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Pedro Sergio Antonio Donoso Brant Colaboración especial
de Anita Luz Nunez Farias |
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COMENTARIOS
SOBRE LOS SALMOS |
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El Salterio comienza
con esta “Bienaventuranza”, que es como el prólogo de todo
el Libro. La exclamación inicial
–“¡Feliz el hombre...!”–; se explicita a
lo largo del Salmo mediante la contraposición de dos imágenes
poéticas: el árbol desbordante de vitalidad simboliza la
felicidad de los justos; la paja arrastrada por el viento representa la ruina
final de los impíos. Así se expresa uno de los temas centrales
del Salterio y de toda Este Salmo “real” perteneció originariamente al ritual de la entronización de los reyes davídicos. Con gran fuerza poética y en progresión dramática, el salmista presenta cuatro escenas sucesivas: a) la inútil rebelión de los reyes vasallos (vs. 1-3); b) la reacción del Señor frente a los rebeldes (vs. 4-6); c) la declaración del nuevo rey, el “Ungido” del Señor (vs. 7-9); d) el llamado a la reconciliación, con una amenaza a los rebeldes (vs. 10-12). En el transcurso del tiempo, este Salmo se fue enriqueciendo con motivos mesiánicos, y los primeros cristianos lo “releyeron” como un anuncio de la entronización celestial de Cristo en el momento de su Resurrección y como una proclamación profética de su filiación divina (v. 7). Rodeado de enemigos que tratan de quitarle la confianza en Dios (v. 3), el salmista se pone totalmente bajo la protección divina. Su confianza se funda en el recuerdo de la ayuda que recibió del Señor en circunstancias similares (vs. 4-5, 8). La “multitud innumerable” mencionada en el v. 7 (literalmente, “un ejército de diez mil”), podría indicar que este Salmo fue inicialmente la súplica de un rey o de un jefe militar, y que sólo más tarde comenzó a ser recitado por el común de los fieles. La tradición
cristiana, apoyándose en el v. La experiencia personal de los favores recibidos (v. 2b) ha suscitado en el salmista una inalterable confianza en Dios, que hace “maravillas” por sus amigos (v. 4). Esta actitud confiada -única fuente de paz y alegría verdaderas (vs. 8-9)- le permite apelar a la ayuda divina en la dificultad presente, y dirigir una severa exhortación a los que dudan de Dios y se apartan de él en el momento de la adversidad (vs. 3-7). A la hora en que se ofrece el sacrificio matutino (Éx. 29. 38-40), un fiel israelita expone su caso al Señor (v. 4), apelando a la justicia de Dios (v. 9). El hecho de encontrarse en el Santuario (v. 8) es para él una prueba de su inocencia, porque ningún impío podría gozar de ese privilegio (vs. 5-6). Para hacer más apremiante su oración, el salmista menciona a sus enemigos, que lo acusan calumniosamente (vs. 9-11). El Salmo concluye con una expresión de confianza en el Señor, que bendice a los justos y los protege como un escudo (vs. 12-13). El v. Agobiado por sus sufrimientos, un enfermo pide al Señor que lo perdone y le devuelva la salud (vs. 2-3), exponiendo los males que lo afligen (vs 4, 7-8) y los motivos que tiene para implorar la ayuda divina (vs. 5-6). Las expresiones e imágenes empleadas en este Salmo se vuelven a encontrar en un grupo de Salmos denominados “Oraciones de los enfermos”, (Sal. 38; 41; 88; 102. 2-12). Estas oraciones podían ser utilizadas en cualquier caso de enfermedad. Los enfermos las recitaban personalmente en el Templo, y si estaban impedidos, lo hacían por medio de un representante. A cada uno le correspondía poner su acento particular en la recitación de la súplica. La tradición cristiana ha hecho de este Salmo uno de los siete llamados “penitenciales” (Sal. 32; 38; 51; 102; 130; 143). Mediante una declaración que equivale a un juramento (vs. 4-6), una persona acusada y perseguida se confiesa inocente delante del Señor y le ruega que lo libre de sus perseguidores (vs. 9-10). El motivo de la acusación está descrito con bastante vaguedad, y ningún detalle permite identificar con exactitud a los perseguidores. Estos hechos parecen indicar que el Salmo fue compuesto originariamente para el rito a que se hace alusión en 1 Rey. 8. 31-32: cuando un inocente era amenazado de muerte y perseguido, podía refugiarse en el Templo y someter su caso a la justicia de Dios. Con este fin, recitaba la fórmula contenida en este Salmo o alguna otra similar (Sal. 17; 26). Al declarar su inocencia, no afirmaba estar libre de todo pecado, sino solamente del crimen que se le imputaba. La alabanza contenida en este célebre himno expresa la intuición poético-religiosa del salmista, que contempla con ojos asombrados la obra de Dios en la creación. Su pensamiento se concentra en el hombre, realidad casi insignificante en comparación con la majestad del cielo, y objeto, al mismo tiempo, de una inexplicable solicitud por parte del Creador (v. 5). Ningún otro de los seres creados recibió una dignidad semejante a la de él (v. 6), y todas las cosas están sometidas a su dominio (vs. 7-9). Estas mismas ideas se vuelven a encontrar en el relato “sacerdotal” de la creación (Gn. 1. 26-28), que es, sin duda, posterior a este Salmo. Ante una grave
amenaza de muerte, cuando la prudencia humana haría razonable la
huida, el salmista responde a sus amigos con una expresión de absoluta
confianza en Dios. Al lirismo de los versos iniciales (vs. 1-3) se
añade una reflexión de tono sapiencial (vs. 4-7). En ella se
afirma que los acontecimientos humanos están regidos por Salmo 12 (11) Este Salmo es una súplica, en la que el autor, con una visión pesimista del mundo, pide al Señor que intervenga para poner fin a los males que lo afligen. El Señor responde a esta petición con un oráculo, que contiene una promesa de salvación para los oprimidos (v. 6). Como es habitual en los Salmos de súplica, los versículos finales (8-9) son una expresión de confianza en el Señor. Los dramáticos “¿hasta cuándo?” de los versículos iniciales (2-3) confieren a esta súplica una intensidad particular. La reiteración de la pregunta expresa elocuentemente la impaciencia del salmista, al sentirse abandonado de Dios; pero, al mismo tiempo, es un signo de la íntima familiaridad con que implora la protección divina. El Salmo no es muy explícito en describir la aflicción que da motivo a la súplica. Sin embargo, el v. 4 parece indicar que se trata de una enfermedad grave, que pone al paciente en peligro de muerte. Como en el Salmo anterior, la súplica concluye con una expresión de confianza, que dará lugar a la alegría y a la acción de gracias, cuando el Señor responda favorablemente (v. 6). La primera parte de este Salmo describe con un tono marcadamente pesimista, semejante al del Salmo 12, los pecados que corrompen a la sociedad. El principal de todos esos pecados es la negación de Dios, que el salmista condena como la mayor insensatez (vs. 1-3). La segunda parte contiene una invectiva contra los opresores de los pobres, porque no quieren caer en la cuenta del castigo que el Señor les tiene reservado (vs. 4-6). El versículo final fue añadido para el uso litúrgico del Salmo, y expresa el deseo de que el Señor envíe tiempos mejores a su Pueblo. Este mismo Salmo, con algunas variantes (vs. 5-6), se vuelve a encontrar en el segundo libro del Salterio (Sal. 53). En este breve y hermoso Salmo se establecen las condiciones necesarias para ser “huésped” del Señor, es decir, para entrar en el Santuario y participar del culto divino (v. 1). Entre las condiciones exigidas, no se menciona ningún rito exterior, sino que todas tienen un carácter exclusivamente moral. Esto pone en evidencia que el verdadero culto es inseparable de la justicia y del amor hacia el prójimo (vs. 2-5). La confianza y el gozo profundo que brotan de la intimidad con Dios, son los sentimientos predominantes en este Salmo. Los vs. 5-6 permiten suponer que su autor es un levita – es decir, una persona consagrada al culto de Dios en el Templo de Jerusalén– que se encuentra en un grave peligro y acude al Señor, fuente de vida (v. 11), para que lo libre de la muerte (v. 10). El Nuevo Testamento
asigna a este Salmo un sentido mesiánico, citándolo como un
