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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
CATEQUESIS
SOBRE EL ESPIRITU SANTO Juan
Pablo II |
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CREO EN EL ESPÍRITU SANTO LA PROMESA
DE CRISTO (CATEQUESIS 26-IV-89) EL ESPÍRITU SANTO EN EL ORIGEN
CRISTO (28-III-1990) EL ESPÍRITU DE LA VERDAD (Catequesis 17-V-89) EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRO ABOGADO
DEFENSOR EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO
EN GRACIA DE JESÚS (27.VI.90) LA ENCARNACIÓN: OBRA DEL ESPÍRITU
SANTO (4-IV-1990) RELACIÓN PERSONAL DE DIOS CON MARÍA
(18-IV-1990) EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA
(2-V-1990) JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA DEL
ESPÍRITU SANTO (23-V-1990) EL ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE LA
SANTIDAD DE JESÚS (6-VI-1990) EL ESPÍRITU SANTO EN LA VISITACIÓN
(13-VI-1990) EL ESPÍRITU SANTO Y LA PRESENTACIÓN
EN EL TEMPLO (20-VI-1990) EL ESPÍRITU SANTO Y EL CRECIMIENTO
EN GRACIA DE JESÚS (27-VI-1990) EL ESPÍRITU SANTO ENTRE JESÚS Y
MARÍA (4-VII-1990) EL BAUTISMO DE JESÚS Y LA ACCIÓN
DEL ESPÍRITU SANTO (11-VII-1990) EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES
DE CRISTO EN EL DESIERTO (18-VII-1990) EL ESPÍRITU SANTO EN LA ORACIÓN Y
PREDICACIÓN DE CRISTO (25-VII-1990) EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE
LA CRUZ (1-VIII-1990) EL ESPÍRITU SANTO EN LA
RESURRECCIÓN DE CRISTO (8-VIII-1990) 1. « Creo en el
Espíritu Santo». En el desarrollo de
una catequesis sistemática bajo la guía del Símbolo de los Apóstoles, después
de haber explicado los artículos sobre Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre
por nuestra salvación, hemos llegado a la profesión de fe en el Espíritu
Santo. Completado el ciclo cristológico, se abre el
pneumatológico, que el Símbolo de los Apóstoles
expresa con una fórmula concisa: «Creo en el Espíritu Santo». El llamado Símbolo niceno-constantinopolitano
desarrolla más ampliamente la fórmula del artículo de fe: «Creo en el
Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que
con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por
los profetas». 2. El Símbolo,
profesión de fe formulada por La primera fuente a
la que podemos dirigirnos es un texto joaneo
contenido en el «discurso de despedida» de Cristo el día antes de la pasión y
muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con
la propia «partida», anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles.
«Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy,
no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré» (Jn 16, 7). El contenido de este
texto puede parecer paradójico. Jesús, que tiene que subrayar: «Pero yo os
digo la verdad», presenta la propia «partida» (y por tanto la pasión y muerte
en cruz) como un bien: «Os conviene que yo me vaya ...
». Pero enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: por ser una
muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan
salvífico de Dios que tendrá su coronación en la venida del Espíritu Santo;
constituye por ello la condición de todo lo que, con esta venida, se
verificará para los Apóstoles y para 3. Si la partida de
Jesús tiene lugar mediante la muerte en cruz, se comprende que el Evangelista
Juan haya podido ver, ya en esta muerte, la potencia y, por tanto, la gloria
del Crucificado: pero las palabras de Jesús implican también La venida del
Espíritu Santo sucede después de 4. El Espíritu Santo
es el que «viene» después y en virtud de la «partida» de Cristo. Las palabras
de Jn 16, 7, expresan una relación de naturaleza causal. El Espíritu viene
mandado en virtud de la redención obrada por Cristo: «Cuando me vaya os lo
enviaré» (cfr Encíclica Dominum
et vivificantem, S). Más aún, «según el designio
divino, la «partida» de Cristo es condición indispensable del «envio» y de la venida del Espíritu Santo, indican que
entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo» (Ibid., n. Si es verdad que
Jesucristo, mediante su «elevación» en la cruz, debe «atraer a todos hacia
sí» (cfr Jn 12, 32), a la luz de las palabras del
Cenáculo entendemos que ese «atraer» es actuado por Cristo glorioso mediante
el envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto Cristo debe irse. La
encarnación alcanza su eficacia redentora mediante el Espíritu Santo. Cristo,
al marcharse de este mundo, no sólo deja su mensaje salvífico, sino que «da»
el Espíritu Santo, al que está ligada la eficacia del mensaje y de la misma
redención en toda su plenitud. 5. El Espíritu Santo
presentado por Jesús especialmente en el discurso de despedida en el
Cenáculo, es evidente una Persona diversa de Él. « Yo pediré al Padre otro
Paráclito» Jn 14, 16). «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre
enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he
dicho (Jn 14, 2 6). Jesús habla del Espíritu Santo adoptando frecuentemente
el pronombre personal «Él»: «Él convencerá al mundo en lo referente al
pecado» (Jn 16, 8). «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará
hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). «Él me dará gloria» (Jn 16, 4). De
estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como Persona, y no sólo como
una potencia impersonal emanada de Cristo (cfr por
ejemplo Lc 6, 19: «De Él salía una fuerza»). Siendo una Persona, le pertenece
un obrar propio, de carácter personal. En efecto, Jesús, hablando del
Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: «Vosotros le conocéis, porque mora con
vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). «Él os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26); «Dará testimonio de mí»
(Jn 15, 26); «Os guiará a la verdad completa», «Os anunciará lo que ha de
venir» (Jn 16, 13); Él «dará gloria» a Cristo (Jn 16, 14), y «convencerá al
mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). El Apóstol Pablo, por su parte,
afirma que el Espíritu «clama» en nuestros corazones (Gal 4, 6), «distribuye»
sus dones «a cada uno en particular según su voluntad» (1 Cor 12, 6. El Espíritu Santo
revelado por Jesús es, por tanto, un ser personal (tercera Persona de 7. En el texto de
Juan, que refiere el discurso de Jesús en el Cenáculo, está contenida, por
tanto, la revelación de la acción salvífica de Dios como Trinidad. En EL ESPÍRITU SANTO EN EL ORIGEN CRISTO (28.III.90) 1. En las catequesis
anteriores hemos puesto de relieve que de toda la tradición veterotestamentaria afloran referencias, indicios,
alusiones a la realidad del Espíritu divino, que parecen casi un preludio de
la revelación del Espíritu Santo como persona, como se tendrá en el Nuevo
Testamento. En realidad, sabemos que Dios inspiraba y guiaba a los autores
sagrados de Israel, preparando la revelación definitiva que realizaría
plenamente Cristo y que él entregaría a los Apóstoles para que la predicasen
y difundiesen en todo el mundo. En el Antiguo
Testamento existe, pues, una revelación inicial y progresiva, referente no
sólo al Espíritu Santo, sino también al Mesías-Hijo de Dios, a su acción
redentora y a su Reino. Esta revelación hace aparecer una distinción entre
Dios Padre, 2. Sin duda no se
trataba aún de una manifestación clara del misterio divino. Pero era
ciertamente una especie de propedéutica en la futura revelación, que Dios
mismo iba desarrollando en la fase de De hecho, en los
umbrales del Nuevo Testamento hallamos algunas personas como José, Zacarías,
Isabel, Ana, Simeón y sobre todo María, que (gracias a la iluminación
interior del Espíritu) saben descubrir el verdadero sentido del adviento de
Cristo al mundo. La referencia que los evangelistas Lucas y Mateo hacen al
Espíritu Santo, por estos piadosísimos representantes de 3. Jesús mismo
ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos que sólo con su
ayuda será posible penetrar a fondo en el misterio de su persona y de su
misión: 'Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad
completa... él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a
vosotros' (Jn 16, 13.14). Así pues, el Espíritu Santo es el que hace captar
la grandeza de Cristo, y de este modo 'da gloria' al Salvador. Pero es
también el Espíritu el que hace descubrir el propio papel en la vida y en la
misión de Jesús. Es un punto de gran
interés sobre el cual deseo atraer vuestra atención con esta nueva serie de
catequesis. Si anteriormente
hemos ilustrado las maravillas del Espíritu Santo anunciadas por Jesús y
verificadas en pentecostés y en el primer camino de
4. En realidad,
hemos reflexionado ya sobre la persona, la vida y la misión de Cristo en las
catequesis cristológicas; pero ahora podemos
reanudar sintéticamente ese razonamiento en clave pneumatológica,
es decir, a la luz de la obra realizada por el Espíritu Santo en el Hijo de
Dios hecho hombre. Tratándose del 'Hijo
de Dios', en la enseñanza catequística se habla de 'Él después de haber
considerado a 'Dios-Padre' y antes de hablar del Espíritu Santo, que 'procede
del Padre y del Hijo'. Por esto 5. Y sin embargo,
parece imponerse como hacen observar justamente los orientales. una integración pneumatológica
de Ha existido una
presencia suya decisiva en el cumplimiento del misterio de 6. Del examen de los
textos evangélicos emerge una verdad esencial: no se puede comprender lo que
ha sido Cristo, y lo que es para nosotros, independientemente del Espíritu
Santo. Lo que significa que no sólo es necesaria la luz del Espíritu Santo
para penetrar en el misterio de Cristo, sino que se debe tener en cuenta el
influjo del Espíritu Santo en Por ello, toda
profundización del conocimiento de Cristo requiere también una profundización
del conocimiento del Espíritu Santo. 'Saber quién es Cristo' y 'saber quién
es el Espíritu': son dos exigencias unidas indisolublemente, que se influyen
mutuamente. Podemos añadir que también la relación del cristiano con Cristo
es solidaria con su relación con el Espíritu. Lo hace comprender EL ESPÍRITU DE 1. Hemos citado varias veces las palabras de
Jesús, que en el discurso de despedida dirigido a los Apóstoles en el Cenáculo promete la venida del
Espíritu Santo como nuevo y definitivo defensor y consolador: «Yo pediré al
Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el
Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni
le conoce» (Jn 14, 16 - 7). Aquel «discurso de despedida», que se encuentra
en la narración solemne de Hemos de considerar
el hecho de que Jesús llama al Paráclito el «Espíritu de la verdad». También
en otros momentos lo ha llamado así (cfr Jn 15, 26;
Jn 16, 13). 2. Tengamos presente
que en el mismo «discurso de despedida» Jesús, respondiendo a una pregunta
del Apóstol Tomás acerca de su identidad, afirma de sí mismo: «Yo soy el
camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad
que Jesús hace para definir tanto a sí mismo como al Espíritu Santo, se
deduce que, si el Paráclito es llamado por Él «Espíritu de la verdad», esto
significa que el Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo,
mantendrá entre los discípulos la misma verdad, que Él ha anunciado y
revelado y, más aún, que es Él mismo. El Paráclito en efecto, es la verdad,
como lo es Cristo. Lo dirá Juan en su Primera carta: «El Espíritu es el que
da testimonio, porque el Espíritu es la verdad» (1 - Jn 5, 6). En 3. Permanecer en la
verdad y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para
los discípulos de Cristo, tanto de los primeros tiempos como de todas
generaciones de Así se explican en
toda la plenitud de su significado las palabras del Maestro: «Cuando venga...
