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XV.
JUICIO AL
PRÓJIMO
En una ocasión una joven menor de edad,
soltera, hija de uno campesinos,
padres de dos hijas, quedo embarazada después de haber sido forzada
a tener sexo por un familiar casado y mayor que ella. Ella por temor a sus
padres guardo silencio de este lamentable hecho, solo al poco tiempo se lo
contó a su única hermana. El padre tenía fama en la familia de ser
exigente, la madre de ser poco comunicativa y despreocupada de sus hijos,
su hermana agradecía siempre a Dios, por ser ella mejor que su hermana. Sin
embargo, a los pocos meses sus padres supieron de esto por boca de su otra
hermana, quien la acuso de esto haciendo comparaciones entre su calidad
moral y la de la embarazada, y juntos la juzgaron como si fuera una
prostituta, no le escucharon explicaciones y la expulsaron de la casa.
Para algunos como el familiar que forzó
a la joven, no es difícil pecar, para otros como su padre no le es difícil juzgar y para
algunas como su madre no le era difícil ser descuidada con su familia, y
para otros como su hermana, orar por sus buenas acciones propias era lo más
importante.
Poco tiempo después, la joven
abandonada a su suerte, parió dos hijos varones gemelos, en casa de una
matrona que la atendió por caridad, la que por falta de recursos
económicos, no le otorgó muchos cuidados médicos a la joven madre. Es así
como la chica enfermó gravemente y al sentirse despreciada por sus padres,
y apartada por su hermana, se deprimió y murió sola y semi-abandonada.
La matrona fue a casa de los padres a
comunicar el deceso y a preguntar su padre que hacía con el cuerpo de la
hija, y si le hacía alguna misa. Ella llego a la casa con estas palabras,
“Ya que ustedes fueron jueces de esta hija pecadora según su sentencia al
expulsarla de casa, necesito que me digáis que hago con su cuerpo, ella
antes de morir me dijo que perdonaba a su familia”. El padre le respondió,
haz lo que tú quieras, yo no la perdono y la muerte fue su castigo. La
mujer, no le hablo de los gemelos, ella estimo que no era necesario y que
tal familia no merecía saber de ellos. (De Tu familia, el prójimo mas
prójimo, de Pedro Sergio Antonio Donoso Brant)
Fríamente, el prójimo es una persona
cuya identidad se ignora o no se quiere decir u otro individuo que no soy
yo. También es una persona, todas o cada una de las demás personas que
forman la colectividad humana. Para los etimólogos, es una palabra del
latín proximus, el más cercano, muy
cercano. Sin embargo, siempre se plantean las dudas de quién sea nuestro prójimo. Entonces
decimos que es nuestro prójimo, nuestros amigos, compañeros, o vecinos.
Pero no olvidemos que los más próximos son nuestra familia.
En la concepción de los judíos, se
obligaba a una serie de deberes hacia aquellos que le eran cercanos, no
físicamente, sino en virtud de la común descendencia en el seno del pueblo
elegido, pero estas obligaciones éstas que no eran para los que se hallaban
fuera de la alianza. Por ejemplo, un israelita no podía exigir interés a
otro por un préstamo. Se prohibía asimismo el falso testimonio contra el
prójimo. También se prohibía codiciar cualquier cosa que él poseyera;
robarle o calumniarle, oprimirlo, atentar contra su vida, cometer adulterio
con su mujer, defraudarlo de cualquier manera o engañarlo de alguna forma.
Todos estos preceptos quedaban expresados de una manera positiva en el que
ordenaba «amarás a tu prójimo como a ti mismo».
En el Nuevo Testamento, el Señor Jesucristo amplió el concepto de
prójimo. A la pregunta de un intérprete de la Ley: « ¿Y quién es mi
prójimo?», el Señor respondió con la parábola del buen samaritano. En ella
el Señor muestra cómo sus discípulos deben buscar hacer el bien a todos
aquellos a los que pueda prestar su ayuda (Lc. 10:25-37). El apóstol Pablo
expresa sucintamente este principio para los cristianos: «Así que, según
tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la
familia de la fe» (Gá. 6:10). De esta forma se amplía el círculo del
«prójimo». Para el cristiano hay dos círculos concéntricos. No debe pasar
por alto la oportunidad de dar su ayuda a todo aquel a quien pueda
prestársela. Sí es cierto, sin embargo, que tiene que concentrar sus
energías en la mutua ayuda a los miembros de la familia de Dios (He.
13:16).
El pecado más grande que cometemos, es
juzgar al prójimo, ¿existirá algo peor?.. Si tenemos la convicción de que
Dios habita en el corazón de los hombres, ¿Quién es el más próximo a
nosotros? Para algunos el pecado es la infracción a la Ley, pero no es solo eso,
sino el rechazo de la voluntad de Dios, el vivir a espaldas de Dios, la
disposición mental que lleva al pecador a hacer la propia voluntad en
oposición a la de Dios. ¿Hay algo que moleste más a Dios que oponerse a su
voluntad? ¿Tiene derecho el hombre asumir la responsabilidad de Juzgar a su
prójimo?
Que fácil es criticar, juzgar y de esta
forma llegar a despreciar a los demás. Se critica censurando negativamente
a las personas y sus actos, se juzga a las personas valorando sus acciones
o sus condiciones y se emite un
dictamen o sentencia sobre ellas pensando que se tiene autoridad
para ello, desde allí, el desprecio al criticado y juzgado es el paso
siguiente. Sin embargo juzgar es un pecado grave. Jesucristo mismo ha
dicho: Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver
claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc 6, 42). Las faltas y los
pecados que más conocemos íntimamente, son los nuestros, y nosotros sabemos
mejor que nadie lo soberbios que somos. También sabemos cuales son las
cosas buenas que hacemos. Así mismo, conocemos el fariseo que llevamos
dentro.
El fariseo que oraba y agradecía a Dios
por sus buenas acciones; (Lc 18-11): «Oh Dios, te doy gracias porque no soy
como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano.
El no mentía, decía la verdad; pero no es por eso por lo que fue condenado.
En efecto, debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos
realizar, puesto que lo hacemos con su asistencia y su ayuda. Luego, no fue
condenado por haber dicho: no soy como demás hombres ni fue condenado cuando, vuelto hacia el
publicano, agregó: ni como ese publicano. Sin embargo el fue culpable,
porque juzgaba a la persona misma de ese publicano, la disposición misma de
su alma, en una palabra su vida entera. Y así Jesús nos dice; “Yo les digo
que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el
fariseo no”
Entonces no existe nada más grave, que
juzgar o despreciar al prójimo. ¿Por qué mejor no nos juzgamos a nosotros
mismos, ya que conocemos íntimamente nuestras faltas, pecados y defectos,
de los cuales sabemos que deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Para que
pretender hacer lo que le corresponde a Dios al juzgar a los hombres? ¿A
caso, a nosotros nos corresponde autorizar o cerrar las puertas del cielo a
los hombres?
Si bien es cierto nosotros hacemos bien
en llevar el mensaje de salvación a nuestro prójimo, es una preocupación
muy agradecida, tenemos que preocuparnos por nosotros mismos, por nuestras
faltas, nuestras propias miserias. Sólo a Dios le corresponde el juzgar,
hacer justicia y condenar. El conoce
el estado del alma de cada uno, El sabe de nuestras fuerzas, a El le consta
nuestro comportamiento, El sabe cuales son nuestros dones, y nos va a juzgar
a cada uno de forma diferente.
Continuando con la historia inicial,
quedamos en que la chica tuvo dos gemelos y la matrona no le comunicó este
suceso a la familia. Como esta mujer era pobre de recursos económicos, ella
solo se encargo de criar a uno de ellos y el otro se lo entregó al padre
biológico. Ella crió al suyo con mucha caridad y le enseñó amar a Dios, por
tanto a respetar a los hombres, siendo una persona ejemplar. El otro chico
fue mal criado, al estilo irresponsable de su padre biológico, por tanto se
educo como una mala persona.
He aquí como Dios, sabe de sus
temperamentos, y sus particularidades, por tanto habrá de juzgar de acuerdo
a como es cada uno y a como fue educado. En efecto Dios juzga en forma
diferente a las personas, no todos somos iguales. Esta claro que solo El puede
emitir juicio de cada uno, porque
todo lo ha hecho, todo lo ha formado, y todo lo sabe. Son los
misterios de Dios. Sin embargo no podemos pensar como será el Juicio de
Dios, con relación a los muchachos. En efecto, el hombre no puede conocer
como son los juicios de Dios. Sólo El, puede comprender todo y juzgarnos a
cada uno según su infinita sabiduría. Frente a esto, ¿Tenemos nosotros
facultad para juzgar?, ¿Sabemos cuales son las faltas que cuentan ante
Dios? ¿Podemos nosotros cuestionar la piedad de Dios? Si Dios tiene piedad
de un hermano, ¿Nosotros los condenamos? ¿Alguno de nosotros sabe las
lágrimas que ha derramado un pecador por sus faltas?, quizás sea fácil
conocer el pecado de los demás, pero no es fácil conocer el arrepentimiento
que lleva un hermano en le corazón.
Si alguien quiere ser salvado, no ha de
preocuparse de los defectos del prójimo, pero si ha de hacerlo de sus
propias faltas. No nos preocupemos tanto de las faltas de los demás como
las nuestras. Aprendamos de aquellos
que ha encontrado una manera de hacer penitencia por sus pecados propios y
que oran por su prójimo para que cada uno encuentre la suya.
Aprendamos de los santos, que siempre
están preocupados de pedir por las faltas de su prójimo, y se abstiene de
juzgar a los demás. No hay ningún que sea santo si no reconoce sus propias
miserias. No hay ninguno que camine hacia la santidad si es un miserable
que juzga a los demás, que vive sospechando de las actitudes y despreciando
a su prójimo.
Si queremos salvarnos, no le hagamos
daño a los demás, porque nos hacemos daño a nosotros, por tanto cuidemos
nosotros de no caer en falta y no hagamos caer en falta a los demás.
La historia de la chica forzada al
embarazo y despreciada por su familia, es triste, y lo es por la falta de caridad,
de compasión y pena. Quizás si supiéramos de caridad, no nos llamaría la
atención los defectos del prójimo. Porque la caridad no es indecorosa, ni
busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal. (1 Cor 13,
5-6). Entonces si tuviéramos
caridad, ella misma supera cualquier
falta.
El hombre que detesta la falta y el
pecado, busca la santidad, pero no le quita la mano a un pecador, al
contrario lo ayuda y no lo juzga, se compadece de el. Todos los santos
hacen esfuerzos para salvar a los pecadores, pero ninguno lo hace para
juzgar.
Mas caridad y menos juicio a los
hombres. No abandonemos ni rechacemos a los que caen en falta. Si a una
madre le nace un hijo enfermo, se desvelara por sanarlo. Nuestra Virgen
Madre, se desvela igual por salvar a sus hijos y no los condena, los ayuda
a obtener la gracia del Señor. Es así como todos los santos, nuestra madre la Virgen María, a
imitación de Jesucristo, han
buscado, protegido, preparado y corregido a los pecadores.
Así debemos obrar nosotros, con caridad
y misericordia con el prójimo, evitando juzgar, y despreciar. Ayudémonos
unos con otros, instruyendo, con la palabra de Dios, con las enseñanzas de
Jesucristo. Si vemos un corazón débil, démosle fuerza para salir a flote, y
no le pongamos la nuestra para hundirlo. Mientras mas se este unido al
prójimo, más unido se esta a Dios.
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