Caminando-con-jesus

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

CATEQUESIS SOBRE EL ESPIRITU SANTO

Juan Pablo II

 

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO LA PROMESA DE CRISTO  (CATEQUESIS 26-IV-89)

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ORIGEN CRISTO (28-III-1990)

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD  (Catequesis 17-V-89)

EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRO ABOGADO DEFENSOR

EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO EN GRACIA DE JESÚS (27.VI.90)

LA ENCARNACIÓN: OBRA DEL ESPÍRITU SANTO (4-IV-1990)

RELACIÓN PERSONAL DE DIOS CON MARÍA (18-IV-1990)

EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA (2-V-1990)

JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO (23-V-1990)

EL ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE LA SANTIDAD DE JESÚS (6-VI-1990)

EL ESPÍRITU SANTO EN LA VISITACIÓN (13-VI-1990)

EL ESPÍRITU SANTO Y LA PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO (20-VI-1990)

EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO EN GRACIA DE JESÚS (27-VI-1990)

EL ESPÍRITU SANTO ENTRE JESÚS Y MARÍA (4-VII-1990)

EL BAUTISMO DE JESÚS Y LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO (11-VII-1990)

EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO (18-VII-1990)

EL ESPÍRITU SANTO EN LA ORACIÓN Y PREDICACIÓN DE CRISTO  (25-VII-1990)

EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ (1-VIII-1990)

EL ESPÍRITU SANTO EN LA RESURRECCIÓN DE CRISTO (8-VIII-1990)

 

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

LA PROMESA DE CRISTO  (Catequesis 26-IV-89)

1. « Creo en el Espíritu Santo».

En el desarrollo de una catequesis sistemática bajo la guía del Símbolo de los Apóstoles, después de haber explicado los artículos sobre Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación, hemos llegado a la profesión de fe en el Espíritu Santo. Completado el ciclo cristológico, se abre el pneumatológico, que el Símbolo de los Apóstoles expresa con una fórmula concisa: «Creo en el Espíritu Santo».

El llamado Símbolo niceno-constantinopolitano desarrolla más ampliamente la fórmula del artículo de fe: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas».

2. El Símbolo, profesión de fe formulada por la Iglesia, nos remite a las fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu Santo se presenta en el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino. Por tanto, la pneumatología de la Iglesia está basada en la Sagrada Escritura, especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta medida, hay preanuncios de ella en el Antiguo.

La primera fuente a la que podemos dirigirnos es un texto joaneo contenido en el «discurso de despedida» de Cristo el día antes de la pasión y muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con la propia «partida», anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles. «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré» (Jn 16, 7).

El contenido de este texto puede parecer paradójico. Jesús, que tiene que subrayar: «Pero yo os digo la verdad», presenta la propia «partida» (y por tanto la pasión y muerte en cruz) como un bien: «Os conviene que yo me vaya ... ». Pero enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: por ser una muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su coronación en la venida del Espíritu Santo; constituye por ello la condición de todo lo que, con esta venida, se verificará para los Apóstoles y para la Iglesia futura a medida que, acogiendo el Espíritu, los hombres reciban la nueva vida. La venida del Espíritu y todo lo que de ella se derivará en el mundo serán fruto de la redención de Cristo.

3. Si la partida de Jesús tiene lugar mediante la muerte en cruz, se comprende que el Evangelista Juan haya podido ver, ya en esta muerte, la potencia y, por tanto, la gloria del Crucificado: pero las palabras de Jesús implican también la Ascensión al Padre como partida definitiva (cfr Jn 16,10), según lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido» (Hch 2, 33).

La venida del Espíritu Santo sucede después de la Ascensión al cielo. La pasión y muerte redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto. Jesucristo, Hijo del hombre, en el culmen de su misión mesiánica, «recibe» del Padre el Espíritu Santo en la plenitud en que este Espíritu debe ser «dado» a los Apóstoles y a la Iglesia, para todos los tiempos. Jesús predijo: «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Es una clara indicación de la universalidad de la redención, tanto en el sentido extensivo de la salvación obrada para todos los hombres, cuanto en el intensivo de totalidad de los bienes de gracia que se les han ofrecido. Pero esta redención universal debe realizarse mediante el Espíritu Santo.

4. El Espíritu Santo es el que «viene» después y en virtud de la «partida» de Cristo. Las palabras de Jn 16, 7, expresan una relación de naturaleza causal. El Espíritu viene mandado en virtud de la redención obrada por Cristo: «Cuando me vaya os lo enviaré» (cfr Encíclica Dominum et vivificantem, S). Más aún, «según el designio divino, la «partida» de Cristo es condición indispensable del «envio» y de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo» (Ibid., n. 1 l).

Si es verdad que Jesucristo, mediante su «elevación» en la cruz, debe «atraer a todos hacia sí» (cfr Jn 12, 32), a la luz de las palabras del Cenáculo entendemos que ese «atraer» es actuado por Cristo glorioso mediante el envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto Cristo debe irse. La encarnación alcanza su eficacia redentora mediante el Espíritu Santo. Cristo, al marcharse de este mundo, no sólo deja su mensaje salvífico, sino que «da» el Espíritu Santo, al que está ligada la eficacia del mensaje y de la misma redención en toda su plenitud.

5. El Espíritu Santo presentado por Jesús especialmente en el discurso de despedida en el Cenáculo, es evidente una Persona diversa de Él. « Yo pediré al Padre otro Paráclito» Jn 14, 16). «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn 14, 2 6). Jesús habla del Espíritu Santo adoptando frecuentemente el pronombre personal «Él»: «Él convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). «Él me dará gloria» (Jn 16, 4). De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo (cfr por ejemplo Lc 6, 19: «De Él salía una fuerza»). Siendo una Persona, le pertenece un obrar propio, de carácter personal. En efecto, Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: «Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). «Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26); «Dará testimonio de mí» (Jn 15, 26); «Os guiará a la verdad completa», «Os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16, 13); Él «dará gloria» a Cristo (Jn 16, 14), y «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). El Apóstol Pablo, por su parte, afirma que el Espíritu «clama» en nuestros corazones (Gal 4, 6), «distribuye» sus dones «a cada uno en particular según su voluntad» (1 Cor 12, 1 l), «intercede por los fieles» (cfr Rom 8,27).

