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LA MORAL DEL CRISTIANO

REFLEXIONES DE NUESTRA MORAL

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

XXI. ENSEÑAR A ORAR A LOS NIÑOS


1.    ACERCAR LO NIÑOS A JESUS

“Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Más Jesús les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos. Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.” (Mateo 19, 13-15). Además de ser un signo de cariño y simpatía, esta imposición de sus manos sobre los niños significa una especie de bendición y una indicación de que ellos sobre todo pertenecen a Dios, de aquí la referencia explícita a la oración: “"para que les impusiera las manos y orase” por ellos", que es como una recomendación de estos pequeños a la magnanimidad del Padre.

Llevar a los niños a Misa con toda naturalidad?. Algunos adultos, y Jesús demuestra lo contrario, erradamente no permiten a los niños acercarse al presbiterio, o no les gusta llevarlos a Misa, y si algún niño hace involuntariamente algún gesto o ruido durante la Misa, las miradas contra el pequeño son amonestantes. En el párrafo del Evangelio anterior, algunos padres le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos a modo de bendición, pero los discípulos les reñían. Sin embargo, Jesús, al ver esto, se molestó con sus discípulos pidiendo que dejen a los niños acercarse a Él, y luego a los que se lo impedían les da una razón; “porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”, y para mostrarle el inmenso cariño;  “abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos”. (Cfr. Marcos 10, 13-16).

Los padres y los parientes - según Mc 10,13 - presentan los niños a Jesús para que los haga fuertes, tocándolos, bendiciéndolos y orando por ellos, y de este modo  expresan la preocupación común por su crecimiento, el afecto de la gente del pueblo a todos los niños que viven en él, la esperanza de que su vida sea mejor que la de sus padres y finalmente, aprendan del ejemplo de Jesús, que por otra parte es el ideal de Dios para todos, sus hijos, que pasen por el mundo haciendo el bien.

2.    LOS NIÑOS EN LA BIBLIA

Hay que destacar que el amor de los padres a sus hijos más pequeños es un factor constante en el mundo bíblico y que -cosa todavía más interesante- siempre fue mirado con simpatía por los autores que tuvieron ocasión de hablar de él en sus narraciones.  En efecto, los textos bíblicos aprecian expresiones de gozo por el nacimiento de un hijo; “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lucas 1, 41) y los hay también aquellos en que se narra -con evidente complacencia por parte de los narradores- la felicidad que sienten los padres y las madres por la belleza del niño o por el hecho de ser fruto de su amor. La madre de Moisés tiene a su hijo escondido porque había visto que era hermoso; “Concibió la mujer y dio a luz un hijo; y viendo que era hermoso lo tuvo escondido durante tres meses”  (Éxodo  2,2)

El relato de Agar, (Gn 21,16), revela una sensibilidad espontánea y al mismo tiempo refinada que esconde a su hijo bajo un matorral porque no tiene ánimos para verlo morir de sed, ella había sido despedida por Abraham con un pan y un botijo con agua, y anduvo por el desierto de Berseba. Como llegó a faltar el agua del botijo, echó al niño bajo un matorral. Es muy emotivo ver como los temas del amor maternal y del cariño que suscita una criatura pequeña, bonita e indefensa. Consideraciones similares podrían hacerse sobre las delicadas tramas de afecto que el autor va tejiendo en la historia de José a propósito de él, de Benjamín y del anciano padre Jacob. Son narraciones en las cuales el objeto del interés no es sólo la descendencia o la dinastía, sino el hijo en cuanto niño, más frágil y más bello que los demás hermanos, que ha llegado en la vejez de los padres, y por eso mismo es más querido. Cuando David ayuna para salvar la vida del niño que le ha dado Betsabé, la motivación no es ciertamente dinástica en el momento en que esto ocurre, sino profundamente humana. Creemos que los hebreos, desde los comienzos de su historia hasta los tiempos de Jesús, veían a los niños en esta perspectiva, que está más cerca de la nuestra de lo que se piensa muchas veces.

NIÑOS, REGALOS DE DIOS Y ABANDONARSE EN DIOS COMO UN NIÑO,

SALMOS 127. Canta el sabio; “La herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas; como flechas en la mano del héroe, así los hijos de la juventud. Dichoso el hombre que ha llenado de ellas su aljaba; no quedarán confusos cuando tengan pleito con sus enemigos en la puerta.”  (Salmos 127, 3-5).

