LA MORAL DEL CRISTIANO

REFLEXIONES DE NUESTRA MORAL

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

XVIII.           RENCOR, TRISTEZA DE MAL SABOR

 

El rencor, sentimiento de enojo por algo pasado, es una tristeza rancia, de mal sabor, como cuando algo adquiere un olor más fuerte de lo habitual con el paso del tiempo. Un cristiano, debe hacer todo los intentos para superar esta exaltación. Debe saber que con dicho sentimiento, es indigno para recibir en la Eucaristía el Cuerpo de Cristo. No es posible unirnos en mayor intimidad con Él si nos supera este triste y miserable sentimiento.

Tampoco podemos reunirnos en nombre de Cristo, si no hemos sabido vivir como verdaderos hermanos y hay entre nosotros egoísmo, orgullo, si hemos ofendido a alguien y estamos dominados por la pasión vergonzosa del rencor.

Es necesario deplorar, lamentar y sentir profundamente este estado. Cada vez que sintamos este sentimiento, debemos reflexionar sobre la base que es amargura para el corazón y por tanto, lo es para la morada del Señor.

No basta con pedir perdón, no es suficiente con disculparse, es necesario evitar la perturbación que nos produce. Este es un sentimiento negativo, que poco a poco va alimentando de odiosidad a nuestro corazón, y aflige al alma.

También tenemos que pensar en el efecto que produce en los demás, porque el rencor siempre causa daño al prójimo. Pero lo más grave, es el resentimiento que nos produce, al invitar maliciosamente a la venganza.

Entonces, cuando nos hayamos sentido ofendidos, y nos pidan una disculpa, apaguemos el fuego del enojo y esparzamos las cenizas al viento. Asimismo, si nosotros debemos disculparnos, corresponde hacerlo con la convicción de que no podemos quedarnos con los malos pensamientos que nos causaron. El recordar las ofensas, quiere decir que no hemos perdonado, que no hemos luchado por acabar con el resentimiento.

El rencor no sólo nos debe causar tristeza si lo sentimos nosotros, también si lo siente un hermano por nosotros, es decir, no debemos ser indiferente frente a esa situación. Tampoco debemos alegrarnos por los resentimientos que otros sienten por alguno de nuestros hermanos, porque este sentimiento se volverá a nosotros como sentimiento de maldad. Al contrario, si sabemos de actitudes que producen enemistades por las fatídicas murmuraciones y que dañan la convivencia, es nuestra obligación hacer un llamado de atención a quien la práctica, no haciéndose cómplice ni de oídos, ni de hechos.

En efecto, el amor al prójimo, es sentirse contento por el bien del hermano y está implícito el hacer que él se sienta contento.

Somos seres tan humanos, que en cualquier momento podemos sentir rencor por una determinada situación, pero no dejemos de estar conscientes que esa pasión nos daña el interior y que se puede transformar en una granada, que al estallar lanzará esquirlas de odiosidad.

Entonces ¿qué hacer?

No guardemos el veneno del rencor en nuestro interior, que nos pone rancia y de mal sabor el alma.

Si alguien recibe una ofensa de otro, debe intentar la reconciliación, así, encontrará paz y dará paz. La misma paz que nos dejó Jesús.

La palabra de amor del Señor Jesús, vence la palabra de rencor y molestia, la palabra de Cristo, es la fuerza que amansa, mitiga y hace más suave lo insoportable. La oración que nace en el corazón bueno, no se deja perturbar por la excitación del rencor. A ella debemos recurrir, porque todo resulta mejor con la ayuda del Señor.

Ayuda, para cuando nos sintamos heridos, ser capaces del diálogo para hacerle saber con prontitud a la persona que nos haya causado este resentimiento con serenidad.

Auxilio para no permitir que se acumulen en nuestro corazón las ofensas, los agravios y malos entendidos y para que con un corazón dominado por la paz podamos solucionarlo.

Este auxilio llega con la oración por nosotros mismos y por nuestros hermanos. Pidamos en ella tener inclinaciones naturales de compasión. Pidamos también, recibir las virtudes de la caridad, solicitemos ser humildes y fuerza interior para humillarnos a Él, para que todo sentimiento negativo nos abandone.

Descubramos en los evangelios, esto es descubramos con Cristo, la misericordia de Dios. Empapemos nuestro corazón de la caridad que nos distingue como cristianos. El amor es la gran fuerza para desterrar las pasiones de rencor. El mayor enemigo del amor, es el egoísmo y el rencor del hombre, ambos producen sentimientos de venganza.

En efecto, podemos seguir comentando sobre los nocivos efectos del rencor, pero es mejor preocuparnos de cuál es el remedio que le pone fin. Este es, el perdón, el mismo que nos propone Jesús en los evangelios. Quien perdona, es porque conoce del amor y ama. ¿Cuántas veces habremos de perdonar? “hasta setenta veces siete”, esto es, siempre.

 

 

p.s.donoso@vtr.net