6. El Espíritu Santo revelado por Jesús es, por tanto, un ser personal (tercera Persona de la Trinidad) con un obrar propio personal. Pero en el mismo «discurso de despedida», Jesús muestra los vínculos que unen a la persona del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo: por ello el anuncio de la venida del Espíritu Santo -en ese «discurso de despedida»-, es al mismo tiempo la definitiva revelación de Dios como Trinidad. Efectivamente, Jesús dice a los Apóstoles: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn 14,16): "el Espíritu de la verdad, que procede del Padre" (Jn 15,26) "que el Padre enviará en mi nombre" (Jn 14,26). El Espíritu Santo es, por tanto, una persona distinta del Padre y del Hijo y, al mismo tiempo, unida íntimamente a ellos: "procede"del Padre, el Padre "lo envía" en el nombre del Hijo: y esto en consideración de la redención , realizada por el Hijo mediante la ofrenda de sí mismo en la cruz. Por ello Jesucristo dice: "Si me voy os lo enviaré" (Jn 16,7). "El Espíritu de verdad que procede del Padre" es anunciado por Cristo como el Paráclito, que "yo os enviaré de junto al Padre" (Jn 15,26).

7. En el texto de Juan, que refiere el discurso de Jesús en el Cenáculo, está contenida, por tanto, la revelación de la acción salvífica de Dios como Trinidad. En la Encíclica Dominum et vivificantem he escrito: "El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación" (n. 10). En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en le que subsisten las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se refiere San Pablo en la Primera carta a los Corintios, cuando escribe: "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios" (1Cor 2,10).

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EL ESPÍRITU SANTO EN EL ORIGEN CRISTO (28.III.90)

1. En las catequesis anteriores hemos puesto de relieve que de toda la tradición veterotestamentaria afloran referencias, indicios, alusiones a la realidad del Espíritu divino, que parecen casi un preludio de la revelación del Espíritu Santo como persona, como se tendrá en el Nuevo Testamento. En realidad, sabemos que Dios inspiraba y guiaba a los autores sagrados de Israel, preparando la revelación definitiva que realizaría plenamente Cristo y que él entregaría a los Apóstoles para que la predicasen y difundiesen en todo el mundo.

En el Antiguo Testamento existe, pues, una revelación inicial y progresiva, referente no sólo al Espíritu Santo, sino también al Mesías-Hijo de Dios, a su acción redentora y a su Reino. Esta revelación hace aparecer una distinción entre Dios Padre, la eterna Sabiduría que procede de 'Él y el Espíritu potente y benigno, con el que Dios actúa en el mundo desde la creación y guía la historia según su designio de salvación.

2. Sin duda no se trataba aún de una manifestación clara del misterio divino. Pero era ciertamente una especie de propedéutica en la futura revelación, que Dios mismo iba desarrollando en la fase de la Antigua Alianza mediante 'la Ley y los Profetas' (Cfr. Mt 22, 40; Jn 1, 45) y la misma historia de Israel, puesto que 'omnia in figura contingebant illis': 'todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos' (1 Cor 10,11; 1 Pe 3, 21; Hb 9, 24).

De hecho, en los umbrales del Nuevo Testamento hallamos algunas personas como José, Zacarías, Isabel, Ana, Simeón y sobre todo María, que (gracias a la iluminación interior del Espíritu) saben descubrir el verdadero sentido del adviento de Cristo al mundo. La referencia que los evangelistas Lucas y Mateo hacen al Espíritu Santo, por estos piadosísimos representantes de la Antigua Alianza (Cfr. Mt 1,18.20; Lc 1,15.35, 41.67; 2, 26.27), es la documentación de un vinculo y, podemos decir, de un paso del Antiguo al Nuevo Testamento, reconocido luego plenamente a la luz de la revelación de Cristo y después de la experiencia de Pentecostés. Es significativo el hecho de que los Apóstoles y Evangelistas empleen el término 'Espíritu Santo' para hablar de la intervención de Dios tanto en la encarnación del Verbo como en el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Merece destacar que en ambos momentos, en el centro del cuadro descrito por Lucas está María, virgen y madre, que concibe a Jesús por obra del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 35; Mt 1, 18), y permanece en oración con los Apóstoles y los otros primeros miembros de la Iglesia en espera del mismo Espíritu (Cfr. Hech 1,14).

3. Jesús mismo ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos que sólo con su ayuda será posible penetrar a fondo en el misterio de su persona y de su misión: 'Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa... él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros' (Jn 16, 13.14). Así pues, el Espíritu Santo es el que hace captar la grandeza de Cristo, y de este modo 'da gloria' al Salvador. Pero es también el Espíritu el que hace descubrir el propio papel en la vida y en la misión de Jesús.

Es un punto de gran interés sobre el cual deseo atraer vuestra atención con esta nueva serie de catequesis.

Si anteriormente hemos ilustrado las maravillas del Espíritu Santo anunciadas por Jesús y verificadas en pentecostés y en el primer camino de la Iglesia en la historia, ha llegado el momento de subrayar que la primera y suprema maravilla realizada por el Espíritu Santo es Cristo mismo. Y hacia esta maravilla queremos dirigir ahora nuestra mirada.

4. En realidad, hemos reflexionado ya sobre la persona, la vida y la misión de Cristo en las catequesis cristológicas; pero ahora podemos reanudar sintéticamente ese razonamiento en clave pneumatológica, es decir, a la luz de la obra realizada por el Espíritu Santo en el Hijo de Dios hecho hombre.

Tratándose del 'Hijo de Dios', en la enseñanza catequística se habla de 'Él después de haber considerado a 'Dios-Padre' y antes de hablar del Espíritu Santo, que 'procede del Padre y del Hijo'. Por esto la Cristología precede a la Pneumatología. Y es justo que sea así, porque también bajo el aspecto cronológico, la revelación de Cristo en nuestro mundo ocurrió antes de la efusión del Espíritu Santo, que formó a la Iglesia el día de Pentecostés. Más aún, dicha efusión fue el fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre.

5. Y sin embargo, parece imponerse como hacen observar justamente los orientales. una integración pneumatológica de la Cristología, por el hecho de que el Espíritu Santo se halla en el origen mismo de Cristo como Verbo encarnado venido al mundo 'por obra del Espíritu Santo', como dice el Símbolo.

