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JUAN PABLO II SUMO PONTÍFICE PARA PERPETUA MEMORIA L LA ESPERANZA
DE CONSTRUIR (Spes aedificandi)
un mundo más justo y más digno del hombre, avivada por la espera del
tercer milenio ya a las puertas, no puede ignorar que los esfuerzos humanos
de nada sirven si no están acompañados por la gracia divina: « Si el Señor no
construye la casa, en vano se afanan los constructores » (Sal 127 [1261, 1).
Esto han de tenerlo en cuenta también todos aquellos
que, en los últimos años, se plantean el problema de remodelar Europa, con el
fin de ayudar al Viejo Continente a aprovechar la riqueza de su historia,
alejarse de las tristes herencias pasadas y así, con una originalidad
radicada en sus mejores tradiciones, responder a las exigencias del mundo que
cambia. No cabe duda de
que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un
elemento central y determinante, que se ha consolidado sobre la base firme de
la herencia clásica y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos
flujos étnicos y culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. La
fe cristiana ha plasmado la cultura del Continente y se ha entrelazado
indisolublemente con su historia, hasta el punto de que ésta no se podría
entender sin hacer referencia a las vicisitudes que han caracterizado,
primero, el largo periodo de la evangelización y, después, tantos siglos en
los que el cristianismo, aún en la dolorosa división entre Oriente y
Occidente, se ha afirmado como la religión de los europeos. También en el
período moderno y contemporáneo, cuando se ha ido fragmentando
progresivamente la unidad religiosa, bien por las posteriores divisiones
entre los cristianos, bien por los procesos que han alejado la cultura del
horizonte de la fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una relevancia
importante. El camino hacia
el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados a tomar
una nueva conciencia de todo ello para mostrar su
capacidades permanentes. Tienen el deber de ofrecer una contribución
específica a la construcción de Europa, que será tanto más válida y eficaz
cuanto más capaces sean de renovarse a la luz del Evangelio. De este modo se
harán continuadores de esa larga historia de santidad que ha impregnado las
diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios, en los cuales
los santos oficialmente reconocidos son, en realidad, los casos más destacados,
propuestos como modelo para todos. En efecto, son innumerables los cristianos
que con su vida recta y honesta, animada por el amor a Dios y al prójimo, han
alcanzado en las más variadas vocaciones, consagradas o laicas, una verdadera
santidad, propagada por doquier, aunque de manera oculta. 2. La Iglesia no
tiene dudas de que precisamente este tesoro de santidad es el secreto de su
pasado y la esperanza de su futuro. En él es donde mejor se expresa el don de
la Redención, gracias al cual el hombre es rescatado del pecado y recibe la
posibilidad de la vida nueva en Cristo. También en él, el Pueblo de Dios,
peregrino en la historia, encuentra un apoyo incomparable, sintiéndose
profundamente unido a la Iglesia gloriosa, que en el Cielo canta las alabanzas
del Cordero (cf. Ap 7, 9-10) mientras intercede por
la comunidad que aún camina en la tierra. Por ello, ya desde los tiempos más
antiguos, los santos han sido considerados por el Pueblo de Dios corno
protectores y, siguiendo una praxis peculiar que ciertamente no es extraña al
influjo del Espíritu Santo, las Iglesias particulares, las regiones e incluso
los Continentes se han confiado al particular patronazgo de algunos santos, a