el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). 4. La primera
confirmación de esta promesa de Jesús tendrá lugar en Pentecostés y en los
días sucesivos, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles. Pero la promesa
no se refiere sólo a los Apóstoles y a sus inmediatos compañeros en la
evangelización, sino también a las futuras generaciones de discípulos y de
confesores de Cristo. El Evangelio, en efecto, está destinado a todas las
naciones y a las generaciones siempre nuevas, que se desarrollarán en el
contexto de las diversas culturas y del múltiple progreso de la civilización
humana. Mirando todo el arco de 5. La relación entre
la revelación comunicada por el Espíritu Santo y 6. Tal verdad está
presente, al menos de manera implícita, en el Evangelio. Lo que el Espíritu Santo
revelará ya lo dijo Cristo. Lo revela Él mismo cuando, hablando del Espíritu
Santo, subraya que "no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que
oiga,... El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a
vosotros" (Jn 16, 13-14). Cristo, glorificado por el Espíritu de la
verdad, es ante todo el mismo Cristo crucificado, despojado de todo y casi
"aniquilado" en su humanidad para la redención mundo. Precisamente
por obra del Espíritu Santo la "palabra de la cruz" tenía que ser
aceptada por los discípulos, a los cuales el mismo Maestro había dicho:
"Ahora (todavía) no podéis con ello" (Jn 16, 12). Se presentaba,
ante aquellos pobres hombres, la imagen de 7. Jesús añade:
"El Espíritu de la verdad... os anunciará lo que ha de venir" (Jn
16,13). ¿Qué significa esta proyección profética y escatológica con Todo acontece en la
fe y por la fe, bajo la acción del Espíritu, como he dicho en 8. De este modo, el
"Espíritu de la verdad" continuamente anuncia los acontecimientos
futuros; continuamente muestra a la humanidad este futuro de Dios, que está
por encima y fuera de todo futuro "temporal"; y así llena de valor
eterno el futuro del mundo. Así el Espíritu convence al hombre, haciéndole
entender que, con todo lo que es, y tiene, y hace, está llamado por Dios en
Cristo a EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRO ABOGADO DEFENSOR 1. En la pasada
catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido del texto de Juan, tomado
del «discurso de despedida» de Jesús, que, constituye, en cierto modo, la
principal fuente, evangélica, de Más aún, según el IV
Evangelio, el don del Espíritu Santo se concede la misma tarde de la
resurrección (cfr Jn 20, 22-25). Se puede decir que
la herida del costado de Cristo en la cruz abre el camino a la efusión del
Espíritu Santo, que será un signo y un fruto de la gloria obtenida con la
pasión y muerte. El texto del
discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al
Espíritu Santo el «Paráclito»: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito
para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16). De forma análoga,
también leemos en otros textos: « ... el Paráclito,
el Espíritu Santo» (cfr Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 6,
7). En vez de «Paráclito» muchas traducciones emplean la palabra
«Consolador»; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al original griego
«Parakletos» para captar plenamente el sentido de
lo que Jesús dice del Espíritu Santo. 2. «Parakletos» literalmente significa: «aquel que es
invocado» (de para-kaléin, «llamar en ayuda»); y,
por tanto, «el defensor», «el abogado», además de «el mediador», que realiza
la función de intercesor (intercessor). Es en este
sentido de «Abogado-Defensor», el que ahora nos interesa, sin ignorar que
algunos Padres de 3. Cuando Jesús en
el Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo,
se expresa de la siguiente manera: «El Padre os dará otro Paráclito». Con estas
palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y
que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado,
constituyendo casi su prolongación. Jesucristo,
efectivamente, era el "defensor" y continua siendolo.
El mismo Juan lo dirá en su Primera carta: «Si alguno peca, tenemos a uno que
abogue (Parakletos) ante el Padre: a Jesucristo, el
Justo » (1 Jn El abogado
(defensor) es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido
a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados,
los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es
precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado «el
Paráclito», porque continúa haciendo operante la redención con 4. El Paráclito será
«otro abogado-defensor» también por una segunda razón. Permaneciendo con los
discípulos de Cristo, Él los envolverá con su vigilante cuidado con virtud
omnipotente. «Yo pediré al Padre dice Jesús y os dará otro Paráclito para que
esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16): «... mora con vosotros y en
vosotros está» (Jn 14, 17). Esta promesa está unida a las otras que Jesús ha
hecho al ir al Padre: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo
que «se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Sí, yendo al
Padre, dice: «Yo estoy con vosotros... hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20),
se deduce de ello que los Apóstoles y La presencia del
Espíritu Santo que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a 5. El Espíritu
Santo-Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos
aquellos que, a lo largo de los siglos, serán en Jesús lo predijo y
lo prometió: «os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante
gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o
qué vais a hablar.. no
seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que
hablará en vosotros» (Mt 10, 17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12, 12, dice:
«porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene
decir»). También en este
sentido tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito-Abogado. Se encuentra
cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que
confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces,
en su inspirador, Él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y
por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los
acusadores Él llega a ser como el «Abogado» invisible de los acusados, por el
hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador. 6. Especialmente
durante las persecuciones contra los Apóstoles y contra los primeros
cristianos, y también en aquellas persecuciones de todos los siglos, se
verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: «Cuando venga el
Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre..., Él dará testimonio de mí.
Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el
principio" (Jn 15, 26-27 ). La acción del
Espíritu Santo es "dar testimonio". Es una acción interior,
"inmanente", que se desarrolla en el corazón de los discípulos, los
cuales, después, dan testimonio de Cristo al exterior: Mediante aquella
presencia y aquella acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el
"trascendente"poder de la verdad de Cristo,
que es el Verbo-Verdad y Sabiduría. De Él deriva a los Apóstoles
, mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según su promesa:
"Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir
ni contradecir todos vuestros adversarios" ( Lc 21, 15). Esto viene
sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del que el autor de
los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba "lleno del Espíritu
Santo" (Hch 6, 5), de modo que los adversarios "no podían resistir
a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Hch 6,10). También en los
siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han continuado ensañandose contra los anunciadores del Evangelio
apagando a veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar 7. El Espíritu
Santo- Espíritu de la verdad, Paráclito- es aquel que, según la palabra de
Cristo, "convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente
a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Es significativa
la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y
juicio. "Pecado" significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús
encuentra entre "los suyos", es decir los de su pueblo, los cuales
llegaron incluso a condenarle a muerte en El
"juicio" se refiere, sobre todo, al "príncipe de este
mundo", es decir, a Satanás. Él, en efecto, desde el principio, intenta
llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con
Dios: se opone conscientemente a 8. Si el Espíritu
Santo Paráclito debe convencer al mundo precisamente de este
"juicio", sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de
Cristo que mira a la salvación universal (cfr Ibid.). Por tanto, podemos
concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo
(aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos
aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la
definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para
librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación. EL ESPÍRITU SANTO Y EL
CRECIMIENTO EN GRACIA DE JESÚS (27.VI.90) 3. La tradición patrística y teológica nos da una mano
para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el 'crecimiento en gracia
y en sabiduría' en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de
la gracia, la llama repetidamente gratia Spiritus Sancti (Cfr. S.Th. I-II, q. Se trata de la gracia justificante y santificante, que
hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (Cfr.