anuncio anticipado de La situación en que se recitaba este Salmo es idéntica a la que se describe a propósito del Salmo 7: un inocente –acusado y perseguido injustamente– expone su caso al Señor en demanda de justicia. La súplica se alterna con las declaraciones de inocencia (vs. 3-5) y con una descripción de la maldad de sus perseguidores (vs. 10-12). En el versículo final, el salmista manifiesta su certeza de que alcanzará el favor divino. En este Salmo, el rey expresa su reconocimiento al Señor por la victoria alcanzada. El estilo es altamente poético y las ideas se van expresando con un amplio despliegue de imágenes. Al comienzo, se acumulan epítetos que presentan al Señor como un refugio inexpugnable para sus fieles (vs. 2-3). La amenaza del enemigo se describe como una irrupción de las fuerzas del caos y de la muerte (vs. 5-6). La intervención del Señor está descrita como una teofanía, en la que participan y se conmueven todas las fuerzas de la naturaleza (vs. 8-16). Con algunas variantes, este mismo poema se vuelve a encontrar en 2 Sam. 22. 2-51. En este Salmo se
encuentran yuxtapuestos dos poemas de estilo y contenido diversos. El primero
es un himno de intensa vibración lírica, que celebra la gloria
del Creador manifestada en la armonía y grandiosidad del firmamento
(vs. 2-7). El segundo -que
proviene de una época mucho más reciente- es un poema
didáctico, en el que se describen las excelencias de A pesar de estas
diferencias, la yuxtaposición de los dos poemas no es totalmente artificial,
ya que así se establece un paralelismo entre las dos manifestaciones
de la gloria de Dios: una en Ante la inminencia del combate, la comunidad congregada en el Templo (v. 3) implora la protección divina y la victoria del rey (vs. 2-6). Como era habitual en esas circunstancias (1 Sam. 7. 7-10), un sacrificio acompañaba a la súplica (v. 4). La segunda parte del Salmo (vs. 7-9) es un oráculo pronunciado en nombre del Señor, que anuncia la victoria a su Ungido. Este canto litúrgico de acción de gracias está estrechamente vinculado con el Salmo anterior: la súplica del pueblo antes de la batalla ha sido escuchada, y el Señor ha concedido al rey una resonante victoria. El Salmo consta de tres partes. La primera (vs. 2-8) es una expresión de alegre reconocimiento por las bendiciones concedidas al rey, en particular, por el triunfo alcanzado. En la segunda (vs. 9-13), un sacerdote o un profeta interviene para anunciar la victoria total sobre los enemigos del Señor y del rey. Por último (v. 14), la comunidad pide al Señor, en una breve súplica, que despliegue su poder para cumplir la promesa expresada anteriormente. Este Salmo supera a todos los de su género por la intensidad de la súplica y por la impresionante descripción de los sufrimientos que aquejan al salmista. En él se encuentra expresado el desamparo de un hombre justo, que ha tocado el límite del sufrimiento físico y moral, sobre todo, el de sentirse abandonado por Dios (v. 2). Sin embargo, incluso en medio de los mayores sufrimientos, el salmista suplica con una inquebrantable confianza en Dios (vs. 10-11) y está seguro de la liberación final. Por eso, su oración concluye con un canto de alabanza y de acción de gracias, en el que todos los fieles son invitados a celebrar al Señor, que no niega su ayuda a los pobres (vs. 23-27). Este Salmo ocupa un lugar excepcional en la piedad cristiana, porque Jesús, en el momento de la crucifixión, lo utilizó para expresar los tormentos de su agonía. Un sentimiento de profunda confianza en Dios -expresado en un lenguaje de incomparable belleza poética- es la característica de este Salmo. En la primera parte (vs. 1-4), el salmista se vale de la imagen del “pastor” para describir su experiencia de la protección divina. En la segunda (vs. 5-6), los elementos simbólicos parecen entrecruzarse con la referencia a una situación concreta: el salmista, perseguido por sus enemigos (v. 5) se pone al amparo del Señor en el Templo (v. 6), y allí el Señor le brinda su hospitalidad, haciéndolo partícipe de su mesa (v. 5). El Nuevo Testamento
retoma la imagen del “pastor” para aplicarla a Cristo, el
“Buen Pastor” que da la vida por sus ovejas (Jn. 10). La
tradición de Este Salmo consta de tres partes, aparentemente inconexas. La primera es un breve himno al Creador (vs. 1-2). La segunda, de tono sapiencial, enumera las condiciones morales que debe reunir el que se acerca al recinto sagrado (vs. 3-6). En la parte final (vs. 7-10), resuena un diálogo de dos coros frente a las puertas del Santuario. La
vinculación de estas tres partes aparece de inmediato, si se tiene en
cuenta la acción litúrgica que servía de marco al Salmo.
La comunidad cultual, reunida procesionalmente a la entrada del Templo, se
disponía a ingresar en él con el Arca de Víctima de una acusación injusta el salmista busca un refugio en el Santuario y allí apela al Juicio de Dios (v. 1). Una declaración de “inocencia” (vs. 4-6) acompaña a la súplica, que concluye con la promesa de agradecer públicamente al Señor el beneficio recibido (v. 12). Por su contenido y por la circunstancia en que era pronunciado originariamente, este Salmo es muy similar al Salmo 7. Este Salmo consta de dos partes íntimamente relacionadas. En la primera (vs. 1-6), el salmista manifiesta con imágenes muy expresivas su inalterable confianza en el Señor (v. 3) y su anhelo de vivir en constante comunión con él (v. 4). La segunda (vs. 7-14) es una súplica en medio de la persecución, donde vuelve a ponerse de manifiesto ese mismo sentimiento de ilimitada confianza (v. 10). Ante la amenaza de un peligro mortal, el salmista suplica al Señor que responda favorablemente a sus ruegos, librándolo de la muerte (vs. 1-3). No es fácil determinar con exactitud la índole del peligro a que se hace alusión en el Salmo, y podría pensarse tanto en una acusación injusta como en una enfermedad grave. Los vs. 6-7 son un canto de acción de gracias, que el salmista entona anticipadamente, porque está seguro de recibir la ayuda divina. La súplica final por el rey y por todo el Pueblo (vs. 8-9), probablemente fue añadida más tarde, para el uso litúrgico del Salmo. Este vibrante himno de alabanza celebra la majestad y el poder de Dios, que se manifiestan en el fragor de la tormenta. La “voz del Señor” es el trueno, que sacude con su ímpetu todas las fuerzas de la naturaleza (vs. 3-9). A la voz del Señor en esta teofanía cósmica, responde la alabanza litúrgica de toda la creación, expresada en una sola palabra “¡Gloria!” (v. 9). Probablemente, este Salmo es la adaptación de un antiguo himno cananeo en honor de Baal, el dios de las tormentas. Este Salmo es un canto de acción de gracias después de una enfermedad grave (vs. 2-5, 13). El salmista reconoce que el Señor lo puso en peligro de muerte por un pecado de presunción (v. 7); pero luego, en respuesta a su plegaria (vs. 9-11), le dio una prueba evidente de su misericordia (v. 6), haciendo que su dolor se convirtiera en alegría (v. 12). En este Salmo se combinan una súplica confiada (vs. 2-l9) y un canto de acción de gracias (vs. 20-25). En primer lugar, un hombre acusado y perseguido injustamente se pone en las manos de Dios (v. 6) y le ruega que lo salve. Luego el mismo salmista expresa su reconocimiento al Señor, por haber experimentado la protección divina y verse libre de peligro. Este poema lírico-didáctico expresa la felicidad de un pecador que ha obtenido el perdón divino, contraponiéndola a las aflicciones que provienen del pecado (vs. 1-5). El tono personal con que el salmista narra su propia experiencia (vs. 3-5), se alterna con el estilo sapiencial de las “bienaventuranzas” iniciales (vs 1-2) y de la exhortación final (vs. 8-11). Esto hace que el Salmo sea, al mismo tiempo, una expresión de agradecimiento al Señor por la gracia del perdón, y una lección de sabiduría para toda la comunidad. Este es uno de los Salmos llamados “penitenciales” (Sal. 6; 38; 51; 102; 130; 143). Este himno es una
invitación a celebrar la omnipotencia de Ante la acusación de falsos testigos (v. 11), un hombre inocente expone su causa al Señor y le pide que acuda en su defensa (vs. 1-3). El salmista se siente defraudado por la ingratitud de sus adversarios, que lo persiguen sin motivo (v. 7) y le devuelven mal por bien (vs. 12-16). Su oración incluye la promesa de dar gracias a Dios públicamente por los beneficios recibidos (vs. 18, 28). En este Salmo se
contrapone vívidamente la maldad del impío a la bondad de Dios.