El salmista, canta la alegría de saber que los hijos que tenemos son un regalo de Dios: “La herencia del Señor”, los hijos que nos nacen son nuestra recompensa; “La herencia del Señor son los hijos, recompensa”, los hijos que nos nacen cuando aún somos jóvenes, hacen que nos sintamos seguros, como guerreros bien armados. “como flechas en la mano del héroe, así los hijos de la juventud”, quien tiene muchos hijos, bien puede decir que Dios lo ha bendecido; “Dichoso el hombre que ha llenado de ellas su aljaba”, no tendrá de qué avergonzarse cuando se defienda en público delante de sus enemigos; “no quedarán confusos cuando tengan pleito con sus enemigos en la puerta” 

SALMO 131. “No está inflado, Señor, mi corazón, ni mis ojos subidos. No he tomado un camino de grandezas ni de prodigios que me vienen anchos. No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre.  ¡Como niño destetado está mi alma en mí! ¡Espera, Israel, en el Señor desde ahora y por siempre!”  (Salmo  131)

Aquí el salmista, nos habla del abandono confiado en los brazos de Dios, su corazón no es ambicioso; “No está inflado”, tampoco sus ojos altaneros; “ni mis ojos subidos”, como niño no pretende grandezas que superan su capacidad; “No he tomado un camino de grandezas ni de prodigios que me vienen anchos”, sino que está tranquilo, silencioso y confiado como un niño en brazos de su madre; “mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre.  ¡Como niño destetado está mi alma en mí!”

El salmista, se hace aquí como niño, donde la paz del alma en unión con Dios, se expresa en la profunda humildad del alma que se entrega sin pretensiones, como la de los niños, humildad sincera, que no tiene en su corazón proyectos demasiado grandiosos y quizá a los deseos desbordantes de los adultos, estar sobre el seno de su Dios como el niño a los pechos de su madre, es confiar en Dios como un niño en brazos de su madre.

3.    ENSEÑAR A ORAR A LOS NIÑOS

Cuando yo era muy pequeño, esto es, desde la fecha que aún tengo recuerdos, no podía dormir si no se sentaba mi madre en mi cama junto a mí. Soy el segundo de 6 hermanos, lo primero era oír algún cuento o historia, y luego la infaltable oración antes de dormir. “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, déjame ser tu amigo, yo te entrego mi corazón, y tú me das tu amor, cuídame al dormir por favor” o la bien conocida oración “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”, luego mi madre nos persignaba y a dormir con gran tranquilidad, por estar al cuidado de la madre y de los Angeles.

Cuando conversamos de este tema entre adultos ya de mi edad, a muchos les trae bellos recuerdos esta costumbre, y no encontramos mucha explicación porque hoy no es un práctica como lo fue antes.

Cuando asistimos a la santa misa, la proporción de edad de los fieles que vemos es más o menos un setenta por ciento de adultos mayores, y en el treinta por ciento restante no son todos adolescentes, tal vez la minoría, creo que eso es consecuencia de esta falta de enseñanza de orar que tienen los niños, y es una de las tantas razones por la cual debemos retomar esta costumbre tan bella de orar con los niños antes de dormir, antes de comer bendiciendo la mesa o antes de cualquier evento importante, porque así se inicia la comunicación de los padres con los hijos en la fe, además es el primer catecismo y es la primera enseñanza de acercamiento y amor por Jesús.

Esto de enseñar a orar a los niños, no es nada de difícil, y si no lo hacemos o lo hemos dejado de lado, empecemos de nuevo. Comencemos de una manera muy familiar y sencilla, oremos con nuestros hijos, sobrinos o nietos, en la mesa o junto a su cama, lo ideal es que participen ambos padres, y seguro que nuestros hijos y nosotros dormiremos con una gran paz interior. No busquemos ninguna oración complicada, lo más sencillo y natural posible, y así, estaremos sembrando la más hermosa de las semillas en el corazón de nuestros hijos, y ésta podrá dar los frutos que el Señor nos pide.

Recordemos que la familia no se termina en la pareja, sino que se abre necesariamente a los hijos, como fruto del amor mutuo, a los que hay que dar también una justa educación cristiana que responda a las exigencias de la fe cristiana, dice San Pablo a los Efesios: "Educadlos en la disciplina y en la corrección como quiere el Señor" (Efesios 6,4). Con la educación cristiana los padres engendran por segunda vez a sus hijos.

4.    AMBIENTAR PARA ANIMAR A ORAR

No olvidemos poner en un lugar destacado en la habitación donde duermen los niños, alguna imagen del niño Jesús, a mí me agrada más en las que está en brazos de su Madre la Virgen María, contemplar el rostro de ellos da mucho ánimo;    “contemplaré tu rostro, al despertar me llenaré de tu imagen.  (Salmos 17, 15)

También es importante que tengan a la vista algún recuerdo de su Bautismo, la fecha de su nacimiento a la vida como hijos de Dios y luego si lo han hecho, alguna fotografía de su primera comunión. Una pregunta me he hecho siempre, ¿por qué no se pone una foto del día de matrimonio en la habitación de los hijos?

Percibir la presencia de Dios, de Jesús, de la Virgen María, desde pequeño, nos reconforta y nos da paz, nos hace sensible en nuestra fe, porque si los hijos por ejemplo observan a sus padres que están tomados de la mano, con los ojos cerrados orando en comunicación con Dios, seguro de que, ellos harán lo mismo, y de verdad percibirán al Señor, recuerden que Jesús nos dijo, “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.  (Mateo 18,13)

Creo que esta experiencia, de orar junto a los niños, es imborrable. Dios Padre, Dios Hijo, el Espíritu Santo, mi padre, mi madre, mis hermanos, todos juntos, reunidos orando en casa, nos daba confianza para quedar en las manos de Dios.

 

p.s.donoso@vtr.net