|
XVII.
LOS DERECHOS
HUMANOS DE LOS CRISTIANOS
Los evangelios de nuestro Señor
Jesucristo, son la más perfecta declaración del amor entre los hombres, y
conllevan además el llamado de paz y de buena convivencia entre todos los
hijos de Dios. Es así que como cristianos estamos invitados por Jesús, a
participar en una constante lucha por la justicia y la plena equidad.
Jesús nos ha enseñado que Dios nos ha
dado dignidad, esto nos obliga a velar por todos los hermanos, para que
sean aceptados y respetados como seres humanos.
El hombre fue creado a imagen y
semejanza de Dios, esto es, fue creado moreno, blanco, pálido, rosado,
negro, rubio, bajo, alto, gordo y flaco, es decir, todos infinitamente
iguales a los ojos del Señor. En otras palabras, Dios ha creado una
humanidad multirracial, como seres humanos individuos de una comunidad
humana de diferentes sexos, pero de un igual corazón. Entonces el amor a
Dios y a nuestro prójimo, precepto básico y fundamental, se basa en mirar a
todo los hombres con los mismos ojos de igualdad con que nos mira nuestro
Buen Padre.
Entonces damos gracias a Dios, por
habernos creado con dignidad. La mejor forma de agradecer es el
reconocimiento pleno y absoluto, que nuestra vida debe ser coherente con la
verdad y la justicia, la que hemos de tener y practicar para ser
constructores del Reino de los Cielos. Esto nos debe llevar a conllevar un
espíritu solidario con los pobres, los cautivos, los enfermos, los
necesitados, compartiendo con ellos todo lo que pueda mitigar sus
necesidades y dolor.
Es así, y reconociendo todas las
dificultades que nos pone la sociedad actual para la creación de una
sociedad que respete a plenitud los derechos de dignidad como seres
humanos, como cristianos no debemos escatimar esfuerzos para trabajar y
defender con nuestra voz, nuestras palabras orales y escritas los derechos
que le corresponden a la naturaleza de los hombres como hermanos nuestros e
hijos de Dios.
Es decir, nuestra tarea es acercarnos a
nuestros hermanos, para que acordemos ir por un camino de alegría hacia la
patria celestial, para que la esperanza en la gracia de Dios, sea una
fuerza viva que nos haga fortalecer nuestra fe, nuestro amor por la vida,
comprometidos con los derechos humanos, es decir, también valorando la
persona humana y así reconociendo que le otorgamos la misma importancia y
valor que tienen los hombres para los ojos de Dios.
Tenemos la convicción de que Dios está
aquí, allá y en todo lugar, porque para él no existen ni las fronteras ni
las naciones, sólo somos pueblos que vivimos en distintas partes, y en
todos los lugares del mundo nos corresponde vivir con espíritu de fidelidad
a Dios y con responsabilidad ante su pueblo, hombres de todo el mundo.
A pesar de todo, estamos conscientes de
que vivimos con muchas flaquezas y a veces nos sentimos impotentes e
incapaces de hacer que el hombre viva como Dios desea que se comporten sus
hijos. Así es, como con mucha pena observamos cómo sufren tantos hijos de
Dios, que padecen de distintas violencias y discriminaciones. Pero lo peor
es cuando presenciamos la crueldad y la complicidad de los sistemas
políticos, que amparados por una suerte de autoridad cometen y promueven
formas de vida irreverentes a las esperadas por el Señor. Frente a esto, el
cristiano debe ser absolutamente consecuente con lo enseñado por Jesús, es
decir, no dejarse tentar por la permisividad y la complicidad de aceptar la
maldad y callarse frente a ella. Frente a esta debilidad, le pedimos a
Dios, que nos dé toda su fuerza, para ser capaces de en todo evento,
trabajar por el respeto a la dignidad humana.
La complicidad a favor de la
discriminación, la violencia racial, el abuso contra las minorías étnicas,
el hacer la “vista gorda” frente al hombre que sufre, es una actitud en
contra de Dios, en contra de su morada, es decir, no deja de ser otra cosa
que un gravísimo pecado. Del mismo modo es una falta contra nuestro Buen
Padre, no hacer nada por evitar el sufrimiento de sus hijos, porque cuando
estamos impedidos de actuar, nada nos impide orar, y no hacerlo es pecar de
desidia.
Pero son muchas y variada formas de no
respetar los derechos de los hombres, tales como el pagar sueldos de
miserias, el ser usurero, el explotar a los niños, el comercio sexual, el
no dar vivienda digna, el negar el derecho al trabajo, no proporcionar
salud al enfermo, no permitir la buena alimentación, no trabajar para
mejorar la calidad de vida, los atentados terroristas, la falta de libertad
de expresión, la cárcel de conciencia, la disminución de la libertad, la
negación de la justicia, el no permitir la libertad religiosa, negar la
cultura, el idioma y la tradición, el establecimiento de regímenes
políticos con ideales autoritarios, el uso de la fuerza, y cualquier
pretexto para negar que el hombre viva en la paz que el Señor Jesús nos
dejó.
Los valores enseñados por Jesús en los
evangelios son superiores a todo principio que se quiera establecer para la
vida de los hombres, entonces para cualquier forma de vida, debemos
supeditarla a las enseñanzas de Jesús, ese es el primer condicionamiento a
los principios de la ética y la moral del mundo. En otras palabras, el
cristiano no es ambiguo y es un eterno luchador por la paz, la fraternidad
y el amor entre los hombres, es decir, es trabajador de la construcción del
Reino de los Cielos, leal y fiel a Dios.
Por tanto, son de nuestra
responsabilidad los derechos humanos, así es, como no sólo nos corresponde
exigir su respeto, sino que además trabajar por ellos, para que nuestra
sociedad no se corrompa y viva en paz. También es de nuestra
responsabilidad que no exista la impunidad por las violaciones que se
cometan, como algo esencial para que se haga justicia, haya perdón y exista
la reconciliación y vuelva la paz en el corazón de los hombres. La paz debe
ser siempre justa y verdadera.
También es nuestra responsabilidad
evitar la existencia de conflictos y guerras, las que llevan a un inmedible
sufrimiento en las naciones, al desprecio por la vida, a la falta de
respeto por las etnias, a las luchas religiosas y al sometimiento de los
pueblos a potencias superiores.
Los cristianos debemos tener la gran
convicción, de que todos los seres humanos han sido creados a imagen de
Dios, por tanto todos ellos merecen los mismos derechos, hombres, mujeres,
adultos y niños, sanos, enfermos, discapacitados físicos o mentales,
necesitan la protección y el cuidado que le corresponde a la dignidad de la
creación. Si nuestro prójimo sufre, nosotros sentimos dolor, esta es
nuestra responsabilidad, una vida como nos enseña Jesús, una vida como se
indica en los evangelios, todos los hombres somos iguales a los ojos de
Dios, es así como cristianos, comprometámonos a respetar plenamente los
derechos humanos, eso es respetar y ser fieles a nuestra fe.
|