veces a petición de los fieles acogida por los Pastores 0, en otros casos,
por iniciativa de los Pastores mismos. En esta
perspectiva, al celebrarse la Segunda Asamblea especial para Europa del
Sínodo de los Obispos, en la inminencia del Gran jubileo del año 2000, me ha
parecido que los cristianos europeos, a la vez que viven con todos sus
conciudadanos un cambio de época rico de esperanza pero no exento a la vez de
preocupaciones, pueden encontrar una ayuda espiritual en la contemplación y
la invocación de algunos santos que, en cierto modo, son representativos de
su historia. Por eso, tras las oportunas consultas, y completando lo que hice
el 31 de diciembre de 1980 al proclamar copatronos
de Europa, junto a San Benito, a dos santos del primer milenio, los hermanos
Cirilo y Metodio, pioneros de la evangelización de
Oriente, he pensado integrar al grupo de los santos patronos tres figuras
igualmente emblemáticas de momentos cruciales de este segundo milenio que
está por concluir: Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa
Teresa Benedicta de la Cruz. Tres grandes santas,
tres mujeres que, en diversas épocas -dos en el corazón del Medioevo y una en
nuestro siglo- se han destacado por el amor generoso a la Iglesia de Cristo y
el testimonio dado de su Cruz. 3. Naturalmente,
el panorama de la santidad es tan variado y rico que la elección de nuevos
patronos celestes podría haberse orientado hacia otras dignísimas figuras que
cada época y región pueden ofrecer. No obstante, considero particularmente
significativa la opción por esta santidad de rostro femenino, en el cuadro de
la tendencia providencial que, en la Iglesia y en la sociedad de nuestro
tiempo, se ha venido afirmando con un reconocimiento cada vez más claro de la
dignidad y de la riqueza propias de la mujer. En realidad, la
Iglesia, desde sus albores, no ha dejado de reconocer el papel y la misión de
la mujer, aún bajo la influencia, a veces, de los condicionamientos de una
cultura que no siempre la tenía en la debida consideración. Pero la comunidad
cristiana ha crecido cada vez más también en. este
aspecto y a ello ha contribuido precisamente de manera decisiva la presencia
de la santidad. La figura de María, la « mujer ideal », Madre de Cristo y de
la Iglesia, ha sido un impulso constante en este sentido. Pero también la
valentía de las mártires, que han afrontado con sorprendente fuerza de ánimo
los más crueles tormentos, el testimonio de las mujeres comprometidas con
radical ejemplaridad en la vida ascética, la dedicación cotidiana de tantas
esposas y madres en esa « iglesia doméstica » que es la familia, así como los
carismas de tantas místicas que han contribuido a la profundización de la
teología, han ofrecido a la Iglesia una indicación preciosa para comprender
plenamente el designio de Dios sobre la mujer. Este designio, por lo demás,
se manifiesta inequívocamente ya en las páginas de la Escritura,
especialmente en el testimonio de la actitud de Jesús que nos ofrece el
Evangelio. En esta línea se coloca también la opción de declarar copatronas de Europa a Santa Brígida de Suecia, Santa
Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la
Cruz. Además, el
motivo que ha orientado específicamente mi opción por estas tres santas está
en su vida misma. En efecto, su santidad se expresó en circunstancias
históricas y en el contexto de ámbitos « geográficos » que las hacen
particularmente significativas para el Continente europeo. Santa Brígida hace
referencia al extremo norte de Europa, donde el Continente casi se junta con
las otras partes del mundo y de donde partió teniendo a Roma por destino.