Los versículos iniciales (2-5) presentan al impío como
inspirado por una fuerza interior
-el Pecado- que lo induce a la rebelión contra Dios y a la
práctica del mal. La segunda parte (vs. 6-l0)describe
en estilo hímnico Este Salmo es la súplica de un enfermo (vs. 3-4) que padece, además, de una penosa enfermedad (vs. 6-11), el abandono de sus amigos y la persecución de sus enemigos (vs. l2-13). El salmista tiene una viva conciencia de su pecado (v. 5), pero no ha perdido la esperanza (v. 16), y aguarda pacientemente que el Señor no lo abandone y le devuelva la salud (vs. 22-23). Este es uno de los Salmos llamados “Oraciones de los enfermos” (Sal. 6; 41; 88; 102. 2-12). La tradición cristiana lo ha incluido en el grupo de los Salmos “penitenciales” (Sal. 6; 32; 51; 102; 130; 143). Este Salmo es como el estallido de una indignación largamente reprimida (vs. 3-4). El diálogo del salmista con el Señor tiene un tono de amarga protesta, motivada por la intensidad del sufrimiento (v. 11) y por la reflexión sobre la caducidad de la vida (vs. 5-7). Sin embargo, la confianza en Dios (v. 8) y el reconocimiento de los propios pecados (vs. 9, 12) hacen que predomine, en definitiva, la actitud de humilde sometimiento a los designios del Señor (v. 10). En este Salmo se encuentran reunidos dos poemas de estilo y contenido diversos. El primero (vs. 2-11) es un canto de acción de gracias por la liberación de un peligro grave. El segundo (vs. 14-18) es una súplica para pedir la ayuda divina en un momento de desgracia, y se vuelve a encontrar en el Salmo 70, en forma independiente. Los vs. 12-13 sirven de lazo de unión entre estas dos partes, que originariamente estaban separadas. La nota característica de este Salmo es el “preludio” sapiencial que antecede a la acción de gracias por la salud obtenida (vs. 2-4). El salmista recuerda su penosa enfermedad y la súplica que dirigió al Señor en medio de su dolor. Al describir sus padecimientos, más que el dolor físico, acentúa el dolor moral que causan la ingratitud, la maledicencia y la hipocresía (vs. 5-11). El Señor accedió a su súplica, y en esto él reconoce el amor que le ha manifestado (vs. 12-13). Este es uno de los Salmos llamados “Oraciones de los enfermos” (Sal. 6; 38; 88; 102. 2-12). La unidad
temática, el estilo y la repetición del mismo estribillo a
intervalos regulares (42. 6, 12; 43. 5) indican que los Salmos 42 y 43 forman
un mismo poema. En él se armonizan admirablemente la hondura del sentimiento
religioso y la eficacia de la expresión lírica. El v. 7 indica
que el autor del Salmo
-probablemente un levita- se encuentra lejos de
En un momento de grave crisis nacional -consecuencia de una derrota- Israel se dirige al Señor para implorar su ayuda. El recuerdo de las antiguas victorias (vs. 2-9), y su contraposición con la calamidad presente (vs. 10-17), confiere mayor dramatismo a la súplica. La alternancia entre el singular y el plural (vs. 5-6, 7-8) indica que el salmista, en alguna medida, encarna el destino de toda la nación. Esta es una de las características propias del rey, y por eso se puede pensar que es él quien pronuncia la súplica, como representante de todo el pueblo. Las audaces
afirmaciones de los vs. 18-22 proporcionan un valioso indicio para fijar la
fecha de composición del Salmo: el Señor permitió la
derrota de su Pueblo en un momento en que este se mantenía fiel a Este bellísimo canto nupcial fue compuesto en ocasión del matrimonio de un rey israelita con una princesa extranjera. En la primera parte del Salmo (vs. 2-10), el poeta se dirige al rey para exaltar sus virtudes y exhortarlo a luchar por la justicia, en defensa de su pueblo. La segunda parte (vs. 11-17) está dedicada a la esposa: luego de invitarla delicadamente a que sepa ganarse el corazón del rey, el salmista describe su belleza y el esplendor de su cortejo. El versículo final (18) tiene un sentido mesiánico y, sin duda, fue agregado más tarde, cuando se “releyó” todo el Salmo como una descripción profética del Mesías. Así lo utilizan el Nuevo Testamento (Heb. 1. 8-9) y la tradición cristiana. Este canto triunfal contiene una admirable profesión de confianza en el Señor, que está presente en medio de su Pueblo (vs. 4, 8, 12), como una fortaleza inexpugnable (v. 2). El lugar privilegiado de esa presencia divina es la “Ciudad de Dios” (v. 5) -Jerusalén, con su Templo de Sión-que el mismo Señor eligió como Morada (Sal. 132. 13). Desde allí él manifiesta su poder, para asegurar la prosperidad y la paz de su Pueblo (vs. 5, 10), y para librarlo de todos los peligros (vs. 3-4, 6). Este Salmo -junto
con los Salmos 48; 76; 87- pertenece a un grupo de poemas cultuales,
que celebran los privilegios de El tema de este
himno es la realeza universal del Señor (vs. 3, 7-9) puesta de
manifiesto victoriosamente cuando él entregó en herencia a su
Pueblo En el Salterio, hay otros poemas litúrgicos que tienen una afinidad temática con este Salmo, y por eso son llamados “Himnos a la realeza del Señor” (Sal. 93; 96 - 99). Este vibrante
poema -lo mismo que el Salmo 46-
es una expresión de fe y de confianza en el Señor, cuya
presencia en el Templo de Sión hacía de Jerusalén la
“Ciudad de Dios” (v. 9) y era una garantía de seguridad
para Israel (v. 4). Los vs. 5-8 parecen ser, más que la descripción
de un hecho histórico determinado (2 Rey. l9. 35), la
representación poética de todos los peligros que podían
amenazar a Este Salmo -junto con los Salmos 46; 76; 87- pertenece al grupo de los llamados “Cantos de Sión”. Este Salmo “didáctico” alude repetidamente al “temor” que experimentan los pobres, cuando comparan su propia miseria con la felicidad de los poderosos (vs. 6-7, 17). Dicho temor está motivado por la aparente contradicción entre ese estado de cosas y la justicia de Dios en el gobierno del mundo (Sal. 37; 73). Para responder a esa inquietud, el salmista recuerda que nadie podrá asegurarse la inmortalidad por medio de sus riquezas (vs. 8-10): todos los hombres son iguales ante la muerte (v. 11) y los ricos no llevarán sus bienes a la tumba (v. 18). Además, los justos se verán libres de todo grave peligro (v. 16), mientras que un desastre final espera a los malvados (vs. 12-15). El Salmo no contiene ninguna referencia clara a la vida eterna: sólo esta proporcionará más tarde la clave para resolver adecuadamente el “enigma” planteado en el v. 5. La parte central de
este Salmo está constituida por la acusación que Dios dirige a
su Pueblo, para reprocharle su infidelidad a Este Salmo -designado tradicionalmente con el nombre de Miserere- es la súplica penitencial por excelencia. El salmista es consciente de su profunda miseria (v. 7) y experimenta la necesidad de una total transformación interior, para no dejarse arrastrar por su tendencia al pecado (v. 4). Por eso, además de reconocer sus faltas y de implorar el perdón divino, suplica al Señor que lo renueve íntegramente, “creando” en su interior “un corazón puro” (v. 12). El tono de la súplica es marcadamente personal, y en el contenido del Salmo se percibe la influencia de los grandes profetas, en especial de Jeremías (24. 7) y Ezequiel (36. 25-27). En él se encuentra, además, el germen de la doctrina paulina acerca del “hombre nuevo” (Col. 3. 10; Ef. 4. 