Ha existido una presencia suya decisiva en el cumplimiento del misterio de la Encarnación, hasta el punto que, si queremos recoger y enunciar más completamente este misterio, no nos basta decir que el Verbo se hizo carne: hay que subrayar también (como ocurre en el Credo. el papel del Espíritu en la formación de la humanidad del Hijo de Dios en el seno virginal de María. De esto hablaremos. Y sucesivamente trataremos de seguir la acción del Espíritu Santo en la vida y en la misión de Cristo: en su infancia, en la inauguración de la vida pública mediante el bautismo, en la permanencia en el desierto, en la oración, en la predicación, en el sacrificio y, finalmente, en la resurrección.

6. Del examen de los textos evangélicos emerge una verdad esencial: no se puede comprender lo que ha sido Cristo, y lo que es para nosotros, independientemente del Espíritu Santo. Lo que significa que no sólo es necesaria la luz del Espíritu Santo para penetrar en el misterio de Cristo, sino que se debe tener en cuenta el influjo del Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo y en toda la vida de Cristo para explicar el Jesús del Evangelio. El Espíritu Santo ha dejado la impronta de la propia personalidad divina en el rostro de Cristo.

Por ello, toda profundización del conocimiento de Cristo requiere también una profundización del conocimiento del Espíritu Santo. 'Saber quién es Cristo' y 'saber quién es el Espíritu': son dos exigencias unidas indisolublemente, que se influyen mutuamente. Podemos añadir que también la relación del cristiano con Cristo es solidaria con su relación con el Espíritu. Lo hace comprender la Carta a los Efesios cuando dese los creyentes que sean 'fortalecidos' por el Espíritu del padre en el hombre interior, para ser capaces de 'conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento' (Cfr. Ef 3, 16.19). Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor .como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana. tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida.

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EL ESPÍRITU DE LA VERDAD  (Catequesis 17-V-89)

 1. Hemos citado varias veces las palabras de Jesús, que en el discurso de despedida dirigido a los Apóstoles

en el Cenáculo promete la venida del Espíritu Santo como nuevo y definitivo defensor y consolador: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce» (Jn 14, 16 - 7). Aquel «discurso de despedida», que se encuentra en la narración solemne de la última Cena (cfr Jn 13, 2), es una fuente de primera importancia para la pneumatología, es decir, para la disciplina teológica que se refiere al Espíritu Santo.. Jesús habla de Él como del Paráclito, que «procede» del Padre, y que el Padre «enviará» a los Apóstoles y a la Iglesia «en nombre del Hijo», cuando el propio Hijo «se vaya», «a costa» de su partida mediante el sacrificio de la cruz.

Hemos de considerar el hecho de que Jesús llama al Paráclito el «Espíritu de la verdad». También en otros momentos lo ha llamado así (cfr Jn 15, 26; Jn 16, 13).

2. Tengamos presente que en el mismo «discurso de despedida» Jesús, respondiendo a una pregunta del Apóstol Tomás acerca de su identidad, afirma de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad que Jesús hace para definir tanto a sí mismo como al Espíritu Santo, se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él «Espíritu de la verdad», esto significa que el Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad, que Él ha anunciado y revelado y, más aún, que es Él mismo. El Paráclito en efecto, es la verdad, como lo es Cristo. Lo dirá Juan en su Primera carta: «El Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad» (1 - Jn 5, 6). En la misma Carta el Apóstol escribe también: «Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error 'spiritus erroris'» (1 Jn 4, 6). La misión del Hijo y la del Espíritu, Santo se encuentran, están ligadas y se complementan recíprocamente en la afirmación de la verdad y en la victoria sobre el error. Los campos de acción en que actúa son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

3. Permanecer en la verdad y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, tanto de los primeros tiempos como de todas generaciones de la Iglesia a lo largo de los siglos. Desde este punto de vista, el anuncio del Espíritu de la verdad tiene una importancia clave. Jesús dice en el Cenáculo: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora (todavía) no podéis con ello » (Jn 16, 12). Es verdad que la misión mesiánica de Jesús duró poco, demasiado poco para revelar a los discípulos todos los contenidos de la revelación. Y no sólo fue breve el tiempo a disposición, sino que también resultaron limitadas la preparación y la inteligencia de los oyentes. Varias veces se dice que los mismos Apóstoles «estaban desconcertados en su interior» (cfr Mc 6, 52), y «no entendían» (cfr, por ejemplo, Mc 8, 21), o bien entendían erróneamente las palabras y las obras de Cristo (cfr, por ejemplo, Mt 16, 6-11 ).

Así se explican en toda la plenitud de su significado las palabras del Maestro: «Cuando venga... el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

4. La primera confirmación de esta promesa de Jesús tendrá lugar en Pentecostés y en los días sucesivos, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles. Pero la promesa no se refiere sólo a los Apóstoles y a sus inmediatos compañeros en la evangelización, sino también a las futuras generaciones de discípulos y de confesores de Cristo. El Evangelio, en efecto, está destinado a todas las naciones y a las generaciones siempre nuevas, que se desarrollarán en el contexto de las diversas culturas y del múltiple progreso de la civilización humana. Mirando todo el arco de la historia Jesús dice: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí». «Dará testimonio», es decir, mostrará el verdadero sentido del Evangelio en el interior de la Iglesia, para que ella lo anuncie de modo auténtico a todo el mundo. Siempre y en todo lugar, incluso en la interminable sucesión de las cosas que cambian desarrollándose en la vida de la humanidad, el «Espíritu de la verdad» guiará a la Iglesia «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

5. La relación entre la revelación comunicada por el Espíritu Santo y la de Jesús es muy estrecha. No se trata de una revelación diversa, heterogénea. Esto se puede argumentar desde una peculiaridad del lenguaje que Jesús usa en su promesa: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). El recordar es la función de la memoria. Recordando se vuelve a lo pasado, a lo que se ha dicho y realizado, renovando así en la conciencia las cosas pasadas, y casi haciéndolas revivir. Tratándose especialmente del Espíritu Santo, Espíritu de una verdad cargada del poder divino, su misión no se agota al recordar el pasado como tal: «recordando» las palabras, las obras y todo el misterio salvífico de Cristo, el Espíritu de la verdad lo hace continuamente presente en la Iglesia, de modo que revista una «actualidad» siempre nueva en la comunidad de la salvación. Gracias a la acción del Espíritu Santo, la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino que permanece y vive en la verdad recibida de su Señor. También de este modo se cumplen las palabras de Cristo: «Él (el Espíritu Santo) dará testimonio de mí» (Jn 15, 26). Este testimonio del Espíritu de la verdad se identifica así con la presencia de Cristo siempre vivo, con la fuerza operante del Evangelio, con la actuación creciente de la redención, con una continua ilustración de verdad y de virtud. De este modo, el Espíritu "guía" a la Iglesia "hasta la verdad completa".