Catalina de Siena es también conocida por el papel desempeñado en un tiempo
en el que el Sucesor de Pedro residía en Aviñón, poniendo término a una labor
espiritual ya comenzada por Brígida, al hacerse promotora del retorno a su
sede propia, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Teresa Benedicta de la Cruz, finalmente, recientemente
canonizada, no sólo transcurrió la propia existencia en diversos países de
Europa, sino que con toda su vida de pensadora, mística y mártir, lanzó como
un puente entre sus raíces hebreas y la adhesión a Cristo, moviéndose con
segura intuición en el diálogo con el pensamiento filosófico contemporáneo y,
en fin, proclamando con el martirio las razones de Dios y del hombre en la
inmensa vergüenza de la « shoah ». Se ha convertido
así en la expresión de una peregrinación humana, cultural y religiosa que
encarna el núcleo profundo de la tragedia y de las esperanzas del Continente
europeo. 4. La primera de
estas tres grandes figuras, Brígida, nació en una familia aristocrática en
1303 en Finsta, en la región sueca de Uppland. Es conocida sobre todo corno mística y fundadora
de la Orden del Smo. Salvador. Pero no se ha
de olvidar que la primera parte de su vida fue la de una laica felizmente
casada con un cristiano piadoso, con el que tuvo ocho hijos. Al proponerla
como patrona de Europa, pretendo que la sientan cercana no solamente quienes
han recibido la vocación a una vida de especial consagración, sino también
aquellos que han sido llamados a las ocupaciones ordinarias de la vida laical
en el mundo y, sobre todo, a la alta y difícil vocación de formar una familia
cristiana. Sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase
social, vivió con su marido Ulf una experiencia de
matrimonio en la que el amor conyugal se unía a la oración intensa, el
estudio de la Sagrada Escritura, la mortificación y la caridad. juntos fundaron un pequeño hospital donde asistían
frecuentemente a los enfermos. Brígida, además, solía servir personalmente a
los pobres. Fue apreciada al mismo tiempo por sus dotes pedagógicas, que tuvo
ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios
en la corte de Estocolmo. Esta experiencia hizo madurar los consejos que
daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño
de sus tareas. Pero los primeros en ser beneficiados de ello fueron, como es
obvio, sus propios hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina,
sea venerada como Santa. Este período de
su vida familiar fue sólo una primera etapa. La peregrinación que hizo con su
marido Ulf a Roma y a Santiago de Compostela en
1341 cerró simbólicamente esta fase, preparando a Brígida para la nueva vida
que comenzó algún año después, cuando, a la muerte de su esposo, oyó la voz
de Cristo que le confiaba una nueva misión, guiándola paso a paso con una
serie de gracias místicas extraordinarias. 5. Brígida,
dejando Suecia en 1349, se estableció en Roma, sede del Sucesor de Pedro. El
traslado a Italia fue una etapa decisiva para ampliar los horizontes de su
mente y corazón, no sólo geográficos y culturales, sino sobre todo
espirituales. Muchos lugares de Italia la vieron, aún peregrina, deseosa de
venerar las reliquias de los santos. De este modo visitó Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles, Salerno, Amalfi o el Santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargano. La última peregrinación, realizada entre 1371 y
1372, la llevó a cruzar el Mediterráneo, en dirección a Tierra Santa, lo que
la permitió abrazar espiritualmente, además de tantos lugares sagrados de la
Europa católica, las fuentes mismas del cristianismo en los lugares
santificados por la vida y la muerte del Redentor. En realidad, más
aún que con este devoto peregrinar, Brígida se hizo partícipe de la
construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de
Cristo y de la Iglesia, en un momento ciertamente crítico de su historia. En
efecto, la íntima unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas y
revelaciones, que hicieron de ella un punto de referencia para muchas
personas de la Iglesia de su tiempo. En Brígida se observa la fuerza de la
profecía. A veces, su tono parece un eco de aquel de los antiguos profetas.
Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los designios de
Dios sobre los acontecimientos históricos. No escatima severas amonestaciones
también en lo referente a la reforma moral del pueblo cristiano y del clero
mismo (cf. Revelationes, IV, 49; cf.