24). Este es uno de los Salmos llamados “penitenciales” (Sal. 6; 32; 38; 102; 130; 143). El comienzo de este Salmo es una vigorosa acusación contra los que promueven la injusticia, valiéndose del poder que les confiere su puesto relevante en la sociedad (vs. 3-6). En la denuncia se percibe un acento profético, y la culminación de la misma es el anuncio del castigo que el Señor tiene reservado a los que obran de esa manera (v. 7). El justo, en cambio, puede vivir confiadamente bajo la protección de Dios (v. 10). Con algunas leves modificaciones (v. 6), este Salmo es una repetición del Salmo 14, y en él se describen los pecados que corrompen a la sociedad (vs. I -4) y se lanza una invectiva contra los opresores de los pobres (vs. 5-6). Esta breve oración es una súplica para pedir la protección divina en medio de la opresión (v. 5). La petición está acompañada de una profesión de fe y de confianza en el Señor, que es el “sostén” y el defensor de sus fieles (v. 6). El salmista concluye con la promesa de ofrecer un sacrificio de acción de gracias y de testimoniar públicamente la bondad del Señor (v. 8). En esta lamentación, un hombre calumniado y perseguido manifiesta su dolor, más que por el odio de sus adversarios, por la traición de un amigo (vs. 13-15). Los vs. 7-9 contienen una exclamación bellamente poética, en la que el salmista expresa su deseo de encontrar un refugio en la soledad, para verse libre de los males que lo afligen. En la parte final del Salmo, predominan los sentimientos de confianza en Dios (vs. 17-19, 23). Un hombre perseguido implacablemente (v. 9) apela al poder de Dios para que lo libre de sus adversarios. No obstante la gravedad del peligro (vs. 2-3, 6-7), el salmista no pierde la fe en el Señor (v. 5) y espera confiadamente el momento de su liberación (vs. 10-12). En la seguridad de ser escuchado por Dios, promete darle gracias públicamente por el beneficio recibido (vs. 13-14). El estribillo de los vs. 6 y 12 sirve de conclusión a la dos partes que componen este Salmo. La primera (vs. 2-5) es la súplica de un hombre perseguido, que se refugia en el Señor para verse libre del peligro. La segunda (vs. 7-11) es un canto de acción de gracias: una vez pasada la adversidad, el salmista quiere anticiparse a la aurora (v. 9), para alabar el amor y la fidelidad del Señor (v. 11). La parte final de este Salmo (vs. 8-12) se vuelve a encontrar, casi sin ninguna variante, en el Salmo 108. 2-6. Este poema es un severo reproche contra los jueces inicuos, que con sus decisiones arbitrarias fomentan la violencia y la injusticia en la sociedad. Después de una invectiva llena de sarcasmo (vs. 2-3), el Salmo describe la inconducta de los jueces y su obstinación en el mal (vs. 4-6), y lanza contra ellos enérgicas imprecaciones (vs. 7-10). Por último, anuncia la alegría que experimentarán los justos cuando se manifieste la justicia de Dios (vs. 11-12). Este Salmo es la súplica de un hombre perseguido y acusado injustamente. Seguro de su inocencia (v. 5), el salmista pide que sus enemigos sean exterminados (v. 12), para que se ponga de manifiesto el justo gobierno de Dios sobre el mundo (v. 14). El odio y la crueldad de los perseguidores (vs. 7-8, 15-16) explican de alguna manera la violencia de ciertos sentimientos expresados en el Salmo. En esta lamentación, aparecen reflejados los diversos momentos de una acción litúrgica, celebrada con motivo de una grave derrota nacional. En la primera parte (vs. 3-7), la comunidad se queja ante el Señor por la dura prueba a que se vio sometida. Luego viene un oráculo del Señor (vs. 8-10), que promete a su Pueblo la total recuperación de sus antiguos dominios. Este oráculo divino se caracteriza por sus audaces antropomorfismos y por su estilo épico. La parte final del Salmo es una reiteración de la lamentación y de la súplica (vs 11- 13), y una profesión de confianza en el poder de Dios (v. 14). Los vs. 7-14 se vuelven a encontrar en el Salmo 108. 7-14. Un hombre desterrado -probablemente un levita- suspira por volver a gozar de la presencia divina, viviendo constantemente junto al Santuario de Dios (v.5). En los vs. 7-8 se inserta una oración por el rey, cuya vinculación con el resto del Salmo no aparece con claridad. La característica dominante de este Salmo es la absoluta confianza en el Señor, a pesar de la hostilidad y la persecución. El salmista se siente plenamente seguro bajo la protección de Dios (vs. 2-3, 6-8). Por eso interpela decididamente a sus adversarios (vs. 4-5), se reconforta a sí mismo (vs. 6-7) y exhorta a todos los fieles a que compartan sus mismos sentimientos (v. 9). La reflexión sapiencial de los vs. 10-11 y el oráculo divino de los vs. 12-13, le sirven para confirmar su enseñanza. Un profundo anhelo de Dios -bellamente expresado con la imagen de la tierra sedienta (v. 2)- es el sentimiento que domina todo este Salmo. Su autor podría ser un levita desterrado, que recuerda el tiempo en que vivía junto al Santuario, gozando de la intimidad con el Señor. En el silencio de la noche rememora aquellas horas felices, y ese recuerdo le sirve de consuelo (vs. 7-9). El versículo final indica que el salmista identifica su propia suerte con la de todo su Pueblo, representado en la persona del rey. Esta súplica se caracteriza por las expresivas imágenes con que el salmista describe las insidias de sus adversarios (vs. 2-7), y la intervención victoriosa del Señor en defensa de la justicia (vs. 8-9). En la parte final del Salmo, se presenta el castigo de los malvados como un saludable llamado a la reflexión (v. 10), y como un motivo de alegría y seguridad para los que viven rectamente (v. 11). En este canto de acción de gracias, la comunidad expresa su ferviente alabanza y reconocimiento al Señor por todos los beneficios recibidos, de sus manos. La primera parte (vs. 2-5) insiste en la bondad de Dios, que escucha desde su Templo las oraciones de los fieles (v. 3) y se muestra siempre dispuesto a perdonarlos (v. 4). La segunda (vs. 6-9) evoca el poder creador del Señor y sus obras admirables en la naturaleza y en la historia, con acentos marcadamente universalistas (v. 6). La parte final del Salmo (vs. 10-14) es de un delicado lirismo, y celebra al Señor como fuente de vida e inagotable fecundidad. La primera parte de este Salmo consta de un himno coral (vs. 1-7) y de un canto comunitario de acción de gracias (vs. 8-12), cuyo tema central son las maravillas que realizó el Señor en el Mar Rojo y en el río Jordán (v. 6). La segunda parte (vs. 13-20) difiere sensiblemente de la anterior: ya no habla la comunidad, sino un individuo, que se presenta delante del Señor en el Templo, para ofrecer un sacrificio de acción de gracias y dar testimonio de los favores recibidos. En esta hermosa oración -compuesta para celebrar la recolección de las cosechas (Éx. 23. 16)- la comunidad agradece al Señor los frutos de la tierra (v. 7). Además, le suplica que renueve constantemente sus bendiciones, a fin de que todos los pueblos reconozcan en el Dios de Israel al único Dios (vs. 2-3). Esta perspectiva universalista se destaca particularmente en el estribillo, que se repite en los vs. 4 y 6. Este canto de victoria rememora la gesta que realizó el Señor, cuando condujo triunfalmente a su Pueblo desde el Sinaí hasta el monte Sión (vs. 8-9, 18-19). En torno de esta idea central, se agrupan varios temas afines, expresados en un lenguaje acentuadamente poético y cargado de alusiones mitológicas. Las estrofas se suceden sin conexión aparente; pero esto se debe, en parte, a que el texto del Salmo corresponde a las diversas etapas de una liturgia procesional. Esta angustiosa lamentación tiene muchos rasgos comunes con el Salmo 22, en especial, la dramática descripción de la enfermedad y los sufrimientos que dan motivo a la súplica (vs. 2-5). Entre estos últimos, el salmista menciona particularmente el desprecio de que es objeto por su fidelidad a la causa de Dios y su amor hacia el Templo (vs. 8-13). Así hace presente al Señor que su enfermedad pone en juego el honor divino, porque si él muere, todos los fieles quedarán expuestos a la burla de sus enemigos (v. 7). Los vs. 36-37 indican que el Salmo fue compuesto poco tiempo después del exilio babilónico. En este Salmo se repite, con muy pocas variantes, la súplica del Salmo 40. 