SAN PABLO 1

 

 

 

¿Quién eres, Señor?, ¿Qué he de hacer, Señor?”

SAN PABLO, ESFORZADO TRABAJADOR POR CRISTO

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant


1.    SAULO DE TARSO, DE LA TRIBU DE BENJAMIN

San Pablo, que originalmente llevaba el nombre hebreo de Saulo, pertenecía a la tribu de Benjamín. Él nació en Tarso, capital de Cilicia (Asia Menor), que se destacaba, en aquel tiempo, por su academia griega y la cultura de sus habitantes. Siendo nativo de esta ciudad y descendiente de judíos liberados de la esclavitud romana, Pablo tenía los derechos del ciudadano romano. En Tarso, recibió su primera educación y allí mismo conoció la cultura pagana, ya que en sus prédicas y epístolas se hayan en claro el signo de haber conocido a los escritores paganos (Hch. 17:28; 1 Cor. 15:33; Tit. 1:12).

Su instrucción final la recibió en Jerusalén, en la famosa academia rabínica del renombrado maestro Gamaliel (Hch. 22:3) que era considerado un gran conocedor de la Ley a pesar de pertenecer a la fracción farisea. Era un librepensador (Hch. 5:34) y admirador de la sabiduría griega.

Aquí mismo, según la costumbre hebrea, el joven Saulo aprendió a construir carpas, lo que le ayudó más adelante, a ganarse el sustento con su propio trabajo (Hch. 18:3; 2 Cor. 11:8; 2 Tes. 3:8). Aparentemente, el joven Saulo se preparaba para ser rabino, ya que inmediatamente después de terminar su educación, se mostró celoso de las tradiciones fariseas y perseguidor de la fe cristiana. Posiblemente por la designación del Sanedrín, él fue testigo de la muerte del primer mártir Esteban (Hch. 7:57 -8:1) y luego recibió el poder oficial para perseguir a los cristianos hasta fuera de los límites de la Palestina y Damasco (Hch. 9:1-2).

2.    SAN PABLO Y LA MUERTE DE ESTEBAN

Esteban fue elegido por los apóstoles como Diácono por ser hombre de buena conducta, lleno del Espíritu Santo y de reconocida prudencia. Este servidor, hablaba de Jesucristo con un espíritu tan sabio que ganaba los corazones y los enemigos de la fe no podían hacerle frente, sin embargo recurriendo a testigos falsos lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios y lo condenaron a morir lapidado. Saulo aprobó su muerte y fue testigo de ella, luego de aquel día desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén.

Y así fue, como San Pablo fue un judío célebre por ser cazador y perseguidor de los seguidores de Cristo. A Pablo, se le aparece directamente Jesús y, queda convertido en apóstol, de la misma categoría que quienes habían visto y seguido al Señor, durante su vida pública.

Hasta aquel momento el celoso fariseo Saulo estaba convencido de que el plan de la salvación se refería sólo a un único pueblo: Israel. Por eso combatía con todos los medios posibles a los discípulos de Jesús de Nazaret, a los cristianos.

Luego desde Jerusalén Saulo se dirigió hacia Damasco porque allí era donde el cristianismo se estaba difundiendo rápidamente. El iba hasta allí, porque  quería encarcelar y castigar a todos los que, abandonando las antiguas tradiciones de los padres, abrazaban la fe cristiana.

3.    EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO

El mismo San Pablo, dirigiendo un discurso a pueblo de Jerusalén, relata como fue su encuentro con Jesucristo, Este discurso viene a ser una autobiografía apologética, pero además es una obra maestra de sutileza apostólica, Pablo intenta demostrar a los judíos que él no es un enemigo de la Ley, como se le había ya acusado, al contrario, el quiere hacer ver que siempre fue celoso observador de la Legislación. Pablo busca destacar que ahora se ha hecho cristiano y ha abierto su campo de acción a los gentiles y, que esto es así por expreso mandato del cielo.

Pablo relata que: “acaeció que, yendo mi camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente me envolvió una gran luz del cielo.  Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor?” (Hechos de los Apóstoles 21: 6-10) Este relato esta también antes descrita en el capítulo de los Hechos de los Apóstoles 9:3-9, donde además añade que Jesus le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. Los hombres que le acompañaban estaban de pie atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie” Saulo se levantó del suelo, y con los ojos abiertos nada veía. Le llevaron de la mano y le introdujeron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber.”

4.    EL DIALOGO DE JESUS CON PABLO

En estos relatos, san Lucas, nos muestra uno de los acontecimientos esenciales en la historia del cristianismo.  Se supone que el hecho tuvo lugar probablemente en el año 36, catorce años antes del concilio de Jerusalén. Es de creer, aunque el texto bíblico explícitamente no lo dice, que el viaje lo hacían a caballo, no a pie, y, por tanto, la caída hubo de ser más violenta y aparatosa.

