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Caminando con San José Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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«LE VOCIS...» SOBRE SAN JOSE EN LOS DOCUMENTOS DE LOS PONTÍFICES
BEATO JUAN XXIII Exhortación Apostólica del Papa Juan XXIII promulgada el
19 de Marzo de 1961 Venerables Hermanos y queridos hijos: 1. Las
voces que de todos los puntos de la tierra Nos llegan, como expresión de
alegre esperanza y deseos por el feliz éxito del Concilio Ecuménico Vaticano
II, impulsan cada vez más Nuestro ánimo a sacar provecho de la buena
disposición de tantos corazones sencillos y sinceros, que con amable
espontaneidad se vuelven a implorar el auxilio divino para acrecentamiento
del fervor religioso, para clara orientación práctica en todo lo que la
celebración conciliar supone y nos promete incremento de la vida interior y
social de la Iglesia y de renovación espiritual de todo el mundo. Y ved
cómo nos encontramos ahora, al aparecer la nueva primavera de este año y ante
la proximidad de la Sagrada Liturgia Pascual, con la humilde y amable figura
de San José, el augusto esposo de María, tan querido a la intimidad de las
almas más sensibles a los atractivos de la ascética cristiana y de sus
manifestaciones de piedad religiosa, contenidas y modestas, pero tanto más
agradables y dulces. En el
culto de la Santa Iglesia, Jesús, Verbo de Dios hecho hombre, pronto tuvo su
adoración incomunicable como esplendor de la substancia de su Padre, que se
irradia en la gloria de los Santos. María, su madre, le siguió muy de cerca
ya desde los primeros siglos, en las representaciones de las catacumbas y de
las basílicas, piadosamente venerada como sancta María mater Dei. En cambio,
San José, fuera de algún brillo de su figura que aparece alguna vez en los
escritos de los Padres, permaneció siglos y siglos en su característico
ocultamiento, casi como una figura decorativa en el cuadro de la vida del
Salvador. Y hubo
de pasar algún tiempo antes de que su culto penetrase de los ojos, al corazón
de los fieles y de él sacasen especiales lecciones de oración y confiada
devoción. Estas fueron las alegrías fervorosas, reservadas a las efusiones de
la edad moderna -¡cuán abundantes e impresionantes!-, y entre ellas nos ha
complacido especialmente fijarnos en un aspecto muy característico y
significativo. SAN JOSÉ
EN LOS DOCUMENTOS DE LOS PONTÍFICES DEL SIGLO PASADO 2.
Entre los diferentes postulata que los Padres del Concilio Vaticano I, al
reunirse en Roma (1869-1870), presentaron a Pío IX, los dos primeros se
referían a San José. Ante todo, se pedía que su culto ocupase un lugar más
preeminente en la Sagrada Liturgia; llevaba la firma de ciento cincuenta y
tres Obispos. El otro, suscrito por cuarenta y tres Superiores generales de
Ordenes religiosas, suplicaba la proclamación solemne de San José como
Patrono de la Iglesia universal1.
PÍO IX 3. Pío
IX acogió con alegría ambos deseos. Desde el comienzo de su pontificado (10
de diciembre de 1847) fijó la fiesta y rito del patrocinio de San José en la dominica
III después de Pascua. Ya desde 1854, en una vibrante y devota alocución,
señaló a San José como la más segura esperanza de la Iglesia, después de la
Santísima Virgen; y el 8 de diciembre de 1870, en el Concilio Vaticano I,
interrumpido por los acontecimientos políticos, aprovechó la feliz
coincidencia de la fiesta de la Inmaculada para proclamar más solemne y
oficialmente a San José como Patrono de la Iglesia universal y elevar la
fiesta del 19 de marzo a rito doble de primera clase 2. Fue
aquel -el del 8 de diciembre de 1870- un breve pero gracioso y admirable
Decreto "Urbi et Orbi" verdaderamente digno del "Ad perpetuam
rei memoriam", el que abrió un manantial de riquísimas y preciosas
inspiraciones a los Sucesores de Pío IX.
