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XVIII. RENCOR,
TRISTEZA DE MAL SABOR
El rencor, sentimiento de enojo por algo
pasado, es una tristeza rancia, de mal sabor, como cuando algo adquiere un
olor más fuerte de lo habitual con el paso del tiempo. Un cristiano, debe
hacer todo los intentos para superar esta exaltación. Debe saber que con
dicho sentimiento, es indigno para recibir en la Eucaristía el
Cuerpo de Cristo. No es posible unirnos en mayor intimidad con Él si nos
supera este triste y miserable sentimiento.
Tampoco podemos reunirnos en nombre de
Cristo, si no hemos sabido vivir como verdaderos hermanos y hay entre
nosotros egoísmo, orgullo, si hemos ofendido a alguien y estamos dominados
por la pasión vergonzosa del rencor.
Es necesario deplorar, lamentar y
sentir profundamente este estado. Cada vez que sintamos este sentimiento,
debemos reflexionar sobre la base que es amargura para el corazón y por
tanto, lo es para la morada del Señor.
No basta con pedir perdón, no es
suficiente con disculparse, es necesario evitar la perturbación que nos
produce. Este es un sentimiento negativo, que poco a poco va alimentando de
odiosidad a nuestro corazón, y aflige al alma.
También tenemos que pensar en el efecto
que produce en los demás, porque el rencor siempre causa daño al prójimo.
Pero lo más grave, es el resentimiento que nos produce, al invitar
maliciosamente a la venganza.
Entonces, cuando nos hayamos sentido
ofendidos, y nos pidan una disculpa, apaguemos el fuego del enojo y
esparzamos las cenizas al viento. Asimismo, si nosotros debemos
disculparnos, corresponde hacerlo con la convicción de que no podemos
quedarnos con los malos pensamientos que nos causaron. El recordar las
ofensas, quiere decir que no hemos perdonado, que no hemos luchado por
acabar con el resentimiento.
El rencor no sólo nos debe causar
tristeza si lo sentimos nosotros, también si lo siente un hermano por
nosotros, es decir, no debemos ser indiferente frente a esa situación.
Tampoco debemos alegrarnos por los resentimientos que otros sienten por
alguno de nuestros hermanos, porque este sentimiento se volverá a nosotros
como sentimiento de maldad. Al contrario, si sabemos de actitudes que
producen enemistades por las fatídicas murmuraciones y que dañan la
convivencia, es nuestra obligación hacer un llamado de atención a quien la
práctica, no haciéndose cómplice ni de oídos, ni de hechos.
En efecto, el amor al prójimo, es
sentirse contento por el bien del hermano y está implícito el hacer que él
se sienta contento.
Somos seres tan humanos, que en
cualquier momento podemos sentir rencor por una determinada situación, pero
no dejemos de estar conscientes que esa pasión nos daña el interior y que
se puede transformar en una granada, que al estallar lanzará esquirlas de
odiosidad.
Entonces ¿qué hacer?
No guardemos el veneno del rencor en
nuestro interior, que nos pone rancia y de mal sabor el alma.
Si alguien recibe una ofensa de otro,
debe intentar la reconciliación, así, encontrará paz y dará paz. La misma
paz que nos dejó Jesús.
La palabra de amor del Señor Jesús,
vence la palabra de rencor y molestia, la palabra de Cristo, es la fuerza
que amansa, mitiga y hace más suave lo insoportable. La oración que nace en
el corazón bueno, no se deja perturbar por la excitación del rencor. A ella
debemos recurrir, porque todo resulta mejor con la ayuda del Señor.
Ayuda, para cuando nos sintamos
heridos, ser capaces del diálogo para hacerle saber con prontitud a la
persona que nos haya causado este resentimiento con serenidad.
Auxilio para no permitir que se
acumulen en nuestro corazón las ofensas, los agravios y malos entendidos y
para que con un corazón dominado por la paz podamos solucionarlo.
Este auxilio llega con la oración por
nosotros mismos y por nuestros hermanos. Pidamos en ella tener
inclinaciones naturales de compasión. Pidamos también, recibir las virtudes
de la caridad, solicitemos ser humildes y fuerza interior para humillarnos
a Él, para que todo sentimiento negativo nos abandone.
Descubramos en los evangelios, esto es
descubramos con Cristo, la misericordia de Dios. Empapemos nuestro corazón
de la caridad que nos distingue como cristianos. El amor es la gran fuerza
para desterrar las pasiones de rencor. El mayor enemigo del amor, es el
egoísmo y el rencor del hombre, ambos producen sentimientos de venganza.
En efecto, podemos seguir comentando
sobre los nocivos efectos del rencor, pero es mejor preocuparnos de cuál es
el remedio que le pone fin. Este es, el perdón, el mismo que nos propone
Jesús en los evangelios. Quien perdona, es porque conoce del amor y ama.
¿Cuántas veces habremos de perdonar? “hasta setenta veces siete”, esto es,
siempre.
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