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MEDITACIONES SOBRE JESUS Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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En la reflexión de este mes, comento tres fragmentos
del Evangelio de san Lucas, que se refieren a la fuerza que tiene la fe en
Jesús. "Levántate y vete, tu fe te ha salvado". Lc 17, 11-19 Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través
de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez
leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús,
Maestro, ten compasión de nosotros!" Al verlos, Jesús les dijo:
"Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron
purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sano, volvió atrás
alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en
tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo,
no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno
volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?" Y
agregó:"Levántate y vete, tu fe te ha salvado". En los tiempos de Jesús, para ir a Jerusalén
viniendo desde Galilea, era necesario pasar por Samaria. Entre los judíos y
samaritanos existía una vieja enemistad. Jesús se proponía cambiar esta
aversión y odio. En varios fragmentos del Evangelio, comprobamos una vez más
que los samaritanos son benévolos mientras los judíos son desagradecidos a
los beneficios que se les habían dispensado. Así fue, como mientras Jesús; “Se dirigía a
Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un
poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a
distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de
nosotros!" A estos leprosos los unía la desgracia común, pero
tenían una esperanza, entonces se presentaron donde Jesús había de pasar,
seguramente estaban ansiosos e inquietos por verle venir. La ley de los judíos
considera a la lepra como enfermedad impura o inmunda. Por esos estaban
excluidos del trato con los demás hombres. Pero la ley del Evangelio no
considera como inmunda la lepra externa, sino la interna. Los leprosos, tenían que vivir alejados de los poblados,
por lo general a las afueras de las ciudades y aldeas, sus casas eran cuevas
o viviendas para leprosos. Sus vidas eran humillantes, ellos vestían de modo
de mostrar su enfermedad y si alguien se les acercaba, era obligación gritar
“Soy impuro”. Así es, como ellos esperan desde lejos como avergonzados por la
impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesús los rechazaría también, como
hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por
sus ruegos. El Señor siempre está cerca de los que le invocan
con verdad (Sal 145,18). El grito angustioso de los leprosos, es el mismo
que repetimos tantas veces en diversas circunstancias de nuestras vidas y
Jesús mitiga y acaba con nuestros abatimientos y tristezas. Así es como
confiamos el invocar el nombre de Jesús, de esta forma llamamos y nos
dirigimos con ruegos y obtenemos los que buscamos y deseamos porque Jesús
quiere decir Salvador. Ellos como nosotros decimos "Ten compasión de
nosotros", porque conocemos la magnitud de su poder. A Jesús, los
leprosos no le piden riquezas, ni oro ni plata, sino la salud y purificación
de su cuerpo. Y le llaman Jesús, Maestro, no le piden
sencillamente, ni le ruegan como mortal. Ellos, los leprosos hicieron un acto
de fe en Jesús. Pero,”Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a
los sacerdotes". Porque éstos verían si habían sido curados o no de la
lepra. Pero lo interesante, es que ellos se pusieron inmediatamente en
camino, obedeciendo el mandato recibido. El beneficio de aquella fe, por
aquel acto de sumisión que hicieron, mientras iban quedaron curados.”Y en el
camino quedaron purificados” De estos diez, nueve de ellos eran israelitas,
estos fueron desagradecidos. Uno de ellos era samaritano y volvió expresando
su gratitud. El Evangelios continua; “Uno de ellos, al
comprobar que estaba sano, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se
arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias.”
Manifestando así con su postración y sus ruegos su fe y su gratitud. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron
purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar
gracias a Dios, sino este extranjero?" Y agregó: "Levántate y vete,
tu fe te ha salvado". Nada impide acercarse a Jesús, venga de donde
venga, sea del pueblo o la raza que sea. Ninguno por el solo hecho de nacer
en una familia privilegiada, puede sentirse con más derecho a acercarse a
Dios. Todos son curados, y solo uno agradece a Jesús el
milagro y da gloria a Dios. El hecho de que no fuese del pueblo elegido, sino
samaritano, resalta más la importancia del buen corazón para creer, más allá
de las consideraciones de pertenencia al Pueblo elegido. Porque los nueve que
eran israelitas fueron precisamente los desagradecidos. Por esto Jesús le
dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Hoy nos dice el Señor Jesús; "Levántate y
vete, tu fe te ha salvado". “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
fe sobre la tierra?" Lc 18, 1-8 Jesús enseñó con una parábola que era necesario
orar siempre sin desanimarse: "En una ciudad había un juez que no temía
a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que
recurría a él, diciéndole: "Te ruego que me hagas justicia contra mi
adversario". Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo:
"Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me
molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a
fastidiarme"". Y el Señor dijo: "Oigan lo que dijo este juez
injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y
noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos
les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre
la tierra?" Jesús enseñó con una parábola que era necesario
orar siempre sin desanimarse: Orar y rezar es lo mismo, es nuestra forma de
hablar con Dios. Santa Teresa del Niño Jesús dice; “Para mí, la oración es un
impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de
reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de
la alegría” Jesús siempre esta orando, Pero él buscaba siempre
lugares solitarios donde orar. (Lc 5,16). En aquellos días se fue a orar a un
cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12). Un día Jesús se
había apartado un poco para orar, (Lc 9,18). Jesús ora antes de los momentos
decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de él en su
Bautismo “Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a
recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos:
(Lc 3, 21) y de su Transfiguración “Unos ocho días después de estos
discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro
a orar” (Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al Plan amoroso
del Padre “Llegados al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en
tentación». Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de
piedra, y doblando las rodillas oraba, con estas palabras: «Padre, si
quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. Entró en agonía y
oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que
caían hasta el suelo. Después de orar, se levantó y fue hacia donde estaban
los discípulos. Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. (Lc 22,
41-45) Jesús no desea que cesen nuestras oraciones, y con
el fragmento de este Evangelio, nos pide que meditemos los beneficios de
rezar. Jesús quiere que a través de nuestras oraciones, recibamos todo lo que
su bondad nos quiere dar. Dios nunca nos niega ningún beneficio a quien se
los pide, es así como el Señor nos invita a que no nos cansemos de Orar.
