Caminando con San José

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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SANTA TERESA DE LISIEUX

UNA PIEZA DE TEATRO

 Ofrecemos este documento singular y tan expresivo de la devoción y del sentimiento de Santa Teresa del Niño Jesús hacia San José. Es la primera parte de una pieza teatral, de aquellas que componía para alegrar a la comunidad en fiestas singulares. Sobre el contexto, véase  el trabajo  “Santa Teresa de Lisieux y su devoción a San José”que aparecerá en la próxima entrega de ESTUDIO SAN JOSÉ en esta página web del Centro Josefino Español

 

 

 

LA HUIDA A EGIPTO

                                                                    [Acto I]

                                                                  [Escena 1]

       La escena representa la humilde casa de Nazareth. María está sola en el taller de San José, y tiene al Niño Jesús en su regazo. Junto a ella se ve una cesta llena de ropa, su rueca y su huso.

 LA VIRGEN.- !Oh, Niño Divino! ¡Qué grato me es arrullarte en esta querida casita de Nazareth!...Aquí, como en Belén, es muy grande la pobreza; pero este alojamiento es menos indigno de ti que el establo abandonado (La Virgen echa una mirada tierna al rededor). ¡Lugares benditos, qué inefables recuerdos me evocáis! Aquí visitó el ángel del Señor a la más pequeña, a la última de todas sus criaturas, a quien como única gracia poder servir a la bienaventurada Madre de Dios. Aquí se encarnó el Verbo Divino, la segunda persona de la adorable Trinidad, por obra y gracia del Espíritu Santo se encarnó y durante nueve meses estuvo oculto a los ojos de los mortales. (Mirando al pequeño Jesús)  Entones el mundo ignoraba tu presencia, oh divino salvador. Ahora yo te llevo en mis brazos como una carga ligera y tus creaturas no te reconocerían aún... Después de que se alejaron los pastores y los magos nadie piensa en venir a adorarte. Pronto la primavera se va a es­maltar de mil flores, pero ninguna de ellas podrá compararse en belleza a la Flor que se abre en Nazareth lejos de las miradas de los humanos. ¡Oh flor divinamente embalsamada! ¿Por qué tu dulce perfume no revela tu presencia?...

[Escena 2]

Entra José cargado con con sus bártulos de trabajo

 LA VIRGEN,  en tono de amable reproche.  -José, has tardado demasiado. ¿Por qué alargas tanto tus jornadas de trabajo?

SAN JOSÉ.- ¡Oh María! Deja que gaste mis fuerzas al servicio de Jesús. Es por Él y por ti por quienes me afano; este pensamiento me infunde coraje, me ayuda a soportar la fatiga. y después, cuando retorno al atardecer, una caricia de Jesús, una sola de tus mirada me hacen olvidar los trabajos de la jornada.

Se pasa la mano por la frente para enjugarse el sudor; después, sen­tándose junto a María, se pone a mirar al Niño Jesús. La Virgen lo pone en el regazo de José, y entonces su figura adquiere una expresión de gozo celes­tial, estrecha al Niño divino contra su corazón, lo besa amorosamente, y dice:

¡Oh Niño pequeño, qué dulce es tu sonreir! ¿Será posible que yo, el pobre carpintero José, tenga la dicha de llevar entre mis brazos al rey del cielo, al salvador de los hombres?... ¿Será posible que yo haya recibido la misión sublime de ser el padre nutricio de quien sacia con su presencia a los ardientes serafines y alimenta a toda creatura? ¿Será cierto que yo soy el esposo de la madre de Dios, el guardián de su virginidad?...

¡Oh María, dime qué misterio tan profundo es éste!... El Deseado de los collados eternos, el Emmanuel suspirado por todos los patriarcas está aquí, sobre mis rodillas, me está mirando a mí, su pobre  e indigno servidor.

LA VIRGEN.- Al igual que tu, José, me asombro yo de poder apretar sobre mi corazón al Niño Divino del que yo soy madre; me admiro de que un poco de leche le sea necesario al que da la vida al mundo. (Después de un silencio bastante largo transcurrido en la contemplación prosigue María):  No tardará Jesús en crecer, y tu tendrás que enseñar el oficio al creador del universo... Trabajando contigo ganará su pan con el sudor de su rostro adorable...

SAN JOSÉ.- ¿Qué dices, María? ¿Será necesario que Jesús sea un pobre artesano como yo? ¡Ah, no; jamás tendré el coraje necesario para verle soportar tantos reproches como se me hacen a mí!...

Hoy mismo, el rico patrono para el que estaba trabajando, descontento de mi obra, me ha despedido diciéndome que me vaya a otra parte a probar suerte. Después de mucho buscar y de muchos rechazos he podido, por fin, encontrar trabajo suficiente para todo un mes. Podré hacerlo aquí, lo cual es una dicha que no esperaba. ¡Qué dicha es no tener que alejarme de Jesús ni de ti!.... (Dándose cuenta de que Jesús se ha dormido, dice bajando la voz):  El niño divino se ha dormido, toma tu tesoro, ha llegado la hora del descanso (Da un beso a Jesús en la frente, y lo pone en brazos de María, que lo toma con respeto).