LEÓN XIII 4. Y he
aquí, por cierto, al inmortal León XIII, que en la fiesta de la Asunción en
1889 publica la carta Quanquam pluries3, el documento más amplio y denso que
un Papa haya publicado nunca en honor del padre putativo de Jesús, ensalzado
en su luz característica de modelo de los padres de familia y de los
trabajadores. Allí comenzó la hermosa oración: A vos, bienaventurado San
José, que impregnó de tanta dulzura nuestra niñez.
SAN PÍO X 5. El
Sumo pontífice Pío X añadió a las manifestaciones del Papa León XIII otras
muchas de devoción y amor a San José, aceptando gustosamente la dedicatoria,
que se le hizo, de un tratado que expone su culto4; multiplicando el tesoro
de las Indulgencias en el rezo de las Letanías, tan queridas y dulces de
recitar. ¡Qué bien suenan las palabras de esta concesión! Sanctissimus
Dominus Noster Pius X inclytum patriarcham S. Joseph, divini Redemptoris
patrem putativum, Deiparae Virginis sponsum purissimum et catholicae
Ecclesiae potentem apud Deum Patronum -y observad la delicadeza de sentimiento
personal- cuius glorioso nomine e nativitate decoratur, peculiari atque
constante religione ac pietate complectitur5; y las otras, con que anunció el
motivo de nuevas gracias concedidas: ad augendum cultum erga S. Joseph,
Ecclesiae universalis Patronum 6.
BENEDICTO XV 6. Al
estallar la primera gran guerra europea, mientras los ojos de Pío X se
cerraban a la vida de este mundo, he aquí que surge providencialmente el Papa
Benedicto XV y pasa como astro benéfico de consuelo universal por los años
dolorosos de En
efecto, a él se debe la introducción de dos nuevos prefacios en el Canon de
la Misa: el de San José y el de la Misa de Difuntos, uniendo ambos felizmente
en dos decretos del mismo día, 9 de abril de 1919 7, como invitando a una
unión y fusión de dolor y consuelo entre las dos familias: la celestial de
Nazaret y la inmensa familia humana afligida por universal consternación a
causa de las innumerables víctimas de la guera devastadora. ¡Qué triste, pero
al mismo tiempo qué dulce y feliz unión: San José por una parte y el signifer
sanctus Michael por otra, ambos en trance de presentar las almas de los
difuntos al Señor in lucem sanctam! Al año
siguiente, 25 de julio de 1920, el Papa Benedicto XV volvía sobre el tema en
el cincuentenario, que se preparaba entonces, de la proclamación -llevada a
cabo por Pío IX- de San José como Patrono de la Iglesia universal y aún
volvió sobre ello iluminando con doctrina teológica por el "Motu
proprio" Bonum sane 8, que respiraba, todo él, amor y confianza
singular. ¡Oh, cómo resplandece la humilde y benigna figura del Santo, que el
pueblo cristiano invoca como protector de la Iglesia militante, en el momento
mismo de brotar sus mejores energías espirituales e incluso de reconstrucción
material después de tantas calamidades y como consuelo de tantos millones de
víctimas humanas abocadas a la agonía y para las cuales el Papa Benedicto XV
quiso recomendar, a los Obispos y a las numerosas asociaciones piadosas
esparcidas por el mundo, implorasen la intercesión de San José, patrono de
los moribundos!
PÍO XI 7.
Siguiendo las mismas huellas, que recomiendan la fervorosa devoción al Santo
Patriarca, los dos últimos Pontífices, Pío XI y Pío XII -ambos de cara y
venerable memoria- continuaron con viva y edificante fidelidad evocando,
exhortando y elevando. Cuatro
veces por lo menos Pío XI en solemnes alocuciones, al exponer la vida de
nuevos Santos y con frecuencia en las fiestas anuales del 19 de marzo -por
ejemplo en 19289 y luego en 1935 y aun en 1937- aprovechó la oportunidad para
ensalzar las variadas luces que adornan la fisonomía espiritual del Custodio
de Jesús, del castísimo esposo de María, del piadoso y modesto obrero de
Nazaret y patrono de la Iglesia universal, poderoso amparo en la defensa
contra los esfuerzos del ateísmo mundial empeñado en la ruina de las naciones
cristianas.
