 

Magníficat, Lc 1, 46-55

Alegría del alma en el Señor

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oración antes del descanso nocturno

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Completas

Completas

 

La invocación inicial como en Laudes.

 

Examen de conciencia

 

Hermanos: Llegados al fin de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos humildemente nuestros pecados.

 

Tras el silencio se continúa con una de las siguientes fórmulas:

 

1ª.-

Yo confieso ante Dios Todopoderoso

y ante vosotros, hermanos,

que he pecado mucho

de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

 

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,

a los ángeles, a los santos

y a vosotros, hermanos,

que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

 

2ª.-

V/. Señor, ten misericordia de nosotros.

R/. Porque hemos pecado contra ti.

V/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/. Y danos tu salvación.

 

3ª.-

V/. Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos:

Señor, ten piedad.

R/. Señor, ten piedad.

V/. Tú que has venido a llamar a los pecadores:

Cristo, ten piedad.

R/. Cristo, ten piedad.

V/. Tú que estás sentado a la derecha del Padre

para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.

R/. Señor, ten piedad.

 

Se concluye diciendo:

 

V/. Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

 

R/. Amén.

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Himnos de Completas

 

HIMNO

 

I

 

Cuando la luz del sol es ya poniente,

gracias, Señor, es nuestra melodía;

recibe, como ofrenda, amablemente,

nuestro dolor, trabajo y alegría.

 

Si poco fue el amor en nuestro empeño

de darle vida al día que fenece,

convierta en realidad lo que fue un sueño

tu gran amor que todo lo engrandece.

 

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte

de pecadora en justa, e ilumina

la senda de la vida y de la muerte

del hombre que en la fe lucha y camina.

 

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza

la noche oscura sobre nuestro día,

concédenos la paz y la esperanza

de esperar cada noche tu gran día. Amén.

 

II

 

Gracias, porque al fin del día

podemos agradecerte

los méritos de tu muerte

y el pan de la Eucaristía,

la plenitud de alegría

de haber vivido tu alianza,

la fe, el amor, la esperanza

y esta bondad de tu empeño

de convertir nuestro sueño

en una humilde alabanza.

 

Gloria al Padre, gloria al Hijo,

gloria al Espíritu Santo,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Otros himnos, propios del Tiempo Ordinario, en el Salterio.

 

Responsorio breve

 

R/. A tus manos, Señor, * Encomiendo mi espíritu. A tus manos.

V/. Tú, el Dios leal, nos librarás. * Encomiendo. Gloria al Padre. A tus manos.

 

Tiempo pascual:

R/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. * Aleluya, aleluya. A tus manos.

 

V/. Tú, el Dios leal, nos librarás. * Aleluya. aleluya. Gloria al Padre. A tus manos.

 

Cántico evangélico

 

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos para que velemos con Cristo y descansemos en paz. (T.P. Aleluya)

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Nunc dimittis

Nunc dimittis, Lc 2, 29-32

 

Cristo, luz de las naciones y gloria de Israel

 

Ahora, Señor, según tu promesa,

puedes dejar a tu siervo irse en paz.

 

Porque mis ojos han visto a tu Salvador.

a quien has presentado ante todos los pueblos:

 

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel.

 

Gloria al Padre.

 

La oración conclusiva va precedida de la invitación «Oremos». Al final se responde: «Amén», y se concluye:

 

El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa.

 

R/. Amén.

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Antífonas marianas

 

Antífonas finales a la Santísima Virgen María

 

I

 

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,

vida, dulzura y esperanza nuestra;

Dios te salve.

 

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;

a ti suspiramos, gimiendo y llorando,

en este valle de lágrimas.

 

Ea, pues, Señora, abogada nuestra,

vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos,

y, después de este destierro,

muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

 

¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

 

II

 

Madre del Redentor, virgen fecunda,

puerta del cielo siempre abierta,

estrella del mar,

ven a librar al pueblo que tropieza

y quiere levantarse.

 

Ante la admiración de cielo y tierra,

engendraste a tu santo Creador,

y permaneces siempre virgen.

 

Recibe el saludo del ángel Gabriel,

y ten piedad de nosotros, pecadores.

 

III

 

Salve, Reina de los cielos

y Señora de los ángeles;

salve, raíz; salve, puerta,

que dio paso a nuestra luz.

 

 

Alégrate, virgen gloriosa,

entre todas la más bella;

salve, oh hermosa doncella,

ruega a Cristo por nosotros.

 

IV

 

Bajo tu protección nos acogemos,

santa Madre de Dios;

no deseches las súplicas

que te dirigimos en nuestras necesidades;

antes bien, líbranos siempre de todo peligro,

oh Virgen gloriosa y bendita.

 

Tiempo pascual

 

Reina del cielo, alégrate, aleluya,

porque el Señor,

a quien has merecido llevar, aleluya,

ha resucitado, según su palabra, aleluya.

Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

 

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