14-18. Un anciano gravemente enfermo acude al Señor para que no lo abandone en los penosos días de su vejez (vs. 9, 18). En lugar de describir minuciosamente los dolores que lo afligen, el salmista reitera sus expresiones de fidelidad y confianza en Dios (vs. 3, 5-8, 19), y su promesa de proclamar los beneficios recibidos, para ejemplo de los más jóvenes (v. 18). Esta súplica en favor del rey (v. 1) fue compuesta probablemente para el día de su entronización. En ella se describe, con imágenes muy expresivas, la función vital del rey en el seno de la comunidad: la nación no podía gozar de bienestar y prosperidad, si el rey no aseguraba el orden social mediante un gobierno justo. Su “justicia” debía beneficiar, sobre todo, a los miembros más indigentes de la comunidad (vs. 2, 4, 7, 12-14). Posteriormente el Salmo recibió una interpretación mesiánica, y se “releyó” como una descripción profética del Rey Mesías. El tema central de este Salmo es el doloroso enigma que plantea a los justos la comparación entre sus propios sufrimientos (vs. 13-14) y la felicidad de que gozan los impíos (vs. 4-12). El mismo tema -característico de los escritos sapienciales- es tratado también en los Salmos 37; 49. Pero aquí el autor del Salmo no se expresa con la serena objetividad de los sabios. sino que da un testimonio de su experiencia personal: exasperado por lo que consideraba una injusticia de parte de Dios (vs. 21-22), estuvo a punto de extraviarse (v. 2), hasta que una visita al Santuario (v. 17) le hizo experimentar con extraordinaria intensidad la cercanía de Dios, y así comprendió lo que significa estar alejado de él (v. 27). El final del Salmo es de un contenido casi místico: el salmista manifiesta que su único anhelo es vivir en intimidad con Dios. Ante el Templo devastado y profanado por los enemigos de Israel, la comunidad suplica al Señor que se acuerde de su Alianza (v.20) y se apresure a reparar las afrentas de su Pueblo (v. 21). Para hacer más apremiante la súplica, se evocan las proezas que realizó el Señor, cuando rescató a Israel de la esclavitud y lo convirtió en su herencia (v. 2). En medio de la súplica, se intercala un himno al Dios creador (vs. 12-17), que tiene por finalidad contraponer el poder manifestado en el momento de la creación y su desconcertante silencio presente. El Juicio de Dios (v. 8), que asegurará definitivamente el triunfo de la justicia (v. 11), es el tema central de este Salmo. Luego de una exclamación de carácter litúrgico (v. 2), se escucha un oráculo del Señor, quien se manifestará como Juez supremo cuando él mismo lo decida (vs. 3-4). A este anuncio sigue una última advertencia dirigida a los impíos, para que cambien de actitud (vs. 5-9). El Salmo concluye con un tono hímnico, porque la victoria de la justicia divina será un motivo de alegría para los justos. Este poema -como los demás “Cantos de Sión” (Sal 46; 48; 87)- expresa el amor y la admiración de los israelitas por su Ciudad santa. Al elegir a Jerusalén como Morada (v. 3), el Señor la convirtió en escenario de sus victorias (vs. 4-7). Estos resonantes triunfos confirman el renombre del Señor como guerrero invencible (vs. 2, 8) y son, a la vez, la manifestación de su justicia en favor de los humildes (vs. 9-11). En un momento de extrema aflicción para Israel, el salmista se interroga angustiosamente sobre la desconcertante actitud del Señor, que parece haber rechazado para siempre a su Pueblo (vs. 8-11). A pesar de sus esfuerzos (vs. 3- 7), no alcanza a comprender los misteriosos caminos de Dios, y sus preguntas quedan sin respuesta. Pero el recuerdo de las antiguas maravillas del Señor -evocadas hímnicamente en la parte final del Salmo (vs. 12-21)- permite mirar hacia el futuro con una cierta esperanza. Por las circunstancias a que se hace alusión, es probable que el Salmo haya sido compuesto durante el exilio babilónico. Esta larga
meditación de estilo sapiencial evoca la historia de Israel, desde el
Éxodo hasta la institución de la monarquía
davídica. El relato histórico sirve de soporte a una
enseñanza para el presente: en el recuerdo de su propio pasado, Israel
debe encontrar un motivo de gratitud y fidelidad al Dios de El motivo de esta súplica nacional es la deplorable situación en que se encuentra Israel: los paganos han devastado y profanado la herencia del Señor (v. 1); muchos fieles han caído bajo la espada, sus cadáveres han sido abandonados a las aves de rapiña y los pueblos vecinos celebran esa derrota (vs. 2-4). El salmista reconoce que la tragedia nacional es el justo castigo de reiteradas infidelidades (v. 8); pero hace presente al Señor que esa derrota compromete la gloria de su Nombre (v. 9), ya que Israel es su Pueblo y su “rebaño” (v. 13). Si no escucha el llanto de los cautivos, los paganos pensarán que es inútil servir al Señor (v. 10). Este Salmo es una
súplica que toda la nación dirige al “Pastor de
Israel” (v. 2), en un momento de grave calamidad. El lirismo que
caracteriza a todo el poema aparece con particular relieve en los vs. 9-12,
donde Israel es presentado como una “vid” que el Señor
sacó de Egipto y plantó cuidadosamente en La primera parte de este Salmo (vs. 2-6) es un preludio hímnico, que invita a celebrar jubilosamente una de las grandes fiestas anuales. La segunda (vs. 7-17) contiene un oráculo que el Señor dirige a Israel, en un tono de reproche y de promesa. En èl, le recuerda sus beneficios y sus exigencias (vs. 9-11), lo amonesta por su obstinación (vs. 12-13) y le promete toda clase de bendiciones si escucha su Palabra (vs. 14-17). Este poema ilustra uno de los aspectos de la prolongada lucha que Israel mantuvo contra la idolatría y contra las concepciones del paganismo circundante. En algunas ocasiones, los Profetas -para dar una mayor fuerza persuasiva a sus palabras- interpelaban a los dioses paganos y les reprochaban su incapacidad para hacer alguna cosa, sea buena o mala (Is. 41. 21-29). Mediante un procedimiento literario similar, este Salmo presenta al Señor alzándose como Juez en medio de los dioses, para condenarlos a la impotencia total, después de haberlos acusado de fomentar la injusticia entre los hombres. Posteriormente, este Salmo se interpretó como un apóstrofe contra los jueces y gobernantes injustos. Israel pide al Señor que repita sus hazañas del pasado (vs. 10-13) y manifieste su dominio sobre toda la tierra (v. 19), derrotando a los enemigos de su Pueblo (vs. 14-18). La coalición mencionada en los vs. 3-6 no se refiere a un hecho histórico determinado, sino que representa simbólicamente la constante oposición de los paganos contra Israel. Esta afirmación se funda en el carácter artificial de la lista que enumera a las naciones coaligadas (vs. 7-9): en ella aparecen reunidos diez de los enemigos tradicionales de Israel, pertenecientes a épocas diversas. Al llegar a
Jerusalén, un peregrino entona esta alabanza al Templo de Sión,
Morada del Señor y lugar donde se manifiesta su presencia. Con
profundo lirismo, evoca su ansia de Dios que lo trajo hasta el Santuario (v.
3), las etapas recorridas por los peregrinos (vs. 7-8) y la felicidad de
encontrarse en En esta oración se refleja la situación espiritual de los que ya han pasado la prueba del exilio en Babilonia. La repatriación de los cautivos “ha cambiado la suerte” de Israel (v. 2) y es una prueba del amor del Señor hacia su Pueblo. Pero los vaticinios proféticos (Is. 60. 2) no se han cumplido plenamente, y la reconstrucción nacional se realiza en medio de las más duras penalidades. Por eso la comunidad suplica al Señor que manifieste su misericordia y le conceda la salvación (v. 8), es decir, que lleve a su pleno cumplimiento la obra comenzada. La última parte del Salmo (vs. 9-14) es un oráculo profético, que contiene la respuesta divina a la súplica del Pueblo y anuncia la definitiva restauración de Israel, en una era de justicia y prosperidad. Este Salmo es la oración de un “pobre” (v. 1), que se abandona a la misericordia y al poder de Dios en medio de un grave peligro (vs. 7-14). Para fundamentar su petición, el salmista no describe dramáticamente la intensidad de sus sufrimientos -como suele suceder en las súplicas del Salterio (Sal 22; 41; 69; 88)- sino que apela con esperanzada insistencia a la bondad infinita de Dios (vs. 5, 13, 15-17). Es probable que este
“Canto de Sión” (Sal. 46; 48; 76) haya sido interpretado
de distintas maneras en épocas diversas. En su forma original, parece
estar dirigido a los peregrinos que llegaban a Sión (vs. 1-2) de todas
las regiones de la diáspora judía, para anunciarles que
también ellos debían sentirse como nacidos en Jerusalén.