PÍO XII 8.
También Pío XII, siguiendo a su antecesor, observó la misma línea e igual
forma en numerosas alocuciones, siempre tan hermosas, vibrantes y acertadas;
por ejemplo, cuando el 10 de abril de 194010 invitaba a los recién casados a
ponerse bajo el manto seguro y suave del Esposo de María; y en 194511
invitaba a los afiliados a las Asociaciones Cristianas de trabajadores a
honrarle como a sublime dechado e invicto defensor de sus filas; y diez años
después, en 195512, anunciaba la institución de la fiesta anual de San José
artesano. De hecho, esta fiesta, de tan reciente institución, fijada para el
primero de mayo, viene a suprimir la del miércoles de la segunda semana de
Pascua, mientras que la fiesta tradicional del 19 de marzo señalará desde hoy
en adelante la fecha más solemne y definitiva del Patrocinio de San José
sobre la Iglesia universal. El
mismo Padre Santo, Pío XII, tuvo muy a bien adornar como con una preciosísima
corona el pecho de San José con una fervorosa oración propuesta a la devoción
de los sacerdotes y fieles de todo el mundo, enriqueciendo su rezo con
copiosas indulgencias. Una oración de carácter eminentemente profesional y
social, como conviene a cuantos están sujetos a la ley del trabajo, que para
todos es "ley de honor, de vida pacífica y santa, preludio de la
felicidad inmortal". Entre otras cosas, se dice en ella: "Sednos propicio,
¡oh San José!, en los momentos de prosperidad, cuando todo nos invita a
gustar honradamente los frutos de nuestro trabajo, pero sednos propicio,
sobre todo, y sostenednos en las horas de la tristeza, cuando parece como si
el cielo se cerrase sobre nosotros y hasta los instrumentos del trabajo
parecen caerse de nuestras manos"13. 19 DE
MARZO: FECHA DEFINITIVA PARA LA FIESTA DEL PATROCINIO 9.
Venerables Hermanos y queridos hijos: Estos recuerdos de historia y piedad
religiosa Nos pareció oportuno proponerlos a la devota consideración de
vuestras almas formadas en la delicadeza del sentir y vivir cristiano y
católico, precisamente en esta coyuntura del 19 de marzo, en que la
festividad de San José coincide con el comienzo del tiempo de Pasión y nos prepara
a una intensa familiaridad con los misterios más conmovedores y saludables de
la Sagrada Liturgia. Las
prescripciones, que mandan velar las imágenes de Jesús Crucificado, de María
y de los Santos durante las dos semanas que preparan la Pascua, son una
invitación a un recogimiento íntimo y sagrado en las comunicaciones con el
Señor por la oración, que debe ser meditación y súplica frecuente y viva. El
Señor, la Santísima Virgen y los Santos esperan nuestras confidencias; y es
muy natural que éstas se inclinen hacia lo que mejor conviene a las
solicitudes de la Iglesia católica universal. EXPECTACIÓN
DEL CONCILIO ECUMÉNICO 10. En
el centro y en el lugar preeminente de estas solicitudes está, sin duda, el Concilio
Ecuménico Vaticano, cuya expectación está ya en los corazones de cuantos
creen en Jesús Redentor, pertenecen a la Iglesia Católica nuestra Madre o a
alguna de las diferentes confesiones separadas de ella, aunque deseosas -por
parte de muchos- de volver a la unidad y a la paz, según la enseñanza y
oración de Cristo al Padre celestial. Es muy
natural que esta evocación de las palabras de los Papas del siglo pasado esté
encaminada a promover la cooperación del mundo católico en el feliz éxito del
gran propósito de orden, de elevación espiritual y de paz a que está llamado
un Concilio Ecuménico. EL
CONCILIO, AL SERVICIO DE TODAS LAS ALMAS 11.
