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VI. LA AVARICIA
Creo que la mayor cantidad de cuentos
infantiles oídos por mi, muchos de ellos contados por mi madre cuando fui
pequeño, hablaban de la avaricia, por eso desde siempre nunca he dejado de
pensar sobre la maldad que hay en este vicio, el cual ha traído tantos
males inimaginable a los hombres en todos los tiempos.
La avaricia es el afán excesivo de
poseer y de adquirir riquezas para atesorarlas o la Inclinación o
deseo desordenado de placeres o de posesiones.
La avaricia es uno de los pecados
capitales, está prohibido por el noveno y décimo mandamiento. (CIC 2514,
2534)
“La avaricia (del latín
"avarus", "codicioso", "ansiar") es el ansia
o deseo desordenado y excesivo por la riqueza. Su especial malicia, ampliamente
hablando, consiste en conseguir y mantener dinero, propiedades, y demás,
con el solo propósito de vivir para eso”.
Dice Santo Tomás: Cuando el amor
desordenado de sí mismo se convierte en deseo de los ojos, la avaricia no
puede ser retenida. El hombre quiere poseerlo todo para tener la impresión
de que se pertenece a sí mismo de una manera absoluta. La avaricia es un
pecado contra la caridad y la justicia. Es la raíz de muchas otras
actitudes: perfidia, fraude, perjurio, endurecimiento del corazón.
El instinto de conservación, se
manifiesta en esa perversión que no hace más que exagerar el instinto de
economía y ahorro.
La avaricia sobrepasa la precaución y
la prudencia; es un vicio espiritual, puesto que ha dado lugar a la
precaución de la precaución, y ambiciona no carecer de nada. La avaricia es
la enfermedad del ahorro. A veces, este pecado es considerado como una
virtud en razón de la modestia de vida del avaro y de su lógica ante el
porvenir.
Teólogos y científicos han observado la
psicología del avaro y han comprendido la perversión moral y psicológica de
tal hombre. El avaro se aparta de los demás, se encierra en sí mismo y se
impone una austeridad que va incluso en contra de sus necesidades vitales.
Como menos de lo necesario, pierde horas de sueño (para velar su fortuna),
vive en la obsesión del robo o del incendio.
El Evangelio (Mt, 6,24) dice “Nadie
puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o
bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al
mismo tiempo a Dios y al Dinero”
He oído decir que una persona dominada
por la avaricia raramente es
consciente de serlo, sin embargo esa ansiedad de tenerlo todo, ese apego
fuerte y egoísta a los bienes materiales, lo hace una persona destacable en
su forma de ser en el sentido contrario a los valores morales del hombre de bien.
Para el avaro, su fin es juntar,
acaparar, y es amigo de la conveniencia personal, y a pesar de que conviven
a nuestro lado, nunca son amigos de alguien por amor.
La avaricia es un deseo enfermizo, de
cualquier cosa, no solo de dinero, y es el acopio del egoísmo, y esta
ausente total de la bondad y generosidad, y se niega a participar en las
necesidades del prójimo.
En efecto el avaro es un ser negado, no
le gusta compartir, es incomunicativo, no conoce la solidaridad, nada de lo
que le ocurre a los demás le importa, y por tenerlo todo es capaz de
asociarse a la soberbia, y porque no decirlo llegar hasta el robo con por
esa excesiva pasión de atesorar todo lo que se imagina.
La avaricia no esta oculta, esta
delante de nuestro ojos, lo que sucede es que parece que hablamos poco de
ella o no la asociamos a las cosas rutinarias de la vida, pero nuestra
sociedad esta en medio de ella. En efecto, la avaricia es la mejor aliada
de la sociedad consumista, debemos tener el mejor automóvil, el mejor reloj,
la mejor y última innecesaria novedad de la tecnología. Lo esencial no es
que tengamos más o menos bienes materiales, sino la forma en que los
usemos.
Nuestro noticieros hablan diariamente
de los modernos “Avaros”, aquellos que a toda costa no piensan más que en
enriquecerse, esos que buscan ocupar
puesto de privilegios, incluso en el
gobierno para tener algo mas y enriquecer sus arcas personales, o aquellos
que les gusta en la política controlar todo o los que hacen de la
corrupción y el soborno un arte para tener algún bien.
