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XII. LA PAZ
La paz es un don Dios, la paz viene de
Dios, es allí donde debemos buscarla, y en su morada favorita, en el
corazón de los hombres, en ese lugar debe nacer el concierto o buena
disposición en todo orden de las cosas entre sí o de las partes que forman
un todo en la armonía de la vida en tranquilidad y buena convivencia,
construir la paz, requiere una gran dosis de amor por la vida, y una gran
conciencia de que se debe vivir en una situación y estado de legalidad
normal en los que los ciudadanos respetan y obedecen sin protesta lo
establecido por las autoridades, pero en conciencia no lo hacen por una
determinada autoridad designada por los hombres, sino porque amamos a Dios,
creador de los hombres, por tanto cuidamos de sus criaturas.
En Dios, la paz tiene su origen, y nosotros contribuimos
a ella, lo hacemos con justicia, con natural inclinación a dar y reconocer
a cada uno lo que le corresponde, con la facultad natural de las personas
para elegir como llegar a ella en forma adecuada, pero con obligación a
buscar todos los recursos para conseguirla,
especialmente con el diálogo, con apertura de oído, para saber
escuchar, pero básicamente por medio de una promesa y en definitiva unión
con Dios, fuente primordial de la paz auténtica.
Dirijamos nuestras oraciones a Dios, en
voz alta o mentalmente, oremos todos a Dios por la paz en el mundo, no
hacerlo es evadir nuestra responsabilidad en nuestra historia, es huir de
del amor por los hombres, todos hijos de Dios, sepamos afrontar esta
necesidad, oremos porque no es bueno afrontar esta realidad solo, porque es
maravilloso contar con la fuerza que procede de lo alto de los cielos, es
magnifico contar con la fuerza de la verdad, y del amor del Señor, porque
con El contaremos siempre para enfrentar cualquier dificultad, de El viene
la absoluta voluntad del bien.
Oremos por la paz, con el
convencimiento como verdaderos cristianos de que la justicia y la paz son
dos bienes absolutamente inseparables, producto de los corazones justos y
de conciencia de camino en rectitud, pero al mismo tiempo, seamos
consecuente en lo que oremos y en lo que hacemos, promoviendo la
convivencia pacífica en nuestras autoridades, a fin de que ellas además, a
través de la educación y del buen comportamiento moral, y por sobre todo
con un obrar de justicia, mantengan siempre un clima social con sincero
respeto a la verdad y a la libertad, sin pisotear ninguno de los derechos
que Dios le ha otorgado a sus hijos en la tierra.
Cuanto hablamos de las actitudes de la
buena convivencia y disposición de vivir en armonía y paz y que estas nacen
en las conciencias rectas, que es la expresión de un corazón que se ha
dispuesto a ser morada de Dios, pero callamos la vergüenza de estar profundamente
heridos por el pecado de la permisividad y la irreverencia, disponiéndonos
a actuar débilmente frente al mal, y siempre nos disculpamos con motivos
muchas veces insignificante, para no asumir la responsabilidad que nos cabe
en la falta de paz en la sociedad.
"No siempre hago el bien que
quiero, sino que obro el mal que no quiero", nos dice San Pablo
hablando de la condición moral del hombre (Rom 7, 19).
Es por eso que necesitamos la ayuda de
Dios, para que nos entregue fuerza para no ceder ni rendirnos a ninguna
presión externa, para no fallar en la observancia de los propios principios
o normas de conducta de la moral que nos enseñó a través de los Evangelios
nuestro Señor Jesucristo, con una voluntad recta fundada en los principios
de la verdad que con tanto amor y dedicación nos instruyó, en el profundo
respeto a los mandamientos de Dios y en el amor al prójimo.
Si aún no hemos comenzado a orar por la
paz, hagámoslo ya, para que hagamos mucha fuerza para acabar con el
terrorismo en nuestra tierra, por el fin de las guerras, por el término de
la opresión y por abrir las puertas a la paz, pidamos sin cesar a Dios que
nos conceda este bien tan necesario.