Surge entonces el impresionante diálogo entre Jesús y Saulo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?”. Parece, a juzgar por la frase de Jesús “duro es para ti pelear contra el aguijón” (cf. 26:14), que, en un primer momento, Pablo trató de resistir a la gracia, como caballo que se encabrita ante el pinchazo, pero pronto fue vencido y hubo de exclamar: “¿Qué he de hacer, Señor?”. Sin duda, este modo de proceder del Señor en su conversión influyó enormemente en él, para que luego en sus cartas insistiera tanto en que la justificación no es efecto de nuestro esfuerzo o de las obras de la Ley, sino puro beneficio de Dios. También la pregunta “¿Por qué me persigues?” debió de hacerle pensar en alguna misteriosa compenetración entre Cristo y sus fieles, que le impulsará a formular la maravillosa concepción del Cuerpo místico, otro de los rasgos salientes de su teología

5.    LA VISION DE SAN PABLO

No parece caber duda que San Pablo en esta ocasión vio realmente a Jesucristo en su humanidad gloriosa. Aunque el texto bíblico no lo dice nunca de modo explícito, claramente lo deja entender, cuando contrapone a Saulo y a sus acompañantes, diciendo que éstos “oyeron la voz, pero no vieron a nadie”, y en 26:16 se dice expresamente: “para esto me he aparecido a ti.” Por lo demás, el mismo Pablo, aludiendo sin duda a esta visión, dirá más tarde a los Corintios: “¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús, Señor nuestro?” (1 Cor 9:1); y algo más adelante: “Apareció a Cefas, luego a los Doce….últimamente, como a un aborto, se me apareció también a mí” (1 Cor 15:5-9). Y nótese que esas apariciones a los apóstoles eran reales y objetivas (cf. 1:3; 10:41), luego también la de Pablo, cosa, además, que exige el contexto, pues si es que algo valían esas apariciones para probar la resurrección de Cristo, es únicamente en la hipótesis de que éste se apareciera con su cuerpo real y verdadero.

Nada tiene, pues, de extraño que, terminada la visión, Pablo quedara como anonadado, sin ganas ni para comer, atento sólo a pensar y rumiar sobre lo acaecido, que trastornaba totalmente el rumbo de su vida. El estado de ceguera contribuía a aumentar más todavía esta su tensión de espíritu. Sólo después del encuentro con Ananías, pasados tres días, habiendo vuelto a tomar alimento, de nuevo, Pablo cobra fuerzas y como hemos visto en otras ocasiones, estas abstenciones de comer y beber han sido siempre frecuentes en personas místicas, y Pablo parece que fue una de ellas, a juzgar por algunos testimonios de sus cartas.

6.    LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

La conversión de San Pablo es uno de los mayores acontecimientos en la historia del cristianismo.  Como se ha escrito, “es la muerte repentina, trágica, del judío, y el nacimiento esplendoroso, resplandeciente, del cristiano y del apóstol". San Jerónimo lo comentaba así: "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo".

Saulo, nacido en Tarso, hebreo, fariseo rigorista, bien formado a los pies de Gamaliel, muy apasionado, ya había tomado parte en la lapidación del diácono Esteban, guardando los vestidos de los verdugos "para tirar piedras con las manos de todos", como interpreta agudamente San Agustín.

De espíritu violento, se adiestraba como buen cazador para cazar su presa. Con ardor indomable perseguía a los discípulos de Jesús. Pero Saulo cree perseguir, y es él el perseguido. Dios es infatigable cazador de almas y cazará a Saulo, que se ha emboscado en el recodo del camino que va de Jerusalén a Damasco. El Señor acecha a Saulo, su perseguidor bienamado. A partir de entonces, en el destino de todo hombre existirá ese mismo Dios al acecho, a la espera.

Jesús le respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues. ¿Y qué debo hacer, Señor? Y oyó la voz de Jesús: Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? Saulo preguntó: ¿Quién eres tú, Señor? Jesús le respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues. ¿Y qué debo hacer, Señor?

Pocas veces un diálogo tan breve ha transformado tanto la vida de una persona. Cuando Saulo se levantó estaba ciego, pero en su alma brillaba ya la luz de Cristo.

Desde ahora este camino de Damasco y esta caída del caballo, quedarán como símbolo de toda conversión. Quizá nunca un suceso humano tuvo resultados tan luminosos. Quedaba el hombre con sus arrebatos, impetuoso y rápido, pero sus ideales estaban en el polo opuesto al de antes de su conversión. San Pablo en adelante únicamente Cristo será el centro de su vida. "Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús".