6. Tal verdad está presente, al menos de manera implícita, en el Evangelio. Lo que el Espíritu Santo revelará ya lo dijo Cristo. Lo revela Él mismo cuando, hablando del Espíritu Santo, subraya que "no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga,... El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros" (Jn 16, 13-14). Cristo, glorificado por el Espíritu de la verdad, es ante todo el mismo Cristo crucificado, despojado de todo y casi "aniquilado" en su humanidad para la redención mundo. Precisamente por obra del Espíritu Santo la "palabra de la cruz" tenía que ser aceptada por los discípulos, a los cuales el mismo Maestro había dicho: "Ahora (todavía) no podéis con ello" (Jn 16, 12). Se presentaba, ante aquellos pobres hombres, la imagen de la cruz. Era necesaria una acción profunda para hacer que sus mentes y sus corazones fuesen capaces de descubrir la "gloria de la redención" que se había realizado precisamente en la cruz. Era necesario una intervención divina para convencer y transformar interiormente a cada uno de ellos, como preparación, sobre todo, para el día de Pentecostés, y, posteriormente la misión apostólica en el mundo. Y Jesús les advierte que el Espíritu que el Espíritu Santo "me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros". Sólo el Espíritu que , según San Pablo (1 Cor 2,10) "sondea las profundidades de Dios", conoce el misterio del Hijo-Verbo en su relación filial con el Padre y en su relación redentora con los hombres de todos los tiempos. Sólo El, el Espíritu de la verdad, puede abrir las mentes y los corazones humanos haciéndolos capaces de aceptar el inescrutable misterio de Dios y de su Hijo encarnado, crucificado y resucitado, Jesucristo el Señor.

7. Jesús añade: "El Espíritu de la verdad... os anunciará lo que ha de venir" (Jn 16,13). ¿Qué significa esta proyección profética y escatológica con la que Jesús coloca bajo el radio de acción del Espíritu Santo el futuro de la Iglesia, todo el camino histórico que ella está llamada a realizar a lo largo de los siglos? Significa ir al encuentro de Cristo glorioso, hacia el que tiende en virtud de la invocación suscitada por el Espíritu Santo: "¡Ven , Señor Jesús!" (Ap 22,17.20). El Espíritu conduce a la Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad, por su conservación por su aplicación a las cambiantes situaciones históricas. Suscita y conduce el desarrollo de todo lo que contribuye al conocimiento y a la difusión de esta verdad: en particular, la exégesis de la Sagrada Escritura y la investigación teológica, que nunca se pueden separar de la dirección del Espíritu de la verdad ni del Magisterio de la Iglesia, en el que el Espíritu siempre está actuando.

Todo acontece en la fe y por la fe, bajo la acción del Espíritu, como he dicho en la Encíclica Dominum et vivificantem: "El misterio de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El "guiar hasta la verdad completa" se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los Apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo "hizo y enseñó" y, especialmente, el anuncio de su cruz y de su resurrección. En una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberían aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo de esa historia"

8. De este modo, el "Espíritu de la verdad" continuamente anuncia los acontecimientos futuros; continuamente muestra a la humanidad este futuro de Dios, que está por encima y fuera de todo futuro "temporal"; y así llena de valor eterno el futuro del mundo. Así el Espíritu convence al hombre, haciéndole entender que, con todo lo que es, y tiene, y hace, está llamado por Dios en Cristo a la salvación. Así, el "Paráclito", el Espíritu de la verdad, es el verdadero "Consolador" del hombre. Así es el verdadero Defensor y Abogado. Así es el verdadero Garante del Evangelio en la historia: bajo su acción la buena nueva es siempre "la misma" y es siempre "nueva"; y de modo siempre nuevo ilumina el camino del hombre en la perspectiva del cielo con "palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

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EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRO ABOGADO DEFENSOR

1. En la pasada catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido del texto de Juan, tomado del «discurso de despedida» de Jesús, que, constituye, en cierto modo, la principal fuente, evangélica, de la pneumatología. Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que «procede del Padre» (Jn 15, 26) y que será enviado por el Padre a los Apóstoles y a la Iglesia «en el nombre» de Cristo, en virtud de la redención llevada a cabo en el sacrificio de la cruz, según el eterno designio de salvación. Por la fuerza de este sacrificio también el Hijo "envía" el Espíritu, anunciando que su venida se efectuará como consecuencia y casi al precio de su propia partida (cfr Jn 16, 17). Hay por tanto un vínculo establecido por el mismo Jesús, entre su muerte- resurrección-ascensión y la efusión del Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés.

Más aún, según el IV Evangelio, el don del Espíritu Santo se concede la misma tarde de la resurrección (cfr Jn 20, 22-25). Se puede decir que la herida del costado de Cristo en la cruz abre el camino a la efusión del Espíritu Santo, que será un signo y un fruto de la gloria obtenida con la pasión y muerte.

El texto del discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al Espíritu Santo el «Paráclito»: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16). De forma análoga, también leemos en otros textos: « ... el Paráclito, el Espíritu Santo» (cfr Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 6, 7). En vez de «Paráclito» muchas traducciones emplean la palabra «Consolador»; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al original griego «Parakletos» para captar plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo.

2. «Parakletos» literalmente significa: «aquel que es invocado» (de para-kaléin, «llamar en ayuda»); y, por tanto, «el defensor», «el abogado», además de «el mediador», que realiza la función de intercesor (intercessor). Es en este sentido de «Abogado-Defensor», el que ahora nos interesa, sin ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan «Parakletos» en el sentido de «Consolador», especialmente en relación a la acción del Espíritu Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra atención y desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como Parakletos-Abogado-Defensor. Este término nos permite captar también la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu Santo, como resulta de un ulterior análisis del texto de Juan.

3. Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente manera: «El Padre os dará otro Paráclito». Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo casi su prolongación.

Jesucristo, efectivamente, era el "defensor" y continua siendolo. El mismo Juan lo dirá en su Primera carta: «Si alguno peca, tenemos a uno que abogue (Parakletos) ante el Padre: a Jesucristo, el Justo » (1 Jn 2, l).