Cuanta gracia recibimos al tratar directamente con Dios en nuestra oración.
El Señor no desdeña, esto es no desprecia ninguna petición nuestra. El que ora siempre, siempre esta hablando con Dios
y mantiene el alma en una dependencia absoluta de Dios y el beneficio es un
corazón Pero como dice Jesús, es preciso orar siempre y
orar sin desfallecer, la oración es la respuesta adecuada al don gratuito de
la gracia, la oración es el medio para participar del Reino de los Cielos. El que reza con humildad, recibe de premio los
beneficios mas allá de lo que merecemos. En este fragmento de Evangelios, nos muestra que
la perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se
pida. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con
perseverancia, porque El es la fuente de la justicia y de la misericordia.
Así es, como la viuda con constancia ablanda al juez que no le importaba ni
Dios ni los hombres, entonces ¿con cuánta más razón debemos postrarnos y
rogar al Padre de la misericordia, que es Dios? Al contrario de este Juez
impío, que escucha a la viuda para quitársela de encima, Dios escucha las
suplicas de los hombres por los ama. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
fe sobre la tierra?" La pregunta que nos hace Jesús, nos da a entender que
la fe no se puede perder. No es suficiente haber crecido en la fe, no basta
que llevemos una vida cristiana, es preciso estar alerta, vigilante, a fin de
que nuestra fe se convierta en vida, para que se verdadera. Dice San Agustín, “El Señor dice esto refiriéndose
a la fe perfecta, porque esta fe apenas se encuentra en la tierra. Llena está
de fieles Esto lo añade el Señor para dar a conocer que si
la fe falta, la oración es inútil. Por tanto, cuando oremos, creamos y oremos
para que no falte la fe. La fe produce la oración y la oración produce a su
vez la firmeza de la fe. Si la fe es luz, no vivamos en la s tinieblas,
vivamos en la luz, viviendo la fe. "Recupera la vista, tu fe te ha salvado" Lc 18, 35 - 43 Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba
sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente,
preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego
se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" Los
que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más
fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" Jesús se detuvo y
mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: "¿Qué
quieres que haga por ti?" "Señor, que yo vea otra vez". Y
Jesús le dijo: "Recupera la vista, tu fe te ha salvado". En el
mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a
Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios. Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba
sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente,
preguntó qué sucedía. El ciego, no conocía a Jesús, por supuesto el no lo
había visto antes. Es así como él pregunta porque tanta gente. Así fue como
él se entero que pasaba Jesús Nazareno. Sin embargo el grita; "Jesús,
Hijo de David, ten misericordia de mí". Cabe entonces una pregunta ¿Por
qué llama a Jesús así? Un ciego ve la luz del mundo. Quizás como muchos judíos, sabían que el Mesías
nacería de la estirpe de David, ¿pero como iba a saber que era El que pasaba
por allí? Como sería que los que iban delante lo reprendían para que se
callara, pero él gritaba más fuerte. Pero el no se acobardó, como sabiendo
que la fe que lucha, es la que triunfa por sobre los obstáculos. Jesús, oye y se detiene a la voz del que lo llama
con fe y así es como mira a los que lo invocan. Entonces, Jesús deteniéndose
manda que le traigan a este hombre que le había llamado y cuando estuvo cerca
le pregunta; "¿Qué quieres que haga por ti?" La pregunta se la hace
por su natural misericordia y para que los presentes vean que el ciego no
pedía limosna, sino que la gracia divina y lo hacía con fe. Entonces cuando
el ciego expuso su petición, "Señor, que yo vea otra vez". Jesús le
dice: "Recupera la vista, tu fe te ha salvado". Los beneficios del Señor se obtienen por la fe y
según sea esta es la gracia que se recibe. Mientras mas abras la ventana de
tu corazón, más luz entrará. Las palabra de Jesús, se transforman en luz para
los ciegos. El Evangelio continúa; En el mismo momento, el
ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Un doble
beneficio gana el ciego, la vista y la fe en Dios, esto es, termina con su
ceguera corporal y aumenta su fe en el Señor. Al ver esto, todo el pueblo
alababa a Dios. Muchos son los que desconocen la luz y viven en
las tinieblas, pero quien se acerca a la verdadera Luz, esto es a Jesús, vera
la luz eterna. El ciego nos demuestra que mientras más se clame o
más se pida, mas se recibe. Así como cuando insistimos en la oración con toda
nuestra vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista
perdida. “Pero él gritaba más fuerte”, dice el Evangelio,
para que se oiga por sobre el ruido que produce el tumulto, así nuestra
oración debe oírse por sobre todo lo demás, con insistencia, por encima de la
ceguera que nos rodea, para que el mundo sea testigo de la luz de Cristo. La fe salvo al ciego, y la fe puede salvarnos a nosotros,
siempre que nuestra fe sea como la del ciego, confiada, firme y perseverante. Y cuando recibamos beneficios del Señor, seamos
como el ciego de Jericó, que recobro la vista y siguió glorificando a Dios. Jesús, siempre estará esperando que acudamos a El,
si le llamamos siempre vendrá nosotros a iluminarnos Por comprender esto,
“Gracias Señor” |
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