La vocación de Pablo es un caso único. Es un llamamiento personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo. En el Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor, como el del joven rico que no le siguieron o no perseveraron. "Dios es un gran cazador y quiere tener por presa a los más fuertes" (Holzner). Pablo se rindió: "He sido cazado por Cristo Jesús". Pero pudo haberse rebelado.

Sin embargo casi todos los llamados del Señor son mucho más sencillos y por cierto mucho menos espectacular, estos viene a veces en los  acontecimientos comunes de la vida. De algún modo todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos aguarda el Señor en el recodo más inesperado del camino.

7.    SAN PABLO ESFORZADO PREDICADOR

El Señor le indicó ir a Damasco, dónde se le indicaría que hacer. Los acompañantes de Saulo escucharon la voz de Cristo, pero no vieron la luz. Llevándole de la mano a Damasco, el ciego Saulo fue instruido en la fe y al tercer día bautizado por Ananías. En el momento de sumergirse en el agua, Saulo volvió a ver. Desde ese tiempo él se hizo un esforzado predicador de la enseñanza, que anteriormente perseguía. Durante un tiempo fue a Arabia y luego volvió a Damasco para predicar acerca de Cristo.

El furor de los judíos indignados por su conversión a Cristo lo obligó a huir a Jerusalén (Hch. 9:23) en el año 38 d.C., donde se unió a la sociedad de los creyentes y conoció a los apóstoles. Por el atentado a su vida por los griegos, se fue a su ciudad natal, Tarso. De allí, cerca del año 43 d.C., él fue llamado por Bernabé para la prédica en Antioquía, y luego viajaron juntos a Jerusalén, trayendo ayuda a los indigentes (Hch. 11:30).

Poco después de su vuelta a Jerusalén, por mandato del Espíritu Santo, Saulo junto con Bernabé, comenzó su primer viaje apostólico, que duró desde el año 45 al 51 d.C., atravesando toda la Isla de Chipre. Durante el viaje misionero de Pablo y Bernabé fueron fundadas las comunidades cristianas en las ciudades de Asia menor: Pisidia; Antioquía; Iconio; Listra y Derbe. De Macedonia san Pablo pasó a Grecia donde predicó en Atenas y Corinto, permaneciendo en la última, un año y medio. Desde allí envió dos epístolas a los Tesalonicenses. El segundo viaje duró del año 51 al 54 d.C. En el año 55 d.C., san Pablo fue a Jerusalén, visitando en el camino a Efeso y Cesarea, y desde Jerusalén llegó a Antioquía (Hch. cap. 17 y 18).

Después de una breve estadía en Antioquía san Pablo comenzó su tercer viaje apostólico (56-58 d.C.), visitando primero como era su costumbre, a las iglesias fundadas previamente, luego se quedó en Efeso, donde durante dos años predicó cada día en la escuela de Tyranno.

Después de despedirse en Melita de los presbíteros de Efeso, san Pablo llegó a Jerusalén, donde, a causa de un levantamiento popular contra él, fue arrestado por los romanos y puesto en prisión, primero por el procónsul Félix y luego por su sucesor Festo. Esto aconteció en el año 59 d.C. En el año 61 d.C., san Pablo, como ciudadano romano y por su pedido, fue enviado a Roma para que lo juzgue el César. Tuvo un naufragio cerca de la Isla de Malta y llegó a Roma recién en el verano del 62 d.C. Hay bases para pensar que luego de los dos años en prisión, le fue otorgada la libertad e hizo su cuarto viaje apostólico.

Durante la primavera del 65 d.C., visitó a las restantes iglesias de Asia Menor y en Mileto dejó a Trófimo enfermo. Permaneció algún tiempo en Corinto (2 Tim. 4:20) y encontrando por el camino a Pedro, juntos prosiguieron el camino por Dalmacia (Tim. 4:10) e Italia llegando hasta Roma, donde dejó a Pedro, continuando, ya en el 66 d C., más hacia Occidente y llegando posiblemente a España. Después de volver a Roma, fue encarcelado por segunda vez y allí quedó hasta su muerte. Después de nueve meses de encarcelamiento, él fue muerto cerca de Roma por la espada — como ciudadano romano. Esto aconteció en el año 67 d.C. y en el duodécimo año del reinado de Nerón.

8.    UN TRABAJADOR INCANSABLE POR CRISTO

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15:10).