El abogado (defensor) es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado «el Paráclito», porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

4. El Paráclito será «otro abogado-defensor» también por una segunda razón. Permaneciendo con los discípulos de Cristo, Él los envolverá con su vigilante cuidado con virtud omnipotente. «Yo pediré al Padre dice Jesús y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16): «... mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). Esta promesa está unida a las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo que «se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Sí, yendo al Padre, dice: «Yo estoy con vosotros... hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), se deduce de ello que los Apóstoles y la Iglesia tendrán que reencontrar continuamente por medio del Espíritu Santo medio del Espíritu Santo medio del Espíritu Santo aquella presencia del Verbo-Hijo, que durante su misión terrena era "física" y visible en la humanidad asumida, pero que, después de su ascensión al Padre, estará totalmente inmersa en el misterio.

La presencia del Espíritu Santo que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a la Iglesia («Él mora con vosotros y en vosotros está»: Jn 14, 17), hará presente a Cristo invisible de modo estable, «hasta el fin del mundo». La unidad trascendente del Hijo y del Espíritu Santo hará que la humanidad de Cristo, asumida por el Verbo, habite y actúe dondequiera que se realice, con la potencia del Padre, el designio trinitario de la salvación.

5. El Espíritu Santo-Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los, momentos difíciles que comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo.

Jesús lo predijo y lo prometió: «os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar.. no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12, 12, dice: «porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir»).

También en este sentido tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito-Abogado. Se encuentra cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces, en su inspirador, Él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el «Abogado» invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.

6. Especialmente durante las persecuciones contra los Apóstoles y contra los primeros cristianos, y también en aquellas persecuciones de todos los siglos, se verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre..., Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15, 26-27 ).

La acción del Espíritu Santo es "dar testimonio". Es una acción interior, "inmanente", que se desarrolla en el corazón de los discípulos, los cuales, después, dan testimonio de Cristo al exterior: Mediante aquella presencia y aquella acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el "trascendente"poder de la verdad de Cristo, que es el Verbo-Verdad y Sabiduría. De Él deriva a los Apóstoles , mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según su promesa: "Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios" ( Lc 21, 15). Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba "lleno del Espíritu Santo" (Hch 6, 5), de modo que los adversarios "no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Hch 6,10). También en los siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han continuado ensañandose contra los anunciadores del Evangelio apagando a veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con la fuerza del Espíritu Santo.

7. El Espíritu Santo- Espíritu de la verdad, Paráclito- es aquel que, según la palabra de Cristo, "convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Es significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio. "Pecado" significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra entre "los suyos", es decir los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz. Hablando después de la "justicia", Jesús parece tener en mente aquella justicia definitiva, que al Padre le hará ("... porque voy al Padre") en la resurrección y en la ascensión al cielo. En este contexto, "juicio" significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del "mundo" al rechazar a Cristo, o, más generalmente, al volver la espalda a Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel "convencer respecto al pecado" por parte del Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención orientada a la salvación del mundo, al bien último de los hombres.

El "juicio" se refiere, sobre todo, al "príncipe de este mundo", es decir, a Satanás. Él, en efecto, desde el principio, intenta llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. Por esto "ha sido ya juzgado" desde el principio, como expliqué en la Encíclica Dominum et vivificantem (n. 27).

8. Si el Espíritu Santo Paráclito debe convencer al mundo precisamente de este "juicio", sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la salvación universal (cfr Ibid.).

Por tanto, podemos concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo (aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.

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EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO EN GRACIA DE JESÚS (27.VI.90)

3. La tradición patrística y teológica nos da una mano para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el 'crecimiento en gracia y en sabiduría' en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de la gracia, la llama repetidamente gratia Spiritus Sancti (Cfr. S.Th. I-II, q. 106, a. 1), como don gratuito en el que se expresa y se concreta el favor divino hacia la creatura amada eternamente por el Padre (Cfr. I, q. 37, a. 2; q. 110, a. 1). Y, hablando de la causa de la gracia, dice expresamente que 'la causa principal es el Espíritu Santo' (I.II, q. 112, a. 1 ad 1, 2).

Se trata de la gracia justificante y santificante, que hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (Cfr. I-II, q. 111, a. 1). 'Según esta gracia se entiende la misión del Espíritu Santo y su inhabitación en el hombre' (I, q. 43, a. 3). Y en Cristo, por la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, por la excelsa nobleza de su alma, por su misión santificadora y salvífica hacia todo el género humano, el Espíritu Santo infundía la plenitud de la gracia. Santo Tomás lo afirma basándose en el texto mesiánico de Isaías: 'Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh' (Is 11, 2): 'Espíritu que está en el hombre mediante la gracia habitual (o santificante)' (III, q. 7, a. 1, sc); y basándose en el otro texto de Juan: 'Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad' (Jn 1,14) (ib., aa. 9.10).

Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad.

4. Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que 'son perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos dice Lucas que 'Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto' (Lc 4,1). Por consiguiente, se hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa (III, q. 7, a. 5). La sabiduría sobresalía entre esos dones.

5. Seria conveniente proseguir ilustrando el tema con las admirables páginas de Santo Tomás, así como de otros teólogos que han investigado la sublime grandeza espiritual del alma de Jesús, en la que habitaba y obraba de modo perfecto el Espíritu Santo, ya en su infancia, y luego a lo largo de toda la época de su desarrollo. Aquí sólo podemos señalar el estupendo ideal de santidad que Jesús, con su vida, ofrece a todos, incluso a los niños y a los jóvenes, llamados a 'crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres', como Lucas escribe del niño de Nazaret, y como el mismo evangelista escribirá en los Hechos de los Apóstoles a propósito de la Iglesia primitiva, que 'crecía en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo' (Hech 9, 31). Es un magnifico paralelismo, más aún, una repetición, no sólo linguística, sino también conceptual, del misterio de la gracia que Lucas veía presente en Cristo y en la Iglesia como continuación de la vida y de la misión del Verbo encarnado en la historia. De este crecimiento de la Iglesia bajo el soplo del Espíritu Santo son participes y actores privilegiados los numerosos niños que la historia y la hagiografía nos muestran como particularmente iluminados por sus santos dones. También en nuestro tiempo la Iglesia se alegra de saludarlos y proponerlos como imágenes límpidas del joven Jesús, lleno de Espíritu Santo.