Los acontecimientos de los cuales
estamos siendo a diario testigo, el atentado a las torres gemelas, a los
ferrocarriles españoles, a los inocentes de Afganistán y el Irak, a los
corazones de Palestina e Israel, a los hombres de buena voluntad de
Colombia, nos obligan a insistir en esta petición de paz, del mismo modo a
nuestros hermanos que sufren por resistirse a las ideologías contrarias al
pensamiento cristiano. Nuestro mundo no deja de estar amenazado por el
terrorismo, y hoy lloramos con amargura los crueles momento de los
inocentes hijos de Dios en Rusia, todo esto creando perturbaciones a la
convivencia de amor en los hombres, donde por lo general se atropellan los
derechos de los mas débiles, haciéndolos pasar por situaciones horrorosas.
Nosotros lo cristianos, no podemos
dejar de pasar por alto y no tener conciencia del sufrimiento de las
personas que viven amenazadas por estos horrores de la guerra o del
terrorismo, y desde este sentimiento que nos embarga, no dejemos de orar
por nuestros hombres a los cuales se le ha entregado la
responsabilidad de buscar dentro de
los imperativos de la justicia y de la legalidad, la tarea de poner fin a
las actividades del terrorismo y establecer un orden justo y pacífico.
Pero nada se puede hacer sin la ayuda
de Dios para que todos nuestros planes de paz y justicia, se hagan con
acierto y esta ayuda la conseguimos con la oración, y luego no olvidar la
ayuda de la sociedad toda a los dirigentes, para que no pierdan ni la
fuerza ni el compromiso de trabajar por la paz. Todo esto con el
convencimiento que sólo de Dios nos puede venir la necesaria sabiduría,
prudencia, la fortaleza y la iluminación para que los corazones
comprometidos en la búsqueda de la paz, sepan contagiar a los corazones de
los enemigos de esta, y que para todos, incluso los terroristas sientan la
necesidad de ella.
No dejemos de pedir a Dios, como los
dice San mateo en Mt 7, 7, “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen
y se les abrirá la puerta”, y no olvidemos los que nos dice en Mt 7,11,
“Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con
cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas
buenas a los que se las pidan!”
Nuestro Señor, es Dios de la paz, y
organicemos nuestras oraciones por ella, pidamos a diario por la paz y por
el término del terrorismo. Oremos a Jesús, el nos trajo la paz de Dios a
los hombres y es el Príncipe de la paz.
Cristo es nuestra paz, los cristianos
expresamos nuestro convencimiento de que sólo Cristo es "nuestra
paz" (Ef 2, 14), reafirmando así que Él mismo es un don de paz el
Padre a toda la humanidad. Destruyendo el pecado y el odio, y llamando a
todos a la concordia y a la fraternidad, vino a unir lo que estaba
dividido; por eso, El es el principio y el ejemplo de la humanidad
renovada, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz, a la
que todos aspiran.
Es así, como no dejemos de alentar a
las comunidades cristianas, que con su vida y su acción hacen presente a
Jesucristo, a que acrecienten su unión con Él, intensificando la oración
confiada y perseverante por la paz. Nuestras súplicas harán de cada uno de
nosotros instrumentos de paz, sembradores de concordia, artífices del
perdón. En una sociedad marcada por fuertes tensiones, las iglesias
particulares de los territorios que desgraciadamente padecen con tanta
frecuencia la herida del terrorismo, tienen la misión de promover la unidad
y la reconciliación, rechazando todo tipo de violencia, de terror y de
chantaje, pues con estas triste situaciones de las cuales estamos siendo
testigo a diario, es el mundo el que sufre.
Por encima de cualquier cosa, es
necesario no ser tibio y levantar, una vez más, la voz en favor del valor
de la vida, de la seguridad, de la integridad física, de la libertad. En
efecto, la vida humana no puede ser considerada como un objeto del cual
disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e intangible
que está presente en el escenario del mundo. No puede haber paz cuando
falta la defensa de este bien fundamental. No se puede invocar la paz y
despreciar la vida".
Todos los cristianos, debemos privilegiar
el compromiso generoso con la paz auténtica, contribuyendo a remover
obstáculos, a derribar muros, a favorecer iniciativas y proyectos en
colaboración y diálogo social con tantas personas y grupos interesados en
alcanzarla.
Esta es una tarea que nos compete a
todos y no podemos no tenerla presente, es de los hombre y la mujeres, de
los jóvenes y de los ancianos, de las escuelas y universidades, de la
cultura, del deporte, de todas las fuerzas laborales, de civiles y
militares, de todas las iglesias, es de competencia ecuménica, paz dentro y
fuera, paz en todo y con todos.
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