Más tarde, por influencia de algunos oráculos proféticos
(Is. 2. 2-4; Zac. 8. 20-23), el Salmo fue
“releído” con una perspectiva mesiánica y
universalista: Jerusalén estaba llamada a ser el centro espiritual de
todas las naciones, y hasta los más encarnizados enemigos del Pueblo
elegido -Egipto, Babilonia, Tiro,
Filistea y Etiopía (v. 4)- tendrían que reconocer al Dios de
Israel y considerarse ciudadanos de Esta lamentación -sin duda, la más triste de todo el Salterio- refleja admirablemente las ideas del Antiguo Testamento sobre la enfermedad, la muerte y el más allá. Entre la enfermedad y la muerte hay sólo una diferencia de grado, porque en ambos casos están obrando los mismos poderes hostiles a la vida (vs. 16-18). Al verse privado de todos los motivos de felicidad y, en especial, de la comunión con los demás (vs. 9, 19), el enfermo se siente sumergido en el “reino de la muerte” (v. 12), cuyas características describen los vs. 6-8. En esta penosa situación, y sin manifestar ningún sentimiento de esperanza, el salmista pide al Señor que le devuelva la vida porque los muertos no pueden alabar a Dios (vs. 11 -13). La fe en la resurrección y en la vida futura ilumina con una nueva perspectiva el misterio del dolor, tan elocuentemente expresado en este Salmo, que pertenece a los llamados “Oraciones de los enfermos” (Sal. 6; 38; 41; 102. 2-12). La evocación de las promesas hechas por el Señor a David - que constituye la parte central de este magnífico poema- sirve de base a la súplica por el rey, en un momento de grave humillación para la dinastía davídica. Con esta visión global del Salmo, es fácil percibir la conexión entre sus diversas partes. El breve preludio (v. 2) -seguido de una alusión a la alianza davídica (vs. 3-5) y de un himno al Creador (vs. 6-19)- introduce un oráculo divino (vs. 20-38), que anuncia los privilegios de David y su dinastía-. La situación que describen los versículos siguientes (39-46) es el reverso de esas antiguas promesas, y por eso el rey suplica al Señor que vuelva a manifestarle su amor y su fidelidad (vs. 47-52). La súplica contenida en este Salmo está motivada por largos años de penosos sufrimientos. En ella, la comunidad de Israel ruega al Señor que le conceda una alegría comparable a las tribulaciones vividas hasta el presente (vs. 13-15).El Salmo no apunta específicamente a una situación particular -hambre, sequía o guerra- sino que parece referirse, de manera general, a las penalidades cotidianas, tanto de los individuos como de la nación. Por eso, la súplica va precedida de una profunda meditación sobre la precariedad y la miseria de la vida humana, contrapuesta a la eternidad y soberanía de Dios (vs. 2-10). La conclusión del salmista es que la verdadera sabiduría consiste en reconocer la brevedad de la vida (v. 12). El verso inicial confiere a todo el Salmo un tono de esperanzada confianza. Una sola idea se repite a lo largo de todo este Salmo: los que se refugian en el Señor pueden afrontar confiadamente cualquier dificultad, porque cuentan con la constante y eficaz protección divina. Muchas expresiones tienen evidentemente un carácter hiperbólico, por ejemplo la del v. 13, y sólo pretenden destacar la excepcional providencia con que el Señor cuida de sus fieles. En la parte final del Salmo (vs. 14-16), un oráculo divino confirma la enseñanza del salmista. En este canto de acción de gracias, el salmista descubre en su caso personal (vs. 5, 11-12) una manifestación de los designios providenciales de Dios (v. 6). La suerte reservada a los impíos (vs. 8-10) y a los justos (vs. 13-16) revela la profundidad y la justicia de esos designios, que el “insensato” es incapaz de comprender (v. 7). Sin plantear expresamente el problema -como sucede en los Salmos 37; 49; 73- este Salmo da una respuesta a los interrogantes que suscita el aparente triunfo del mal. El tema central de
este himno se vuelve a encontrar en un grupo de salmos cultuales,
denominados habitualmente “Himnos a la realeza del Señor”
(Sal. 47; 96 - 99). Todos estos poemas proclaman al Señor como Rey
universal, destacando los diversos motivos en que se funda su realeza. En este
caso, la soberanía del Señor aparece fundada en el acto de la
creación y afianzamiento del mundo, que los vs. 3-4 describen -con
evidentes reminiscencias mitológicas- como una victoria divina sobre
las fuerzas del caos. El versículo final alude a El salmista comienza con una angustiosa invocación al Señor, para que se manifieste como Juez de la tierra y castigue a los opresores de su Pueblo (vs 1-7). La segunda parte del Salmo tiene un tono sapiencial, y es un severo reproche a los que ponen en duda el triunfo final de la justicia (vs. 8-15). Por último, el salmista se reconforta a sí mismo, fundado en su propia experiencia de la intervención salvadora de Dios (vs. 16-19) y en la seguridad de que el Señor no puede estar de parte de la injusticia (vs. 20-23). Las dos partes que componen este Salmo corresponden a otros tantos momentos de una solemne acción litúrgica. La primera (vs. 1-7) es un canto procesional dirigido a la comunidad para invitarla a ingresar jubilosamente en la morada del Señor. En la segunda parte (vs. 8-11) se escucha un oráculo del Señor, que exhorta a Israel a no imitar la incredulidad y la rebeldía de sus antepasados en el desierto. La proclamación de la realeza del Señor es asociada en este himno a dos acontecimientos decisivos de su obra salvífica: la creación y el juicio (v. 10). La primera establece en la naturaleza el orden querido por Dios (Gn. 1. 31); el segundo restablece en la historia el orden quebrantado por la injusticia. Por eso, no sólo los hombres (vs. 1-10), sino todos los seres creados (vs. 11-12) son invitados a celebrar jubilosamente la llegada del Señor, que viene a instaurar definitivamente su justicia (v. 13). Este poema litúrgico pertenece al grupo de los “Himnos a la realeza del Señor” (Sal. 47; 93; 97 - 99) y presenta numerosas analogías con Is. 40 - 66. Un poco más abreviado, se vuelve a encontrar en 1 Crón. 16. 23-33. La frase inicial de este “Himno a la realeza del Señor” (Sal 47; 93; 96; 98 - 99) es una solemne proclamación, que anuncia el advenimiento del Reino de Dios, inaugurado por una teofanía de la que participan todos los elementos de la naturaleza (vs. 1-5). Esta manifestación del Señor como Rey significa el triunfo definitivo de la justicia (v. 6) y es un motivo de júbilo para su Pueblo (vs. 8, 11). La exhortación final (v. 12) parece estar dirigida a la comunidad congregada en el Templo, que actualizaba cultualmente la victoria del Señor sobre sus enemigos y el establecimiento de su Reino. Las ideas que desarrolla este “Himno a la realeza del Señor” (Sal. 47; 93; 96 - 97; 99) son muy afines con las del Salmo 96, y su fuente de inspiración es también Is. 40 - 66. Este Salmo es un
himno de alabanza al Señor, que estableció su trono en
Sión para revelarse a Israel como Rey justo y poderoso (vs. 1-4). La
benevolencia y la justicia con que el Señor gobierna a su Pueblo se
manifiesta, de manera arquetípica, en las figuras de Moisés,
Aarón y Samuel: ellos son, a un mismo tiempo, los mediadores de Si bien este poema pertenece al grupo de “Himnos a la realeza del Señor” (Sal. 47; 93; 96 - 98), por su forma y su contenido difiere notablemente de los demás. La primera estrofa de este canto procesional (vs. 1-2) es una invitación a la alegría y a la acción de gracias, dirigida a toda la comunidad cultual en e1 momento de ingresar al Templo. En la segunda estrofa, Israel reconoce con gratitud su condición de “Pueblo” y “rebaño” del único Dios (v. 3) La estructura del Salmo parece indicar que este era cantado alternadamente por dos coros. Este Salmo es una profesión de fidelidad a la misión que Dios había confiado a David y a sus descendientes: la de gobernar con justicia la “Ciudad del Señor” (v. 8). Es difícil determinar con exactitud en qué circunstancias el rey davídico debía pronunciar estas palabras. Probablemente, lo hacía en el transcurso de una acción litúrgica, que conmemoraba periódicamente la institución de la dinastía y la alianza del Señor con la casa de David. La tradición cristiana ha encontrado en este Salmo el ideal y el programa de todo gobierno justo. La interpretación de este Salmo se ve dificultada por la inclusión en un mismo poema de elementos bastante heterogéneos: súplica individual (vs. 2-12, 24-25), expresiones hímnicas (vs. 13, 26-28), y anuncio profético (vs. 14-23). Para resolver esta dificultad, se podría dar la siguiente explicación: durante el exilio babilónico, se aplicó la súplica de un enfermo grave a la situación en que se encontraba Israel, cuando Jerusalén y el Templo estaban en ruinas. Entonces se añadió un oráculo que anunciaba la reconstrucción del Santuario (v. 17)y el retorno de los desterrados (v. 23). Este es uno de los Salmos llamados “penitenciales” (Sal. 6; 32; 38; 51; 130; 143). El tema de los vs. 2-12 hace que se lo incluya entre las “Oraciones de los enfermos” (Sal. 6; 38; 41; 88;). Este himno de alabanza a Dios comienza en forma de diálogo entre el salmista y su propia alma (vs. 1-6), y luego continúa en el estilo propio de los himnos. Su tema es la infinita bondad del Señor, que se brinda incesantemente a los hombres, en especial a los débiles (vs. 3-4) y a los oprimidos (v. 6). La actitud de Dios hacia los pecadores no es la de un Juez inapelable, sino la de un padre bondadoso (vs. 8-13), que conoce a fondo la miseria del hombre (vs. 14-16). El poema concluye con una invitación a bendecir a Dios, dirigida a todo el universo. El tema de este bellísimo himno es la obra de Dios en la creación. El poema presenta una semejanza notable con un himno egipcio al dios Sol, proveniente del siglo XIV a. C. Más evidente aún es su relación con el primer capítulo del Génesis. Sin embargo, el salmista utiliza sus fuentes de inspiración con una gran libertad y originalidad. Se describe al universo visible como una realidad desbordante de movimiento y de vida, que refleja, hasta en los detalles más ínfimos (vs. 17-18, 21), el poder y la sabiduría del Creador. Este Salmo