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LA ENCARNACIÓN: OBRA DEL ESPÍRITU SANTO (4.IV.90)

1. Todo el 'evento' de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo, como se dijo en la catequesis anterior. Por esto, una lectura correcta y profunda del 'evento' de Jesucristo (y de cada una de sus etapas) es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento del Espíritu Santo. La verdad sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad la leemos sobre todo en la vida del Mesías: de Aquel que fue 'consagrado con el Espíritu' (Cfr. Hech 10, 38). Es una verdad especialmente clara en algunos momentos de la vida de Cristo, sobre los cuales reflexionaremos también en las catequesis sucesivas. El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo: 'Conceptus de Spiritu Sancto, natus ex María Virgine', como decimos en el Símbolo de la fe.

2. Es el misterio encerrado en el hecho del que nos habla el Evangelio en las dos redacciones de Mateo y de Lucas, a las que acudimos como fuentes substancialmente idénticas, pero a la vez complementarias. Si se atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que comenzar por Lucas; pero para la finalidad de nuestra catequesis es oportuno tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús (quizá en relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos hostiles). El Evangelista escribe: 'La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo' (Mt 1, 18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero divino: 'El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo ' (Mt 1,20).

La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequivocable el origen divino de ese hecho, que él atribuye a la intervención del Espíritu Santo. Ésta es la explicación que hizo texto para las comunidades cristianas de los primeros siglos, de las cuales provienen tanto los Evangelios como los símbolos de la fe, las definiciones conciliares y las tradiciones de los Padres.

A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen por obra del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 26)38). He aquí las palabras del mensajero, que narra Lucas: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 35).

3. Entre tanto notamos que la sencillez, viveza y concisión con las que Mateo y Lucas refieren las circunstancias concretas de la Encarnación del Verbo, de la que el prólogo del IV Evangelio ofrecerá después una profundización teológica, nos hacen descubrir qué lejos está nuestra fe del ámbito mitológico al que queda reducido el concepto de un Dios que se ha hecho hombre, en ciertas interpretaciones religiosas, incluso contemporáneas. Los textos evangélicos, en su esencia, rebosan de verdad histórica por su dependencia directa o indirecta de testimonios oculares y, sobre todo, de María, como de fuente principal de la narración. Pero, al mismo tiempo, dejan trasparentar la convicción de los Evangelistas y de las primeras comunidades cristianas sobre la presencia de un misterio, o sea, de una verdad revelada en aquel acontecimiento ocurrido 'por obra del Espíritu Santo'. El misterio de una intervención divina en la Encarnación, como evento real, literalmente verdadero, si bien no verificable por la experiencia humana, más que en el 'signo' (Cfr. Lc 2, 12) de la humanidad, de la 'carne'' como dice Juan (1, 14), un signo ofrecido a los hombres humildes y disponibles a la atracción de Dios. Los Evangelistas, la lectura apostólica y postapostólica y la tradición cristiana nos presentan la Encarnación como evento histórico y no como mito o como narración simbólica. Un evento real, que en la 'plenitud de los tiempos' (Cfr. Gal 4, 4) actuó lo que en algunos mitos de la antigüedad podía presentirse como un sueño o como el eco de una nostalgia, o quizá incluso de un presagio sobre una comunión perfecta entre el hombre y Dios. Digamos sin dudar: la Encarnación del Verbo y la intervención del Espíritu Santo, que los autores de los Evangelios nos presentan como un hecho histórico a ellos contemporáneo, son consiguientemente misterio, verdad revelada, objeto de fe.

4. Nótese la novedad y originalidad del evento también en relación con las escrituras del Antiguo Testamento, las cuales hablaban sólo de la venida del Espíritu (Santo) sobre el futuro Mesías: 'Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh' (Is 11, 1.2); o bien: 'El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvéh' (Is 61,1). El Evangelio de Lucas habla, en cambio, de la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando se convierte en la Madre del Mesías. De esta novedad forma parte también el hecho de que la venida del Espíritu Santo esta vez atañe a una mujer, cuya especial participación en la obra mesiánica de la salvación se pone de relieve. Resalta así al mismo tiempo el papel de la Mujer en la Encarnación y el vinculo entre la Mujer y el Espíritu Santo en la venida de Cristo. Es una luz encendida también sobre el misterio de la Mujer, que se deberá investigar e ilustrar cada vez más en la historia por lo que se refiere a María, pero también en sus reflejos en la condición y misión de todas las mujeres.

5. Otra novedad de la narración evangélica se capta en la confrontación con las narraciones de los nacimientos milagrosos que nos transmite el Antiguo Testamento (Cfr., por ejemplo, 1 Sm 1,4)20; Jue 13, 2-24). Esos nacimientos se producían por el camino habitual de la procreación humana, aunque de modo insólito, y en su anuncio no se hablaba del Espíritu Santo. En cambio, en la Anunciación de María en Nazaret, por primera vez se dice que la concepción y el nacimiento del Hijo de Dios como hijo suyo se realizará por obra del Espíritu Santo. Se trata de concepción y nacimiento virginales, como indica ya el texto de Lucas con la pregunta de María al ángel: '¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?' (Lc 1,34). Con estas palabras María afirma su virginidad, y no sólo como hecho, sino también, implícitamente, como propósito.

Se comprende mejor esa intención de un don total de sí a Dios en la virginidad, si se ve en ella un fruto de la acción del Espíritu Santo en María. Esto se puede percibir por el saludo mismo que el ángel le dirige: 'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo' (Lc 1, 28). El Evangelista también dirá del anciano Simeón que 'este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo' (Lc 2, 25). Pero las palabras dirigidas a María dicen mucho más: afirman que Ella estaba 'transformada por la gracia', 'establecida en la gracia'. Esta singular abundancia de gracia no puede ser más que el fruto de una primera acción del Espíritu Santo como preparación al misterio de la Encarnación. El Espíritu Santo hace que María esté perfectamente preparada para ser la Madre del Hijo de Dios y que, en consideración de esta divina maternidad, Ella sea y permanezca virgen. Es otro elemento del misterio de la Encarnación que se trasluce del hecho narrado por los evangelios.

6. Por lo que se refiere a la decisión de María en favor de la virginidad nos damos cuenta mejor que se debe a la acción del Espíritu Santo si consideramos que en la tradición de la Antigua Alianza, en la que Ella vivió y se educó, la aspiración de las 'hijas de Israel', incluso por lo que se refiere al culto y a la Ley de Dios, se ponía más bien en el sentido de la maternidad, de forma que la virginidad no era un ideal abrazado e incluso ni siquiera apreciado. Israel estaba totalmente invadido del sentimiento de espera del Mesías, de forma que la mujer estaba psicológicamente orientada hacia la maternidad incluso en función del adviento mesiánico, la tendencia personal y étnica subía así al nivel de la profecía que penetraba la historia de Israel, pueblo en el que la espera mesiánica y la función generadora de la mujer estaban estrechamente vinculadas. Así pues, el matrimonio tenía una perspectiva religiosa para las 'hijas de Israel'.