I-II, q. Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la
edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la
edad. 4. Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo
poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al
avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se
trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas
divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del
Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría
como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que 'son
perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción
del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de
Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos
dice Lucas que 'Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era
conducido por el Espíritu en el desierto' (Lc 4,1). Por consiguiente, se
hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa (III, q. 5. Seria conveniente proseguir ilustrando el tema con las
admirables páginas de Santo Tomás, así como de otros teólogos que han
investigado la sublime grandeza espiritual del alma de Jesús, en la que
habitaba y obraba de modo perfecto el Espíritu Santo, ya en su infancia, y
luego a lo largo de toda la época de su desarrollo. Aquí sólo podemos señalar
el estupendo ideal de santidad que Jesús, con su vida, ofrece a todos,
incluso a los niños y a los jóvenes, llamados a 'crecer en sabiduría y en
gracia ante Dios y ante los hombres', como Lucas escribe del niño de Nazaret,
y como el mismo evangelista escribirá en los Hechos de los Apóstoles a
propósito de 1. Todo el 'evento' de Jesucristo se explica mediante la
acción del Espíritu Santo, como se dijo en la catequesis anterior. Por esto,
una lectura correcta y profunda del 'evento' de Jesucristo (y de cada una de
sus etapas) es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento
del Espíritu Santo. La verdad sobre 2. Es el misterio encerrado en el hecho del que nos habla
el Evangelio en las dos redacciones de Mateo y de Lucas, a las que acudimos como
fuentes substancialmente idénticas, pero a la vez complementarias. Si se
atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que
comenzar por Lucas; pero para la finalidad de nuestra catequesis es oportuno
tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la
explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús (quizá en
relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos
hostiles). El Evangelista escribe: 'La generación de Jesucristo fue de esta
manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a
estar juntos ellos, se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo' (Mt 1,
18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero
divino: 'El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de
David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella
es del Espíritu Santo ' (Mt 1,20). La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequivocable el origen divino de ese hecho, que él
atribuye a la intervención del Espíritu Santo. Ésta es la explicación que
hizo texto para las comunidades cristianas de los primeros siglos, de las
cuales provienen tanto los Evangelios como los símbolos de la fe, las definiciones
conciliares y las tradiciones de los Padres. A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre
el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen
por obra del Espíritu Santo (Cfr. Lc 1, 26)38). He aquí las palabras del
mensajero, que narra Lucas: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti, el poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 35). 3. Entre tanto notamos que la sencillez, viveza y concisión
con las que Mateo y Lucas refieren las circunstancias concretas de 4. Nótese la novedad y originalidad del evento también en
relación con las escrituras del Antiguo Testamento, las cuales hablaban sólo
de la venida del Espíritu (Santo) sobre el futuro Mesías: 'Saldrá un vástago
del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el
espíritu de Yahvéh' (Is 11, 1.2); o bien: 'El
espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto
que me ha ungido Yahvéh' (Is 61,1). El Evangelio de
Lucas habla, en cambio, de la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando
se convierte en 5. Otra novedad de la narración evangélica se capta en la
confrontación con las narraciones de los nacimientos milagrosos que nos transmite
el Antiguo Testamento (Cfr., por ejemplo, 1 Sm
1,4)20; Jue 13, 2-24). Esos nacimientos se
producían por el camino habitual de la procreación humana, aunque de modo
insólito, y en su anuncio no se hablaba del Espíritu Santo. En cambio, en Se comprende mejor esa intención de un don total de sí a
Dios en la virginidad, si se ve en ella un fruto de la acción del Espíritu
Santo en María. Esto se puede percibir por el saludo mismo que el ángel le
dirige: 'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo' (Lc 1, 28). El
Evangelista también dirá del anciano Simeón que 'este hombre era justo y
piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu
Santo' (Lc 2, 25). Pero las palabras dirigidas a María dicen mucho más:
afirman que Ella estaba 'transformada por la gracia', 'establecida en 6. Por lo que se refiere a la decisión de María en favor
de la virginidad nos damos cuenta mejor que se debe a la acción del Espíritu
Santo si consideramos que en la tradición de Pero los caminos del Señor eran diversos. El Espíritu
Santo condujo a María precisamente por el camino de la virginidad, por el
cual Ella está en el origen del nuevo ideal de consagración total (alma y
cuerpo, sentimiento y voluntad, mente y corazón) en el pueblo de Dios en 7. María, Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo,
permanece como Virgen el insustituible punto de referencia para la acción
salvífica de Dios. Tampoco nuestros tiempos, que parecen ir en otra dirección,
pueden ofuscar la luz de la virginidad (el celibato por el Reino de Dios) que
el Espíritu Santo ha inscrito de modo tan claro en el misterio de RELACIÓN PERSONAL DE DIOS CON MARÍA (18.IV.90) 1. Ya hemos visto que de una correcta y profunda lectura
del 'acontecimiento' de Este misterio aflora en la narración que el evangelista
Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en
el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María.
La narración arroja luz también sobre la relación personal que Dios quiere
entablar con todo hombre. 2. Dios, que ha creado y mantiene en vid todos los seres,
según la naturaleza de cada uno, se hace presente 'de un modo nuevo' a todo
hombre que se abre y le acoge recibiendo el don de la gracia por el cual
puede conocerlo y amarlo sobrenaturalmente, como Huésped del alma convertida
en su templo santo (Cfr. Santo Tomás, S.Th. I, q.8,
a.3, ad 4; q.38, a. l; q.43, a.3). Pero Dios realiza una presencia aún más
alta y perfecta .y casi única. en la humanidad de
Cristo, uniéndola a Sí en la persona del eterno Verbo-Hijo(S.Th. I, q.8, a.3, ad 4; III, q.2, a.2). Se puede decir
que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María
en 3. Volvamos a reflexionar sobre la página de Lucas que
describe y documenta una relación personalísima de Dios con 4. En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos da
conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de El hizo
María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, 'supera la distancia' entre
Dios y el hombre. Es En María el Espíritu Santo desciende y obra (hablando
cronológicamente) ya antes de 5. En la página de Lucas, entre otras estupendas verdades,
se encuentra el hecho de que Dios espera un acto de consentimiento de parte
de En Por eso 6. Al pedir a María una respuesta consciente y libre, Dios
respeta en ella y, más aún, lleva a la máxima expresión la 'dignidad de la
causalidad' que Él mismo da a todos los seres y especialmente al ser humano.
Y, por otra parte, la hermosa respuesta de María: 'He aquí la esclava del Señor;
hágase en mi según tu palabra' (Lc 1, 38) es ya, en sí misma, un fruto de la
acción del Espíritu Santo en ella: en su voluntad, en su corazón. Es una
respuesta dada por la gracia y en la gracia, que viene del Espíritu Santo.
Pero no por esto deja de ser la auténtica expresión de su libertad de
creatura humana, un acto consciente de libre voluntad. La acción interior del
Espíritu Santo va orientada a hacer que la respuesta de María -y de todo ser
humano llamado por Dios- sea precisamente la que debe ser, y exprese del modo
más completo posible la madurez personal de una conciencia iluminada y
piadosa, que sabe donarse sin reserva. Esta es la madurez del amor. El
Espíritu Santo, donándose a la voluntad humana como Amor (increado), hace que
en el sujeto nazca y se desarrolle el amor creado que, como expresión de la
voluntad humana, constituye al mismo tiempo la plenitud espiritual de 7. El 'acontecimiento' de Nazaret, descrito por Lucas en
el evangelio de la anunciación, es, por consiguiente, una imagen perfecta )y, podemos decir, el 'modelo') de EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA
(2.V.90) 1. La revelación del Espíritu Santo en Ya en el Antiguo Testamento esta relación presenta una
característica particular. Nace en el terreno de 2. Según el profeta Jeremías, Dios dice a su pueblo: 'Con
amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a
edificarte y serás reedificada, virgen de Israel' (Jer 31, 3-4). Desde el
punto de vista histórico, hay que colocar este texto en relación con la
derrota de Israel y 3. En los textos citados se subraya que el amor nupcial
del Dios de 4. Estos textos extraordinarios de los profetas del
Antiguo Testamento alcanzan su verdadero cumplimiento en el misterio de 5. El Espíritu Santo, que desciende sobre María en 6. En este esponsalicio divino con En María, con este acto y gesto, totalmente diverso del de
Eva, se convierte, en la historia espiritual de la humanidad, en JESUCRISTO SE ENCARNA POR OBRA
DEL ESPÍRITU SANTO (23.V.90) 1. En el Símbolo de 2. Se trata del misterio de Es verdad que en la página paralela de Mateo leemos: 'Todo
esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del
profeta: ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por
nombre Emmanuel' (Mt 1, 22.23). Pero, el cumplimiento supera las expectativas.
