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Caminando con San José Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
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QUAMQUAM PLURIES Sobre la devoción a San José Carta encíclica del Papa León XIII
promulgada el 15 de agosto, de 1889. A Nuestros
Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y otros Ordinarios,
en Paz y Unión con la Sede Apostólica. 1.
Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones
especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo
puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo
de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para
inculcar nuevamente el mismo deber. Durante
períodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que
toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido
costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios,
su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo
de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy
eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la
bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora,
Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco
menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el
pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de
todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad
enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista
más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente
o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los
fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece
diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no
hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha
hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan
las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan desgraciadas y
problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario,
como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino. 2. Este
es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo
cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de
Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a
la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos
exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades
de este mes, si es posible, con aun mayor piedad y constancia que hasta
ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen,
y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en
innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo
cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de
su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes
plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más
extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan
largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro
objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables
Hermanos, avanzarán con fervor. Para
que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con
misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda
utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y
confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y
tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con
respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera
vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella,
sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo.
Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y
gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores
proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz
memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento al pedido de
un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la
Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la
devoción a San José se introduzca en las diarias prácticas de piedad de los
católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de
nuestras palabras y nuestra autoridad. 3. Las
razones por las que el bienaventurado San José debe ser considerado especial
patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de
su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo
de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad,
su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan
alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima
Virgen y San José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella
altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las
criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el
máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes—
se sigue que, si Dios ha dado a San José como esposo a la Virgen, se lo ha
dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la
honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal,
en la excelsa grandeza de ella. El se
impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina
fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De
donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a San José, le obedeciera y
le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propios
padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone
en la cabeza de las familias, de modo que San José, en su momento, fue el
custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y
durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y
esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a
proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo
consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos;
cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca,
y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del
exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús.
Ahora bien, el divino hogar que San José dirigía con la autoridad de un
padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho
de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de
todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los
supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el
primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus
hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de
cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado,
a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto
que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal
autoridad. Es, por
tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado San José que, lo mismo
que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de
Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia
de Cristo. 4.
Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se
encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los
Padres, y que la Sagrada Liturgia reafirma, que el José de los tiempos
antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su
gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y
ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto
cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las
semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se
ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la
administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que
—todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un
momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de
los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de
"Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al
nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad
de los intereses domésticos de su amo y al vez brindó grandes servicios al
reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la
religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la
Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la
tierra. Estas
son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a
la confianza y tutela del bienaventurado San José. Los padres de familia
encuentran en San José la mejor personificación de la paternal solicitud y
vigilancia; los esposos, un modelo perfecto de amor, de paz, de fidelidad
conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la
integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como
custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por
sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con
el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas
de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo
está para su particular imitación. Pues San José, de sangre real, unido en
matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del
Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario
sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más
humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo
no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser
singularmente ennoblecido. San José, contento con sus pocas posesiones, pasó
las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad,
imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor
de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y
la pérdida de todo. 5. Por
medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el
trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si
ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios
legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden
establecido, en primer instancia, para ellos por la
Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por
caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el
mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no
confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el
ejemplo y patrocinio del bienaventurado San José, y en la maternal caridad de
la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos. 6. Es
por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables
hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la
mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante
el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a
San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta
costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos
cada vez una indulgencia de siete años y siete Cuaresmas. Es una práctica
saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países,
consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios
ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al
menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada
parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19
de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos
exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de
prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera
un día de obligación. 7. Como
prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad,
impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a
su clero y a su pueblo, la bendición apostólica. Dado en
el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado. |
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