también IV, 5). Algunos aspectos de su extraordinaria producción mística
suscitaron en aquel tiempo dudas razonables, sobre las que se realizó un
discernimiento eclesial remitiéndose a la única revelación pública, que tiene
su plenitud en Cristo y su expresión normativa en la Sagrada Escritura. En
efecto, tampoco las experiencias de los grandes santos están exentas de los
límites inherentes a la recepción humana de la voz de Dios. No hay duda, sin
embargo, de que al reconocer la santidad de Brígida, la Iglesia, aunque no se
pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la
autenticidad global de su experiencia interior. Aparece así corno un
testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma
vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las
exigencias de la comunión eclesial. Por eso, al haberse separado de la
comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de
Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa
sueca representa un precioso « vínculo » ecuménico, reforzado también por el
compromiso en este sentido llevado a cabo por su Orden. 6. Poco
posterior es la otra gran figura de mujer, Santa Catalina de Siena, cuyo
papel en el desarrollo de la historia de la Iglesia y en la profundización
doctrinal misma del mensaje revelado ha obtenido significativos
reconocimientos, que han llegado hasta la atribución del título de Doctora de
la Iglesia. . Nacida en
Siena en 1347, fue favorecida desde la primera infancia por gracias
extraordinarias que la permitieron recorrer, sobre la vía espiritual trazada
por Santo Domingo, un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y
obras de caridad. Tenía veinte años cuando Cristo le manifestó su
predilección a través del símbolo místico del anillo nupcial. Era la
culminación de una intimidad madurada en lo escondido y en la contemplación,
gracias a su constante permanencia, incluso fuera de los muros del
monasterio, en aquella morada espiritual que ella gustaba llamar la « celda
interior ». El silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las
inspiraciones divinas, pudo compaginarse bien pronto con una actividad
apostólica que raya lo extraordinario. Muchos, incluso clérigos, se reunieron
en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don de una maternidad
espiritual. Sus cartas se propagaron por Italia y hasta por Europa. En
efecto, la joven sienesa entró con paso seguro y
palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su
época. Catalina fue
incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que
laceraban la sociedad de su tiempo. Su obra pacificadora llegó a soberanos
europeos como Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo,
Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y de Polonia y Juana de Nápoles.
Fue significativa su actividad para reconciliar Florencia con el Papa.
Señalando a los contendientes a « Cristo crucificado y a María dulce », hacía
ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía
darse un motivo de contienda tan grave que hiciera preferir el recurso a la
razón de las armas en vez de las armas de la razón. 7. Catalina, no
obstante, sabía bien que no se podía llegar con eficacia a esta conclusión si
antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio. De aquí la
urgencia de la reforma de las costumbres, que ella proponía a todos sin
excepción. A los reyes les recordaba que no podían gobernar como si el reino
fuese una « propiedad » suya, sino que, conscientes de tener que rendir
cuentas a Dios de la gestión del poder, debían más bien asumir la tarea de
mantener en él « la santa y verdadera justicia », haciéndose « padre de los
pobres » (cf. Carta n. 235 al Rey de Francia). En efecto, el ejercicio
de la soberanía no podía disociarse del de la caridad, que es a la vez alma
de la vida personal y de la responsabilidad política (cf. Carta n. 357 al
Rey de Hungría). Con esta misma
fuerza se dirigía a los eclesiásticos de todos los rangos para pedir la más
rigurosa coherencia en su vida y en su ministerio pastoral. Impresiona el
tono libre, vigoroso y tajante con el que amonesta a sacerdotes, obispos y
cardenales. Era preciso -decía- arrancar del jardín de la Iglesia las plantas
podridas sustituyéndolas con « plantas nuevas », frescas y fragantes. La
santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo,
no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual
amaba tiernamente como « dulce Cristo en la tierra », la voluntad de Dios,
que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y
por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma, junto a la tumba
de Pedro. Con igual ardor,
Catalina se esforzó después en evitar las divisiones que se produjeron en la
elección papal que sucedió a la muerte de Gregorio XI. También en aquel
episodio recurrió, una vez más, a las razones irrenunciables de la comunión.
