|
Caminando con Jesús Pedro Sergio Antonio Donoso Brant |
|
|
Santa Teresa de Los Andes |
|
|
|
SUS
ESCRITOS V ÍNDICE 1. DIARIO 11. La cruz del Internado. 2. DIARIO 54 La cruz de la separación de la familia. 3. CARTA 21: A su padre. Algarrobo, 2 de febrero de 1918. 4. CARTA 5. CARTA 81 : A su hermano Luis.
Cunaco, 14 de abril de 1919. 6. CARTA 145 : Sufrimiento
afectivo y místico. V. 1. DIARIO 11. En estas vacaciones fue
cuando le escribí a Ud., Madre, dándole a entender
mi vocación que Ud. adivinó. Nos vinimos en marzo y yo entré
al colegio; pero Ud., Madre mía, ya estaba enferma.
¡Qué pena tuve y cuánto recé por su mejoría! Pero el Señor no quiso mejorarla
y le hizo apurar el cáliz de amargura que hace tomar a los que El quiere. Se
la llevaron a Le escribí una carta en que
mostraba mi corazón, y a los pocos días la fui a ver, sin figurarme que muy
pronto yo estaría allá también. En el semestre, mi mamá nos comunicó que
entraríamos internas. Y a pesar de mi pena, no pude menos de agradecérselo a
Nuestro Señor, que me preparaba el camino para estar más apartada de las
cosas del mundo y me llamaba a vivir junto a El para que estuviera más
acostumbrada a vivir separada de mi familia antes de entrar en el Carmelo. Lo
que sufrí se puede ver por las líneas que escribía todos los días al acostarme,
que son una especie de diario. Jueves, 2 de septiembre
1915. Hoy hace un mes dos días que nos dijeron que entraríamos de internas.
Yo creo que jamás me acostumbraré a vivir lejos de mi familia: mi padre, mi
madre, esos seres que quiero tanto. ¡Ah, si supieran cómo sufro, se
compadecerían! Sin embargo, me debo consolar. ¿Acaso viviré toda la vida sin
separarme de ellos? Así lo quisiera yo: pagarles con mis cuidados lo que
ellos han hecho por mí. Pero la voz de Dios manda más y yo debo seguir a
Jesús al fin del mundo, si El lo quiere. En El encuentro todo. El solo ocupa
mi pensamiento Y todo lo demás, fuera de El, es sombra, aflicción, y vanidad
Por El lo dejaré todo para irme a ocultar tras las rejas del Carmen, si es Su
Voluntad, y vivir sólo para El. ¡Qué dicha, qué placer! Es el Cielo en la
tierra. Pero entre tanto, qué siglos
son los años que se esperan para darle el dulcísimo nombre de Esposo. Qué
tristes los días de destierro. Pero El está junto a mí y me dice muy seguido:
"Amiga muy querida". Esto me infunde ánimo y sigo esforzándome para
hacerme un poco menos indigna del título que llevaré. ¡Ah!, ¿dónde será el
lugar donde celebraremos nuestros desposorios y el lugar donde viviremos
unidos? Me ha dicho el Carmen. Pero cada vez que quiero mirarlo más de cerca,
parece que El lo cubre con un velo para que nada vea, y sin esperanza me
retiro triste y desolada. Veo que mi cuerpo no resistirá, y todos los que
están al cabo me repiten: "Es muy austera esa Orden y tú eres muy
delicada". Pero Tú, Jesús, eres mi Amigo y como tal me proporcionas
consuelo. Cuando salí a la casa por el día, me encontré [con] que 2. DIARIO 54 Hace ocho días que estoy en
el Carmelo. Ocho días de cielo. Siento de tal manera el amor divino, que hay
momentos creo no voy a resistir. Quiero ser hostia pura, sacrificarme en todo
continuamente por los sacerdotes y pecadores. Hice mi sacrificio sin lágrimas.
