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VIII. LA ENVIDIA AL
BANQUILLO
Si sentimos tristeza, dolor o pesar por
el bien ajeno o si tenemos el deseo de algo que no se posee o sentimos
rencor o tristeza por la buena fortuna de alguien, junto con el deseo
desordenado de poseerla, estamos frente a uno de los siete pecados
capitales, “La Envidia”
La envidia, al igual que el amor, es un
sentimiento que ha acompañado al hombre desde el principio de sus días.
Desde el mismo momento en que la serpiente (culebra) envidiosa hizo que Eva
mordiera el fruto del árbol prohibido, el hombre ha sido envidioso y
envidiado. Pero, ¿Qué es la envidia? Algunos la definen como el sentimiento
de pesar, de ira o de codicia, por el bien ajeno, que lleva al envidioso a
sentir gran cantidad de emociones negativas por la persona envidiada. Hay
quien la define como una conducta no asertiva acompañada del miedo a la
pérdida de afectos y de posesiones. Otros la definen como una especie de
ira pasiva.
<< Entonces salí a jugar con una
pelota nueva y mi queridos amigos estaban felices, pero mi vecino fue
inmediatamente y trajo otra pelota e invito a mis amigos a jugar con él,
mis amigos me miraron con cara de pregunta, yo les dije que bueno,
entonces mi vecino se sonrío con burla.
Siempre hacia lo mismo, en cuanto veía a alguien con algo, el rápidamente
buscaba mostrar que el tenia algo mejor y si no lo tenía, él hacia unas
increíbles rabietas a su madre o intentaba romper o desprestigiar al que
tenía lo envidiado. >> (Fragmento
del cuento “La Pelota”
de Pedro Donoso Brant)
Friederich Nietzsche, en su libro
"La Genealogía
de la Moral",
define la envidia como el instinto de la crueldad que revierte hacia atrás
cuando ya no puede seguir desahogándose hacia afuera. Con ella el alma
humana se ha vuelto profunda y malvada, es la fuente de la nueva
valoración: el resentimiento, que se vuelve creador del odio reprimido y la
venganza, del débil e impotente.
Acusamos a la envidia, de ser causante
de las mayores desigualdades entre los hombres, ella ha provocado
desordenes económicos y sociales. Somos testigos como la ambición y el
deseo de arrebatar lo que tienen los demás, amenaza sin cesar la paz que
merecemos, y esta causando guerras inexplicables para el lógico
razonamiento de cualquier cristiano, que con mucho dolor se angustia por
estos sucesos.
Como cristianos y discípulos de Jesús,
tenemos la obligación de no callar la verdad, desechar la mentira y hacer
ver a nuestro prójimo los engaños. Jesús, nunca dejo de hablar contra la
hipocresía y la envidia, seamos entonces buenos discípulos. Comencemos, ya
mismo poniendo la envidia en el banquillo con el fin de desterrarla de
nuestros corazones.
Nuestro Catecismo Católico señala en el
2538; “El décimo mandamiento exige
que se destierre del corazón humano la envidia. “
Cuando el profeta Natán quiso estimular
el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo
poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de
sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera
(cf 2 S 12,1–4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn
4,3–7; 1 R 21,1–29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo
(cf Sb 2,24).
Dice Miguel de Unamuno: “La envidia es
mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.”
A muchos les gusta ocupar los primeros
puesto y sentirse más que los de atrás, pero mayor falta tiene aquel que se
siente envidioso por no estar delante.
La envidia produce un sentimiento de
disgusto a quien la siente, le quita paz en el corazón y es atrapado por el
rencor consigo mismo por no lograr lo que tiene otro.
Es así como la envidia es entristecerse
por el bien ajeno. Es un mal desde todo punto de vista censurable. Es una
costumbre difícil de comprender, y nos aterroriza que nos atribuyan ser
poseedor de ese defecto.
La envidia destruye el corazón de quien
la padece y por tanto no puede gozar de la felicidad que debiera.
El envidioso, no disfruta de la vida,
por estar pensando que su prójimo esta disfrutando algo más que él. Pero lo
más triste, es el sufrimiento que siente por la felicidad ajena. El
envidioso desprecia el éxito de los demás, y esta convencido que se las
están quitando injustamente a él.
Por los labios del envidioso, siempre
esta el desprestigio de los que se destacan, siempre están echando a tierra
a todo el que sobresale. Pero además, invita a los otros a pensar mal del
modo como ha tenido éxito cierta persona. Es así como el envidioso critica
duro y sin fundamento al que es admirado por alguna cualidad.
En el lenguaje del envidioso, siempre
esta presente el subestimar al adversario y si pierde, se justifica como
victima del robo del triunfo. Del mismo modo, que al que le ha ido bien en
lo económico, lo trata de ladrón. También en su lenguaje acusa
maliciosamente de interesado al que se ofrece para ayudar o hacer el bien
El admirar a alguien, no es envidia si
se valora positivamente a la otra persona, y si destaca los bueno de sus
cualidades.
Es así, como el remedio para superar la
envidia, es ver en los demás lo
positivo que tienen. Es preciso tener un corazón generoso, con capacidad de
admirar a quien lo que merece. En efecto, son muchas las cosas que podemos
admirar en una persona. Es más confortable sentirse feliz porque a otro le
vaya bien, que amargar el corazón por su éxito.
No siempre nosotros seremos los
mejores, no siempre nos ira bien,
pero no por ello nos llenaremos de odio y rencor por lo bien que la
va a otro. Es así como el que el admira las cualidades de su prójimo, es un
alma noble y quien se entristece, tiene el corazón torcido por la envidia.
La envidia, no se levantará del
banquillo de los acusado y estará por siempre ante el juez, que sanciona
toda la iniquidad que ella produce.
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