Pero los caminos del Señor eran diversos. El Espíritu Santo condujo a María precisamente por el camino de la virginidad, por el cual Ella está en el origen del nuevo ideal de consagración total (alma y cuerpo, sentimiento y voluntad, mente y corazón) en el pueblo de Dios en la Nueva Alianza, según la invitación de Jesús, 'por el Reino de los Cielos' (Mt 19, 12). De este nuevo ideal evangélico hablé en la Encíclica Mulieris dignitatem (n. 20).

7. María, Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, permanece como Virgen el insustituible punto de referencia para la acción salvífica de Dios. Tampoco nuestros tiempos, que parecen ir en otra dirección, pueden ofuscar la luz de la virginidad (el celibato por el Reino de Dios) que el Espíritu Santo ha inscrito de modo tan claro en el misterio de la Encarnación del Verbo. Aquel que, 'concebido del Espíritu Santo, nació de María Virgen', debe su nacimiento y existencia humana a aquella maternidad virginal que hizo de María el emblema viviente de la dignidad de la mujer, la síntesis de las dos grandezas, humanamente inconciliables .precisamente la maternidad y la virginidad. y como la certificación de la verdad de la Encarnación. María es verdadera madre de Jesús, pero sólo Dios es su padre, por obra del Espíritu Santo.  

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RELACIÓN PERSONAL DE DIOS CON MARÍA (18.IV.90)

1. Ya hemos visto que de una correcta y profunda lectura del 'acontecimiento' de la Encarnación destaca, junto con la verdad sobre CristoHombre)Dios, también la verdad sobre el Espíritu Santo. La verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio de la Encarnación, tal como nos es revelado en el Nuevo Testamento y en especial )como hecho histórico y biográfico) en la narración de Mateo y de Lucas sobre la concepción y el nacimiento de Jesús. Lo reconocemos en la profesión de fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, cuando decimos que se hizo hombre mediante la concepción y el nacimiento de María 'por obra del Espíritu Santo'.

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María. La narración arroja luz también sobre la relación personal que Dios quiere entablar con todo hombre.

2. Dios, que ha creado y mantiene en vid todos los seres, según la naturaleza de cada uno, se hace presente 'de un modo nuevo' a todo hombre que se abre y le acoge recibiendo el don de la gracia por el cual puede conocerlo y amarlo sobrenaturalmente, como Huésped del alma convertida en su templo santo (Cfr. Santo Tomás, S.Th. I, q.8, a.3, ad 4; q.38, a. l; q.43, a.3). Pero Dios realiza una presencia aún más alta y perfecta .y casi única. en la humanidad de Cristo, uniéndola a Sí en la persona del eterno Verbo-Hijo(S.Th. I, q.8, a.3, ad 4; III, q.2, a.2). Se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María en la Encarnación del Verbo, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo él es el padre. Es un misterio que se vislumbra cuando se considera la Encarnación en su plenitud.

3. Volvamos a reflexionar sobre la página de Lucas que describe y documenta una relación personalísima de Dios con la Virgen, a la que su mensajero comunica la llamada a ser la Madre del Mesías Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Por una parte, Dios se comunica a María en la Trinidad de las Personas, que un día Cristo dará a conocer más claramente en su unidad y distinción. El ángel Gabriel, en efecto, le anuncia que por voluntad y gracia de Dios concebirá y dará a luz a aquel que será reconocido como Hijo de Dios, y que eso tendrá lugar por obra .es decir, en virtud. del Espíritu Santo, que descendiendo sobre ella hará que se convierta en la Madre humana de este Hijo. El término 'Espíritu Santo' resuena en el alma de María como el nombre propio de una Persona: esto constituye una 'novedad' en relación con la tradición de Israel y los escritos del Antiguo Testamento, y es un adelanto de revelación para ella, que es admitida a una percepción, por lo menos oscura, del misterio trinitario.

4. En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos da conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de El hizo María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, 'supera la distancia' entre Dios y el hombre. Es la Persona en la que Dios se acerca al hombre en su humanidad para 'donarse' a él en la propia divinidad, y realizar en el hombre (en todo hombre) un nuevo modo de unión y de presencia (Cfr. Santo Tomás, S.Th. I, q.43, a.3). María es privilegiada en este descubrimiento por razón de la presencia divina y de la unión con Dios que se da en su maternidad. En efecto, con vistas a esa altísima vocación, se le concede la especial gracia que el ángel le reconoce en su saludo (Cfr. Lc 1, 28). Y todo es obra del Espíritu Santo, principio de la gracia en todo hombre.

En María el Espíritu Santo desciende y obra (hablando cronológicamente) ya antes de la Encarnación, es decir, desde el momento de su inmaculada concepción. Pero esto tiene lugar en orden a Cristo, su Hijo, en el ámbito supra.temporal del misterio de la Encarnación. La concepción inmaculada constituye para ella, de forma anticipada, la participación en los beneficios de la Encarnación y de la Redención, como culmen y plenitud del 'don de sí' que Dios hace al hombre. Y esto se realiza por obra del Espíritu Santo. En efecto, el ángel dice a María: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 35).

5. En la página de Lucas, entre otras estupendas verdades, se encuentra el hecho de que Dios espera un acto de consentimiento de parte de la Virgen de Nazaret. En los libros del Antiguo Testamento que refieren nacimientos en circunstancias extraordinarias, se trata de padres que por su edad no podían ya engendrar la descendencia deseada. Desde el caso de Isaac, nacido en la avanzada vejez de Abrahán y de Sara, se llega a los umbrales del Nuevo Testamento con Juan Bautista, nacido de Zacarías e Isabel, que también se encontraban en edad avanzada.

En la Anunciación a María sucede algo totalmente diverso. María se ha entregado completamente a Dios en la virginidad. Para convertirse en la Madre del Hijo de Dios, no ha de hacer más que lo que se le pide: dar su consentimiento a lo que el Espíritu Santo obrará en ella con su poder divino.

