LA MORAL DEL CRISTIANO

REFLEXIONES DE NUESTRA MORAL

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

VI.    LA AVARICIA

 

Creo que la mayor cantidad de cuentos infantiles oídos por mi, muchos de ellos contados por mi madre cuando fui pequeño, hablaban de la avaricia, por eso desde siempre nunca he dejado de pensar sobre la maldad que hay en este vicio, el cual ha traído tantos males inimaginable a los hombres en todos los tiempos.

La avaricia es el afán excesivo de poseer y de adquirir riquezas para atesorarlas o la Inclinación o deseo desordenado de placeres o de posesiones.

La avaricia es uno de los pecados capitales, está prohibido por el noveno y décimo mandamiento. (CIC 2514, 2534)

“La avaricia (del latín "avarus", "codicioso", "ansiar") es el ansia o deseo desordenado y excesivo por la riqueza. Su especial malicia, ampliamente hablando, consiste en conseguir y mantener dinero, propiedades, y demás, con el solo propósito de vivir para eso”.

Dice Santo Tomás: Cuando el amor desordenado de sí mismo se convierte en deseo de los ojos, la avaricia no puede ser retenida. El hombre quiere poseerlo todo para tener la impresión de que se pertenece a sí mismo de una manera absoluta. La avaricia es un pecado contra la caridad y la justicia. Es la raíz de muchas otras actitudes: perfidia, fraude, perjurio, endurecimiento del corazón.

El instinto de conservación, se manifiesta en esa perversión que no hace más que exagerar el instinto de economía y ahorro.

La avaricia sobrepasa la precaución y la prudencia; es un vicio espiritual, puesto que ha dado lugar a la precaución de la precaución, y ambiciona no carecer de nada. La avaricia es la enfermedad del ahorro. A veces, este pecado es considerado como una virtud en razón de la modestia de vida del avaro y de su lógica ante el porvenir.

Teólogos y científicos han observado la psicología del avaro y han comprendido la perversión moral y psicológica de tal hombre. El avaro se aparta de los demás, se encierra en sí mismo y se impone una austeridad que va incluso en contra de sus necesidades vitales. Como menos de lo necesario, pierde horas de sueño (para velar su fortuna), vive en la obsesión del robo o del incendio.

El Evangelio (Mt, 6,24) dice “Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero”

He oído decir que una persona dominada por la avaricia  raramente es consciente de serlo, sin embargo esa ansiedad de tenerlo todo, ese apego fuerte y egoísta a los bienes materiales, lo hace una persona destacable en su forma de ser en el sentido contrario a los valores morales  del hombre de bien.

Para el avaro, su fin es juntar, acaparar, y es amigo de la conveniencia personal, y a pesar de que conviven a nuestro lado, nunca son amigos de alguien por amor.

La avaricia es un deseo enfermizo, de cualquier cosa, no solo de dinero, y es el acopio del egoísmo, y esta ausente total de la bondad y generosidad, y se niega a participar en las necesidades del prójimo.

En efecto el avaro es un ser negado, no le gusta compartir, es incomunicativo, no conoce la solidaridad, nada de lo que le ocurre a los demás le importa, y por tenerlo todo es capaz de asociarse a la soberbia, y porque no decirlo llegar hasta el robo con por esa excesiva pasión de atesorar todo lo que se imagina.

La avaricia no esta oculta, esta delante de nuestro ojos, lo que sucede es que parece que hablamos poco de ella o no la asociamos a las cosas rutinarias de la vida, pero nuestra sociedad esta en medio de ella. En efecto, la avaricia es la mejor aliada de la sociedad consumista, debemos tener el mejor automóvil, el mejor reloj, la mejor y última innecesaria novedad de la tecnología. Lo esencial no es que tengamos más o menos bienes materiales, sino la forma en que los usemos.

Nuestro noticieros hablan diariamente de los modernos “Avaros”, aquellos que a toda costa no piensan más que en enriquecerse,  esos que buscan ocupar puesto de privilegios, incluso  en el gobierno para tener algo mas y enriquecer sus arcas personales, o aquellos que les gusta en la política controlar todo o los que hacen de la corrupción y el soborno un arte para tener algún bien.