 LA VIRGEN,  a media voz: - Que Dios bendiga tu sueño, José, y descansa en paz bajo la mirada de Aquel que siempre está en vela.

[Escena 3]

Se aleja María, y José se duerme. Después de algunos instantes en silencio, el ángel del Señor se le aparece en sueños, y canta siguiendo la me­lodía de "La folle de la plage - Flots bleus, vagues plaintives", etc.:

 EL ANGEL.-

Para tierras de Egipto

tienes que huir enseguida,

José, sin ruido,                 

márchate esta noche.

Herodes en su furia                                 

quiere raptar tu tesoro,

al vencedor de la muerte

quiere quitar la vida.

Toma a la Madre y al Niño.

Huye lejos del tirano (bis)

[Escena 4]

 San José se levanta inmediatamente, llama con suavidad a la puerta de la reducida estancia donde está descansando la Virgen.

SAN JOSÉ.- Despierta, María, que la vida de Jesús corre peligro.

LA VIRGEN,  viniendo con el pequeño Jesús.  -José, duerme en paz, ningún peligro amenaza al niño divino. Mira qué tranquilamente está descansando en mis brazos.

 SAN JOSÉ.- Si, en su dulce sueño  el rey de los cielos parece ignorar el mensaje de uno de sus ángeles... Sin embargo, lo sabe todo... ¡Oh María! ¿Por qué no te hablará a ti él mismo? ¿Por qué seré yo el encargado de transmitir las órdenes del cielo a la madre de mi Dios?...

LA VIRGEN.- Habla, no temas, tu eres el representante de Dios, el cabeza de la familia. Dime lo que nos ordena el ángel de parte del Señor, que estoy presta a obedecer.

SAN JOSÉ.- Nos ordena que huyamos a Egipto porque Herodes ha  decidido matar al Niño. Es preciso partir ahora misma; mañana puede ser demasiado tarde... (mira a María con aire de tristeza).

LA VIRGEN.- No te aflijas, José. Desde el día de la presentación de Jesús en el templo estoy continuamente preparada para la prueba porque las palabras del santo viejo Simeón atraviesan mi alma con una espada de dolor. Ya comienza a hacerse realidad su profecía; Jesús sufre persecución antes de tener edad para defenderse. Sé muy bien que si él quisiera, una sola de sus palabras infantiles bastaría para exterminar a todos sus enemigos; sin embargo, prefiere huir ante un débil mortal porque él es el Príncipe de la paz... El Verbo hecho niño no quebrará la caña cascada ni extinguirá la mecha que aún humea. Aunque sea rechazado por los suyos en su propia heredad eso no le impedirá el dar su vida por los pobres pecadores que ignoran el tiempo de su visita... Partamos sin miedo, vamos a santificar una ribera in­fiel con la presencia del Salvador.

SAN JOSÉ.- ¡Ay, cuánto me cuesta exponerte a las fatigas y a los peligros de un viaje tan largo y tan penoso! ¡Cuánto me gustaría cargar con todas estas penas yo solo!... Pero  me tendré que resignar a  ver cómo pronto os va a faltar todo. Aquí teníamos lo necesario; en Egipto nos veremos reducidos a la pobreza más extrema.

LA VIRGEN.- No me aterra la pobreza que encontraremos en el exilio porque poseeremos siempre el Tesoro que es la riqueza del cielo. Su Divina Providencia, que da alimento a los pajarillos sin olvidarse de ninguno de ellos, nos dará a nosotros el pan de cada día.

[Escena 5]

Después de haber cogido sus instrumentos de trabajo San José se aleja con Jesús y María; entonces los ángeles cantan lo siguiente con el aire de "Gondolières vénitiennes":

Misterio inefable:

Jesús, el rey del cielo,

exilado en la tierra,                                  

huye ante un mortal.

Al Dios en mantillas                                  

ofrecemos nuestro amor.

Que nuestras blancas falanges             

acudan a formar su corte.                       

  Cubrámosle con las alas                         

y con flores las más hermosas.

Con nuestros conciertos gozosos                    

acunemos al rey de los cielos.

Para consolar a su madre

cantemos con misterio

los encantos del salvador,

su gracia y su dulzor.

¡Ay! Dejemos esta orilla

Lejos de la tormenta

huyamos esta noche

Lejos de todo bullicio.

Nuestra estrella brillante,

escondida bajo un velo,

es la alegría de los elegidos

Es el Niño Jesús.                          

¡El rey del Cielo

huye ante un mortal! (bis).

FUENTES:

Estudio San José

Centro Josefino Español