Qué fortaleza me dio Dios en esos momentos. Cómo sentía despedazarse mi
corazón al sentir los sollozos de mi madre y hermanos. Pero tenía a Dios y Él
sólo me gastaba. 3. CARTA 21: A
SU PADRE. ALGARROBO, 2 DE FEBRERO DE 1918 La cruz de la ausencia de su
padre y posibles dificultades matrimoniales Querido papacito: Por fin,
tengo tiempo para escribirle; pues le aseguro que me había sido imposible
hacerlo, pues pasamos ya en la playa o en caminatas; pero aunque no le [he]
escrito, créame, papacito, que no paso un instante sin echarlo de menos, y
recordarlo con mucho cariño, pues sé cuánto gozaría si estuviera aquí. Hemos hecho varios paseos a
caballo y de a pie, y otro en carreta, que creo se lo habrá contado También salimos a andar a
pie haciendo excursiones por los cerros y quebradas con la institutriz de todo
lo que el campo presenta de bonito, junto con el mar que se divisa a lo lejos
como un lago. Nuestro paseo favorito son los cerros de arena que le encantan
a Ignacito, pues nos dejamos caer como de Mi mamá no anda mucho, pues
se cansa inmediatamente. El otro día estuvo, enferma
con esas fatigas que siempre le dan y le duró por espacio de 1/2 hora; pero
ahora, gracias a Dios, está mejor. Lucho está muy triste
también, porque se fue Paco Rivas F. Una lástima, ya que este chiquillo no lo
dejaba leer. A todas horas lo venía a buscar para salir. Como Ud.
ve, papacito, no falta más que Ud. para que seamos
felices; pues mientras nosotros gozamos aquí, Ud.
está trabajando, dándose baños de sol, para procurarnos a nosotros comodidad.
No tenemos, papacito, cómo pagárselo, pues es demasiado su sacrificio; pero
sus hijos lo comprendemos y lo rodearemos de nuestros cariños y cuidados,
pues encuentro que es la mejor manera de agradecerle a un padre. ¿Por qué no
viene siquiera unos días? No sabe la pena que me da cuando veo a las otras
chiquillas felices con su papá. Por favor, venga, pues nosotras lo gozamos
tan poco durante el año. El otro día estuve hablando con don Julio Hurtado y
me habló mucho de Ud. Reciba saludos y abrazos de
mi mamá y demás hermanos y Ud., mi querido
papacito, reciba un fuerte y apretado abrazo y beso de su hija que tanto lo
quiere y recuerda, Juana; aunque Ud. ni siquiera le
manda saludos en su carta; pero en fin, ya se me quitó el enojo 4. CARTA La cruz de la separación de
la familia He tenido ansias de ser
feliz y he buscado la felicidad por todas partes. He soñado con ser muy rica,
mas he visto que los ricos, de la noche a la mañana, se tornan pobres. Y
aunque a veces esto no sucede, se ve que por un lado reinan las riquezas, y
que por otro reina la pobreza de la afección y de la unión. La he buscado en
la posesión del cariño de un joven cumplido, pero la idea sola de] que algún
día pudiera no quererme con el mismo entusiasmo o que pudiera morirse
dejándome sola en las luchas de la vida, me hace rechazar el pensamiento [de]
que casándome seré feliz. No. Esto no me satisface. Para mí no está allí la felicidad.