Es decir, el evento comprende elementos nuevos, que no habían sido
manifestados en 3. La concepción virginal, por lo tanto, forma parte
integrante del misterio de 4. Lucas refiere las palabras del ángel que anuncia el
nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo: 'El Espíritu Santo vendrá
sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra' (Lc 1, 35). El
Espíritu del que habla el evangelista es el Espíritu 'que da vida'. No se
trata sólo de aquel 'soplo de vida' que es la característica de los seres
vivos, sino también de En 5. Es lo que en 6. En consecuencia, se puede decir que en EL ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE 1. 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 35). Como sabemos, estas palabras del
ángel, dirigidas a María en 2. Las palabras dirigidas a María en 3. Esa santidad es fruto de una singular 'consagración' de
4. Esta santificación alcanza a toda la humanidad del Hijo
de Dios, a su alma ya su cuerpo, como pone de manifiesto el evangelista Juan,
el cual parece que quiere subrayar el aspecto corporal de 5. En este punto es preciso añadir que el cuerpo, que por
obra del Espíritu Santo pertenece desde el primer momento de la concepción a
la humanidad del Hijo de Dios, deberá llegar a ser en 6. El evangelista Lucas, tal vez haciéndose eco de las
confidencias de María, nos dice que, como hijo del hombre, 'Jesús progresaba
en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres' (Lc 2, 52;
Cfr. Lc 2, 40). De modo análogo, se puede también hablar del 'crecimiento' en
la santidad en el sentido de una cada vez más completa manifestación y
actuación de aquella fundamental plenitud de santidad con que Jesús vino al
mundo: El momento en que se da conocer de modo particular la 'consagración'
del Hijo en el Espíritu Santo, con vistas a su misión, es el inicio de la
actividad mesiánica de Jesús de Nazaret: 'El Espíritu del Señor sobre mi,
porque me ha ungido... y me ha enviado' (Lc 4, 18). En esta actividad se manifiesta aquella santidad que un
día Simón Pedro sentirá la necesidad de confesar con las palabras: 'Aléjate
de mi, Señor, que soy un hombre pecador' (Lc 5, 8). Lo mismo sucede en otro
momento: 'Nosotros creemos y sabemos que 'Tú eres el Santo de Dios' (Jn 6,
69). 7. Por tanto, el misterio realidad de EL ESPÍRITU SANTO EN 1. La verdad acerca del Espíritu Santo aparece claramente
en los textos evangélicos que describen algunos momentos de la vida y de la
misión de Cristo. Ya nos hemos detenido a reflexionar sobre la concepción
virginal y sobre el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo Hay otras
páginas en el 'evangelio de la infancia' en las que conviene fijar nuestra
atención, porque en ellas se pone de relieve de modo especial la acción del
Espíritu Santo. Una de estas es seguramente la página en que el
evangelista Lucas narra la visita de María a Isabel Leemos que 'en aquellos
días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una
ciudad de Judá' (Lc 1, 39). Por lo general se cree que se trata de la
localidad de Ain-Karim, a
2. Gracias a esa comunión de espíritu se explica por qué
el evangelista Lucas se apresura a poner de relieve la acción del Espíritu
Santo en el encuentro de las dos futuras madres: María 'entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de
María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu
Santo' (Lc 1, 40.41). Esta acción del Espíritu Santo, experimentada por
Isabel de modo particularmente profundo en el momento del encuentro con
María, está en relación con el misterioso destino del hijo que lleva en su
seno. Ya el padre del niño, Zacarías, al recibir el anuncio del nacimiento de
su hijo durante su servicio sacerdotal en el templo, escuchó que el ángel le
decía: 'Estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre' (Lc 1,
15). En el momento de la visitación, cuando María cruza el umbral de la casa
de Isabel (y juntamente con ella lo cruza también Aquel que ya es el 'fruto
de su seno'), Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu
Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que
llega a visitarla. 3. En efecto, según el evangelio de Lucas, Isabel,
'exclamando con gran voz, dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el
fruto de tu seno, y "de dónde a mi que la madre de mi Señor venga a mi? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo,
saltó de gozo el niño en mi seno. Feliz la que ha creído que se cumplirán las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor!' (Lc
1, 42.45). En pocas líneas el evangelista nos da conocer el
estremecimiento de Isabel, el salto de gozo del niño en su seno, la
intuición, al menos confusa, de la identidad mesiánica del niño que María
lleva en su seno, y el reconocimiento de la fe de María en la revelación que
le hizo el Señor. Lucas usa desde esta página el titulo divino de 'Señor' no
sólo para hablar de Dios que revela y promete ('Las palabras del Señor'),
sino también del hijo de María, Jesús, a quien el Nuevo Testamento atribuye
ese titulo sobre todo una vez resucitado (Cfr. Hech 2, 36; Flp 2,11). Aquí él debe aún nacer. Pero Isabel, igual que
María, percibe su grandeza mesiánica. 4. Eso significa que Isabel, 'llena de Espíritu Santo', es
introducida en las profundidades del misterio de la venida del Mesías. El
Espíritu Santo obra en ella esta particular iluminación, que encuentra
expresión en el saludo dirigido a María. Isabel habla como si hubiese sido
partícipe y testigo de 5. El texto de Lucas manifiesta su convicción de que tanto
en María como en Isabel actúa el Espíritu Santo, que las ilumina e inspira.
Así como el Espíritu hizo percibir a María el misterio de la maternidad
mesiánica realizada en la virginidad, de la misma manera da Isabel la
capacidad de descubrir a Aquel que María lleva en su seno y lo que María está
llamada a ser en la economía de la salvación: 6. Siempre según la narración de Lucas, del alma de María
brota un canto de júbilo, el Magnificat, en el que
también ella expresa su alegría: 'Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador'
(Lc 1, 47). Educado como estaba en el culto de la palabra de Dios, conocida
mediante la lectura y la meditación de EL ESPÍRITU SANTO Y 1. Según el evangelio de San Lucas, cuyos primeros
capítulos nos narran la infancia de Jesús, la revelación del Espíritu Santo
tuvo lugar no sólo en 2. Escribe el evangelista que 'cuando se cumplieron los
días de la purificación de ellos, según 3. Aquel hombre, que esperaba (da consolación de Israel),
es decir, el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu
Santo para el encuentro con 'el que había de venir'. En efecto, leemos que
'estaba en él el Espíritu Santo', es decir, actuaba en él de modo habitual y
'le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de
haber visto al Cristo del Señor' (Lc 2, 26). Según el texto de Lucas, aquella
espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que
se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del
Espíritu Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día
en que María y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón,
'movido por el Espíritu' (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no
sólo le preanunció el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al
templo; también lo movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le
concedió reconocer en el niño Jesús, hijo de María, a Aquel que esperaba. 4. Lucas escribe que 'cuando los padres introdujeron al
niño Jesús, para cumplir lo que 5. El Espíritu Santo, que obra en Simeón, está presente y
realiza su acción también en todos los que, como aquel santo anciano, han
aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier tiempo. Lucas nos
ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la 'profetisa Ana'
que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, 'no se apartaba del templo,
sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones' (Lc 2, 37). Era, por tanto,
una mujer consagrad Dios y especialmente capaz, a la luz de su Espíritu, de
captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este sentido era
'profetisa' (Cfr. Ex 15, 20; Jue 4, 4; 2 Re 22,
14). Lucas no habla explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo
en ella; con todo, la asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar
de Jesús: 'Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba
del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén' (Lc 2, 38).