Esta era el valor ideal supremo que había inspirado toda su vida,
desviviéndose sin reserva en favor de la Iglesia. Lo dirá ella misma a sus
hijos espirituales en el lecho de muerte: « Tened por cierto, queridos, que
he dado la vida por la santa Iglesia » (Beato Ramón de Capua,
Vida de Santa Catalina de Siena, Lib. III, c. IV). 8. Con Edith
Stein -Santa Teresa Benedicta de la Cruz- nos
encontramos en un ambiente sociocultural completamente distinto. En efecto,
ella nos introduce en el corazón de nuestro siglo convulso, señalando las
esperanzas que ha despertado, pero también las contradicciones y los fracasos
que lo han caracterizado. Edith no proviene, como Brígida y Catalina, de una
familia cristiana. En ella, todo expresa el tormento de la búsqueda y la
fatiga de la « peregrinación » existencial. Aún después de haber alcanzado la
verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir a hasta el fondo el
misterio de la Cruz. Había nacido
en 1891, en una familia judía de Breslau, por
entonces territorio alemán. El interés desarrollado por la filosofía y el
abandono de la práctica religiosa a la que, no obstante, había sido iniciada por su madre, más que un camino de santidad
hacían presagiar una vida bajo el signo del puro « racionalismo ». Pero la
gracia la esperaba precisamente en las sinuosidades del pensamiento
filosófico: orientada en la línea de la corriente fenomenológica, supo tomar
de ella la exigencia de una realidad objetiva que, lejos de terminar en el
sujeto, lo precede y establece el grado de conocimiento, debiendo ser
examinada con un riguroso esfuerzo de objetividad. Es preciso ponerse a la
escucha de la realidad, captándola sobre todo en el ser humano por esa
capacidad de « empatía » -palabra que tanto le gustaba- que permite en cierta
medida hacer propia la experiencia del otro (cf. E. Stein, El problema de
la empatía). En esta
tensión de la escucha fue donde ella se encontró, por un lado, con los
testimonios de la experiencia espiritual cristiana ofrecidos por Santa Teresa
de Jesús y otros grandes místicos, de los cuales se convirtió en discípula e
imitadora, y por otro, con la antigua tradición del pensamiento cristiano
consolidada en el tomismo. Por este camino llegó primero al bautismo y después
a la opción por la vida contemplativa en la Orden carmelita. Todo se
desarrolló en el marco de un itinerario existencial más bien convulso,
marcado, además de por la búsqueda interior, por el compromiso de estudio y
de enseñanza que desempeñó con admirable dedicación. Para su tiempo, es
particularmente apreciable su militancia en favor de la promoción social de
la mujer, y resultan verdaderamente penetrantes las páginas en las que ha
explorado la riqueza de la feminidad y la misión de la mujer desde el punto
de vista humano y religioso (cf. E. Stein, La mujer. Su misión según la
naturaleza y la gracia). 9. El
encuentro con el cristianismo no la llevó a renegar de sus raíces judías,
sino que más bien se las hizo redescubrir en plenitud. No obstante, esto no
la libró de la incomprensión por parte de sus familiares. El desacuerdo de la
madre, sobre todo, le causó un dolor indecible. En realidad, todo su camino
de perfección cristiana se desarrolló bajo el signo, no sólo de la
solidaridad humana con su pueblo de origen, sino también de una auténtica
participación espiritual en la vocación de los hijos de Abraham, marcados por
el misterio de la elección y de los « dones irrevocables » de Dios (cf. Rm 11, 29). En
particular, Edith hizo suyo el sufrimiento del pueblo judío a medida que éste
se agudizó en la feroz persecución nazi, que sigue siendo, junto a otras
graves expresiones del totalitarismo, una de las manchas más negras y
vergonzosas de la Europa de nuestro siglo. Sintió entonces que en el exterminio
sistemático de los judíos se cargaba la cruz de Cristo sobre su pueblo, y
vivió como una participación personal en ella su deportación y ejecución en
el tristemente famoso campo de Auschwzitz-Birkenau. Su grito se funde con el de todas las víctimas
de aquella inmensa tragedia, pero unido al grito de Cristo que asegura al
sufrimiento humano una misteriosa y perenne fecundidad. Su imagen de santidad
queda para siempre vinculada al drama de su muerte violenta, junto a la de
tantos otros que la padecieron con ella. Y permanece como anuncio del
evangelio de la Cruz, con el que quiso identificarse en su mismo nombre de
religiosa. Contemplamos
hoy a Teresa Benedicta de la Cruz reconociendo en
su testimonio de victima inocente, por una parte, la imitación del Cordero