Pues ¿dónde -me preguntaba- se halla? Entonces comprendí que no he nacido
para las cosas de la tierra sino para las de la eternidad. ¿Para qué negarlo
por más tiempo? Sólo en Dios mi corazón ha descansado. Con El mi alma se ha
sentido plenamente satisfecha, y de tal manera, que no deseo otra cosa en
este mundo que el pertenecerle por completo. Mi queridísimo papá: no se
me oculta el gran favor que Dios me ha dispensado. Yo que soy la más indigna de
sus hijas, sin embargo, el amor infinito de Dios ha salvado el inmenso abismo
que media entre El y su pobre criatura. El ha descendido hasta mí para
elevarme a la dignidad de esposa. ¿Quién soy yo sino una pobre criatura? Mas El no ha mirado mi miseria. En su infinita bondad y a
pesar de mi bajeza, me ha amado con infinito amor. Sí, papacito. Sólo en DIOS
he encontrado un amor eterno. ¿Con qué agradecerle? ¿Cómo pagarle sino con
amor? ¿Quién puede amarme más que N. Señor, siendo infinito e inmutable? Ud., papacito, me preguntará desde cuándo pienso todo
esto. Y le voy a referir todo para que vea que nadie me ha influenciado. Desde chica amé mucho a Si para concederme tan gran
bien un enemigo me llamara, ¿no era razón para que inmediatamente lo
siguiera? Ahora no es enemigo, sino nuestro mejor amigo y mayor bienhechor.
Es Dios mismo quien se digna llamarme para que me entregue a El. ¿Cómo no
apresurarme a hacer la total ofrenda para no hacerlo esperar? Papacito, Yo ya
me he entregado y estoy dispuesta a seguirlo donde El quiera. ¿Puedo
desconfiar y temer cuando es Él el camino la verdad y la vida? Con todo, yo dependo de Ud., mi papá querido. Es preciso, pues, que Ud. también me dé. Sé perfectamente que si no negó de
ese "si" de su corazón de padre ha de brotar la fuente de felicidad
para su pobre hija? No. Lo conozco. Ud. es incapaz
de negármelo, porque sé que nunca ha desechado ningún sacrificio por la
felicidad de sus hijos. Comprendo que le va a costar. Para un padre no hay
nada más querido sobre la tierra que sus hijos. Sin embargo, papacito, es
Nuestro Señor quien me reclama. ¿Podrá negarme, cuando El no supo negarle
desde la cruz ni una gota de su divina sangre? Es Es necesario que su hija los
deje. Pero téngalo presente: que no es por un hombre sino por Dios. Que por
nadie lo habría hecho sino por El que tiene derecho absoluto sobre nosotros.
Eso ha de servirle de consuelo: que no fue por un hombre y que después de
Dios, será Ud. y mi mamá los seres que más he
querido sobre la tierra. Comprendo que la sociedad
entera reprobará mi resolución pero es porque sus ojos están cerrados a la
luz de la fe. Las almas que ella llama "desgraciadas" son las
únicas que se precian de ser felices, porque en Dios lo encuentran todo.
Siempre en el mundo hay sufrimientos horribles. Nadie puede decir
sinceramente: "Yo soy feliz". Mas al penetrar en los claustros,
desde cada celda brotan estas palabras que son sinceras, pues ellas su
soledad y el género de vida que abrazaron no la trocarían por nada en la vida.
Prueba de ello es que permanecen para siempre en los conventos. Y esto se
comprende, ya que en el mundo todo es egoísmo, inconstancia e hipocresía. De
esto Ud., papacito, tiene experiencia. ¿Y qué cosa
mejor se puede esperar de criaturas tan miserables? 5. CARTA 81 : A SU HERMANO LUIS. CUNACO, 14 DE ABRIL DE 1919. Reproche de Lucho porque no
le avisó su ida al Carmelo La cruz del problema de fe de Lucho y la de la
separación Si por un instante pudieras
penetrar en lo íntimo de mi pobre corazón y presenciar la lucha horrible que
experimento al dejar a los seres que idolatro, me compadecerías. Mas Dios lo
quiere y, aun cuando fuera necesario atravesar el fuego, no retrocedería;
puesto que lo que con tantas ansias anhelo no sólo me proporcionará la felicidad
en esta vida, sino la de una eternidad. Creo que tú, más que nadie,
podrás comprender que existe en el alma una sed insaciable de felicidad. No
sé por qué, pero en mí la encuentro duplicada. Desde muy chica la he buscado,
mas en vano, porque en todas partes sólo veo su sombra; ¿y ésa puede
satisfacerme? No. Jamás -me parece- me he dejado seducir. Anhelo amar, pero
algo infinito [y que] ese ser que yo ame no varíe y sea el juguete de sus
pasiones, de las circunstancias del tiempo y de la vida. Amar, sí; pero al
Ser inmutable, a Dios quien me ha amado infinitamente desde una eternidad.
¡Qué abismo media entre ese amor puro desinteresado e inmutable, y el que me
puede ofrecer un hombre! ¿Cómo amar a un ser tan lleno de miserias y de
flaquezas? ¿Qué seguridad puedo encontrar en ese corazón? Unir mi alma a otro
ser que no me perfeccione con su amor, ¿encuentras que puede serme de nobles
perspectivas? No. En Dios encuentro todo lo que en las criaturas no
encuentro, porque son demasiado pequeñas para que puedan saciar las
aspiraciones casi infinitas de mi alma. Me dirás: pero puedes amar a Dios
viviendo en medio de los tuyos. No, mi Lucho querido. Nuestro Señor nada suyo
reservó para S; al amarme desde el madero de la cruz. Aún dejó su cielo, su
divinidad la eclipsó, y ¿yo me he de entregar a medias? ¿Encontrarías
generoso de mi parte reservarme aquellos a quienes estoy más ligada? ¿Qué le
ofrecería entonces? No. El amor que le tengo, Lucho querido, está por encima
de todo lo creado; y aún pisoteando mi propio corazón, despedazado por el
dolor, no dejaré de decirles adiós, porque lo amo y con locura. Si un hombre
es capaz de enamorar a una mujer hasta el punto de dejarlo todo por él, ¿no
crees, acaso, que Dios es capaz de hacer irresistible su llamamiento? Cuando
a Dios se conoce; cuando en el silencio de la oración alumbra al alma con un
rayo de su hermosura infinita; cuando alumbra al entendimiento con su
sabiduría y poderío; cuando inflama con su bondad y misericordia, se mira
todo !o de la tierra con tristeza. Y el alma, encadenada por las exigencias
de su cuerpo, por las exigencias del ambiente social en que vive, se
encuentra desterrada y suspira con ardientes ímpetus por contemplar sin cesar
ese horizonte infinito que, a medida que se mira, se ensancha, sin encontrar
en Dios limites jamás. Lucho tan querido, te hablo
de corazón a corazón. En este instante experimento todo el dolor de la
separación. Te quiero como nunca te he querido. Pocos hermanos existirán tan
unidos como nosotros dos. Sin embargo, te digo adiós. Sí, Lucho de mi alma.
Es preciso que te diga esta palabra tan cruel por un lado, pero no si se
considera cuánto dice: "A Dios". Lucho querido, allí viviremos
siempre unidos. En Dios te doy eterna cita. Si tú, querido Lucho, me
hubieras visto casar con un joven bueno que no hubiera tenido fortuna y me
hubiera llevado al campo, lejos de todos Uds., tú te habrías conformado. Y
porque es por Dios, ¿tú te desesperas? ¿Quién puede hacerme más feliz que
Dios? En El todo lo encuentro. Ahora dime, ¿qué abismo insondable hay entre
Dios todopoderoso y la criatura? Y El no se desdeña de descender hasta ella
para unirla a Sí y divinizarla. Y yo, ¿he desdeñar la mano del Todopoderoso,
que en su gran bondad me tiende? No. Jamás. Nadie podrá convencerme que mi
deber no es seguir a Dios sacrificándolo todo para pagarle su infinito amor
como mejor pueda. Lo demás será bajeza de mi parte. Creo que juzgarás como
yo. En cuanto a lo que me dices
que la gloria de Dios no ganaría nada si todos entran en los conventos, te