Como Simeón, sin duda también ella había sido movida por el Espíritu Santo
para salir al encuentro de Jesús. 6. Las palabras proféticas de Simeón (y de Ana) anuncian
no sólo la venida del Salvador al mundo, su presencia en medio de Israel,
sino también su sacrificio redentor Esta segunda parte de la profecía va
dirigida explícitamente a María: 'Éste está puesto para caída y elevación de
muchos en Israel, y para ser señal de contradicción .y a ti misma una espada
te atravesará el alma'. a fin de que queden al
descubierto las intenciones de muchos corazones' (Lc 2, 34.35). No se puede menos de pensar en el Espíritu Santo como
inspirador de esta profecía de 7. Las palabras, inspiradas, de Simeón adquieren un
relieve aún mayor si se consideran en el contexto global del 'evangelio de la
infancia de Jesús', descrito por Lucas, porque colocan todo ese periodo de
vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se entiende mejor la
observación del evangelista acerca de la maravilla de María y José ante
aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: 'Su padre y su madre
estaban admirados de lo que se decía de él' (Lc 2, 33). Quien anota esos hechos y esas palabras es el mismo Lucas
que, como autor de los Hechos de los Apóstoles, describe el acontecimiento de
Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los
discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María, después de EL ESPÍRITU SANTO ENTRE JESÚS Y
MARÍA (4.VII.90) 1. Una manifestación de la gracia y de la sabiduría de
Jesús, cuando era aún adolescente, se nos ofrece en el episodio de la disputa
de Jesús con los doctores en el templo, que Lucas inserta entre los dos textos
acerca del crecimiento de Jesús 'ante Dios y ante los hombres'. En este
pasaje tampoco se nombra al Espíritu Santo, pero su acción parece traslucirse
de cuanto sucede en aquella circunstancia. En efecto, dice el evangelista que
'todos los que le oían estaban estupefactos de su inteligencia y sus
respuestas' (Lc 2, 47). Es la sorpresa que produce el hallarse ante una
sabiduría que viene de lo alto (Cfr. Sant. 3, 15,
17; Jn 3, 34), es decir, del Espíritu Santo. 2. También es significativa la pregunta, dirigida por
Jesús a sus padres que, después de haberlo buscado durante tres días, lo
habían encontrado en el templo en medio de aquellos doctores. María se había
quejado afectuosamente, diciéndole: 'Hijo, "por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos
buscando'. Jesús respondió con otra pregunta serena: '¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?' (Lc 2, 48.49). En
aquel 'no sabíais' se puede tal vez entrever una referencia a lo que Simeón
había predicho a María durante la presentación del niño Jesús en el templo, y
que era la explicación de aquel anticipo de la futura separación, de aquel
primer golpe de espada para el corazón de 3. Lucas hace notar que María y José 'no entendieron sus
palabras' (Lc 2,50). El asombro por lo que habían visto y oído influía en
aquella condición de oscuridad en que permanecieron José y María. Pero es
preciso tener en cuenta, más aún, que ellos, incluida María, se hallaban ante
el misterio de 4. Aquella meditación, aquella profundización interior, se
realizaba bajo el influjo del Espíritu Santo. María era la primera en
beneficiarse de la luz que un día su Jesús prometería a los discípulos: 'El
Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo
enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho' (Jn 14, 26). El
Espíritu Santo, que hace entender a los creyentes y a 5. También en los años sucesivos de Nazaret María recogía
todo lo que se referí la persona y al destino de su hijo, y reflexionaba
silenciosamente sobre ello en su corazón. Tal vez no podía hacerle
confidencias a nadie; tal vez sólo le era posible captar en algún momento el
significado de ciertas palabras, de ciertas miradas de su hijo. Pero el
Espíritu Santo no cesaba de 'recordarle' en lo más íntimo de su alma lo que
había visto y escuchado. La memoria de María estaba iluminada por la luz que
venia de lo alto. Aquella luz está en el origen de la narración de Lucas,
como éste nos quiere dar a entender al insistir en el hecho de que María
conservaba y meditaba: Ella, bajo la acción del Espíritu Santo, podía
descubrir el significado superior de las palabras y de los acontecimientos,
mediante una reflexión que se esforzaba por 'juntarlo todo'. 6. Por eso, María se nos presenta como modelo para cuantos
dejándose guiar por el Espíritu Santo, acogen y conservan en su corazón )como una buena semilla (Cfr. Mt 13, 23)) las
palabras de la revelación, esforzándose por comprenderlas lo más posible para
penetrar en las profundidades del misterio de Cristo. EL BAUTISMO DE JESÚS Y 1. En la vida de Jesús)Mesías, es decir, de
Aquel que es consagrado con la unción del Espíritu Santo (Cfr. Lc 4, 18), hay
momentos de especial intensidad en los que el Espíritu Santo se manifiesta
íntimamente unido a la humanidad ya la misión de Cristo. Hemos visto que el
primero de estos momentos es el de 2. Todos los evangelistas nos han transmitido el acontecimiento (Mt 3,
13.17; Mc 1, 9.11; Lc 3, 21.22; Jn 1, 29.34). Leamos el texto de Marcos: 'Por
aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan
en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que
el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él' (Mc 1, 9.10). Jesús había ido
al Jordán desde Nazaret, donde había pasado los años de su vida 'escondida'
(Volveremos aún sobre este tema en la próxima catequesis). Antes de eso, él
había sido anunciado por Juan, que en el Jordán exhortaba al 'bautismo de
penitencia'. 'Y proclamaba: Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo; y
yo no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os
he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo ' (Mc 1, 7.8).
Ya se estaba en los umbrales de la era mesiánica. Con la predicación
de Juan concluía la larga preparación, que había recorrido toda 3. Por su parte, Jesús se preparaba en la oración para aquel momento,
de inmenso alcance en la historia de la salvación, en el que se había de
manifestar, aunque bajo signos representativos, el Espíritu Santo que procede
del Padre y del Hijo en el misterio trinitario, presente en la humanidad como
principio de vida divina. En efecto, leemos en Lucas: 'Mientras Jesús...
estaba en oración, se abrió el cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo' (Lc
3, 21.22). El mismo evangelista narrará a continuación que un día Jesús,
enseñando a orar a los que lo seguían por los caminos de Palestina, dijo que
'el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan' (Lc 11, 13).
él mismo en primer lugar pedía este Don altísimo
para poder cumplir su propia misión mesiánica; y durante el bautismo en el
Jordán había recibido una manifestación suya especialmente visible que
señalaba ante Juan y ante sus oyentes la 'investidura' mesiánica de Jesús de
Nazaret. El Bautista daba testimonio de él 'ante los ojos de Israel como
Mesías, es decir como Ungido con el Espíritu Santo' (Dominum
et vivificantem, n.19). La oración de Jesús, que en su Yo divino era el Hijo eterno de Dios,
pero que actuaba y oraba en la naturaleza humana, era escuchada por el Padre.
El mismo, un día, diría al Padre: 'Ya sabía yo que tú siempre me escuchas'
(Jn 11, 42). Esta conciencia vibró especialmente en El en aquel momento del
bautismo, que daba comienzo público a su misión redentora, como Juan intuyó y
proclamó. En efecto, él presentó a aquel que venía a 'bautizar en Espíritu
Santo' (Mt 3, 11) como 'el cordero de Dios que quita el pecado del mundo' (Jn
1, 29). 4. Lucas nos dice que durante el bautismo de Jesús en el Jordán 'se
abrió el cielo' (Lc 3, 21). En otro tiempo el profeta Isaías había dirigido a
Dios la invocación: '¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses!' (Is 63,
19). Ahora Dios parecía responder a ese grito, escuchar esa oración,
precisamente en el momento del bautismo. Aquel 'abrirse' del cielo está
ligado a la venida del Espíritu Santo sobre Cristo en forma de paloma. Es un
signo visible de que la oración del profeta era escuchada, y de que su
profecía se estaba cumpliendo; ese signo venía acompañado por una voz del
cielo: 'y se oyó una voz que venia de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en
ti me complazco ' (Mc 1, 11; Lc 3, 22). El signo toca, por tanto, la vista
(con la paloma) y el oído (con la voz) de los privilegiados beneficiarios de
aquella extraordinaria experiencia sobrenatural. Ante todo en el alma humana
de Cristo, pero también en las personas que se hallaban presentes en el
Jordán, toma forma la manifestación de la eterna 'complacencia' del Padre en
el Hijo. Así, en el bautismo de Jesús en el Jordán tiene lugar una teofanía
cuyo carácter trinitario queda mucho más subrayado aún en la narración de 5. En el texto de Juan, el hecho que tuvo lugar en el bautismo de
Jesús es descrito por el mismo Bautista: 'Juan dio testimonio diciendo: He
visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él.
Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel
sobre quien veas que baje el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que
bautiza con Espíritu Santo . Y yo le he visto y doy
testimonio de que éste es el Hijo de Dios' (Jn 1, 32.34). Eso significa que,
según el evangelista, el Bautista participó en aquella experiencia de la
teofanía trinitaria y se dio cuenta, al menos oscuramente, con la fe
mesiánica, del significado de aquellas palabras que el Padre había
pronunciado: 'Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco' .Por lo demás,
también en los demás evangelistas es significativo que el término 'hijo' se
encuentra usado en sustitución del término 'siervo' que se halla en el primer
canto de Isaías sobre el siervo del Señor 'He aquí mi siervo a quien yo
sostengo. mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él' (Is 42, 1). En su fe inspirada por Dios, y en
la de la comunidad cristiana primitiva, el 'siervo' se identificaba con el
Hijo de Dios (Cfr. Mt 12, 18; 16, 16), y el 'espíritu' que se le había
concedido era reconocido en su personalidad divina como Espíritu Santo.