“histórico” es la proclamación de las maravillas
que realizó el Señor para la salvación de su Pueblo. Las
acciones divinas se enumeran a partir de Una parte de este Salmo se vuelve a encontrar en 1 Crón. 16. 8-22, en el contexto de una acción litúrgica. También en
este Salmo se enumeran los acontecimientos de En este canto de acción de gracias, se describen cuatro situaciones típicas, que ponen de manifiesto una especial providencia de Dios: la vuelta del exilio, presentada como un nuevo Éxodo (vs. 4-9); la liberación de los cautivos (vs. 10-16); la ayuda divina a los que sufren (vs. 17-22) y a los navegantes en peligro (vs. 23-32). La parte final del Salmo (vs. 33-43) tiene un carácter hímnico-sapiencial, y su tema central es el poder de Dios, que transforma el orden de los acontecimientos en beneficio de sus fieles. Este Salmo resulta de la combinación de dos fragmentos, que se encuentran en los Salmos 57. 8-12; 60. 7-14. En la primera parte (vs. 2-7), el salmista alaba fervientemente al Señor por su misericordia y su fidelidad. La segunda (vs. 8-14) contiene un oráculo divino y una expresión de confianza en la ayuda del Señor. Las imprecaciones contenidas en esta súplica -las más violentas de todo el Salterio- han dado a este Salmo una particular celebridad. Estas imprecaciones se atribuyen generalmente al salmista, pero hay serias razones para pensar que él no hace más que repetir, delante del Señor, las palabras de sus acusadores y perseguidores. El núcleo de este Salmo “real” está constituido por un oráculo del Señor, que proclama los privilegios concedidos a los reyes davídicos en el día de su entronización. Este oráculo se articula en tres partes, introducidas y ampliadas por la palabra del salmista. El primer privilegio del rey es el de ser lugarteniente del Señor y partícipe de su soberanía (vs. 1-2). El segundo radica en su filiación divina, fundada en una adopción por parte de Dios (v. 3). El tercero es su condición de sacerdote “a la manera de Melquisedec” (v. 4), el antiguo rey de Jerusalén y sacerdote de Dios, el Altísimo (Gn. 14. 18). Con el transcurso
del tiempo -sobre todo después
del exilio- este Salmo sirvió para alentar la esperanza
mesiánica de Israel. En este mismo sentido lo utiliza el Nuevo
Testamento, citándolo repetidamente como un testimonio
profético de la dignidad mesiánica de Jesús, el Rey y
Sacerdote de Este breve himno propone un doble motivo para alabar a Dios: su infinita grandeza, que trasciende todos los límites del universo (v. 4), y su admirable condescendencia, que lo mueve a “inclinarse” bondadosamente hacia la tierra (vs. 5-6), para elevar a los más pobres y desamparados (vs. 7-9). Con este Salmo se
inicia una colección de seis poemas (Sal. 113 -118) que la
tradición rabínica denomina “Halel”,
palabra hebrea vinculada con la exclamación litúrgica
“¡Aleluya!”. Estos Salmos eran cantados en las fiestas
religiosas más importantes, sobre todo durante la celebración
de Con admirable
concisión y gran expresividad poética, este “Himno
pascual” rememora toda la epopeya del Éxodo como un signo del
absoluto dominio del Señor sobre las fuerzas de la naturaleza. Estas
no pueden ofrecer ningún obstáculo ante la presencia del Dios
de Israel, que se ha manifestado para liberar a su Pueblo de la esclavitud e
introducirlo triunfalmente en La falta de unidad de este Salmo procede de su carácter litúrgico y coral. Cada una de sus partes responde a los diversos momentos de una acción litúrgica, celebrada por la comunidad postexílica. Aunque se ignoran los detalles de esa liturgia, es evidente que de ella participaban un coro y uno o varios solistas (vs. 9-18). El rasgo más característico del Salmo es la profesión de fe en el único Dios, en manifiesta polémica contra el paganismo circundante (vs. 4-8). De esta fe provienen la confianza en la omnipotencia divina (vs. 3, 9-11) y la seguridad de contar con las bendiciones del Señor (vs. 12-15). En señal de reconocimiento al Señor, que lo libró de un peligro de muerte (vs. 3, 8-9), el salmista entona este canto de acción de gracias. El recuerdo de su aflicción acentúa los sentimientos de amor (v. 1), de esperanza (v. 7) y de gratitud (v. 12). La oración está acompañada de una serie de reflexiones sapienciales, que subrayan la misericordia del Señor hacia los más débiles (vs. 5-6) y su preocupación por librarlos de la muerte (v. 15). La parte final del Salmo alude a los sacrificios que constituían una parte esencial en el rito de acción de gracias. En este Salmo - el más breve del Salterio - todas las naciones son invitadas a alabar al Dios de Israel (v. 1), por el inmenso amor que tiene hacia su Pueblo (v. 2). Estos dos elementos definen el “universalismo” del Antiguo Testamento en sus rasgos más esenciales, al poner de manifiesto la función mediadora de Israel en la salvación de todos los pueblos. Este magnífico canto de acción de gracias celebra una victoria de Israel, en la que se puso de manifiesto una vez más el amor del Señor hacia su Pueblo (vs. 1-4) y su invencible poder (vs. 15-16). La referencia explícita a dos acciones cultuales -la liturgia de entrada al Santuario (vs. 19-20) y la procesión de la comunidad hacia el altar (v. 27)- destaca con particular relieve el carácter litúrgico del Salmo. En esa liturgia de acción de gracias, la función principal corresponde al rey, que describe la acción salvadora de Dios en primera persona del singular (vs. 5-14, 17-18, 21), mostrando así su condición de representante y portavoz de todo el Pueblo. La liturgia cristiana confirió a este Salmo un significado “pascual” , y lo utiliza para cantar la victoria de Cristo. Con este breve poema se inicia la colección de los Salmos “de peregrinación” (Sal 120 - 134), que también reciben el nombre de “graduales” o de las “subidas”, porque eran cantados por los peregrinos que “subían” a Jerusalén, con motivo de las grandes fiestas anuales (Éx. 23. ]4-19). Este Salmo refleja poéticamente la situación de los humildes y desposeídos, que viven en medio de una sociedad dominada por la agresividad y la mentira. Allí se encuentran como extranjeros, como desterrados en un país hostil o entre las tribus del desierto (vs. 5-7). La estructura dialogada de este Salmo parece indicar que los peregrinos lo cantaban en forma coral, durante la marcha hacia Jerusalén. Un tono de serena confianza atraviesa todo el poema. En él se describe al Señor como un centinela, que está alerta en su puesto de guardia para proteger a sus fieles. El bellísimo verso inicial se inspira probablemente en la actitud de los peregrinos, que avanzaban con la mirada fija en las montañas, esperando divisar la altura donde se elevaba el Templo de Sión. La alegría de
los peregrinos al emprender la marcha hacia Jerusalén (v. 1), el
espectáculo de las tribus que avanzaban procesionalmente (v. 4) y la
emoción que se experimentaba al pisar el suelo de Sión (v. 2),
dan pie al salmista para hacer un elogio entusiasta de En contraposición con el optimismo nacional del Salmo anterior, esta ardiente súplica refleja la opresión en que se encontraban los israelitas a su vuelta del exilio babilónico (Neh. 4. 1-5). La reconstrucción material y espiritual de la nación se realizaba en medio de las luchas más penosas. Las bellas imágenes del v. 2 indican que sólo la protección divina podía ofrecer a los repatriados un motivo de esperanza. En este canto de liberación, Israel agradece al Señor que lo haya salvado de un gravísimo peligro. Varias imágenes se suceden para describir vívidamente la seriedad de la amenaza: las aguas torrenciales (v. 4), las fieras a punto de devorar (v. 6), la trampa del cazador (v. 7). Sin embargo, faltan alusiones concretas a una situación histórica precisa, y no es fácil decidir si la liberación es el retorno del exilio babilónico o una victoria en tiempos de los Macabeos. El
espectáculo de El tono de este
poema -como el del Salmo 85- refleja elocuentemente la situación
espiritual de los israelitas al término del exilio. El edicto de Ciro
( Este hermoso poema