La paradoja es que los avaros en muchas situaciones viven como un pobre para morir como ricos.

“Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33

En el Catecismo Católico, 2536 se dice que el décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37) (1 Co 6,10).

2450 "No robarás" (Dt 5,19). "Ni los ladrones, ni los avaros...ni los rapaces heredarán el Reino de Dios"

Decía Mahatma Gandhi; En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos.

Le decimos avaro a ese que no gasta en lo que debe, ni siquiera gasta tiempo en pensar en lo que debe, ni cuanto  debe, pero si siempre esta pensado que le faltan muchas cosas.

El avaro nunca duerme con los dos ojos cerrados, siempre piensa que mientras duerme le quitaran lo que tiene, esta pendiente en sus sueños de su caja de caudales, y cuando despierta lo atrapa el temor de haber perdido su tesoro.

Dice Platón de los avaros; “El hombre que no pone límites a su codicia, siempre se le hará poco, aunque se vea señor del mundo”

Lo triste es que los hombre ricos y avarientos, nos guardan para los años de de pocos recursos, tampoco lo hacen para dar a sus parientes y amigos cuando estos no tienen.

El avaro además, si presta es usurero, es así como mucha gente se ha empobrecido más con lo que le presta el avaro que con cualquier otra cosa.

Pero por lo general, el avaro casi nunca empresta, por que siempre ve la posibilidad de perder lo que tiene. En cambio el hombre generoso no tiene temor a prestar, porque sabe que si luego no tiene, habrá otro como el del cual recibirá ayuda.

¿Qué puede esperar un hombre avaro de Dios? ¿Qué puede esperar un hombre al que la avaricia le ha estrechado el corazón, de tal manera que le ha cerrado las puertas a la casa del Señor? Al contrario, que bien les ha hecho a los hombres recibir de Dios un corazón generoso, por que le abre al Señor las puertas de su morada.

El hombre mísero consigo mismo, por mucho que tenga, nada puede dar, es así como no tiene para vestir al desnudo, el que ni siquiera compra un pañuelo, tampoco puede dar de comer, si ni siquiera gasta en su propio pan, y si tiene trigo, prefiere o guardarlo o venderlo que hacer harina para su consumo. El avaro no cuida ni visita enfermos, pero lo más triste, es que no conoce la Botica, cuando tiene un mal propio. El avaro no puede regalar un calzado al descalzo, porque los suyos ya no resisten otro paso, como ni siquiera puede dar de comer a un niño pobre, ya que no gasta para alimentar los suyos.

Sin embargo, lo mas triste del avaro, es que vive pobre toda su vida y cuando muere es rico en fortuna, y de nada le sirve.

La amistad es una relación personal desinteresada, que nace y se fortalece con el trato y está basada en un sentimiento recíproco de cariño y simpatía.

Respondiendo a la interrogante sobre que es la amistad, tengo la convicción que es un tipo de alianza y unión de afectos que se funda y luego se soporta en sentimientos recibidos en la misma medida que se dan, en la comunicación, el apoyo mutuo, la comprensión, el cariño y la absoluta armonía entre dos personas, con lo cual somos capaces de respetar y de ser tolerante al extremo con los demás.

La relación de amistad, afecto y confianza con otra persona nos sirve de refugio, porque en ella podemos tener amparo, ayuda y afectuosa protección.

En la amistad  podemos encontrar consuelo y auxilio sin tener que dar nada a cambio.

La amistad verdadera, no tiene desarrollado el sentido de la posesión y no es absorbente en su trato con los demás,  no hay en ella exigencias, ni pretensión caprichosa o desmedida,  ni obligaciones, al contrario es libertad y apoyo mutuo.

Un día leí un mensaje en una pared que decía “La amistad da salud”, y no puede ser menos, en efecto, un buen amigo le previene de un daño o de un mal ante la más pequeña amenaza, porque él, no quiere que nos ocurra algo malo. Además, la amistad anima el alma y estimula el corazón. Algunos especialistas reconocen sus efectos beneficiosos para la salud, es así como se dice que activa nuevas áreas del cerebro y libera sustancias hormonales que favorecen la relajación y el bienestar. Además, es como un espejo que refleja nuestra imagen ampliada. Nos hace crecer y madurar, ayudando a forjar nuestra personalidad y nuestras relaciones sociales con quienes nos rodean.

Un informe de un facultativo dice: “Cuando existe un profundo sentimiento de amistad, este activa áreas muy particulares, generalmente infrautilizadas en el cerebro, que secretan una mezcla especial de sustancias bioquímicas. La colaboración, el intercambio, el reconocimiento del otro, cierran el paso a la agresividad, la desconfianza o la defensa del territorio. El apoyo emocional que conlleva toda amistad y la alegría compartida activan el sistema inmunológico.”

Los sentimientos de afecto, cariño y solidaridad que una persona siente hacia otra y que se manifiesta generalmente en desear su compañía, alegrarse con lo que considera bueno para ella y sufrir con lo que considera malo, es la amistad amorosa de los hombres, y es lo que todos necesitamos dar y recibir, ya que una existencia sin amistad y sin amor, es una vida con un gran vacío.

En efecto la amistad es una relación íntima de personas que dan y reciben, y responde a las necesidades de los hombres, nos otorga confianza en los seres humanos, nos hace vivir en paz, nos da seguridad, nos hace estar acompañado y sentirnos comprendidos y queridos. Con todo esto,  la amistad es una forma de enriquecimiento personal, en la que aprendemos a dar y recibir cariño, a ser más generosos, pero además podemos aprender de las experiencias del otro, de sus conocimientos y vivencias.

Durante toda nuestra vida, desde la infancia misma, vamos estableciendo las bases de la amistad. En un comienzo, nos relacionamos con nuestra familia, con nuestros hermanos, nuestros primos, luego con nuestros vecinos y acto seguido en las escuelas iniciamos lazos afectivos fuera del ambiente familiar.

Es así, como desde siempre vamos descubriendo a otras personas, diferentes a nosotros, con características que pueden ser distintas o similares a las nuestras. Entonces aprendemos a compartir, a confiar, a respetar y a querer a otras personas. Es de esta forma como en numerosas relaciones interpersonales volcamos nuestro afecto, el que puede ser más o menos intenso, dependiendo de la afinidad que sentimos por esas personas, de la intensidad y frecuencia de la relación y de la reciprocidad afectiva que advertimos en ellos. De forma más o menos inconsciente, damos cariño esperando que éste obtenga cierta resonancia en la persona querida, de tal modo que esta persona también nos dé cariño a nosotros, lo que supone un reconocimiento, una reciprocidad y el establecimiento de un vínculo afectivo como es la amistad.

Tienen mucha razón los que dicen que la amistad ni se conquista ni se impone, porque ésta nace del corazón, como los que piensan que la amistad no se agradece, se corresponde. El que sabe corresponder la amistad, sabe lo que es el amor de amigos.

Pero a los amigos hay que serles muy fiel, empezando por no mentirles nunca, porque el amigo de verdad jamás te miente. A este amigo, se les respeta, se le honra cuando esta con nosotros, y si no esta debemos ser capaces de valorar su ausencia, sintiendo el vacío que nos provoca, del mismo modo cuando él nos necesite, le daremos todo nuestro apoyo.

Es un bueno amigo, aquel que trae la luz para alumbrarnos en nuestra oscuridad, para que veamos con claridad cual es el rumbo que llevamos, y si vamos por uno equivocado, nos ayuda para corregirlo, aún más el camina junto a nosotros una parte de él, casi siempre, la más difícil.

Todos tenemos algún defecto, entonces no busquemos amigos que no los tengan, ni busquemos los defectos que ellos tienen. Cuando nuestros amigos cambian, no cambiemos nosotros, perseveremos en la amistad y busquemos comprender que le sucede. Y no olvidemos, que los amigos se distinguen en la adversidad. Tampoco olvidemos que la amistad se engrandece y se fortalece justamente cuando estamos dispuestos a perdonar los defectos.

 

p.s.donoso@vtr.net