Jesús, un día, la víspera de su Pasión, dirá a los Apóstoles que aquel mismo
Espíritu, que descendió sobre él en el bautismo, actuaría junto con él en la
realización de la redención: 'El (el Espíritu de verdad) me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros' (Jn 16, 14). 6. Es interesante, al respecto, un texto de San Ireneo de Lión (a.203)
que, comentando el bautismo en el Jordán, afirma: 'El Espíritu Santo había
prometido por medio de los profetas que en los últimos días se derramaría
sobre sus siervos y sus siervas, para que profetizaran. Por esto él descendió
sobre el Hijo de Dios, que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose
juntamente con él a permanecer con el género humano, a 'descansar' en medio
de los hombres y a morar entre aquellos que han sido creados por Dios,
poniendo por obra en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de forma que
se transformen de "hombre viejo" en la novedad de Cristo' (Adversus haer. III, 17, 1). El
texto confirma que, desde los primeros siglos, 7. Una alusión, antes de concluir, al símbolo de la paloma que, con
ocasión del bautismo en el Jordán, aparece como signo del Espíritu Santo. La
paloma, en el simbolismo bautismal, va unida al agua y, según algunos Padres
de EL ESPÍRITU SANTO Y LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL
DESIERTO (18.VII.90) 1. Al 'comienzo' de la misión mesiánica de Jesús vemos otro hecho
interesante y sugestivo, narrado por los evangelistas, que lo hacen depender
de la acción del Espíritu Santo: se trata de la experiencia del desierto.
Leemos en el evangelio según San Marcos: 'A continuación (del bautismo), el
Espíritu le empuja al desierto' (Mc 1, 12). Además, Mateo (4, 1 ) y Lucas (4, 1) afirman que Jesús 'fue conducido por el
Espíritu al desierto'. Estos textos ofrecen puntos de reflexión que nos
llevan a una ulterior investigación sobre el misterio de la íntima unión de
Jesús-Mesías con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de la obra de la
redención. En primer lugar, una observación de carácter lingüístico: los verbos
usados por los evangelistas 'fue conducido' por Mateo y Lucas; ('empuja', por
Marcos) expresan una iniciativa especialmente enérgica por parte del Espíritu
Santo, iniciativa que se inserta en la lógica de la vida espiritual y en la
misma psicología de Jesús: acaba de recibir de Juan un 'bautismo de penitencia',
y por ello siente la necesidad de un período de reflexión y de austeridad
(aunque personalmente no tenia necesidad de penitencia, dado que estaba
'lleno de gracia' y era 'santo' desde el momento de su concepción (Cfr. Jn
1,14; Lc 1, 35): como preparación para su ministerio mesiánico. Su misión exige también vivir en medio de los hombres-pecadores, a
quienes ha sido enviado a evangelizar y salvar (Cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q. 2. El desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también
lugar de tentación y de lucha espiritual. Durante la peregrinación a través
del desierto, que se prolongó durante cuarenta años, el pueblo de Israel
había sufrido muchas tentaciones y había cedido (Cfr. Ex 32, 1.6; Nm 14, 1.4; 21, 4.5; 25, 1.3; Sal 78, 17; 1 Cor 10,
7.10). Jesús va al desierto, casi remitiéndose a la experiencia histórica de
su pueblo. Pero, a diferencia del comportamiento de Israel, en el momento de
inaugurar su actividad mesiánica, es sobre todo dócil a la acción del
Espíritu Santo, que le pide desde el interior aquella definitiva preparación
para el cumplimiento de su misión. Es un periodo de soledad y de prueba
espiritual, que supera con la ayuda de la palabra de Dios y con la oración. En el espíritu de la tradición bíblica, y en la línea con la
psicología israelita, aquel número de 'cuarenta días' podía relacionarse
fácilmente con otros acontecimientos históricos, llenos de significado para
la historia de la salvación: los cuarenta días del diluvio (Cfr. Gen 7, 4.
17); los cuarenta días de permanencia de Moisés en el monte (Cfr. Ex 24, 18);
los cuarenta días de camino de Elías, alimentado con el pan prodigioso que le
había dado nueva fuerza (Cfr. 1 Re 19, 8). Según los evangelistas, Jesús,
bajo la moción del Espíritu Santo, se acomoda, en lo que se refiere a la permanencia
en el desierto, a este número tradicional y casi sagrado (Cfr. Mt 4, 1; Lc 4,
1). Lo mismo hará también en el período de las apariciones a los Apóstoles
tras la resurrección y 3. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar
las tentaciones de Satanás y para que pueda tener, a la vez, un contacto más
libre e íntimo con el Padre. Aquí conviene tener presente que los
evangelistas suelen presentarnos el desierto como el lugar donde reside Satanás:
baste recordar el pasaje de Lucas sobre el 'espíritu inmundo' que 'cuando
sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo...' (Lc
11, 24); y en el pasaje que nos narra el episodio del endemoniado de Gerasa que 'era empujado por el demonio al desierto' (Lc
8, 29) . En el caso de las tentaciones de Jesús, el ir al desierto es obra del
Espíritu Santo, y ante todo significa el inicio de una demostración (se
podría decir, incluso, de una nueva toma de conciencia) de la lucha que deberá
mantener hasta el final de su vida contra Satanás, artífice del pecado.
Venciendo sus tentaciones, manifiesta su propio poder salvífico sobre el
pecado y la llegada del reino de Dios, como dirá un día: 'Si por el Espíritu
de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de
Dios' (Mt 12, 28). También en este poder de Cristo sobre el mal y sobre
Satanás, también en esta 'llegada del reino de Dios' por obra de Cristo, se
da la revelación del Espíritu Santo. 4. Si observamos bien, en las tentaciones sufridas y vencidas por
Jesús durante la 'experiencia del desierto' se nota la oposición de Satanás
contra la llegada del reino de Dios al mundo humano, directa o indirectamente
expresada en los textos de los evangelistas. Las respuestas que da Jesús al
tentador desenmascaran las intenciones esenciales del 'padre de la mentira'
(Jn 8, 44), que trata de servirse, de modo perverso, de las palabras de La narración de los evangelistas incluye, tal vez, alguna
reminiscencia y establece un paralelismo tanto con las análogas tentaciones
del pueblo de Israel en los cuarenta años de peregrinación por el desierto
(la búsqueda de alimento: cfr. Dt 8, 3; Ex 16; la pretensión de la protección
divina para satisfacerse a sí mismos: cfr. Dt 6, 16; Ex 17, 1.7; la
idolatría: cfr. Dt 6, 13; Ex 32, 1.6), como con diversos momentos de la vida
de Moisés. Pero se podría decir que el episodio entra específicamente en la
historia de Jesús por su lógica biográfica y teológica. Aun estando libre de
pecado, Jesús pudo conocer las seducciones externas del mal (Cfr. Mt 16, 23);
y era conveniente que fuese tentado para llegar a ser el Nuevo Adán, nuestro
guía, nuestro redentor clemente (Cfr. Mt 26, 36.46; Hb 2, 10.17.18; 4, 15; 5,
2. 7.9). En el fondo de todas las tentaciones estaba la perspectiva de un
mesianismo político y glorioso, como se había difundido y había penetrado en
el alma del pueblo de Israel. El diablo trata de inducir a Jesús coger esta
falsa perspectiva, porque es el enemigo del plan de Dios, de su ley, de su
economía de salvación, y por tanto de Cristo, como aparece claro por el
evangelio y los demás escritos del Nuevo Testamento (Cfr. Mt 13, 39; Jn 8,44;
13, 2; Hech 10, 38; Ef 6, 11; 1 Jn 3, 8, etc.). Si también Cristo cayese, el
imperio de Satanás, que se gloria de ser el amo del mundo (Lc 4, 5.6),
obtendría la victoria definitiva en 5. Jesús es consciente de ser enviado por el Padre para hacer presente
el reino de Dios entre los hombres. Con ese fin acepta la tentación, tomando
su lugar entre los pecadores, como había hecho ya en el Jordán, para servirles
a todos de ejemplo (Cfr. San Agustín, De Trinitate,
4, 13). Pero, por otra parte, en virtud de la 'unción' del Espíritu Santo,
llega a las mismas raíces del pecado y derrota al 'padre de la mentira' (Jn
8, 44). Por eso, va voluntariamente al encuentro de la tentación desde el
comienzo de su ministerio, siguiendo el impulso del Espíritu Santo (Cfr. San
Agustín, De Trinitate, 13,13). Un día, dando cumplimiento a su obra, podrá proclamar: 'Ahora es el
juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera' (Jn
12, 31). Y la víspera de su pasión repetirá una vez más: 'Llega el príncipe
de este mundo. En mi no tiene ningún poder' (Jn 14, 30); es más' 'el principe de este mundo está (ya) juzgado' (Jn 16, 11);
'¡Animo!, yo he vencido al mundo' (Jn 16, 33). La lucha contra el 'padre de
la mentira', que es el 'principe de este mundo',
iniciada en el desierto, alcanzará su culmen en el