sapiencial es una invitación a la confianza en La felicidad de los justos -constituida por los sencillos goces de la vida familiar- es el tema central de este hermoso poema. Al final del Salmo (v. 5), el horizonte se amplía, y la felicidad personal aparece estrechamente vinculada con la prosperidad de Jerusalén, centro de la vida nacional y fuente de bendición para todo Israel. Este Salmo retoma en parte el tema del Salmo 124. Desde los comienzos de su historia (vs. 1-2), Israel debió soportar a numerosos opresores. Pero el Señor nunca permitió que aniquilaran a su Pueblo. Apoyados en esta experiencia de la protección divina, los peregrinos piden al Señor la rápida destrucción de sus enemigos y miran confiadamente hacia el futuro. En esta súplica, el reconocimiento del propio pecado se une a la confiada seguridad de obtener el perdón divino. El salmista, lejos de sentirse abandonado de Dios, se apoya en la conciencia de su propia indignidad, para acercarse a él. Con esta actitud implora el perdón y la protección, no sólo para sí mismo, sino también para todo su Pueblo. Este es uno de los Salmos llamados “penitenciales” (Sal. 6; 32; 38; 51; 102; 143), y la tradición cristiana lo utiliza preferentemente en la liturgia de los difuntos por su marcado tono de esperanza. Con una gran espontaneidad, el salmista describe su actitud humilde y confiada delante de Dios, fundada en la renuncia a toda “aspiración desmedida” (v. 1). Esta actitud se expresa admirablemente en la imagen del niño que descansa tranquilo en los “brazos de su madre” (v. 2). El versículo final amplía la perspectiva a todo Israel, para exhortarlo a tener ese mismo espíritu de humildad y confianza en el Señor. Este Salmo rememora
el traslado del Arca de Los cortes abruptos de los vs. 6-10 dejan entrever los diversos momentos de una liturgia procesional. Algunos indicios permiten afirmar que esta era celebrada anualmente, en tiempos de la monarquía, para conmemorar la elección de la dinastía davídica y del monte Sión (2 Sam. 7). Este delicado poema es un elogio de la convivencia fraternal, tanto en la intimidad de la familia como en la comunidad nacional y religiosa. Las grandes fiestas anuales -cuando toda la comunidad de Israel se congregaba en el monte Sión- eran la ocasión más propicia para intensificar los vínculos fraternales entre los miembros del Pueblo de Dios. De allí la inserción de este Salmo en el grupo de los “Cantos de peregrinación”. Una exhortación a bendecir al Señor (vs. 1-2) y un augurio de bendición divina (v. 3), componen este breve Salmo, que es a la vez un himno y una plegaria. La alusión a “las horas de la noche” (v. 1) deja entrever que el Salmo era cantado en una celebración nocturna. Con este Salmo, concluye la serie de los llamados Salmos “graduales” o “de peregrinación” (Sal. 120 - 134). Basta una simple
lectura de este Salmo para advertir que ha sido compuesto con elementos
tomados de otros himnos litúrgicos, en especial, de los Salmos 113. 1;
115. 4-8; 136. 17- Con expresiones
breves y vigorosas, este himno responsorial presenta un resumen de En este bello poema se expresan elocuentemente los sentimientos de los israelitas deportados a Babilonia: la profunda nostalgia que experimentaban al acordarse de su patria (v. I) y la tristeza que les provocaba el sarcasmo de sus opresores (v. 3). La destrucción de Jerusalén y del Templo, y la dura experiencia del exilio, explican de alguna manera el odio expresado en las invectivas contra Babilonia y contra todos los que se alegraron por la ruina de Israel (vs. 7-9). El amor y la fidelidad del Señor (v. 2), que reconforta y protege a los humildes (vs. 3, 6), motivan este canto de acción de gracias, en el cual aparece claramente una nota “universalista” (vs. 4-5). El Salmo concluye con una renovada expresión de confianza en el Señor (vs. 7-8). En un lenguaje de profundo lirismo, el salmista expresa su admiración ante la insondable sabiduría de Dios, que penetra todas las cosas y sondea hasta lo más íntimo del corazón humano. El tono sereno y meditativo del Salmo se interrumpe bruscamente en el v. 19, para introducir una severa imprecación contra los impíos. Esta imprecación -que a primera vista parece fuera de lugar - da mucha luz sobre la situación en que el Salmo fue pronunciado originariamente: el salmista, hostigado por “hombres sanguinarios” (v. 19), se somete al juicio de Dios, pidiéndole que “examine” su conducta y sus intenciones (v. 23). Su hondo sentido de la trascendencia divina le impide declarar abiertamente su inocencia, y sólo la insinúa con una gran humildad (v. 24). Este Salmo es una súplica al Señor, defensor de los pobres (v. 13), contra la calumnia y la opresión. Luego de evocar con expresivas imágenes la violencia y la maldad de sus perseguidores (vs. 3-6), el salmista dirige contra ellos una severa imprecación (vs. 9-12). La súplica está acompañada de una profesión de inquebrantable confianza (vs. 7-8), fundada en la certeza de que Dios es justo y hace valer el derecho de los oprimidos (vs. 13-14). En esta súplica, el salmista pide al Señor que lo libre del doble peligro que lo amenaza: la hostilidad de sus enemigos (v. 9) y la tentación de dejarse arrastrar por los malos deseos, imitando la maledicencia y los excesos de los impíos (vs. 3-4). Su voluntad de resistir a las seducciones del mal, incluye también la buena disposición para aceptar las advertencias de los justos, aunque resulten penosas (v. 5). En medio de una obstinada persecución (vs. 4, 7) y sin esperanzas de encontrar una ayuda en los hombres (v. 5), el salmista invoca angustiosamente al Señor (vs. 2, 7), que es su único refugio (v. 6). Confiado en su pronta liberación, promete reconocer públicamente los favores recibidos de Dios, para alegría y edificación de los justos (v. 8). Un hombre perseguido violentamente (v. 3) se pone bajo la protección de Dios, a fin de que lo libre de sus perseguidores (v. 9). Para fundamentar su pedido, el salmista apela a las antiguas intervenciones de Dios en favor de su Pueblo (v. 5). Pero a diferencia de lo que sucede en otros Salmos similares (Sal. 7), él no hace una declaración de su propia inocencia, sino que reconoce su condición de pecador y su imposibilidad de obtener la salvación sin el auxilio de la misericordia divina. Este es uno de los salmos llamados “penitenciales” (Sal. 6; 32; 38; 51; 102; 130). En la primera parte de este Salmo (vs. 1- 11), un rey se dirige al Señor para darle gracias por su constante protección (vs. l-2) y para rogarle que lo libre de sus enemigos (vs. 3-11). Las frases y expresiones utilizadas por el salmista reflejan la influencia de otros Salmos, en especial la del Salmo 18, que en varios versículos se encuentra reproducido casi literalmente. La segunda parte (vs. 12-15) tiene un tono mucho más lírico, y es una súplica por la prosperidad de la nación. Las diferencias de estilo y el paso del singular al plural hacen suponer que estas dos partes, en su origen, fueron composiciones independientes. El uso litúrgico las unió más tarde, para asociar la oración por el rey a la oración por todo el pueblo. La alabanza expresada en este Salmo se fundamenta en el poder creador del Señor (v. 6) y en su bondad para con los pobres y oprimidos (vs. 7-9). Los motivos para alabar a Dios están precedidos de una exhortación sapiencial y de una “bienaventuranza”. En la primera (v. 3), el salmista invita a los fieles a no confiar en los poderosos, porque de ellos no puede venir la salvación; la segunda (v. 5) proclama la felicidad de los que confían en el Señor. Resulta fácil
delimitar las tres partes que componen este himno litúrgico, porque
cada una de ellas comienza con una invitación a alabar a Dios (vs. 1,
7, 12). La primera parte (vs. 1-6) celebra la omnipotente bondad del
Señor, manifestada en la restauración de su Pueblo y de La versión
griega de los Setenta -seguida
por Todo el universo -desde los ángeles hasta los seres inanimados- son invitados en este Salmo a entonar un canto de alabanza al Señor. El motivo de la alabanza es el admirable orden de la creación. El versículo final destaca los privilegios de Israel como Pueblo elegido de Dios. Este Salmo tiene una gran similitud con el Canto de las Criaturas, que figura en los suplementos griegos del libro de Daniel (3. 52-90). El amor del Señor hacia su Pueblo y la victoria que le tiene asegurada (v. 4) son el motivo propuesto a la comunidad cultual, para invitarla a cantar jubilosamente a su Creador y su Rey (vs. 1-3). El reverso de esa victoria es “la sentencia dictada” por Dios contra los enemigos de su Pueblo (v. 9), e Israel está llamado a ejecutarla (vs. 6-8). Este himno se destaca por su entusiasmo guerrero y su ardiente nacionalismo. Dichas características se explican porque fue compuesto después del exilio babilónico, cuando Israel tuvo que luchar afanosamente por su reconstrucción nacional y religiosa, en medio de la tenaz oposición de sus vecinos (Neh. 2- 6). La esperanza en la victoria reafirmaba su fe en el Señor y le daba nuevo ánimo para la lucha. El libro de los Salmos concluye con esta invitación a entonar un solemne “canto” en honor del Creador, que habita en su Santuario cósmico, sobre la majestad del cielo. La invitación se dirige a todos los seres, y el motivo de la alabanza son las “proezas” del Señor, manifestadas en la creación y en la historia. que pregonan su grandeza y su poder. |
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