encuentro razón. Pero debes agregar a esto que no todos los buenos son
llamados por Dios para ser religiosos. Hay. almas
que les infunde el atractivo de la perfección, y las tales faltan si no se
entregan a ella. Es cierto que en el mundo se necesitan almas virtuosas, y
hoy más que nunca es de absoluta necesidad el buen ejemplo; pero para
permanecer en el mundo es indispensable tener especial asistencia de Dios. Yo
me considero sin fuerzas para ello, porque El no me lo pide. Pero mayor aún es la
necesidad de almas que, entregadas completamente al servicio de Dios, lo
alaben incesantemente por las injurias que en el mundo se le hacen; almas que
le amen y le hagan compañía para reparar el abandono en que lo dejan los
hombres; almas que rueguen y clamen perpetuamente por los crímenes de los
pecadores; almas que se inmolen en el silencio, sin ninguna ostentación de
gloria, en el fondo de los claustros por la humanidad deicida. Sí, Lucho. La
carmelita da más gloria a Dios que cualquier apóstol. Santa Teresa, con su
oración, salvó más almas que San Francisco Javier; y este apostolado lo hizo
desconociéndolo ella misma. Lucho, sólo me queda una
cosa que decirte. Si me hubiera enamorado de un joven con quien creyera ser
feliz y no hubiera sido de tu agrado, no hubiera dudado un momento en
sacrificar por ti mi felicidad porque te quiero demasiado Pero no tratándose
de un hombre, sino de Dios, y comprometiendo yo, no sólo la felicidad
[temporal] sino la eterna, no puedo volver sobre mis pasos. Perdóname toda la
pena que con mi determinación te he causado. Tú me conoces y podrás
comprender mejor que nadie el dolor en que estoy sumergida, dolor tanto más
grande cuanto que veo que soy yo la causa del sufrimiento de los seres que
tanto amo. 6. CARTA 145 :
SUFRIMIENTO AFECTIVO Y MÍSTICO Al P. José Blanchc, C.M.F.10 de noviembre,
1919. El estado de mi alma es tal,
que no lo puedo definir: un día tinieblas, distracciones, y la voluntad desea
amar, causándome gran pena de no amar a N. Señor y de no poderlo ver. Aquí no
puedo retener las lágrimas, porque llamo a mi Jesús con verdaderas congojas.
Otro día, puedo recogerme en fe, pero no siento nada. Sólo puedo meditar. A
estas tinieblas se sucede un poco más de luz, con lo que se aumenta mi
tormento. También siento tanto mi miseria, mi inconstancia, que me odio a mí
misma y me parece que nadie me quiere; lo que me hace sufrir, pues no
encuentro ni en Dios ni en las criaturas consuelo ni paz. Veo el amor inmenso
de mi Dios, y me siento incapaz de amarlo según las ansias que tengo. Deseo
sufrir, pero me resigno a la voluntad divina. No quisiera comunicar a
nadie mis sufrimientos para sufrir más. Y apenas resuelvo esto, me vienen
pensamientos de orgullo y vanidad. Veo que Jesús quiere que viva bien oculta.
Y si no le digo a Nuestra Madre el estado de mi alma, me pongo terriblemente
orgullosa e independiente. Y si le digo, N. Señor me lo reprocha. ¿Qué hacer?