Todo es grande y digno de ser destacado en la Iglesia, tal y como la
instituyó Jesús. En la celebración de un Concilio se reúnen en torno a los
Padres las más distinguidas personalidades del mundo eclesiástico, que
atesoran excelsos dones de doctrina teológica y jurídica, de capacidad de
organización y de elevado espíritu apostólico. Esto es el Concilio: el Papa en
la cumbre; en torno suyo y con él, los Cardenales, Obispos de todo rito y
país, doctores y maetros competentísimos en los diferentes grados y en sus
especialidades. Pero el
Concilio está destinado a todo el pueblo cristiano, que está interesado en él
en virtud de aquella circulación más perfecta de gracia, de vitalidad
cristiana, que haga más fácil y libre la adquisición de los bienes
verdaderamente preciosos de la vida presente, y asegure las riquezas de los
siglos eternos. Todos,
pues, están interesados en el Concilio: eclesiásticos, y seglares, grandes y
pequeños de todas las partes del mundo, de todas las clases, razas y colores;
y si se piensa en un protector celestial para impetrar de lo alto, en su
preparación y desarrollo, esa virtus divina, que parece destinado a marcar
una época en la historia de la Iglesia contemporánea, a ninguno de los
celestiales patronos puede confiársele mejor que a San José, cabeza augusta
de la Familia de Nazaret y protector de la Santa Iglesia. 12.
Escuchando de nuevo, como un eco, las palabras de los Papas de este último
siglo de nuestra historia, como nos ocurre a Nos, ¡cómo Nos conmueven todavía
los acentos característicos de Pío XI, incluso por aquella manera suya
reflexiva y tranquila de expresarse! Tales palabras nos vienen al oído,
precisamente de un discurso pronunciado el 19 de marzo de 1928 con una
alusión que no supo, no quiso silenciar en honor de San José querido y
bendito, como le gustaba en invocarle. "Es
sugestivo -decía- contemplar de cerca y ver cómo resplandecen una junto a
otra dos magníficas figuras que aparecen unidas en los comienzos de la
Iglesia: en primer lugar, San Juan Bautista, que se presenta desde el
desierto unas veces con voz de trueno, otras con humilde afabilidad y otras
como león rugiente o como amigo que se goza con la gloria del esposo y ofrece
a la faz del mundo la grandeza de su martirio. Luego, la robustísima figura
de Pedro, que oye del Maestro Divino las magníficas palabras: Id y enseñad a
todo el mundo, y a él personalmente: Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia. Misión grande, divinamente fastuosa y clamorosa". Así
habló Pío XI y luego proseguía muy acertadamente: "Entre estos grandes
personajes, entre estas dos misiones, ved aparecer la persona y la misión de
San José, que pasa, en cambio, recogida, callada, como inadvertida e ignorada
en la humildad, en el silencio; silencio, que sólo debía romperse más tarde,
silencio al que debía suceder el grito, verdaderamente fuerte, la voz y la
gloria por los siglos"14. ¡Oh San
José, invocado y venerado como protector del Concilio Ecuménico Vaticano II! Venerables
Hermanos e hijos de Roma, Hermanos e hijos queridos de todo el mundo: Aquí es
donde deseábamos llevaros, al enviaros esta Carta apostólica precisamente el
19 de marzo, cuando con la celebración de San José, Patrono de la Iglesia
universal, vuestras almas podían sentirse movidas a mayor fervor por una
participación más intensa de oración, ardiente y perseverante por las
solicitudes de la Iglesia maestra y madre, docente y directora de este
extraordinario acontecimiento del Concilio Ecuménico XXI y Vaticano II, del
que se ocupa la prensa pública mundial con vivo interés y respetuosa