Gólgota: la victoria se alcanzará por medio de la cruz del Redentor. 6. Estamos, por tanto, llamados a reconocer el valor integral del
desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con
Moisés (Cfr. Ex 24, 18), con Elías (1 Re 19, 8), y sobre todo con Jesús que,
'conducido' por el Espíritu Santo, acepta realizar la misma experiencia: el
contacto con Dios Padre (Cfr. Os 2, 16) en lucha contra las potencias
opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y nos puede servir también como
lección sobre la necesidad de la penitencia, no para Jesús que estaba libre
de pecado, sino para todos nosotros. Jesús mismo un día alertará a sus
discípulos sobre la necesidad de la oración y del ayuno para echar a los
'espíritus inmundos' (Cfr. Mc 9, 29) y, en la tensión de la solitaria oración
de Getsemaní, recomendará a los Apóstoles presentes: 'Velad y orad, para que
no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil'
(Mc 14, 38). Seamos conscientes de que, amoldándonos a Cristo victorioso en
la experiencia del desierto, también nosotros tendremos un divino
confortador: el Espíritu Santo Paráclito, pues el mismo Cristo ha prometido
que 'recibirá de lo suyo' y nos lo dará (Cfr. Jn 16, 14): él, que condujo al
Mesías al desierto no sólo 'para ser tentado', sino también para que diera la
primera demostración de su poderosa victoria sobre el diablo y sobre su
reino, tomará de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre Satanás, su
primer artífice, para hacer participe de ella a todo el que sea tentado. EL ESPÍRITU SANTO EN 1. Tras la 'experiencia del desierto', Jesús comienza su actividad
mesiánica entre los hombres. Lucas escribe que 'una numerosa multitud afluía
para oírle y ser curados de sus enfermedades' (Lc 5, 15). Se trataba de
enseñar y evangelizar el reino de Dios, de elegir y dar la primera formación
a los Apóstoles, de curar a los enfermos y predicar en las sinagogas,
desplazándose de ciudad en ciudad (Cfr. Lc 4, 43.44): una actividad intensa,
acompañada de 'prodigios y señales' (Cfr. Hech 2, 22), que brotaba, en su
conjunto, de aquella 'unción' del Espíritu Santo de la que habla el
evangelista desde el inicio de la vida pública. La presencia del Espíritu
Santo .como presencia del Don. es constante, aunque
los evangelios sólo la mencionen en algunas ocasiones. Dado que tenia que evangelizar a los hombres para disponerlos a la
redención, Jesús había sido enviado para vivir en medio de ellos, y no en un
desierto o en otros lugares solitarios. Su lugar estaba en medio de la gente,
como observa Remigio de Auxerre (a.908), citado por Santo Tomás. Pero el
mismo doctor angélico advierte: 'El hecho de que Cristo, tras el ayuno en el
desierto, volviera a la vida normal tiene un motivo: es lo que conviene a la
vida de quien se dedica a comunicar a los demás el fruto de su contemplación,
compromiso que Cristo había tomado: a saber, primero consagrarse a la
oración, y luego bajar al nivel público de la acción, viviendo en medio de
los demás' (S.Th. III, q. 2. Aun estando inmerso entre la multitud, Jesús permanece
profundamente entregado a 3. Existe un caso en que el evangelista atribuye explícitamente al
Espíritu Santo la oración de Jesús, dejando traslucir el estado habitual de
contemplación de donde brotaba. Se trata del episodio, durante el viaje hacia
Jerusalén, en el que conversa con los discípulos, entre los que eligió a
setenta y dos para enviarlos a evangelizar a la gente de los sitios a donde
él había de ir (Lc 10,1), tras haberlos instruido convenientemente. Al
regreso de aquella misión, los setenta y dos narran a Jesús lo que
realizaron, incluida la 'sumisión' de los demonios en su nombre (Lc 10, 17).
Y Jesús, después de haberles asegurado que había visto a 'Satanás caer del
cielo como un rayo' (Lc 10, 18), se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y
dijo: te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado
estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí,
Padre, pues tal ha sido tu beneplácito' (Lc 10, 21 ).
'Jesús (escribí en 4. Este texto de Lucas, junto al de Juan que recoge el discurso de
despedida en el Cenáculo (Cfr. Jn 13, 31; 14; 31), es especialmente
significativo y elocuente sobre la revelación del Espíritu Santo en la misión
mesiánica de Cristo. En la sinagoga de Nazaret Jesús había aplicado a Sí mismo la profecía
de Isaías que comienza con las palabras: 'El Espíritu del Señor sobre mí' (Lc
4,18). Aquel 'estar el Espíritu sobre él' se extendía a todo lo que él 'hacía
y enseñaba' (Hech 1, 1). En efecto, escribe Lucas que 'Jesús volvió (del
desierto)a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su
fama se extendió por toda la región. él iba enseñando
en sus sinagogas, alabado por todos' (Lc 4, 14.15). Aquella enseñanza
despertaba interés y asombro: 'Todos daban testimonio de él y estaban
admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca' (Lc 4,22).
Lo mismo se nos dice de los milagros y del singular poder de atracción de su
personalidad: toda la multitud de los que 'habían venido (de todas partes)
para oírle y ser curados de sus enfermedades, ...
procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos' (Lc 6,
17.19). ¿Cómo no reconocer en ello también una manifestación de la fuerza del
Espíritu Santo, concedido en plenitud a él como hombre, para animar sus
palabras y sus gestos? Y Jesús enseña pedir al Padre en la oración el don del
Espíritu, con la confianza de poder obtenerlo: 'Si, pues, vosotros..., sabéis
dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan!' (Lc 11, 13). Y cuando predice a sus
discípulos que les espera la persecución, con cárceles e interrogatorios,
añade: 'No os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os
comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino
el Espíritu Santo' (Mc 13, 11). 'El Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo
momento lo que conviene decir' (Lc 12, 12). 5. Los evangelios sinópticos recogen otra afirmación de Jesús, en sus
instrucciones a los discípulos, que no puede dejar de impresionarnos. Se
refiere a la 'blasfemia contra el Espíritu Santo'. Dice: 'A todo el que diga
una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme
contra el Espíritu Santo, no se le perdonará' (Lc 12, 10; cfr. Mt 12, 32; Mc
3, 29). Estas palabras crean un problema de amplitud teológica y ética mayor
de lo que se pueda pensar considerando sólo la superficie del texto. 'La
blasfemia (de la que se trata) no consiste en el hecho de ofender con
palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de
aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo,
que actúa en virtud del sacrificio de 6. En el conjunto de la predicación y de la acción de Jesucristo, que brota
de su unión con el Espíritu Santo)Amor, se contiene una inmensa riqueza del
corazón: 'Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas' (Mt 11, 29), pero está presente, al mismo
tiempo, toda la firmeza de la verdad sobre el reino de Dios y, por
consiguiente, la insistente invitación divina a abrir el corazón, bajo la
acción del Espíritu Santo, para ser admitido en él y no ser excluidos de él. En todo ello se revela el 'poder del Espíritu Santo'; es más, se manifiesta
el Espíritu Santo mismo con su presencia y su acción de Paráclito, que
conforta y auxilia al hombre, y le confirma en la verdad divina, derrotando
al 'señor de este mundo ' . EL ESPÍRITU SANTO EN EL MISTERIO DE 1. En El sacrificio de la cruz es el culmen de una
vida en la cual hemos leído, siguiendo los textos del Evangelio, la verdad
sobre el Espíritu Santo, a partir del momento de la encarnación. Fue el tema de las catequesis anteriores, concentradas en los momentos
de la vida y de la misión de Cristo, en la cual la revelación del Espíritu
Santo es particularmente transparente. El tema de la catequesis de hoy es el
momento de 2. Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en
su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: 'Padre, en tus
manos pongo mi espíritu' (Lc 23, 46). Aunque estas palabras, excepto la
invocación 'Padre', provienen del Salmo 30/31, sin embargo, en el contexto
del evangelio adquieren otro significado. El salmista rogaba a Dios que lo
salvase de la muerte; Jesús en la cruz, por el contrario, precisamente con
las palabras del salmista acepta la muerte, entregando su espíritu al Padre
(es decir, 'su vida'). El salmista se dirige a Dios como a liberador; Jesús encomienda (es
decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de 3. Antes de pasar a este otro texto, hay que considerar la formulación
un poco diversa de las palabras de Cristo moribundo en el evangelio de Juan.