La paradoja es que los avaros en muchas
situaciones viven como un pobre para morir como ricos.
“Dice el Señor en el Evangelio: El que
no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33
En el Catecismo Católico, 2536 se dice
que el décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una
apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado
nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe
también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al
prójimo en sus bienes temporales:
Cuando la Ley nos dice: "No
codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros
deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo
es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del
avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37) (1 Co
6,10).
2450 "No robarás" (Dt 5,19).
"Ni los ladrones, ni los avaros...ni los rapaces heredarán el Reino de
Dios"
Decía Mahatma Gandhi; En la tierra hay
suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como
para satisfacer la avaricia de algunos.
Le decimos avaro a ese que no gasta en
lo que debe, ni siquiera gasta tiempo en pensar en lo que debe, ni cuanto debe, pero si siempre esta pensado que le
faltan muchas cosas.
El avaro nunca duerme con los dos ojos
cerrados, siempre piensa que mientras duerme le quitaran lo que tiene, esta
pendiente en sus sueños de su caja de caudales, y cuando despierta lo atrapa
el temor de haber perdido su tesoro.
Dice Platón de los avaros; “El hombre
que no pone límites a su codicia, siempre se le hará poco, aunque se vea
señor del mundo”
Lo triste es que los hombre ricos y
avarientos, nos guardan para los años de de pocos recursos, tampoco lo
hacen para dar a sus parientes y amigos cuando estos no tienen.
El avaro además, si presta es usurero,
es así como mucha gente se ha empobrecido más con lo que le presta el avaro
que con cualquier otra cosa.
Pero por lo general, el avaro casi
nunca empresta, por que siempre ve la posibilidad de perder lo que tiene.
En cambio el hombre generoso no tiene temor a prestar, porque sabe que si
luego no tiene, habrá otro como el del cual recibirá ayuda.
¿Qué puede esperar un hombre avaro de
Dios? ¿Qué puede esperar un hombre al que la avaricia le ha estrechado el
corazón, de tal manera que le ha cerrado las puertas a la casa del Señor?
Al contrario, que bien les ha hecho a los hombres recibir de Dios un
corazón generoso, por que le abre al Señor las puertas de su morada.
El hombre mísero consigo mismo, por
mucho que tenga, nada puede dar, es así como no tiene para vestir al
desnudo, el que ni siquiera compra un pañuelo, tampoco puede dar de comer,
si ni siquiera gasta en su propio pan, y si tiene trigo, prefiere o
guardarlo o venderlo que hacer harina para su consumo. El avaro no cuida ni
visita enfermos, pero lo más triste, es que no conoce la Botica, cuando tiene un
mal propio. El avaro no puede regalar un calzado al descalzo, porque los
suyos ya no resisten otro paso, como ni siquiera puede dar de comer a un
niño pobre, ya que no gasta para alimentar los suyos.
Sin embargo, lo mas triste del avaro,
es que vive pobre toda su vida y cuando muere es rico en fortuna, y de nada
le sirve.
La amistad es una relación personal
desinteresada, que nace y se fortalece con el trato y está basada en un
sentimiento recíproco de cariño y simpatía.
Respondiendo a la interrogante sobre
que es la amistad, tengo la convicción que es un tipo de alianza y unión de
afectos que se funda y luego se soporta en sentimientos recibidos en la
misma medida que se dan, en la comunicación, el apoyo mutuo, la
comprensión, el cariño y la absoluta armonía entre dos personas, con lo
cual somos capaces de respetar y de ser tolerante al extremo con los demás.
La relación de amistad, afecto y
confianza con otra persona nos sirve de refugio, porque en ella podemos
tener amparo, ayuda y afectuosa protección.
En la amistad podemos encontrar consuelo y auxilio sin
tener que dar nada a cambio.
La amistad verdadera, no tiene
desarrollado el sentido de la posesión y no es absorbente en su trato con
los demás, no hay en ella
exigencias, ni pretensión caprichosa o desmedida, ni obligaciones, al contrario es libertad
y apoyo mutuo.
Un día leí un mensaje en una pared que
decía “La amistad da salud”, y no puede ser menos, en efecto, un buen amigo
le previene de un daño o de un mal ante la más pequeña amenaza, porque él,
no quiere que nos ocurra algo malo. Además, la amistad anima el alma y
estimula el corazón. Algunos especialistas reconocen sus efectos
beneficiosos para la salud, es así como se dice que activa nuevas áreas del
cerebro y libera sustancias hormonales que favorecen la relajación y el bienestar.
