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XVI. LA SOLIDARIDAD CON
LA POBREZA
Los cristianos consecuentes, debemos
abrazar con mucho amor a todos aquellos que viven afligido por la falta de
de recursos económicos. Si somos indiferentes con los pobres, especialmente
con lo que han nacido en condiciones humildes, tal como nació Jesús, no
podemos decir que sentimos o conocemos que es la palabra caridad.
En efecto, la honestidad pura en
expresar el amor a Dios por sobre toda las cosas y el amor al prójimo, no
es tal si despreciamos a los pobres. La desidia frente a la pobreza, es
irreverencia a Dios.
No existe mayor infidelidad a los
Evangelios, que el no mirar y sentir a la pobreza con amor, respeto,
solidaridad y preocupación por ella.
Llamamos a Dios como padre, por que
somos hermanos de todos los hombres, nos llamamos cristianos porque somos
seguidores de Jesucristo, entonces nos debemos sentir llamados a estar
junto a todos los que necesitan, nos sentimos obligados a ayudar a los
pobres y en forma permanente, como si fuera parte de nuestra tarea diaria,
en otras palabras haciendo de esta ayuda nuestra misión.
Son variadas las formas de pobreza que
existen hoy, son muchos los tipos de desigualdades, como son muchas las
formas de ayuda a las cuales podemos recurrir, nuestro punto de partida debe comenzar
por el reconocimiento de la realidad actual de la pobreza y de las causas
que la originan. Esta condición es necesaria para responder con eficacia al
llamado solidario que nos hace Jesús desde el Evangelio para con nuestros
hermanos, el que nos compromete a una sincera voluntad de amar y servir al
que sufre.
La pobreza existe en la misma relación
que la falta de solidaridad y la falta de caridad en el corazón de los
hombres, y para muchos, preocuparse
de la pobreza no deja de ser un
discurso que solo busca el beneficio personal. En efecto, hermosas palabras
solidarias a los pobres son convincentes para el apoyo político, actitud
que avergüenza al hombre como tal. Las crisis y los desequilibrios sociales
tienen sus responsables en nuestra sociedad, el desempleo y los ingresos
paupérrimos son una clara prueba de ello.
Basta con conocer la realidad económica
de muchos ancianos que reciben pensiones insuficientes, hay que mirarle a
los ojos, para darse cuenta como la vida se extingue en tristeza, basta con
mirar las viviendas de los marginados para observar como la alegría no es
parte de su vida. Así es, como lo único que se necesita, es ver y querer
ver, para darse cuenta del aspecto doloroso de pobreza que existe alrededor
nuestro y mucho mas cercano de lo que podemos imaginar.
Es tarea de los que estudian las leyes
económicas, la creación de bases para terminar o al menos mitigar con el
dolor de vivir en la marginidad y debilidad económica, es tarea de todos
aportar ideas para disminuir la pobreza, es compromiso de todo cristiano
ser solidario con el hermano necesitado.
Algo que no podemos negar: la pobreza
es una realidad; a los pobres nos los encontramos cada día. Para darse
cuenta de esto, solo basta con ampliar la mirada. La gran desigualdad entre las personas, es injusta y perturba
la paz.
El que cree en Dios, el que acepta la Buena Noticia de
Jesucristo, no puede cerrar los ojos a esta realidad ni menos darle la
espalda y practicar frente a ella la indiferencia. No es digno del hombre
vivir una vida de hambre y de falta de oportunidades, Dios no quiere la
pobreza, Jesucristo no aprueba que los hombres vivan indignamente, y nos
pide que seamos como El, compasivos con los pobres; quien comprende
esto, es consecuente con la Buena Noticia,
quien es solidario con los pobres, los
es con las enseñanzas de Jesús.
Jesucristo es la Buena Noticia
para los pobres, que duda cabe, El hizo del amor todas sus enseñanzas, el
nos abre el corazón para que seamos solidarios y compartamos lo que
tenemos. El se hizo pobre y vivió su pobreza, El estuvo disponible para
servir a todos los hombres, el llamó bienaventurados a los pobres, y a
cuantos quisieran vivir cerca de los pobres y compartir con ellos lo que
son y lo que tienen, El nos enseño a mirar a los pobres con la mirada de
Dios, por tanto, si somos sus discípulos, seamos consecuente.
Entonces no dejemos de lado la misión
de justicia y caridad en la tarea de disminuir la pobreza, porque la vida
de los hombres será más justa, fraternal y humana, en la medida en que
hagamos una realidad nuestro sentido del amor solidario y misericordioso.
La pobreza, y la marginación que de
ella se origina, no es otra cosa, que la falta de amor a los necesitados.
La caridad a favor de los más pobres no es algo ajeno a nuestro vivir.
Promover acciones para mitigar la pobreza no es cosa de solo algunos o
ciertas instituciones. Los cristianos debemos asumir esta responsabilidad,
juntos con llevar la
Buena Noticia, nos corresponde trabajar para que sea
posible que los pobres salgan de su indigna condición humana, y su
exclusión de nuestra sociedad.
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