atención. Sabéis
muy bien que se trabaja activamente en la primera fase de la organización del
Concilio con tranquilidad operante y consoladora. Por centenares se suceden
en la Urbe prelados y eclesiásticos distinguidísimos, procedentes de todos
los países del mundo, distribuidos en diversas secciones muy ordenadas, cada
una entregada a su noble trabajo siguiendo las valiosas indicaciones
contenidas en una serie de imponentes volúmenes que encierran el pensamiento,
la experiencia, las sugerencias recogidas por la inteligencia, la prudencia,
el vibrante fervor apostólico de lo que constituye la verdadera riqueza de la
Iglesia católica en lo pasado, en lo presente y en lo futuro. El Concilio
Ecuménico sólo exige para su realización y éxito, luz de verdad y de gracia,
disciplinado estudio y silencio, serena paz de las mentes y corazones. Esto,
en lo que toca a nuestra parte humana. De lo
alto viene el auxilio divino que el pueblo cristiano debe pedir cooperando
intensamente con la oración, con un esfuerzo de vida ejemplar que preludie y
sea prueba de la disposición bien decidida, por parte de cada uno, de
aplicar, después, las enseñanzas y directrices que serán proclamadas cuando
felizmente termine el gran acontecimiento que ahora lleva ya un camino
prometedor y feliz. Venerables
Hermanos y queridos hijos: El pensamiento luminoso del Papa Pío XI, del 19 de
marzo de 1928, nos acompaña todavía. Aquí, en Roma la sacrosanta Catedral de
Letrán resplandece siempre con la gloria del Bautista; pero en el templo
máximo de San Pedro, donde se veneran preciosos recuerdos de toda la
Cristiandad, también hay un altar para San José, y Nos proponemos con fecha
de hoy, 19 de marzo de 1961, que este altar de San José revista nuevo
esplendor, más amplio y solemne, y sea el punto de convergencia y piedad
religiosa para cada alma, y para innumerables muchedumbres. Bajo estas
celestes bóvedas del templo Vaticano, es donde se reunirán en torno a la
Cabeza de la Iglesia las filas que componen el Colegio Apostólico
provenientes de todos los puntos del orbe, incluso los más remotos, para el
Concilio Ecuménico. ¡Oh,
San José! Aquí, aquí está tu puesto de Protector universalis Ecclesiae. Hemos
querido ofrecerte a través de las palabras y documentos de Nuestros
inmediatos Predecesores del último siglo, desde Pío IX a Pío XII, una corona
de honor como eco de las muestras de afectuosa veneración que ya surgen de
todas las Naciones católicas y de todos los países de misión. Sé siempre
nuestro protector. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de buen
trabajo y de oración, para servicio de la Santa Iglesia, nos vivifique
siempre y alegre en unión con tu Esposa bendita, nuestra dulcísima e
Inmaculada Madre, en el solidísimo y dulce amor de Jesús, rey glorioso e
inmortal de los siglos y de los pueblos. ¡Así sea! Dado en Roma, junto a San Pedro, el 19 de marzo de 1961,
tercer año de Nuestro Pontificado. [1] Acta et Decreta Sacrorum Conciliorum recentiorum.-
Collectio Lacensis 7, 856-857. [2] Decr. Quemadmodum Deus 8 dec. 1870 Acta Pii IX P. M.
5 (Roma, 1873) 282. [3] Acta Leonis XIII P. M. (Roma, 1880), 178-180. [4] Epístola ad R. P. A. Lépicier O. S. M., 12 febr.
1908: Acta Pii X P. M. (Roma, 1914), 168-169. [5] A. A. S. 1
(1909), 220. [6] Decr. S. Congr.
Rit. 24 iul. [7] A. A. S. 11 (1919), 190-191. [8] 25 iul. [9] Discorsi de Pio XI. S. E. I. 1 (1922-1928) 779-780. [10] Disc. e Rad, 2, 65-69. [11] Ibid. 7, 5-10. [12] Ibid. 17, 71-76. [13] Ibid. 20, 535. [14] Discorsi di Pio XI, 1, 780. |
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