Además, es como un espejo que refleja nuestra imagen ampliada. Nos hace
crecer y madurar, ayudando a forjar nuestra personalidad y nuestras
relaciones sociales con quienes nos rodean.
Un informe de un facultativo dice:
“Cuando existe un profundo sentimiento de amistad, este activa áreas muy
particulares, generalmente infrautilizadas en el cerebro, que secretan una
mezcla especial de sustancias bioquímicas. La colaboración, el intercambio,
el reconocimiento del otro, cierran el paso a la agresividad, la
desconfianza o la defensa del territorio. El apoyo emocional que conlleva
toda amistad y la alegría compartida activan el sistema inmunológico.”
Los sentimientos de afecto, cariño y
solidaridad que una persona siente hacia otra y que se manifiesta generalmente
en desear su compañía, alegrarse con lo que considera bueno para ella y
sufrir con lo que considera malo, es la amistad amorosa de los hombres, y
es lo que todos necesitamos dar y recibir, ya que una existencia sin
amistad y sin amor, es una vida con un gran vacío.
En efecto la amistad es una relación
íntima de personas que dan y reciben, y responde a las necesidades de los
hombres, nos otorga confianza en los seres humanos, nos hace vivir en paz,
nos da seguridad, nos hace estar acompañado y sentirnos comprendidos y
queridos. Con todo esto, la amistad
es una forma de enriquecimiento personal, en la que aprendemos a dar y
recibir cariño, a ser más generosos, pero además podemos aprender de las
experiencias del otro, de sus conocimientos y vivencias.
Durante toda nuestra vida, desde la
infancia misma, vamos estableciendo las bases de la amistad. En un
comienzo, nos relacionamos con nuestra familia, con nuestros hermanos,
nuestros primos, luego con nuestros vecinos y acto seguido en las escuelas
iniciamos lazos afectivos fuera del ambiente familiar.
Es así, como desde siempre vamos
descubriendo a otras personas, diferentes a nosotros, con características
que pueden ser distintas o similares a las nuestras. Entonces aprendemos a
compartir, a confiar, a respetar y a querer a otras personas. Es de esta forma
como en numerosas relaciones interpersonales volcamos nuestro afecto, el
que puede ser más o menos intenso, dependiendo de la afinidad que sentimos
por esas personas, de la intensidad y frecuencia de la relación y de la
reciprocidad afectiva que advertimos en ellos. De forma más o menos
inconsciente, damos cariño esperando que éste obtenga cierta resonancia en
la persona querida, de tal modo que esta persona también nos dé cariño a
nosotros, lo que supone un reconocimiento, una reciprocidad y el establecimiento
de un vínculo afectivo como es la amistad.
Tienen mucha razón los que dicen que la
amistad ni se conquista ni se impone, porque ésta nace del corazón, como
los que piensan que la amistad no se agradece, se corresponde. El que sabe
corresponder la amistad, sabe lo que es el amor de amigos.
Pero a los amigos hay que serles muy
fiel, empezando por no mentirles nunca, porque el amigo de verdad jamás te
miente. A este amigo, se les respeta, se le honra cuando esta con nosotros,
y si no esta debemos ser capaces de valorar su ausencia, sintiendo el vacío
que nos provoca, del mismo modo cuando él nos necesite, le daremos todo
nuestro apoyo.
Es un bueno amigo, aquel que trae la
luz para alumbrarnos en nuestra oscuridad, para que veamos con claridad
cual es el rumbo que llevamos, y si vamos por uno equivocado, nos ayuda
para corregirlo, aún más el camina junto a nosotros una parte de él, casi
siempre, la más difícil.
Todos tenemos algún defecto, entonces
no busquemos amigos que no los tengan, ni busquemos los defectos que ellos
tienen. Cuando nuestros amigos cambian, no cambiemos nosotros, perseveremos
en la amistad y busquemos comprender que le sucede. Y no olvidemos, que los
amigos se distinguen en la adversidad. Tampoco olvidemos que la amistad se engrandece
y se fortalece justamente cuando estamos dispuestos a perdonar los
defectos.
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