Allí leemos: 'Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: 'Todo está cumplido'. E
inclinando la cabeza entregó el espíritu' (Jn 19, 30). El evangelista no pone
de relieve la 'entrega' (o 'encomienda') del espíritu al Padre. El amplio
contexto del evangelio de Juan, y especialmente las páginas dedicadas a la
muerte de Jesús en la cruz, parecen más bien indicar que en la muerte da
comienzo el envío del Espíritu Santo, como Don entregado en la marcha de
Cristo. Sin embargo, tampoco aquí se trata de una afirmación explícita. Aunque
no podemos ignorar la sorprendente vinculación que parece existir entre el
texto de Juan y la interpretación de la muerte de Cristo que se halla en la
carta a los Hebreos. El autor de esta última habla de la función ritual de
los sacrificios cruentos de Como escribí en 4. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del fuego del cielo
que quemaba las oblaciones que presentaban los hombres (Cfr. Lv 9, 24; 1 Cor 21,26; 2 Cor 7, 1). Así en el Levítico:
'Arderá el fuego sobre el altar sin apagarse; el sacerdote lo alimentará con
leña todas las mañanas, colocará encima el holocausto' (6, 5). Ahora bien,
sabemos que el antiguo holocausto era figura del sacrificio de la cruz, el
holocausto perfecto. 'Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el
fuego del cielo que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz . Proviniendo del Padre, ofrece al Padre el
sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina realidad de la comunión
trinitaria' (Dominum et vivificantem,
41). Por esta razón podemos añadir que en el reflejo del misterio
trinitario se ve el pleno cumplimiento del anuncio de Juan Bautista en el
Jordán: 'Él (Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego' (Mt 3, 11). Si
ya en el Antiguo Testamento, del que se hacia eco el Bautista, el fuego
simbolizaba la intervención soberana de Dios que purificaba las conciencias
mediante su Espíritu (Cfr. Is 1, 25; Zac 13, 9; Mt
13, 2.3; Si 2, 5), ahora la realidad supera las figuras en el sacrificio de
la cruz, que es el perfecto bautismo con el que Cristo mismo debía ser
bautizado' (Cfr. Mc 10, 38), y al cual El, en su vida y en su misión terrena,
tiende con todas sus fuerzas, como él mismo dijo: He venido a arrojar un
fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un
bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado
estoy hasta que se cumplan' (Lc 12, 49.50). E!
Espíritu Santo es el 'fuego' salvífico que da actuación a ese sacrificio. 5. En la carta a los Hebreos leemos también que Cristo, 'aun siendo
Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia' (5, 8). Al venir al mundo
dijo al Padre: 'He aquí que vengo a hacer tu voluntad' (Hb 10, 9). En el
sacrificio de la cruz se realiza plenamente esta obediencia: 'Si el pecado ha
engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado
recibe su plena expresión humana por medio del Espíritu Santo..., pero, a la
vez, desde lo hondo de este sufrimiento... el Espíritu saca una nueva
dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo
más hondo del misterio de la cruz actúa el amor, que lleva de nuevo al hombre
a participar en la vida, que está en Dios mismo' (Dominum
et vivificantem, 41 ) . Por eso en las relaciones con Dios la humanidad tiene 'un Sumo
Sacerdote que (sabe) compadecerse de nuestras flaquezas, habiendo sido
probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado' (Cfr. Hb 4, 15): en
este nuevo misterio de la mediación sacerdotal de Cristo ante el Padre, está
la intervención decisiva del 'Espíritu eterno', que es fuego de amor
infinito. 6. 'El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al
centro mismo del sacrificio que se ofrece en Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz el momento conclusivo
de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo. Es el momento)clave, en el cual halla su centro el acontecimiento de
Pentecostés y toda la irradiación que emanará de él al mundo. El mismo
'Espíritu eterno' operante en el misterio de la cruz aparecerá entonces en el
Cenáculo sobre las cabezas de los apóstoles bajo la forma de 'lenguas como de
fuego' para significar que penetraría gradualmente en las arterias de la
historia humana mediante el servicio apostólico de EL ESPÍRITU SANTO EN LA
RESURRECCIÓN DE CRISTO (8.VIII.90) 1. El Apóstol Pedro afirma en su primera carta: 'Cristo, para
llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos, muerto en la carne, vivificado en el Espíritu' (1 Pe 3, 13).
También el Apóstol Pablo afirma la misma verdad en la introducción a la carta
a los Romanos, donde se presenta como el anunciador del Evangelio de Dios
mismo. Y escribe: 'El Evangelio... acerca de su Hijo, nacido del linaje de
David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu
de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor
nuestro' (1, 3.4). A este respecto escribí en Los estudiosos opinan que en este pasaje de la carta a los Romanos,
así como en el de la carta de Pedro (3, 13)4 6), se halla contenida una
profesión de fe anterior, recogida por los dos Apóstoles de la fuente viva de
la primera comunidad cristiana. En esa profesión de fe se encuentra, entre
otras, la afirmación según la cual el Espíritu Santo que actúa en la
resurrección es el 'Espíritu de santificación'. Por consiguiente, podemos
decir que Cristo, que en el momento de su concepción en el seno de María por
obra del Espíritu Santo ya era el Hijo de Dios, en la resurrección es
'constituido' fuente de vida y de santidad .'lleno
de poder de santificación'. por obra del mismo
Espíritu Santo. Así se revela en todo su significado el gesto que Jesús realiza la
misma tarde del día de la resurrección, 'el primer día de la semana', cuando,
al aparecerse a los Apóstoles, les muestra las manos y el costado, sopla
sobre ellos y les dice: 'Recibid el Espíritu Santo' (Jn 20, 22). En efecto, en su carta, relacionando la resurrección de Cristo con la
fe en la universal 'resurrección del cuerpo', el Apóstol establece la
relación entre Cristo y Adán en estos términos: 'Fue hecho el primer hombre,
Adán, alma viviente, el último Adán, espíritu que da vida' (15 45). Al
afirmar que Adán fue hecho 'alma viviente', Pablo cita el texto del Génesis
según el cual Adán fue hecho 'alma viviente' gracias al 'aliento de vida' que
Dios 'insufló en sus narices' (Gen 2, 7); después, Pablo sostiene que
Jesucristo, como hombre resucitado, supera a Adán, pues posee la plenitud del
Espíritu Santo, que debe dar vida al hombre de un modo nuevo para así
convertirlo en un ser espiritual. El hecho de que el nuevo Adán haya llegado
a ser 'espíritu que da vida' no significa que se identifique como persona con
el Espíritu Santo que 'da la vida'(divina), sino que, al poseer como hombre
la plenitud de este Espíritu, lo da a los Apóstoles, a 3. El texto del Apóstol forma parte de la instrucción de Pablo sobre
el destino del cuerpo humano, del que es principio vital el alma (psyche en griego, refesh en hebreo:
cfr. Gen 2, 7). Es un principio natural; en el momento de la muerte el cuerpo
aparece abandonado por él. Ante el hecho de la muerte se plantea, como
problema de existencia antes que de reflexión filosófica, el interrogante
sobre la inmortalidad. Según el Apóstol, la resurrección de Cristo responde a este
interrogante con una certeza de fe. El cuerpo de Cristo, colmado de Espíritu
Santo en la resurrección, es la fuente de la nueva vida de los cuerpos
resucitados: 'Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual' (1
Cor 15, 44). El cuerpo 'natural' (es decir, animado por la psyche) está destinado a desaparecer para dejar lugar al
cuerpo 'espiritual', animado por el pneuma, el
Espíritu, que es principio de vida nueva ya durante la actual vida mortal
(Cfr. Rom 1,9; 5, 5), pero alcanzará su plena eficacia después de La futura resurrección de los cuerpos está, por tanto, vinculada a su
espiritualización a semejanza del cuerpo de Cristo, vivificado por el poder
del Espíritu Santo. Ésta es la respuesta del Apóstol al interrogante que él
mismo se plantea: '¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la
vida?' (1 Cor 15, 35). ' ¡Necio! .exclama Pablo.. Lo
que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo
que v brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra
planta. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad... Así también en la
resurrección de los muertos: ... se siembra un cuerpo natural, resucita un
cuerpo espiritual' (1 Cor 15, 36.44). 4. Por tanto, según el Apóstol, la vida en Cristo es al mismo tiempo
la vida en el Espíritu Santo: 'Mas nosotros no estáis en la carne, sino en el
espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el
Espíritu de Cristo, no le pertenece (a Cristo)' (Rom 8, 9). La verdadera
libertad se halla en Cristo y en su Espíritu, 'porque la ley del Espíritu que
da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte'
(Rom 8, 2). La santificación en Cristo es al mismo tiempo la santificación en
el Espíritu Santo (Cfr., por ejemplo, 1 Cor 1, 2; Rom 15, 16) . Si Cristo ' intercede por nosotros ' (Rom 8, 34),
entonces también el Espíritu Santo 'intercede por nosotros con gemidos
inefables... Intercede a favor de los santos según Dios' (Rom 8, 6.27) . Como se puede deducir de estos textos paulinos, el Espíritu Santo, que
ha actuado en la resurrección de Cristo, ya infunde en el cristiano la nueva
vida, en la perspectiva escatológica de la futura resurrección. Existe una
continuidad entre la resurrección de Cristo, la vida nueva del cristiano
liberado del pecado y hecho participe del misterio pascual, y la futura
reconstrucción construcción de la unidad de cuerpo y alma en la resurrección
tras la muerte: el autor de todo el desarrollo de la vida nueva en Cristo es
el Espíritu Santo. 5. Se puede decir que la misión de Cristo alcanza realmente su culmen en el misterio pascual, donde la estrecha relación
entre la cristología y la pneumatología se abre,
ante la mirada del creyente y ante la investigación del teólogo, al horizonte
escatológico. Pero esta perspectiva incluye también el plano eclesiológico: porque ' 6. En el centro de este servicio se encuentra |
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Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant |