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VII. LA CARIDAD, NUESTRO AMOR
A DIOS Y A LOS HOMBRES
Entendemos del sentido de la caridad,
cuando la interpretamos como la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno,
o como la limosna o auxilio que se da o se presta a los necesitados.
En el cristianismo, es la virtud
teologal que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a nosotros mismos.
En efecto es la tercer y mayor de las
virtudes Divinas enumeradas por San Pablo (1 Cor., 13, 13), “Y ahora
permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de
ellos es el amor”. Este amor es la caridad, que se define como algo
divinamente infundido, que inclina al hombre a amar a Dios por sobre todas
las cosas, y al hombre por amor a Dios.
(Romanos 5, 5), “Porque el amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado”
El amor a Dios, es un sentimiento
infundido por un don o una gracia que comunica al alma con Dios, es algo
superior a esa inclinación que traemos desde el nacimiento, es algo
diferente a los hábitos que hemos adquirido.
Por tanto su origen, es por infusión
divina y es una gracia santificante. La caridad habita en la voluntad
humana, y en algunas ocasiones es intensamente emocional, y reacciona con
frecuencia según nuestras facultades sensoriales, aún reside propiamente en
la voluntad racional, hecho que no debe olvidarse pues sin ella sería una
virtud imposible.
Tener caridad, es un acto de amor
benévolo, es decir, es de un comportamiento que tiene buena voluntad,
simpatía y comprensión hacia los demás
y a la amistad. Amar a Dios es desearle a Él todo honor y gloria y
todo bien, y, en la medida de nuestras posibilidades, empeñarse en
obtenerla por Él.
San Juan, (Juan 14, 23) nos destaca y
nos resalta el aspecto de
reciprocidad que hace de la caridad una amistad verdadera del hombre con
Dios.
Cuando le preguntan a Jesús «Señor,
¿por qué hablas de mostrarte a nosotros y no al mundo?» Responde; “Si
alguno me ama, mi palabra Guardará.
Jesús se muestra a los que le aman. El
que ama su palabra la guardará, la cuidará, vigilara y defenderá, la colocara en un lugar seguro
y apropiado, pero además la conservara y la cumplirá.
Luego Jesús nos dice; Y mi Padre lo
Amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada con él.
En efecto, vienen a nosotros si vamos a
ellos; vienen con su auxilio, amorosa ayuda, con todo su amor a
socorrernos, nos amparan y nos asisten. Y aún hay más, nos iluminan y nos
llenan de gracia. Para mayor premio a nuestro amor y obediencia, harán su
morada en nosotros.
También nos dice que; “El que no me ama
no guarda mis palabras.”, En efecto, viene en verdad al corazón de algunos,
pero no hacen morada en ellos. Esto sucede porque si bien se vuelven a Dios
por la contrición, luego caen nuevamente en la tentación y se olvidan del
arrepentimiento. Para mayor gravedad, vuelven a sus pecar como si nada.
Pero en el corazón del que ama a Dios
verdaderamente, con lealtad y fidelidad, El desciende y mora. El que esta
empapado del amor divino, supera la tentación. Verdaderamente ama a Dios
aquel que no se deja dominar ningún instante en su alma por los malos
placeres.
Mateo 22, 36-40. «Maestro, ¿cuál es el
mandamiento más importante de la
Ley?». Jesús le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento,
el primero. Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. Toda la Ley
y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos».
Lucas 10, 27. El le Respondió diciendo:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu Corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu Prójimo como a ti mismo.”
Este es nuestra más importante
obligación, obligación que no es para cumplirla hoy y mañana no y después
si nuevamente, es permanente y en cada instante. El amor a Dios, no permite
la desidia en ningún aspecto, y la palabras "con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tus fuerzas y con toda tu mente, significa que Dios
esta por encima de todo.
Tenemos obligaciones con nosotros
mismos, (Mateo 16, 26) ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si
se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo? También
tenemos obligaciones con amar al prójimo, y lo hacemos por amor a Dios, no
porque solo queremos ser solidarios o compasivos.
Jesucristo amo a los hombres al
extremo, y se entregó hasta la cruz, esa es la caridad que debemos tener
por nuestros semejantes, total, sin considerar en los hombres sus rasgo o
característica propias que diferencian del resto, no solo amamos a los miembros de la familia o a los amigos
íntimos, también a los que nos son conciudadanos nuestros, a los
extranjeros y a los extraños, en otras palabras a la humanidad, sean estos
pobres, marginados, condenados socialmente y aún a los que consideramos
enemigos.
Jesucristo, en la parábola del buen
samaritano, no invita a considerar quien es el verdadero prójimo, en el
cual nos llama a perdonar a nuestros enemigos, a reconciliarnos con ellos,
ayudarles y amarles.
El socorro a nuestros hermanos, debe
hacerse siempre por amor, por caridad, por amor a Dios, no tiene otra
condición.
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