inmolado y la protesta contra todas las violaciones de los derechos
fundamentales de la persona y, por otra, una señal de ese renovado encuentro
entre hebreos y cristianos que, en la línea deseada por el Concilio Vaticano Il, está conociendo una prometedora fase de apertura
recíproca. Declarar hoy a Edith Stein copatrona de
Europa, significa poner en el horizonte del viejo Continente una bandera de
respeto, de tolerancia y de acogida que invita a hombres y mujeres a
comprenderse y a aceptarse, más allá de las diversidades étnicas, culturales
y religiosas, para formar una sociedad verdaderamente fraterna. 10. «Crezca,
pues, Europa! Crezca corno Europa del espíritu, en
la línea de su mejor historia, que precisamente tiene en la santidad su más
alta expresión. La unidad del Continente, que está madurando progresivamente
en las conciencias y definiéndose cada vez más netamente también en el ámbito
político, implica ciertamente una perspectiva de gran esperanza. Los europeos
están llamados a dejar atrás definitivamente las rivalidades históricas que
han convertido frecuentemente su Continente en teatro de guerras
devastadoras. Al mismo tiempo, deben esforzarse por crear las condiciones de
una mayor cohesión y colaboración entre los pueblos. Tienen ante sí el gran
desafío de construir una cultura y una ética de la unidad, sin las cuales
cualquier política de la unidad está destinada a naufragar antes o después. Para edificar
la nueva Europa sobre bases sólidas, no basta ciertamente apoyarse en los
meros intereses económicos, que si una veces
aglutinan, otras dividen, sino que es necesario hacer hincapié más bien sobre
los valores auténticos, que tienen su fundamento en la ley moral universal,
inscrita en el corazón de cada hombre. Una Europa que confundiera el valor de
la tolerancia y del respeto universal con el indiferentismo ético y el
escepticismo sobre los valores irrenunciables, se embarcaría en una de las
más arriesgadas aventuras y, más tarde o más temprano, vería retornar bajo
nuevas formas los espectros más temibles de su historia. El papel del
cristianismo, que indica incansablemente el horizonte ideal, se presenta una
vez más como vital para evitar esta amenaza. También a la luz de los
múltiples puntos de encuentro con otras religiones, reconocido por el
Concilio Vaticano Il (cf. Decr.
Nostra aetate),
se ha de subrayar con fuerza que la apertura al Trascendente es una
dimensión vital de la existencia. Por tanto, es esencial un renovado
compromiso de testimonio por parte de todos los cristianos presentes en las
diversas Naciones del Continente. Ellos son los que han de alimentar la
esperanza de una salvación plena, mediante el anuncio que les es propio, el
del Evangelio, esto es, la « buena noticia » de que Dios se ha hecho cercano
a nosotros y, en el Hijo Jesucristo, nos ha ofrecido la redención y la
plenitud de la vida divina. Por el Espíritu Santo que nos ha sido dado,
nosotros podemos elevar a Dios nuestra mirada e invocarlo con el dulce nombre
de « Abba », «!Padre! (cf.
Rm. 8, 15; Ga 4, 6). 11. Precisamente
este anuncio de esperanza es lo que he querido afianzar al indicar, en
perspectiva « europea », una renovada devoción a estas tres grandes figuras
de mujer que, en épocas diversas, han dado una aportación tan significativa,
no sólo para el crecimiento de la Iglesia, sino también de la sociedad misma.
Por esa comunión
de los santos que une misteriosamente la Iglesia terrena con la celeste,
ellas se hacen cargo de nosotros en su perenne intercesión ante el trono de
Dios. Al mismo tiempo, la invocación más intensa y la referencia más asidua y
atenta a sus palabras y ejemplos despertarán en nosotros una conciencia más
aguda de nuestra común vocación a la santidad, moviéndonos a consecuentes
propósitos de un compromiso más generoso. Por tanto,
después de una madura consideración, en virtud de mi potestad apostólica,
establezco y declaro copatronas celestes de toda
Europa ante Dios a Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa
Teresa Benedicta de la Cruz, concediendo todos
los honores y privilegios litúrgicos que les competen según el derecho de los
patronos principales del lugar. Gloria a la
Santísima Trinidad, que refulge de manera singular en sus vidas y en la vida
de todos los santos. Que la paz esté con los hombres de buena voluntad, en
Europa y en el mundo entero. Roma, junto a
San Pedro, el día 1 de octubre del año 1999, vigésimo primero de Pontificado.
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