Por eso la Encarnación, obra del Espíritu Santo, incluye un acto de libre voluntad de parte de María, ser humano. Un ser humano (María) responde consciente y libremente a la acción de Dios: acoge el poder del Espíritu Santo.

6. Al pedir a María una respuesta consciente y libre, Dios respeta en ella y, más aún, lleva a la máxima expresión la 'dignidad de la causalidad' que Él mismo da a todos los seres y especialmente al ser humano. Y, por otra parte, la hermosa respuesta de María: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra' (Lc 1, 38) es ya, en sí misma, un fruto de la acción del Espíritu Santo en ella: en su voluntad, en su corazón. Es una respuesta dada por la gracia y en la gracia, que viene del Espíritu Santo. Pero no por esto deja de ser la auténtica expresión de su libertad de creatura humana, un acto consciente de libre voluntad. La acción interior del Espíritu Santo va orientada a hacer que la respuesta de María -y de todo ser humano llamado por Dios- sea precisamente la que debe ser, y exprese del modo más completo posible la madurez personal de una conciencia iluminada y piadosa, que sabe donarse sin reserva. Esta es la madurez del amor. El Espíritu Santo, donándose a la voluntad humana como Amor (increado), hace que en el sujeto nazca y se desarrolle el amor creado que, como expresión de la voluntad humana, constituye al mismo tiempo la plenitud espiritual de la persona. María da esta respuesta de amor de modo perfecto, y se convierte, por eso, en el tipo luminoso de la relación personal entre Dios y todo hombre.

7. El 'acontecimiento' de Nazaret, descrito por Lucas en el evangelio de la anunciación, es, por consiguiente, una imagen perfecta )y, podemos decir, el 'modelo') de la relación Dios-Hombre. Dios quiere que, en todo hombre, esta relación se funde en el don del Espíritu Santo, pero también en una madurez personal. En los umbrales de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace a María un don de inmensa grandeza espiritual y obtiene de ella un acto de adhesión y de obediencia en el amor, que es ejemplar para todos aquellos que son llamados a la fe y al seguimiento de Cristo, ahora que 'la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros' (Jn 1, 14). Después de la misión terrena de Jesús y después de Pentecostés, en toda la Iglesia del futuro se repetirá para cada hombre la llamada, el 'don de sí' de parte de Dios, la acción del Espíritu Santo, que prolongan el acontecimiento de Nazaret, el misterio de la Encarnación. Y siempre será necesario que el hombre responda a la vocación y al don de Dios con aquella madurez personal que se ilumina con el 'fiat' de la Virgen de Nazaret durante la Anunciación.

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EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA (2.V.90)

1. La revelación del Espíritu Santo en la Anunciación está unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y de la maternidad divina de María. Vemos así que, en el evangelio de San Lucas, el ángel dice a la Virgen: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti' (Lc 1, 35). Es también la acción del Espíritu Santo lo que suscita en Ella la respuesta, en la que se manifiesta un acto consciente de la libertad humana: 'Hágase en mi según tu palabra' (Lc 1, 38). Por eso, en la anunciación se encuentra el perfecto 'modelo' de lo que es la relación personal Dios-hombre.

Ya en el Antiguo Testamento esta relación presenta una característica particular. Nace en el terreno de la Alianza de Dios con el pueblo elegido (Israel). Y esta alianza en los textos proféticos se expresa con un simbolismo nupcial: es presentada como un vinculo nupcial entre Dios y la humanidad. Es preciso recordar este hecho para comprender en su profundidad y belleza la realidad de la Encarnación del Hijo como una particular plenitud de la acción del Espíritu Santo.

2. Según el profeta Jeremías, Dios dice a su pueblo: 'Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel' (Jer 31, 3-4). Desde el punto de vista histórico, hay que colocar este texto en relación con la derrota de Israel y la deportación Siria, que humilla al pueblo elegido, hasta el grado de creerse abandonado por su Dios. Pero Dios lo anima, hablándole como padre o esposo a una joven amada. La analogía esponsal se hace aún más clara y explícita en las palabras del segundo Isaías, dirigidas, durante el tiempo del exilio en Babilonia, a Jerusalén como a una esposa que no se mantenía fiel al Dios de la Alianza: 'Porque tu esposo es tu Hacedor, Yahvéh Sebaot es su nombre... Como a mujer abandonada y de contristado espíritu te llamó Yahvéh; y la mujer de la juventud ¿es repudiada? .dice tu Dios.. Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido .dice Yahvéh tu Redentor' (Is 54, 5.8).

3. En los textos citados se subraya que el amor nupcial del Dios de la Alianza es 'eterno'. Frente al pecado de la esposa, frente a la infidelidad del pueblo elegido, Dios permite que se abatan sobre él experiencias dolorosas, pero a pesar de ello le asegura, mediante los profetas, que su amor no cesa. él supera el mal del pecado, para dar de nuevo. El profeta Oseas declara con un lenguaje aún más explícito: 'Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvéh' (Os 2, 21.22).

4. Estos textos extraordinarios de los profetas del Antiguo Testamento alcanzan su verdadero cumplimiento en el misterio de la Encarnación. El amor nupcial de Dios hacia Israel, pero también hacia todo hombre, se realiza en la Encarnación de una manera que supera la medida de las expectativas del hombre. Lo descubrimos en la página de la Anunciación, donde la Nueva Alianza se nos presenta como Alianza nupcial de Dios con el hombre, de la divinidad con la humanidad. En ese cuadro de alianza nupcial, la Virgen de Nazaret, María, es por excelencia la 'virgen-Israel' de la profecía de Jeremías. Sobre ella se concentra perfecta y definitivamente el amor nupcial de Dios, anunciado por los profetas. Ella es también la virgen-esposa a la que se concede concebir y dar a luz al Hijo de Dios: fruto particular del amor nupcial de Dios hacia la humanidad, representada y casi comprendida en María.

5. El Espíritu Santo, que desciende sobre María en la Anunciación, es quien, en la relación trinitaria, expresa en su persona el amor nupcial de Dios, el amor 'eterno' En aquel momento El es, de modo particular, el Dios-Esposo. En el misterio de la Encarnación, en la concepción humana del Hijo de Dios, el Espíritu Santo conserva la trascendencia divina. El texto de Lucas lo expresa de una manera precisa. La naturaleza nupcial del amor de Dios tiene un carácter completamente espiritual y sobrenatural. Lo que dirá Juan a propósito de los creyentes en Cristo vale mucho más para el Hijo de Dios, que no fue concebido en el seno de