Por otra parte, creo estar apegada a ella, pues pienso con frecuencia en lo
que hace y me dice. Además me gusta estar con ella, que me demuestre cariño y
me da pena cuando noto que no está tan cariñosa. Antes, siempre me hacia
cariños; pero una vez que N. Señor me hizo una gracia, me dijo que si quería
que El se acercara, no debía dejarme tocar por criaturas. Entonces yo le dije
sencillamente a N. Madre; así es que nunca más me ha tocado. Pero siempre
siento en mi corazón ese deseo de manifestaciones de ternura. Más aún ahora;
porque N. Señor no me las prodiga. Esto me da pena, porque sólo quiero ser de
Dios, y quisiera no sólo ser despegada exteriormente, sino interiormente;
pero me parece que el desear esas ternuras está innato en mí, pues no sé si
se habrá dado cuenta que tengo carácter regalón y soy muy aguaguada,
[guagua = niño/a] lo que me desespera. Sin embargo, se me ha quitado mucho. Lo que me hace dudar sea
apego es que su trato me lleva a Dios. Además la admiro como a una santa y su
ejemplo me ayuda para ser mejor. También, cuando trato con ella de cosas de
mi alma, me da mucha paz; sobre todo, como sólo con ella puedo hablar de Dios,
de su amor y bondad, me expansiono; lo que es una necesidad para mi alma,
aunque creo será más perfecto no buscar esa satisfacción. Le aseguro que todo
este tiempo, Rdo. Padre, no he hecho más que luchar y veo que en esta
turbación nada gano. Quisiera tener la luz suficiente para saberla amar en
Dios, pues el pretender en mí no querer es imposible. Eso que me dijo Vuestra
Reverencia de amar porque es la voluntad de Dios me parece que me
aprovecharía, si le tuviera fastidio, pero no cuando el cariño me sale espontáneo.
Me acuerdo que sólo dos días, cuando N. Señor me hacía favores amé
verdaderamente en Dios, pues andaba engolfada en El, dé modo que lo apercibía
hasta en el aire que respiramos. Para que se dé un tanto
cuenta, Rdo. Padre, de la unión que Dios se dignaba concederme en su
misericordia, le diré que en la noche soñaba con Jesús. Y cuando a veces me
despertaba, me encontraba en sueños en contemplación en Dios. Dos veces me
acaeció esto. Pero el soñar con El es casi siempre, aunque ahora rara vez. Una vez sentía un deseo
horrible de morirme por ver a N. Señor y, siendo hora de dormirme, no podría
hacerlo porque lloraba sin poderme contener, cuando de repente sentí a N.
Señor a mi lado, llenándome de suavidad y de paz, e inmediatamente me sentí
consolada. Estuve un rato con El, y después como que se fue y dejé de sentir
esa suavidad. Dígame, Rdo. Padre, ¿son ilusiones o no? Pues no puedo creer
que N. Señor se vaya a acercar a mí, siendo yo una miserable pecadora. No se
imagina cuánto sufro cuando de repente vienen a mi memoria los recuerdos de
ese acercamiento de Jesús a mi alma. En esta mi pobre celdita, tan vacía
ahora, muchas veces sentí su presencia divina. A veces se me representa tan
lleno de hermosura y ternura como ya no es posible describir. Créame que todo
me causa un hastío horrible; que cuando veo que encuentran algo hermoso y se
alegran con ello yo me digo: "No es Jesús. El sólo es hermoso. El sólo
puede hacerme gozar". Lo llamo, lo lloro, lo busco dentro de mi alma.
Estoy hambrienta de comulgar, pero no se me manifiesta. Sin embargo,
reconozco que todo esto lo merezco por mis pecados, y quiero sufrir. Quiero
que Jesús me triture interiormente para ser hostia pura donde El pueda
descansar. Quiero estar sedienta de amor para que otras almas posean ese amor
que esta pobre carmelita tanto desea. Ruegue por su pecadora. Y
cuando Jesús en el santo Sacrificio muera entre sus manos, ruéguele que yo
también muera a las criaturas y a mí misma para que El viva en mí.
Penitencias casi no puedo hacer, aunque siento deseos de ellas. Trato de
adquirir virtudes, pues soy tan pobre, sobre todo de humildad. Si tiene la
bondad de contestarme, dígame cómo debo amar en Dios al prójimo. A Dios, Rdo. Padre. En su
atmósfera divina de amor permanezcamos para salvar las almas. Ruego mucho por
V. Reverencia. Su pecadora, Teresa de Jesús, Carmelita. Fuente: www.santuarioteresadelosandes.cl |
|
|
|