San Pablo fue un trabajador incansable, no hay ninguno que le iguale en tratar de explicar las enseñanzas de Cristo, es así como en el Nuevo Testamento aparecen 14 Epístolas escritas por él. Son de tal importancia los contenidos de las cartas de san Pablo, que hay quien dice que son “El Segundo Evangelio”.

Leer a san Pablo siempre resulta muy atractivo, es así como los han hechos incluso muchas personas que nos son del todo creyentes, siempre aparece algún escritor o filosofo que lo cita entre sus textos.

9.    EL APÓSTOL SAN PEDRO ESCRIBE

(2 Pe. 3:15-16).

Tengan en cuenta que la paciencia del Señor es para nuestra salvación, como les ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada, y lo repite en todas las cartas donde trata este tema. En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente –como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura – para su propia perdición.

Es decir los mismos apóstoles prestaban atención a estas obras edificantes de su “amado hermano,” menor en el tiempo de su conversión a Cristo, pero igual a ellos por el espíritu de su enseñanza y los dones de Gracia

10.  EL VÍNCULO ENTRE LAS ENSEÑANZAS DEL APÓSTOL PABLO CON SU VIDA.

Las epístolas del apóstol Pablo son frutos de su dedicación apostólica en la revelación de la enseñanza de Cristo. Son notables por el hecho que el apóstol muestra en ellas la enseñanza cristiana no en forma abstracta, sino, estrechamente vinculada con el desarrollo de su obra apostólica y sus sentimientos personales en las iglesias por él fundadas.

Los hechos de la vida del apóstol Pablo, sirvieron según la indicación del mismo, de fuente para resolver los problemas de las enseñanzas cristianas sobre la fe y la moral. “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y Su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15:9-10). Así, se caracteriza a sí mismo el gran “apóstol de los gentiles,” y quien es recordado en los anales de la Iglesia Cristiana como el “apóstol de los paganos.”

11.  SAN PABLO, CON TODA LA FUERZA Y LA ENERGÍA DE SU GRAN ESPÍRITU

Siendo, por naturaleza muy inteligente, fue educado y enseñado en las severas leyes fariseas y, según sus propias palabras, aventajaba a muchos de sus compañeros siendo, en su juventud, un seguidor exagerado de las tradiciones paternas (Gal. 1:14). Así, en el momento cuando el Señor, que lo había elegido desde el seno materno, lo llamó al servicio apostólico, él dedicó toda la fuerza y la energía de su gran espíritu a la prédica del nombre de Cristo entre los paganos. Haciendo eso, él sufrió muchos dolores de los enceguecidos por la falta de fe y exacerbados contra el Cristo.

Estudiando la vida y obra de san Pablo, en el libro de los “Hechos de los Apóstoles,” en verdad, uno no puede frenar su admiración al observar la inagotable energía de este gran apóstol de los gentiles. Es difícil imaginar como este hombre, que no poseía una gran salud y fuerza, (Gal. 4:13-14), pudo soportar tantas dificultades y peligros, como lo hizo el apóstol Pablo por la gloria del nombre de Cristo. Y lo particularmente extraordinario, es que a medida que estos peligros y dificultades se multiplicaban, el celo encendido y la energía no flaqueaban, sino que ardían más y se fortificaban.

12.  SAN PABLO, AZOTADO Y APEDREADO

Forzado a acordarse de sus hazañas, para la enseñanza a los Corintios, él hablaba así de ellas: “¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo). Estuve más en trabajos; aún más en azotes sin número; en cárceles; muchas veces en peligro de muerte. De los judíos, cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; muchas veces estuve en los caminos; en peligros en los ríos; peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligro en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Cor. 11:23-27).

13.  LA GRACIA DE DIOS CON SAN PABLO

Comparándose con los otros apóstoles y por su humildad, llamándose a sí mismo “el menor” de ellos, san Pablo con toda justicia declara: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15:10).

Y realmente, sin la Gracia Divina, un hombre común no podría realizar tanto trabajo y cumplir tantas hazañas. En la misma medida, como estaba lleno de coraje, recto e inamovible en sus convicciones ante reyes y gobernantes, el apóstol Pablo, así de decidido y sincero era en sus relaciones con los hermanos apóstoles. Una vez él no titubeó en enfrentar al mismo apóstol Pedro cuándo este dio lugar a las quejas de los gentiles en la capital de Asia Menor, Antioquía (Gal. 2:11-14). El apóstol Pablo enfrento al apóstol Pedro como su igual, como un hermano a otro hermano.

El Señor les Bendiga

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant


Fuentes de este y otros artículo sobre SAN PABLO

Un enamorado de la persona de Cristo

La conversión de san Pablo

La vida y las obras del Apóstol Pablo

Un trabajador incansable

 

 

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