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XIII. EGOÍSMO
VERSUS GENEROSIDAD
En una ocasión, llegó como prisionero a
una cárcel muy desprovista de todo un buen hijo. Este hombre había sido
acusado de regalar lo que no era suyo, sin embargo nada había robado, solo
repartía lo que el reconocía como pertenencias de su padre. Como el padre
no estaba a la vista de los jueces para preguntar sobre las cosas
regaladas, lo encarcelaron.
Entonces el fue a una celda común que
era ocupada por una veintena de presos muy hambrientos, los que recibían
comida cada tres días. Al ver esta situación, el hizo una petición a quien
el sabía que recibiría ayuda. Así fue, como a los pocos días recibió una
caja la que fue autorizada para que llegara hasta sus manos.
Entonces el llamó a sus compañeros de
celda y abrió la caja en presencia de todos y la sorpresa fue que en esta
caja venían varias docenas de latas de comida. Todos acometieron con ímpetu
y fuerza sobre ella en forma desordenada y se arrebataron unos a otros las
latas hasta que quedo la caja vacía. El buen hijo, miró por si le quedaba
una y solo encontró un abre latas, luego de esto se retiró en silencio a un
rincón.
Mientras tanto, los compañeros de celda
se rompían las uñas y los dientes tratando de abrir las latas y no eran
capaces de hacerlo. Uno de ellos, inclinado a dar lo que tiene sin buscar
el propio interés, se fijo que el buen hijo estaba en un rincón sentado
sobre el piso en actitud de incomprensión y fue hasta él. Al comprobar que
se había quedado sin su parte, le cedió la mitad de la suya. El buen hijo,
le enseñó el abre latas, las abrió y comenzaron a comer.
Entonces los otros se dieron cuenta de
esto y arremetieron contra ellos gritando; “Quitadle el abre latas”,
entonces el hombre que había compartido con el buen hijo, salió en su
defensa y dijo, “Nadie se la arrebata, pero no se las negaremos”; otros de
los prisioneros, con amor excesivo hacia si mismo, típico de aquel que
lleva a prestar una atención desmedida a los propios intereses sin ocuparse
de los ajenos, movido por la pasión respondió; “No la pidáis ni la
negociéis”, luego los exhorto; “A ellos”. Entonces atacaron a estos
solidarios amigos y les quitaron con violencia el abre latas e incluso su
comida.
Cuando supo de esto el Alcaide de la
cárcel, separó a los dos hombres que habían sido violentados a una celda
contigua, luego de conocer el drama,
ordenó que se pusiera una olla de caldo todos los días en cada celda, pero
con una sola cuchara de un metro de largo, la cual solo se podía empuñar de
un solo extremo.
Días más tarde, fue a observar como se
comportaban sus prisioneros. En la celda del grupo de los egoístas, el
drama ahora era mayor, por una parte se peleaban la cuchara y por otra, se
les hacía muy difícil llevar el alimento a su boca y desperdiciaban más de
la mitad. En la celda contigua, los amigos generosos, sonreían felices y
estaban en mucha paz, al verlos comer, el Alcaide observo que uno de ellos, tomaba primero la gran
cuchara y le daba el alimento al otro, luego, intercambiaban la herramienta
y el otro hacia lo mismo. (Del cuento Egoístas, Solidarios y Generosos,
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant)
El egoísmo es incompatible con la
solidaridad y la generosidad. El que es muy generoso, comparte todo con sus amigos.
Repetimos incansablemente, que Dios nos
hizo a su imagen y semejanza. Si Dios es generoso, nosotros estamos
destinados a no ser egoístas. La generosidad es una característica propia
de todo hombre que ama a Dios. Al contrario, el egoísmo es una
característica de las personas que no entienden ni el amor de Dios ni el de
Jesucristo. En consecuencia, un cristiano, que conoce del amor, que se
relaciona bien con Dios Padre y con Dios Hijo, debiera tener un corazón
empapado de generosidad y exento de egoísmo. Si no es así, es un hombre
cerrado al amor del Espíritu Santo.
San Pablo, a los pueblos de Galicia,
Gálatas, 5, 22; “Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe.” En consecuencia, un seguidor de Cristo, permite
que el Espíritu Santo manifieste su fruto, bienes que se manifiestan si
dejamos que Dios obre en nosotros.
San Pablo a los fieles de Corintio, a
fin de de hacer cesar algunas disputas, reprender desordenes y abusos, dice
en Cor 13,4-5; “El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso.
El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es egoísta, ni busca lo
suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal.
“Servíos los unos a los otros por medio
del amor, porque toda la ley se ha resumido en un solo precepto: Amarás a
tu Prójimo como a ti mismo.” (Gálatas 5,13-14)
Nuestra actitud cristiana, debe ser
espejo del carácter de Nuestro Señor Jesús, debe tener implícita toda la
generosidad que tiene el corazón de Cristo. Si le amamos, debemos dar
testimonio con nuestra conducta, para que más hombres se entusiasmen seguir
a Jesús. Si mostramos una actitud digna de ejemplo, si entre nosotros nos
tratamos como si estuviéramos tratando con Cristo, no me cabe la menor duda
que más hombres buscarían sentirse nuestro prójimo de la forma como nos
enseña el Señor.
La historia inicial que he creado,
quizás es semejante en la vida real o a otros cuentos, busca de alguna
forma invitarles a conocer que si Dios nos da y es generoso con nosotros,
si aceptamos que somos sus hijos, no podemos dejar de practicar la
generosidad y apartar de nosotros todo indicio de egoísmo.
Si mostramos egoísmo, ¿Cómo podemos al
mundo que queremos atraer convencer del gran amor de Dios? ¿Cómo podemos
explicar la generosidad de Dios?
“Porque de tal manera Amó Dios al
mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree
no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3,16)
Estábamos en un mal camino, habíamos
condenado nuestra existencia a unas tinieblas, sin embargo a través de
Jesús, hoy recibimos la vida eterna y vida abundante. Por la generosidad de Dios, fuimos
rescatados de una vida sin esperanza, por el sacrifico de Jesucristo nos
fueron perdonados nuestros pecados, fuimos sanados de nuestras enfermedades
y fuimos liberados del mal. Esa es la gran generosidad del corazón de Dios.
A nosotros nos compete demostrar lo mismo.
“Por tanto, sed imitadores de Dios como
hijos amados” (Efesios 5,1),
Dios es generosidad, es el corazón de
Dios. A Dios, se le habita en el corazón, ese es su lugar preferido, por lo
tanto la generosidad debe comenzar en nuestros corazones.
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